8/11/2016

Selección Chilena 2000-2016

Hace pocos días estuve en la ciudad de Santiago para, entre otras cosas, ser uno de los presentadores de Selección Chilena 2000-2016 (Estruendomudo, 2016), la cual fue preparada por Sergio Parra y Aldo Perán. Puesto que me tocó a mí labor semejante con Selección Peruana 2000-2015 (Estruendomudo, 2015), era lógico que estudie las jugadas del equipo chileno. Lo primero fue poner atención en los directores técnicos. Obviamente, que se no se trate de narradores o académicos o críticos, sino de libreros, deja ya una clara huella de lo por venir en el libro. Parra lleva la histórica librería Metales pesados y Perán fue uno de sus colaboradores durante unos años (ahora está del lado editorial, que no es poco y ayuda). Ambos, tal como lo proponen en su texto introductorio, imponen ante todo sus gustos, los de ellos y el gusto de los lectores que transitan por la librería. Criterio válido, sin duda. Pero lo que me agrada aún más es la osadía de salirse de las reglas de juego. No hay 11, hay 13 escritores. No hay solo cuento: hay crónicas, hay ensayo, hay incluso una novela corta. La prosa chilena, inferimos, es más que ficción.
Lo que me queda claro también con este libro es que sus autores poseen un registro ya definido. Más allá de que hayan alcanzado obras mayores –que ése sería otro tema-, absolutamente todos tienen una amplia trayectoria, incluyendo premios nacionales e internacionales y varios ya cuentan asimismo con traducciones. Esto, sin embargo, no le resta riesgo a la propuesta Parra-Perán. Es como si nos dijeran: “ahora léelos de esta modo, cachai”.  
Veamos la jugada propuesta a la que me refiero. Es obvio decir que encuentro una pluralidad de voces y estilos. Lo que me interesa es destacar los puntos en común. ¿Por qué?, porque creo que no hay que tenerle miedo parecerse al otro. Descubro, por ejemplo, a nivel del lenguaje, un fraseo directo, de oraciones cortas, un interés mínimo por la adjetivación. Como las excepciones son pertinentes, el único que se escapa es Matías Celedón. Su prosa es minimalista, pero busca dejarnos con imágenes, no necesariamente con ideas o acciones –que las tiene-, cuya atmósfera construye un tramado complejo. Me pregunto la razón por el tipo de prosa de los otros y, veo por sus biografías, que muchos de ellos trabajan o han trabajado como guionistas. Es obvio que este oficio, para bien o para mal, deja una marca de agua en el lenguaje del autor. Privilegio de diálogos, buen oído para los giros lingüísticos, descripciones que suenan a pautas de guion. Muchos de estos textos bien podrían ser, al menos, un cortometraje. Otros autores trabajan como cronistas en diarios locales y extranjeros. La concisión, por tanto, también les viene de modo natural. Ahora bien, este rasgo en la prosa le ha permitido a cada uno de ellos liberarse de las presiones de los géneros. Se percibe que se han nutrido de la buena literatura, como también de series de tv, de telenovelas, de comics, en fin, de todo tipo de registro audiovisual que luego es encauzada hacia la palabra.
La prosa de Diego Zuñiga, digamos, podría parecernos que estuviera al servicio del resumen de una historia y no ser la historia misma, pero es una estrategia en la que hay una aparente síntesis, un intento de ser objetivos. Lo mismo podría decir del texto de Alvaro Bisama, que parece incluso que no quisiera contarla, que hay cosas que no se quieren contar. Pero están allí: las historias y las palabras, o más exactamente: la espalda de las palabras, como diría Roberto Juarroz. Otro narrador que se mueve muy bien en esas aguas es Alejandro Zambra.
En este equipo tampoco se escapan las narrativas del yo. Puedo mencionar a Germán Carrasco, Rafael Gumucio, Nona Fernández o Juan Pablo Roncone. No obstante este “yo” es un subterfugio. Lo que se pone en evidencia es la colectividad, Chile en su pasado reciente y su presente. La post-dictadura y la política neoliberal. Desde la ironía, la parodia o la nostalgia vemos un interés por saber plantear bien la pregunta sobre lo que pasó y pasa con lo que nos rodea. Por qué están los que están y desaparecen quienes desaparecieron. En literatura nada es tautológico. Aunque no es el menor, Iván Monalisa Ojeda sólo tiene publicado un libro de cuentos. Es transgénero y vive en Estados Unidos. Su narrativa es autorreferencial y se concentra en la marginalidad, tanto sexual como social, a través de un lenguaje coloquial, incrustaciones del spanglish. La impronta de Pedro Lemebel es indudable.
De la ironía también podemos llegar al humor, a las historias desaforadas, como las que leemos en Alejandra Costamagna, Pablo Toro o el desopilante texto de Simón Soto. Es obvio que son más que eso, más que humor. En Costamagna la obsesión de su protagonista nos pone los pelos de punta. En los dos últimos el referente televisivo sirve de telón de fondo para hurgar en las zonas más corrosivas del ser humano. Aunque se trate de un ensayo –pero que en esta selección chilena podría leerse de mil maneras más- el texto de Lina Maruane hace un agudo cuestionamiento de la presencia de los hijos en el siglo XXI.
No voy a negar que me hubiera gustado ver también los nombres de Patricio Jara, Mike Wilson, Andrea Jeftanovich o Leonardo Sanhueza. Pero así es el fútbol. Estos escritores nacieron a fines de la dictadura y se formaron en la reconstrucción de la democracia. Sus preguntas son las preguntas que pudieron haberse hecho sus padres, pero en aquellos años no sonaban igual. Ahora, como dije arriba, pueden inclusive mostrarnos la espalda de las palabras.


     

2/29/2016

Yo soy Rip Van Winkle

Desde mi regreso definitivo a Lima, una de las preguntas frecuentes es cómo me siento, cómo veo Lima. Estar diez años fuera de su país no es poca cosa. Sobre todo cuando este país ha sufrido muchos cambios durante ese tiempo. Si bien había vuelto con cierta regularidad, no es lo mismo la mirada del visitante que la del residente. No exagero si digo que mi retorno se parece al del clásico personaje del cuento del narrador Washington Irving: Rip Van Winkle. Esa historia la tuve siempre bien integrada en mi memoria, no sólo por el cuento mismo, que lo leí siendo adolescente, sino por las versiones animadas en Pedro Picapiedra y Mister Magoo. Estas versiones las vi en blanco y negro, desparramado en el mueble, en el minúsculo y maravilloso departamento familiar del jirón Ancash. Rip Van Winkle, afincado en las alturas de los montes Kaatskill, era apreciado por los suyos en el pueblo. Sin embargo, a pesar de que hacía lo que le gustaba: cazar, caminar, contemplar los rayos azules en la amplitud de los paisajes, ayudar a los demás, etc., era considerado como alguien que no hacía cosas provechosas. Los escritores no andamos muy lejos de esta apreciación. Conocida es la historia de este personaje que, en uno de sus paseos y atraído por la curiosidad, bebió de un licor ofrecido por unos extraños y mágicos habitantes del bosque. Sabido también es que se durmió veinte años. Una vez despierto volvió a casa. Mejor dicho, trató de volver a casa. Como yo. El camino le era familiar, pero descubría muchos cambios. Lima ahora me parece un dominó gigante, con hileras de edificios altísimos a la espera de que un coloso en alguno de sus extremos dé un ligero golpe con unos de sus dedos y todo se venga abajo. Rip Van Winkle llegó a su pueblo y no lo reconocieron. Llevaba una barba larga, canosa. Mi barba no fue así de larga ni ceniza, pero los que me veían ahora no sabía exactamente ante quien estaban. Yo tampoco. En un momento de desesperación nuestro personaje, acosado por los habitantes de lo que alguna vez fue su ciudad natal, gritó: Yo soy Rip Van Winkle!!!! De pronto un anciano, uno de los notables del lugar, lo reconoció. Poco a poco los demás fueron otorgándole identidad a sus gestos, a sus movimientos. Hubo aceptación de este hijo pródigo.

Yo camino por las calles de Lima y creo reconocer a todos. Veo jóvenes y pienso que han sido alumnos míos. Pero no, no son ellos. Podrían ser hermanos menores y en algunos casos hasta hijos. Varios de mis viejos amigos son ahora más viejos que amigos. Yo me he afeitado la barba, salgo a caminar, contemplo los rayos de este sol que no suele ser el sol de Lima. No sé si hago cosas provechosas para los otros. Sólo sé que he encontrado nuevamente lo más cercano a la felicidad, aunque a veces me provoca apoyar el dedo en los edificios nuevos, sólo para saber qué pasa. 

12/18/2015

Dos novelas francesas del XXI

Ahora que soy un visitante en Francia y me reencuentro (de otro modo) con calles y amigos, también me reencuentro con libros. En este caso quiero referirme a dos escritores franceses jóvenes, que se encuentran en la veintena, y que al parecer la crítica tiene puesto los ojos sobre ellos (y otros más). Ambos debutaron como novelistas el 2013. Ellos son François-Henry Désérable, cuya primera novela fue "Tu montreras ma tête au peuple" (Mostrarás mi cabeza al pueblo). En este libro, dividido en diez capítulos, aborda los momentos finales de personajes claves de historia francesa antes de ser llevados a la Plaza de la Revolución para ser guillotinados. Lo interesante es que no se hunde en las viejas retóricas de la novela histórica, sino que ofrece una mirada moderna (de lo que supone ser moderno en el siglo XXI). Que un joven escritor francés revisite su historia en estos días no es una casualidad. Al contrario, está rodeado de causalidades.
El otro autor, aún más joven, es Clément Bénech. Ese año, el 2013, se inició con el libro " L'été slovène" (El verano esloveno). Aquí, en un registro muy diferente al de Désérable, Bénech apela al esquema del road movie. Una pareja de jóvenes franceses parten a Eslovenia en lo que debería ser un común viaje de vacaciones a un país hermoso y muy económico. Pero el trayecto se vuelve en una revisitación del amor a principios del XXI. La constante ironía del protagonista y narrador no hace más que poner en evidencia que para ellos ya no existe un lenguaje del amor. Quizás para nadie más exista ese lenguaje. 
No sé si hay planes de traducción de estos autores, pero no estaría mal que los conozcan un poco más en nuestra lengua.

11/10/2015

La gran novela de Lima / Dispara

Mi vuelta al Perú me ha deparado muchas sorpresas. Muchos cambios en la ciudad, sí; pero muchas otras no solo siguen igual, sino que hasta retroceden. Recuerdo que en los años noventa, para bien o para mal, los jóvenes escritores de entonces creíamos problema zanjado el tema de las literaturas nacionales, el de los compromisos con la realidad y el de las Grandes Novelas de Lima, Buenos Aires, Santiago, etc. Creíamos, un puñado de ellos, que el interés por escribir la novela total -que tanto hemos apreciado como lectores- era agua pasada o, en todo caso, ya no prioritaria. Veo, sin embargo, que en 2015 el grueso de los lectores capitalinos sigue anhelando la Gran Novela de Lima. Creo que otro tanto también los críticos. En el caso de los escritores esto seguramente es compartido por unos y desechado por otros. Yo, que soy un limeño hasta el tuétano, soy de los que no tienen interés por escribir esa novela total que dé cuenta de los mecanismos internos y externos de una ciudad tan compleja como es Lima. Es una opción estética. Lima estuvo y estará de alguna manera en mis escritos, pero responder a todos sus cambios no es algo que despierte mi motivación a la hora de ficcionar los espacios donde habitan mis personajes.
En los noventa esto lo discutía con mi amigo Carlos Calderón Fajardo. El sí seguía soñando con escribir esta gran novela de Lima. El respetaba, por supuesto, a los que no teníamos esas intenciones. Yo también respetaba, obviamente, su propuesta. Ambos admirábamos las mismas novelas, pero nuestras lecturas eran distintas, porque nuestras estéticas eran diferentes.
Por esa razón, leer hace poco en un diario capitalino la afirmación categórica del escritor argentino Rodrigo Fresán, hablando de las Grandes Novelas de Argentina –lo mismo para cualquier país- , en la que dice: "Puedo disfrutar de leer Conversación en la Catedral pero si me pones un revólver en la nuca y me dices " escríbela", digo "dispara", no hace más que lanzarme nuevamente a la pregunta sobre lo que quieren leer en estos días los lectores peruanos y qué quieren escribir sus autores. La pregunta se ve acicateada también por la reedición del excelente libro de ensayos de Peter Elmore, Los muros invisibles, en donde se problematiza la apropiación de los espacios urbanos a través de la ficción. Lo mismo puedo citar un recién aparecido artículo de Jeremías Gamboa, Lima imaginada, en el que recuerda las preocupaciones al respeto de Julio Ramón Ribeyro. Gamboa, quien también habla del libro de Elmore y su reflexión sobre la carencia de interés en el proyecto de una gran novela de Lima, dice: “acaso ello se deba a que para muchos de los que escriben en la actualidad, el reto de Ribeyro ya no dice nada en tanto la ciudad ya ha sido conquistada por la literatura, y decirla no es una tarea como un medio para abordar o referir otras cosas." Comparto esta última afirmación de Gamboa, pero creo que no solo es aplicable a los narradores de hoy. Siempre hubo narradores ajenos a estos estímulos totalizadores. ¿Se imaginan a Martín Adán creyendo que estaba escribiendo la Gran Novela de Lima con La casa de cartón? ¿O a Jorge Eduardo Eielson al escribir El cuerpo de Gulia-no? Y así un no muy largo etcétera, pero sí importante. Si les pedían lo contrario, a lo mejor también hubiesen dicho: “dispara”.


3/16/2015

Laberinto

Imaginemos que este laberinto es una línea recta. Normalmente podríamos decir que esto sólo puede suceder dentro un sueño; pero a mí me da lo mismo dónde suceda. El laberinto que observo es un prolongado corredor. Tan largo que no logro divisar con claridad el otro extremo. Es un punto, por supuesto. Un punto iluminado. Me animo a entrar en este lugar con la consciencia de que penetro en un laberinto. Es decir, con la posibilidad de perderme en él. Es lo que pienso al pie de esa línea recta. Pero la curiosidad me acucia y doy los primeros pasos. En ese otro laberinto que es mi memoria aparece un verso de Mario Montalbetti: "Buscar esconde lo que se busca". Doy otros pasos y ese corredor es una calle del centro de Lima. Es el jirón Ancash, la cuadra ocho. Es la calle donde pasé mi infancia. Pero de pronto es la calle siguiente, una calle inclinada, cuya ascendiente da directo a la Iglesia Santa Ana. Este laberinto es angosto. Extiendo mis brazos en cruz y puedo rozar con mis dedos las puertas marrones de sus casas. He dado unos cuantos pasos y tengo la impresión de estar a medio camino. Es sólo una impresión, puesto que el otro extremo es aún un punto iluminado y lejano. Doy unos pasos más y la pendiente es la calle Cheverus, en Burdeos. Una calle que me suele llevar a casa al final de cada jornada. Al final de cada tarde. Mis dedos rozan sus paredes en piedra amarilla. En este andar encuentro a Alma, la muchacha de piel pálida que conocí de niño. La primera amiga que falleció siendo niña. Sonríe y veo sus dientes menudos. Caminamos un poco, siempre en línea recta. Ahora tengo la impresión de estar perdido. Ella parece conocer, y reconocer, la ruta. Este camino se torna mucho más ancho y por la calzada de enfrente me veo a mí mismo y a Alma caminando en sentido contrario. Ellos nos reconocen y se les ve incómodos con nuestra presencia. Creo que discuten. "Ellos están regresando", me digo. Lo pienso. Alma tira de la manga de mi camisa y me incita a seguir caminando. "No somos nosotros", me dice. Lo escucho. No la veo mover los labios, pero la escucho. Da lo mismo. Estamos en un laberinto de línea recta. Unos instantes después escucho un tren que se aproxima. No lo veo, pero mi memoria me devuelve una frase que leí no hace mucho. La frase es de Pierre Michon: "Qué hermosos son los trenes en el atardecer cuando ya se ha librado uno de la carga de tener que dar cuenta de esa hermosura". Me siento listo para volver, me digo. Es curioso, porque apenas decirlo caigo en la cuenta de que hablo de retorno. Da lo mismo, me digo. Alma ya no está a mi lado. No veo a nadie más. Las calles vuelven a ser angostas. Vuelvo a escuchar el tren, pero esta vez a lo lejos. La memoria me arroja otra frase, esta vez de Kafka. Se trata de la frase con la que inicia sus diarios, su primer cuaderno. Es una frase aislada. No sé si la escribió para expresar una experiencia captada ese día o una idea para incluir en un cuento o novela. Da lo mismo. La frase dice:"Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren". No veo el tren pero logro imaginarlo. Recuerdo que en Lima, en la primera calle de jirón Ancash, se encontraba la antigua estación de trenes. Se llamaba "Desamparados". Nunca vi partir ni llegar un tren en ese lugar. Sin embargo, por las noches creía oír su paso. Qué más da ahora. Sigo en el laberinto en línea recta y al final reconozco el punto iluminado. No es un lugar, no es un tiempo. El punto iluminado es un punto un punto un punto.

3/08/2015

claridad

Este es el primer domingo soleado aquí en Burdeos. Habíamos pasado varias semanas de cielo gris y una continua racha de lluvias. Salí temprano para hacer algunas compras en uno de los pocos supermercados que abre los domingos. Está a pocas calles de mi casa. Yo llevaba puesta una casa delgada porque a esa hora de la mañana, a pesar del sol, corría un poco de aire frío. Al atravesar la plaza Gambetta vi a una pareja de ancianos sentada en una banca. Él tenía puesto un bonete azul y ella uno rosa. Es algo muy típico sobre todo en esta región, pero para mis ojos sigue siendo pintoresco. El sol les daba de lleno en el rostro. No supe exactamente si tenían los ojos cerrados a causa de los rayos solares, o era por el goce y la placidez que parecían experimentar. Como ellos no me podían ver, aproveché en observarlos unos instantes. A primera vista descubrí que ambos tenían un aire en común, pero no supe determinar por qué. Sin embargo a pocos segundos me di cuenta de que ambos no poseían dentadura.
Esta imagen me hizo recordar un cuento que había escrito hace mucho, sobre mis veintipocos años, en el cual aparecía un anciano sin dentadura. Una vez las compras hechas, de vuelta a casa mi objetivo estuvo determinado: remover cajas y papeles hasta encontrar este cuento. Antes de ponerme a buscar y para evitar mis alergias, abrí las puertas del balcón para que entrara algo de aire fresco. Para mi sorpresa, hallé el texto rápidamente. Como era de esperarse, el papel tiene ya la tonalidad que le ha brindado la humedad de Lima y ahora de Burdeos. He releído sus trece cuartillas y me digo que es evidente que no lo publicaré nunca. Veo en él un exagerado registro de los cuentos urbanos escritos por Julio Ramón Ribeyro o Enrique Congrains Martin. Por lo general, me parece, todo joven escritor de Lima se inicia impregnado de este fraseo e imaginario urbano, que sin duda estuvo muy bien para sus primeros creadores, pero que escrito ahora me resulta insoportable. En la anécdota de mi cuento encuentro a tres ancianos en una vetusta casa del centro de Lima, en Barrios Altos. Se trata de una pareja de esposos y la hermana de ella. El hombre fue un antiguo agente municipal que debió haber sido licenciado hace mucho, pero que, por marrullerías de un alcalde, lo mantienen como una especie de símbolo de la ciudad. Durante todo ese tiempo le había hecho creer que sus papeletas e informes tenían vigencia. En realidad era algo evidente que él no quería aceptar. Su cuñada y su mujer se lo repetían siempre, pero él seguía haciendo sus rondas, siempre llevado del brazo por su esposa. Además de todo, este personaje solía salir de casa con un sobretodo negro y una gorra también negra. Este había sido su uniforme de toda la vida y así lo vieron siempre los vecinos del barrio. 
El cuento que escribí se centra en una mañana. La cuñada preparaba el desayuno mientras su hermana ayudaba a su marido a alistarse. Me sorprende mi interés en la mesa puesta y que no haya nadie sentado en ella: “Sobre el mantel verde tejido por su hermana aún continuaban las tres tazas humeantes de café, cada pan junto a la taza y las lonjas de plátano frito en un plato de plástico al centro de la mesa.” Yo no sé si en Lima la gente desayuna de esta manera. Lo del plátano frito era habitual en mi casa, pero porque mi madre es de la selva. Y aún hoy como plátano frito, porque mi esposa también es de la selva. Lo cierto es que después de que ellos tomaran desayuno, en medio de ñoñerías de ancianos, el hombre se encuentra solo, sentado en un sillón, a la espera de su mujer y su cuñada, quienes habían salido un momento para hacer unas compras. En eso llega un funcionario de la municipalidad para hacerle firmar unos papeles que les eximían a ellos de toda responsabilidad durante las rondas de este hombre. Los documentos son firmados y el funcionario se marcha. Como es de esperarse en este tipo de cuentos, a la vuelta de las hermanas, se dan conque el anciano pone excusas y ya no quiere salir de casa. Se queda sentado en su sillón, observando los gránulos de madera apolillada bajo los otros muebles. Quiere concentrase en ello, pero se queda rápidamente dormido.
Algo que no logro recordar ni entender, ya que no me parece fácil de deducir en la lectura, es por qué llamé “Claridad” a aquel cuento. Es decir, un título como este, conociéndome como creo que me conozco, anunciaría otro tipo de historia. No solamente la revelación para este hombre de su situación real. Tengo la impresión de que coloqué ese título esperando escribir algo completamente diferente, y que por pereza lo dejé allí, como puerta a esos tres ancianos. 
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