2/03/2013

Casa-Habitación

El primer cuento que aparece en mi libro de cuentos 'Habitaciones', aparecido en febrero de 1993, se llama "Buenos muchachos" y fue escrito durante una clase del curso Literatura colonial hispanoamericana, impartida por el profesor Enrique Carrión Ordoñez. No es que lo escribiera por evadirme de la clase, muy por el contrario, su inmediata escritura se debió al gran estímulo por la literatura que trasmitía este profesor. Esto debió ocurrir a finales del año 90. En esta época asistía todos los sábados a las reuniones del Grupo Centeno y decidí escribir un cuento dedicado a cada uno de los integrantes de este desaforado grupo. Recuerdo también que por esos años leía mucha literatura del Boom y del llamado Postboom. Lo que descubrí en aquel entonces es que mientras más quería escribir como ellos, más me diferenciaba. Fue uno de los primeros momentos en los que asumí que mi voz narrativa, como la de varios de mi generación, estaba yendo en otras direcciones. Visto a la distancia, fue muy provechoso. Pero durante la escritura de ese libro yo estaba dominado de incertidumbres. Aquí, una presencia firme que amenguaba mis dudas e impulsaba a continuar en esa búsqueda fue Iván Thays. El se encontraba puliendo su libro Las fotografías de Frances Farmer y verlo imbuido en ello me daba mayor seguridad.
El resto de cuentos de Habitaciones lo escribí en mi casa de la Urbanización La Colonial. Algunas de las primeras versiones, además de ser compartidas en el Grupo Centeno, se las leí a mi amigo David Sirlopú. Otros de los cuentos los escribí en casa de mi hermana Sonia, en el distrito de Salamanca, en Lima. Tengo claro el recuerdo de haber leído Los europeos, de Henry James, y lanzarme a la escritura del cuento "Colofón al día de la sombra". Así funcionaba mi escritura entonces.
La primera versión del libro la terminé poco antes de casarme con Carmen, a mediados del 91. Tenía 22 años y me lo había impuesto así.
Luego de la boda nos instalamos en lo que se convertiría el Edificio Centeno. Se trataba de un antiguo hotel en Pueblo Libre, a dos pasos de la av. Bolívar, que fue cerrado por queja de los vecinos, ya que sólo era un reducto de parejas fortuitas. Este lugar pertencía a la familia de Marco, uno de los integrantes del grupo. Al ser reabierto, las habitaciones pasaron a ser alquiladas bajo el rótulo de casa-habitación. Los primeros en vivir allí fuimos Carmen y yo. Meses después se sumó Verónica, mi primera hija. Fue a finales del 91 y principios del 92 que alquilaron otras casa-habitación Milovana, Thays y Pepe Donayre. Todos en el tercer piso. Ese año, el 92, todos correjíamos nuestros primeros libros. Ese año fui muy pobre y muy feliz. Por una tontería había perdido uno de mis trabajos de profesor y por meses comimos trigol, machas secas y mucho jugo de papaya. Milovana pasaba por un momento igual y recuerdo que nos pasabamos vasos de jugo de frutas a través de nuestras ventanas colindantes. Hambre no pasamos. Carmen es una excelente cocinera y con esos pocos ingredientes hacía maravillas.
Como no tenía trabajo tenía mucho tiempo para corregir mi libro. Lo hacía en el Edificio Centeno o en la Biblioteca de la Universidad Católica. Paralelamente surgió la idea de montar una editorial independiente. Y utilizando un sello inventado por mi amigo Ricardo Silva Santisteban, Ediciones Pedernal, lancé una colección de literatura peruana joven. El primer libro de cuentos que edité fue el de Thays, y el primer poemario fue 'Sapiente lengua' de Lorenzo Helguero. Mi plan era publicar mi libro el 92, pero cuando le pasé mi borrador a Marco, lo fulminó. Eso me hundió por unas semanas, pero coincidió también conque ese año conociera a Carlos Calderón Fajardo. Su presencia me animó a recomenzar el libro y eso hice. Tardé varios meses en darle nueva forma a mi libro que, con la experiencia de vivir en aquel edificio literario, había decidido ya llamarlo 'Habitaciones' (por supuesto, había otros guiños en ese título, como un homenaje privado a 'Habitación en Roma' de Eielson). 
Lo complicado fue saber cómo publicarlo. No tenía dinero. Aquí fue providencial, una vez más, la presencia de mi hermano Julio (en casa lo llamamos Pepe). El trabajaba en una empresa que acababa de adquirir una fotocopiadora increíble. Para la época era muy sofisticada. Entonces, entre la generosidad y la rebeldía, imprimimos el libro en un fin de semana. Hicimos 200 ejemplares. Sé por mi hermano que al lunes siguiente los responsables de su empresa pedían la cabeza del gracioso que había hecho más de mil copias en un día. El silencio es amable, y un hermano es un hermano.
La carátula la imprimí en el centro de Lima, en cartulina gris Kimberly. El compaginado y encolado lo hicimos Carmen, Thays y yo en una tarde muy divertida. La presentación fue en el Bar La Noche, de Barranco, en febrero del 93. Estuvieron mis amigos y familiares. Y sólo vendí 10 ejemplares. Lo recuerdo porque esa noche Carmen, Verónica y yo volvimos al Edificio Centeno con 50 soles. La dieta de trigol y machas secas varió esa semana, pero Carmen me aconsejó que era mejor no regalar el libro antes de la presentación.
Ese mismo año nos mudamos del Edificio Centeno y cerramos la puerta de nuestra casa-habitación.  

1/11/2013

Volver


Volver. No pocas veces me he preguntado si realmente sé volver a Lima, mi ciudad natal. Todo haría pensar que solo es cuestión de subir al avión e ir, viajar, llegar. Una cadena de acciones. Pero no. No es así. Yo necesito saber volver. Necesito aprender y asumir que mi desplazamiento físico acarreará algo más que ser depositado en un punto del espacio que debo reconocer como mi espacio original, mi punto de origen. Y es allí que descubro que mi tiempo de llegada no coincide con mi tiempo de volver. Es por esa razón que suelo atravesar por un periodo en el que me imagino que estoy retirando la rémora, rascando el coral para aproximarme a esa piedra primera que me resisto a aceptar que ya no existe. Porque solo existe el revestimiento que perdura la forma del espacio al que anhelo volver. Visto así, para mí volver es una ilusión. Y la ilusión se aprende.

7/26/2012

Continuará… (2)


En mi novela Mientras huya el cuerpo hay un personaje llamado Apolinario. Pero Apolinario también existe. Es mi suegro. Y digo también porque de alguna manera ahora hay dos, el del libro y el que anda por las calles de Lima. Tienen el mismo oficio, han pasado lo mismo –bueno, casi- y ambos son insondables. En la novela, en uno de sus apartados, hablo de lo que Apolinario piensa sobre la muerte. El personaje (como también el real) hace un recuento de sus accidentes automovilísticos, en todos con él como conductor, y los muertos acumulados en su haber. En todos esos accidentes, además, él salió siempre ileso. Y fue después de esta macabra acumulmación de cadáveres, que él decide no ir a más de 30 kilómetros por hora en su viejísimo wolkswagen color guinda. Como es obvio, ejecutar esta decisión en Lima puede ser tan peligrosa como ir a 120 km/h. Todo esto lo planteo y discuto en la novela y me da pie para ampliar al respecto y continuar con la reflexión sobre la muerte.
Lo que no me esperaba era que Apolinario saliera, a pocas semanas de aperecida la novela, en todos los medios de prensa escrita y virtual. Se trataba de una tremenda colisión en plena Vía Expresa, en la que una 4x4 a toda velocidad, asumiendo que todos los demás vehículos iban a rapidez semejante, se dio directamente con el casi inmóvil wolkswagen guinda de mi suegro. Ambos carros dieron vueltas por los aires, casi como en las películas, según dijeron los testigos. El equipo de seguridad de la moderna 4x4 activó al instante el airbag y protegió a su conductor (que para colmo de casualidades, resultó ser compañero de clases de un amigo mío) y no tuvo mayores daños. Pero dentro del wolkswagen guinda no había absolutamente nada a activarse. Ni siquiera el cinturón de seguridad funcionaba. Lo sé porque yo fui en ese carro semanas antes. Y se lo dije. Pero él siempre me respondía que no me preocupara, que “los sensores se estaban activando”. Lo cierto es que Apolinario salió una vez más ileso. Incluso puse en Google: Apolinario+accidente+vía expresa para ver algunas imágenes y di con terribles fotografías videos que muestran a mi suegro dentro de su carro, desmayado. Y en las fotos siguientes se le ve saliendo en sus dos pies.
Todo esto me ha llevado a replantearme sobre la relación del escritor con sus personajes de textos llamados de autoficción. Si ya naturalmente los escritores sienten que sus novelas siempre serán mundos inacabados, en estos casos de la autoficción se llega a situaciones disparatadas.
Lo única certeza que me queda es que ese wolkswagen guinda no va a andar más. O sí.

Continuará… (1)


Cuando mi primera novela, Que la tierra te sea leve, estaba en pleno proceso de edición, me encontré en Burdeos con uno de sus personajes. Saliendo de la biblioteca de letras de la Universidad Michel Montaigne vi a Christophe. A él, al personaje real, lo había conocido a principios de los años noventa en las sabatinas reuniones del grupo Centeno. Doce años después lo volví a ver, por casualidad, durante un congreso literario. El estaba entre el público y, cuando me acerqué y me presenté, Christophe no me reconoció y me dijo que ni siquiera hablaba español. La razón de ello, me explicaron luego, era que él había sufrido un accidente automovilístico y que, como consecuencia de ello, había perdido la memoria. Ese día fuimos a cenar y me contó todo lo que le sucedió antes y después del accidente. Me habló de su mujer, de sus dos hijas, del problema de no haber reconocer a estas niñas. Luego de esa noche, creí que no lo volvería a ver más. Había perdido su tarjeta, pero en mí quedaba su historia. Pasados varios años incluí y ficcionalicé todo este encuentro en un capítulo de mi novela. Lo de ficcionalizar es muy relativo, puesto que casi no alteré en nada lo sucedido. En ese momento me dije que nadie me reclamaría nada. Lo que no preví fue ese encuentro a la salida de la biblioteca en Burdeos. Obviamente le conté que había escrito una novela y que él aparecía en ella. No había posibilidad de cambiar nada, pues el libro estaba siendo publicado en Barcelona. Es más, le dije, debo ir a esa ciudad para ver las pruebas finales. Christophe, mucho más expansivo que antes, me ofreció llevarme en su carro. Justamente había tomado sus vacaciones y él, su esposa y sus hijas iban para Barcelona. Fui así como conocí al resto de mis personajes de ficción. Christophe conducía, su mujer iba de copiloto, y yo iba atrás con las niñas. Se parecían mucho a como me las había imaginado.
Durante varios años nos frecuentamos. No tanto como era de esperarse, o como creo que él esperaba. Supe por él mismo que se divorciaría y que se iría a París. Después del accidente algo no había terminado soldarse. También me dijo que había decidido volver a escribir con la mano izquierda, que siempre fue zurdo, pero que lo habían obligado a escribir con la derecha. Ahora empezaban cambios en su vida y quería hacerlo con la mano izquierda.
No lo he vuelto a ver, pero recuerdo que me contó también que escribiría una novela apartir de las cartas que su abuelo le escribía a su esposa durante la Segunda Guerra Mundial. Christophe las reescribía para recuperar la memoria. No su memoria, sino una memoria familiar. La que seguramente escribirá, o lo estará haciendo, con la mano izquierda.

3/11/2012

Una primera mirada al cuento contemporáneo en Francia


Para un lector obsesionado por los cuentos como puedo ser yo, descubrir la nueva cuentística francesa es revelador. No es sorpresa para nadie decir que este género no goza de amplia difusión en el mundo hispánico, que los editores son reticentes a este tipo de publicaciones y que sólo queda resistir. Y, por fortuna, es un género muy vigoroso. Pues bien, en Francia pasa lo mismo. Y, tal como está pasando en español, hay editoriales francesas independientes que bien las podríamos comparar con Páginas de Espuma, Menoscuarto y otras. Sólo en la región donde vivo puedo mencionar la labor de Editions Atelier In-8, Cataplum, básicamente dedicadas al cuento, pero también hay otras abiertas a este género como Monsieur Toussant Louverture o Editions de L’arvre vengeur, entre otras. Sin embargo, lo que sí sorprende es que los que publican suelen tener más de cuarenta años. En América latina y España vemos a jóvenes, a muchos jóvenes, armando sus libros de cuentos, debatiendo entre ellos, y, a pesar de crisis y enormes complicaciones, finalmente compartiendo sus publicaciones. Aquí difícilmente se encuentra en la misma ciudad más de dos cuentistas con menos de treinta. Y no es que la edad sea importante para escribir, pero sí llama la atención la escrupolosa reserva de estos autores franceses. Otro elemento diferenciador es que los galos alternan o fusionan la escritura del cuento con el teatro, la poesía, las instalaciones, performances, etc. De allí que encontremos textos de una plasticidad y un ritmo distintivos. Aquí puedo mencionar a cuatro escritores.
Uno de ellos es Claude Chambard (1950), escritor de reconocida trayectoria como poeta y que últimamente ha publicado dos relatos, La rencontre dans l’escalier y Le jour où je suis mort. El primer cuento nos introduce en un mundo de sensualidad y angustia; un traductor que no logra avanzar en su trabajo y que se ve poco a poco dominado por la presencia vaporosa, erótica, de su mujer, pero que no logra asir a medida de sus deseos. Estas dos frustraciones no hacen más que exacerbar los sentidos del protagonista, quien finalmente se sostiene en la palabra, en su propio discurso, antes de ser atrapado por el vacío y la muerte. El segundo cuento logra narrarnos desde un lenguaje minimalista, conciso, diríamos hasta cinematográfico, la relación de fidelidad entre dos hermanos que viven en un pequeño pueblo que bien podría ser francés, americano; en fin, de esos espacios olvidados por las grandes urbes. Y es en este espacio desolador, en el que aparentemente nada podría suceder, que se intensifican y se repotencian los hechos banales y éstos van adquiriendo un gran lirismo y todo, hasta la muerte, se torna un pacto fraterno.
El otro escritor es Eric Pessan (1970) y acabo de leer su cuento Croiser les méduses. Este es un texto que nos propone una sublime perversidad. Desde la perspectiva de una niña en plena pubertad, se nos va narrando la percepción del mundo, la reinterpretación de cada elemento que ha sido sensibilizado a través de su cuerpo en trasformación. Así, cada párrafo inicia con la nominación de un teléfono, un grito, una danza, una impresión, etc., y a partir de éste se irradian una serie de impresiones poéticas como si las estuviéramos mirando a través del cristal de una pecera.
Una autora reciente es Lucie Braud (1975), de quien he leído su primer cuento publicado Ferdinand. Este cuento es un claro ejemplo de alguien que no necesariamente se debe a la anécdota, al nudo evidente de nuestros cuentos clásicos en español. Este relato nos presenta un doble espejo entre el protagonista, su crecimiento y vida, y el de su nieta, la narradora. Podría pensarse que en esta historia no pasa de extraordinario, que podría ser solamente una suerte de homenaje de una nieta a su abuelo. Sin embargo, a través de una sutileza bien administrada, vemos que la voz de la narradora habla de su propio crecimiento, físico e espiritual, en relación a las imágenes de lo mejor de un hombre que se va eclipsando ante la presencia de todos.
Otro narrador, muy particular en su estilo, es Bruce Bégout(1967), quien tiene ya una amplia trayectoria y reconocimiento como filósofo. El ha publicado no hace mucho el libro de cuentos Sphex. En estos cuentos hallamos un marcado interés por lo que podríamos llamar un gótico urbano. En sus historias lo cotidiano va adquiriendo dimensiones sórdidas, llenas de personajes espectrales, pero que tienen también un trasfondo poético que surge de esta cotidianidad.
Podría ampliar sin duda esta lista y mencionar a otros narradores como Marc Pautrel o Jérôme Lafargue, pero prefiero ocuparme de ellos en otro futuro texto que siga dando cuenta de la vitalidad de la prosa breve.

11/25/2011

Gaviota o Güanay o Rubén Millones

En diversas oportunidades me he referido a ciertos cambios que percibo en la prosa de los últimos años. Por supuesto, no soy el único en darse cuenta de esto. Mucho se habla de las múltiples direcciones, temáticas y géneros (y sub-géneros) que puebla la narrativa en esta ya establecida nueva década del siglo XXI. Y es obvio que en esta discusión se debe superar las ingenuas divisiones generacionales; porque esas clasificaciones en estos tiempos podrían ir ad infinitum e inventarse "la generación de octubre de 2011" para diferenciarla de la de noviembre del mismo año. Esto lo digo con el perdón de mis amigos de octubre y de noviembre.
Pero yo quiero hablar de un amigo de siempre, Rubén Millones, y de su recién libro de cuentos que me ha deslumbrado. Y eso que deslumbrarme me cuesta cada vez más. No por exigencia, sino creo que por causa de estas épocas y la temperatura. Por esa razón, al leer este libro de cuentos, con el desconcertante título de La huída de la gaviota que se robo el huevo de un güanay, no puedo más que intentar compartir este placer. Ya algo semejante me había sucedido con su primer libro de cuentos Tengo la cucaracha, editados en Lom, la editorial chilena. Pero esta vez aquel discurso socarrón y desgarbado anterior viene acompañado de un toque de melancolía, lo justo, como quien rasga la guitarra, afinando, pero también ofreciéndo el espectáculo de ese afinamiento. El símil musical no es gratuito. De hecho conocí a Rubén Millones mientras llevaba su guitarra a cuestas. En él halo creativo siempre esta en "on". Es alguien que capta el ritmo de lo que vive y su literatura lo demuestra. Cada cuento de este libro somete a sus personajes a una nota (musical), llamémosla aquí anécdota, de la cual nunca les será fácil asimirla como los demás. Visto así, nos topamos con los tradicionales antihéroes que nuestros clásicos cuentistas nos han dejado; pero aquí resuenan con su propia nota. Encontramos a un niño que cuenta la historia de la llegada al barrio de una mona escapada de no se sabe dónde, pero impacta y alborota a los demás pequeños porque esta mona lleva aferrada a sí la cría muerta de un gato. En otro cuento el padre de un muchacho decide retar a un guía turístico y trepar a lo más de un peñasco para lanzarse sobre las aguas del mar. Tenemos a una joven en terribles apuros digestivos durante una cena a la que su novio no pudo asistir, y también un cuento que muestra la disparata y obsesiva misiva de una estudiante universitaria. Y llegamos hasta las fragmentarias cartas familiares que revelan una indagación nunca resuelta. Lo mejor de este libro, lo que me atrae particularmente, es que estos cuentos nos dicen más de lo que se narra y los silencios armonizan como se debe.
Por fortuna Rubén Millones no está ni en ésta ni en aquella generación, está en un cambio permanente.

8/11/2011

Byrne en bicicleta

Ciertas veces uno suele hablar de las personas a las que admira y con quienes comparte algunas afinidades. De allí que los escritores, por citar un oficio, gusten hurgar y escribir sobre la vida y obra de otros escritores. Hoy no quiero hablar de escritores. O bueno, sí, algo de ello hay. Quiero hablar de un ciclista. Pero lo particular de este sujeto en dos ruedas es que es mundialmente reconocido, sobre todo, como músico. Hablo de David Byrne, antigua cabeza de los Talking heads. En realidad Byrne es muchas cosas. Según sé, últimamente se asume como un artista plástico que tiene su domicilio en New York. Domicilio también es mucho decir, puesto que un día decidió convertir su bicicleta en una suerte de cámara fotográfica. Pude haberla comparado con una cámara de video, pero el efecto que se logra al observar las calles mientras se va sobre el sillín es la de una fotografía movida. De este modo se acumulan trazos de cuerpos que van en sentido contrario; puertas, escaparates, vitrinas, edificios que solo nos dejan un esbozo de sus presencias.
Byrne lo supo captar de esta forma y no solo lo disfruto, sino que además escribió un libro sobre sus impresiones de ciclistas del sinnúmero de lugares que recorrió. Lo curioso en este libro es que parece haberse documentado previamente de los más relevante en la historia y la sociedad de cada ciudad visitada y que lo resume en estas crónicas para dar veracidad a lo que cuenta; sin embargo lo realmente atractivo del libro son aquellos pasajes en los que se muestra como alguien que va demasiado rápido y debe afinar sus sentidos para rescatar el rumor que va quedando tras de él. Esto es lo más valioso que nos deja en sus páginas, cuya edición francesa lleva por título "Journal à bicyclette" y en cuya foto de solapa nos muestra a un David Byrne con pelo completamente cano, aire señorial y una enorme pipa a la mano. El aspecto reposado que tiene toda persona que sabe que no le durará mucho tiempo.
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