Suelo dar un curso de español en el Ateneo de Burdeos, en pleno centro de la ciudad, un par de veces por semana. Sin embargo, dado que el gobierno francés ha dispuesto un plan de vacunación de prevención contra la Gripe A –lo que redunda en que algunos, muy pocos, se llenarán los bolsillos de dinero-, el Ateneo se ha convertido en base de operaciones de este supuesto salvataje médico y yo me he sido desplazado a una recóndita sala de clases a las afueras de la ciudad. Casi casi como si fuera yo el portador de la Gripe A. En fin, el hecho es que ahora debo realizar un trayecto infernal para llegar de casa a esta sala de clases. Mínimo dos cambios de autobús y un tranvía. Y todo esto a las 5 de la tarde. Como digo, ya de por sí esto es infernal, pero el otro día se sumó, a causa de la lluvia, un retraso en todos los autobuses y el corte de servicio en algunos tramos de la línea del tranvía genial. Sólo esto faltaba, me dije. Intenté cambiar de ruta, hacer otras conexiones, y fue peor. Ya llevaba 15 minutos de retraso y los alumnos aguardaban –los muy condenados sí consiguieron ser puntuales-. Llamé por teléfono a la responsable del curso para avisarle que, visto el atasco en el que me hallaba, mi retraso sería aún mayor. No hay problema. Igual esperamos, me respondió. Esto no me alivió; por el contrario, suelo ser puntual y esto me alteraba muchísimo. Mi mal humor era desbordante. Observaba cada minuto cuántas paradas me faltaban para bajar del autobús. Temía pasarme. Y como el bus iba lleno y cada vez era empujado más hacia el fondo, en un momento tuve que pedir permiso y avanzar hacia la puerta los más que pude. De pronto, si querer, empujé a un hombre delante de mí. Nada brusco en realidad, pero lo suficiente para el hombre bufara. Resopló en un claro gesto de incomodidad. Pardon!, le dije. No me respondió. En su lugar empezó a hablar con la mujer que estaba a su lado, una desconocida para él, para decirle que la gente debería irse al fondo del bus, que no entienden lo que es el orden. Los que me conocen saben que soy pacífico, pero estaba claro que ése no era mi mejor momento. Sin embargo traté de controlarme y sólo me planté delante de él, con los brazos cruzados, y mirándolo fijamente. Como era de esperarse, al menos yo lo esperaba, él hombre se amedrentó. En todo caso, esta situación me hizo pensar en otra cosa y no en mi retraso. Por esa razón poco a poco me fui relajando, sólo me faltaba una parada, cuando de pronto noté que el hombre sostenía una navaja en su mano derecha. Era una navaja con la hoja guardada, pero una navaja al fin. El hombre estaba quieto, mirando al vacío, tenso. Este hombre se está protegiendo de mí, me dije. El tocó él timbre de aviso para que el bus se detuviera. Era mi parada también. Bajé detrás de él y, llevado por cierta curiosidad, caminé a sólo dos pasos de distancia. El avanzó a paso rápido, sin dejar de observarme de reojo. Además, vi que su dedo pulgar repetidamente pulsaba el diminuto botón que hace salir la hoja de la navaja. Este tipo aguardaba que yo me lanzará y lo atacara. El creía que yo era un potencial agresor. Me temía. Luego él giró hacia una calle aledaña, atento a mis pasos. Yo sólo me detuve un instante. Tiempo suficiente para ver que el hombre, ya consciente de nuestra distancia, guardaba su navaja en su bolsillo.
11/17/2009
11/09/2009
Mi amigo en el Haití
Regreso al blog luego de unas vacaciones. Y regreso con un texto que acaba de aperecer en el blog de la revista digital El Hablador. Este pertenece a mi gran amigo Carlos Calderón Fajardo. Lo copió tal cual, con las autorizaciones debidas.
Conversación con un filósofo francés en el Haití
Lo conocí a través de un amigo común que me envió un correo desde Francia pidiéndome que lo recibiera en Lima. Es filósofo, y no sabe una palabra de español. En el correo mi amigo me indicaba el teléfono de un hotel de Miraflores. Lo llamé y cuando el filósofo se percató de que yo hablaba francés sentí que le volvía el alma al cuerpo. Su voz sonaba joven y amable. Nos citamos para vernos en el café Haití, Haití como el país, le dije al francés, pero no tiene nada que ver con Haití.
Llegué unos minutos más temprano al lugar de la cita; el Haití estaba a medias desierto a las cuatro de la tarde. Yo no tenía más referencia de él que un pequeño detalle, él me lo dijo, que tenía una barba negra con algunas pintas blancas. Cuando llegué nadie tenía una barba negra con pintas blancas. Entonces me puse a observar a todos los que llegaban al café que pudiesen calzar con la imagen que yo tenía sobre lo que era un filósofo francés, profesor universitario, traducido a varios idiomas, que además de filósofo escribía ficción narrativa. Apenas llegó cinco minutos tarde a la cita, es que se demoró porque tuvo que sortear una fila de autos por la avenida Diagonal por donde nadie pasa por el lomo de la cebra, ni siquiera un filósofo francés; lo vi de lejos sorteando autos con una pericia que era casi peruana, y algo me dijo que era él. Traía la barbita negra con pintas blancas en la cara, pero no se parecía a Derrida ni a Lacan sino a Savater. Era el hermano menor de Savater. Empezó a buscar el tipo de persona que yo le había indicado para identificarme, un tipo con cara de árabe, le dije por teléfono, pero como el Haití suele estar lleno de comerciantes árabes, sobre todo libaneses y palestinos, entonces antes de colgar me vi obligado a decirle: busque a alguien que se parece a Omar Shariff. No entiendo por qué dije tamaña estupidez. Entonces el hermano de Savater se puso a buscar a Omar Shariff, pero no sé si pensaba en Omar Shariff joven, el del Dr. Zhivago, o el Omar Shariff actual, el viejo Omar. Entonces yo le hice una seña desde mi mesa y él sonrió, diciéndome con los ojos que se sentía contento de haberme podido ubicar en medio de tantos árabes.
Nos sentamos en el medio del café y todos voltearon a mirar con gran sorpresa porque el filósofo francés hablaba en tono muy alto, de tal manera que el hermano de Savater y Omar Shariff, terminaron siendo un par de norafricanos francófonos en plena conversa. El filosofo, no voy a decir quién es porque la conversación que sostuvimos puede ser comprometedora para su prestigio.
Se podrán imaginar, mis queridos bloggers, que después de casi treinta años de no vivir en París tenía mucho que hablar con un filósofo francés. Y de qué no hablamos, de filosofía ciertamente, de literatura. Empecé a preguntar. ¿Le Clézio? Muy buena persona y un mal escritor, salvo uno de sus primeras novelas El proceso verbal, dijo el filósofo francés, es decir Le Clézio el que yo ya había leído en Francia en los años 70 no había mejorado en nada y como premio le habían dado el Premio Nobel. ¿Y Millet? Un reaccionario hasta más no poder. ¿Y Klosowsky? Ha escrito muy poco y ya pasó de moda. ¿Y Houellebecq? Autor de novelas sociológicas divertidas. ¿Y Camus? (al que yo alabé) lectura para escolares del lyceo, respondió con frialdad el filósofo. La cosa iba de mal en peor. Intenté sacar una carta de debajo de la manga: ¿Y Patrick Modiano? Bueno, qué podemos decir, muy bien puestito, demasiado bien escrito, todas sus novelas se parecen a las que escribía en la década del 70. Teníamos que ponernos de acuerdo en algo, ¡nom de dieu! Celine y Proust, sobre esos dos grandes no hubo discusión y tranzamos en que el escritor francés más interesante, que ambos admirábamos, era Georges Perec. Y Beckett, bien sure. Yo me sobrecogí, eran los escritores que había admirado en la década del 70 en Francia. Es decir en Francia no había habido nuevos narradores interesantes en los últimos cuarenta años. Entonces pasamos a hablar de intelectuales, filósofos o como quiera llamárseles. Ambos admirábamos a Roger Callois, y a Georges Bataille, otro admirado por mí desde el 70, pero cuando le dije al que ya era mi amigo francés que en Lima había una especie de culto por un cuarteto de intelectuales, tres franceses y uno para ser leído por franceses: Derrida, Lacan, Alan Badiou, y Zizec, mi amigo, el filósofo francés no dejó pájaro sin cabeza. Todos eran una banda de charlatanes, puro palabreo pero ni una sola idea original. Al que le dio más duro fue a Alain Badiou. A Derrida y a Lacan yo los conocía desde los 70, pero necesitaba que me hablase de Alan Badiou, a quien no conocía. ¿Badiou? El filosofó francés, que a esas alturas ya era casi un amigo íntimo, le dio hasta en el suelo al pobre Alan Badiou. Ya no pienso leer nunca más a Badiou. ¿Y qué es de la vida de Michel Maffesoli? Pregunté. Ya se jubiló, fue la respuesta. ¡Por la gran flauta! En algo teníamos que estar de acuerdo, y lo estuvimos: Michel Foucault. Respiré aliviado. Si criticaba a Foucault me paraba de la mesa y me iba del Haití para siempre. Por favor, deme un nombre mon cher ami del que agarrarme, me dije en mi interior. Y él dio el nombre: Pierre Bourdieu, ¡Merde! ¡Bourdieu! Pero su El oficio del sociólogo lo estudié cuando estaba en la universidad, a fines de los 60. Deme el nombre de un filósofo francés rogué desesperado. Ah sí, Walter Benjamin, respondió mi nuevo amigo. Pero Benjamín era alemán. Si, pero Benjamin escribió sobre París mejor que todos los franceses.
Algo no estaba funcionando en esta tertulia. Más bien diría que era algo terrible lo que estaba funcionando. Tuve la sensación de que la historia se había detenido en algún momento, que París, la Ciudad Luz, se había apagado a finales de los 70. Empecé a sospechar que lo peor todavía no había sido dicho, que el filósofo francés se había guardado lo más terrible para el final. Y así fue.
Pedí otro café cortado. El filósofo francés pidió otra botella de agua. Afuera llovía sin lluvia, la humedad era de 99 por ciento, los vitrales del Haití estaban completamente mojados. Era ya de noche, y el Haití estaba ahora repleto de las personas que siempre sospecharon que yo tenía algo que ver con Omar Shariff, y que después de cuarenta años por fin tenían la prueba, yo era el árabe y estaba hablando en francés con otro árabe.
Cuéntame sobre la vida literaria en Francia, cómo está la cosa en París. Al filósofo francés se le nubló el rostro. En Francia sólo se lee novelas, sólo leen novelas en un país que se ha quedado sin novelistas. Bueno, dije yo, en París siempre se han leído muchas novelas, en la rentreé de los 70 se publicaban 300 novelas que salían todas en octubre. Ahora salen 700, respondió el filósofo francés. La gente lee la publicidad en los periódicos y va a las librerías y compra la novela que vio publicitada en el periódico; va a su casa y la coloca en el estante para leerla cuando tenga tiempo, pero nunca tiene tiempo, así que se compran sólo novelas que nadie lee. Ahora en Francia el número de escritores es mayor que el número de lectores. ¿Y los cuentos, nadie lee cuentos? Nadie los compra, nadie los lee, nadie los publica, nadie los escribe. ¿Pero hay actividades culturales, presentaciones de libros? Un gran éxito es cuando van 30 personas. A veces van 10. Cuando van más de 30 todos los demás son para figuretear porque hay prensa, televisión, pero en realidad no les importa el libro que se está presentando. Yo sentía que ya no podía más, ese filósofo francés había venido hasta el Perú a demoler aquel París que había amado tanto en mis años juveniles de aprendiz de escritor. Eso significaba que debería desaparecer del mundo englutie igual como París. Pero faltaba todavía.
¿Y la literatura latinoamericana, la lee la gente? Mire, se publicaron Los detectives salvajes en francés y se vendieron 2000 ejemplares. La gente no entendió el tema de la novela, en Francia no se puede escribir una novela sobre grupos de poetas, eso no existe hace mucho tiempo. Hace años que los grupos literarios y la vida exagerada de los poetas es algo abominable en Francia. Pero yo le he preguntado sobre la literatura latinoamericana, Vila-Matas no vende más de mil ejemplares. ¿Y la poesía? Nadie lee poesía, ni siquiera a un gran poeta como Ives Bonnefoy. Los poetas publican tirajes de cincuenta ejemplares que se los regalan a sus amigos. La poesía ha muerto en Francia. ¡No puede ser! ¡Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire, Saint John Perse, Michaux! Así es, se leen en los colegios pero ya nadie lee poesía en Francia, la poesía ha desaparecido, ha muerto. Se me nublaron los ojos. El filósofo francés se dio cuenta que yo estaba a punto de llorar, se había convertido en el doctor Van Helsing y había clavado en mi pecho, mi cuerpo se iba convirtiendo en cenizas, olía a ajo en todo el Haití. El filósofo francés presintió que yo deseaba escapar, que quería huir. Y me dijo:
Bueno, Ricardo, ha sido un gusto haberlo conocido, haber conversado con usted.
Conversación con un filósofo francés en el Haití
Lo conocí a través de un amigo común que me envió un correo desde Francia pidiéndome que lo recibiera en Lima. Es filósofo, y no sabe una palabra de español. En el correo mi amigo me indicaba el teléfono de un hotel de Miraflores. Lo llamé y cuando el filósofo se percató de que yo hablaba francés sentí que le volvía el alma al cuerpo. Su voz sonaba joven y amable. Nos citamos para vernos en el café Haití, Haití como el país, le dije al francés, pero no tiene nada que ver con Haití.
Llegué unos minutos más temprano al lugar de la cita; el Haití estaba a medias desierto a las cuatro de la tarde. Yo no tenía más referencia de él que un pequeño detalle, él me lo dijo, que tenía una barba negra con algunas pintas blancas. Cuando llegué nadie tenía una barba negra con pintas blancas. Entonces me puse a observar a todos los que llegaban al café que pudiesen calzar con la imagen que yo tenía sobre lo que era un filósofo francés, profesor universitario, traducido a varios idiomas, que además de filósofo escribía ficción narrativa. Apenas llegó cinco minutos tarde a la cita, es que se demoró porque tuvo que sortear una fila de autos por la avenida Diagonal por donde nadie pasa por el lomo de la cebra, ni siquiera un filósofo francés; lo vi de lejos sorteando autos con una pericia que era casi peruana, y algo me dijo que era él. Traía la barbita negra con pintas blancas en la cara, pero no se parecía a Derrida ni a Lacan sino a Savater. Era el hermano menor de Savater. Empezó a buscar el tipo de persona que yo le había indicado para identificarme, un tipo con cara de árabe, le dije por teléfono, pero como el Haití suele estar lleno de comerciantes árabes, sobre todo libaneses y palestinos, entonces antes de colgar me vi obligado a decirle: busque a alguien que se parece a Omar Shariff. No entiendo por qué dije tamaña estupidez. Entonces el hermano de Savater se puso a buscar a Omar Shariff, pero no sé si pensaba en Omar Shariff joven, el del Dr. Zhivago, o el Omar Shariff actual, el viejo Omar. Entonces yo le hice una seña desde mi mesa y él sonrió, diciéndome con los ojos que se sentía contento de haberme podido ubicar en medio de tantos árabes.
Nos sentamos en el medio del café y todos voltearon a mirar con gran sorpresa porque el filósofo francés hablaba en tono muy alto, de tal manera que el hermano de Savater y Omar Shariff, terminaron siendo un par de norafricanos francófonos en plena conversa. El filosofo, no voy a decir quién es porque la conversación que sostuvimos puede ser comprometedora para su prestigio.
Se podrán imaginar, mis queridos bloggers, que después de casi treinta años de no vivir en París tenía mucho que hablar con un filósofo francés. Y de qué no hablamos, de filosofía ciertamente, de literatura. Empecé a preguntar. ¿Le Clézio? Muy buena persona y un mal escritor, salvo uno de sus primeras novelas El proceso verbal, dijo el filósofo francés, es decir Le Clézio el que yo ya había leído en Francia en los años 70 no había mejorado en nada y como premio le habían dado el Premio Nobel. ¿Y Millet? Un reaccionario hasta más no poder. ¿Y Klosowsky? Ha escrito muy poco y ya pasó de moda. ¿Y Houellebecq? Autor de novelas sociológicas divertidas. ¿Y Camus? (al que yo alabé) lectura para escolares del lyceo, respondió con frialdad el filósofo. La cosa iba de mal en peor. Intenté sacar una carta de debajo de la manga: ¿Y Patrick Modiano? Bueno, qué podemos decir, muy bien puestito, demasiado bien escrito, todas sus novelas se parecen a las que escribía en la década del 70. Teníamos que ponernos de acuerdo en algo, ¡nom de dieu! Celine y Proust, sobre esos dos grandes no hubo discusión y tranzamos en que el escritor francés más interesante, que ambos admirábamos, era Georges Perec. Y Beckett, bien sure. Yo me sobrecogí, eran los escritores que había admirado en la década del 70 en Francia. Es decir en Francia no había habido nuevos narradores interesantes en los últimos cuarenta años. Entonces pasamos a hablar de intelectuales, filósofos o como quiera llamárseles. Ambos admirábamos a Roger Callois, y a Georges Bataille, otro admirado por mí desde el 70, pero cuando le dije al que ya era mi amigo francés que en Lima había una especie de culto por un cuarteto de intelectuales, tres franceses y uno para ser leído por franceses: Derrida, Lacan, Alan Badiou, y Zizec, mi amigo, el filósofo francés no dejó pájaro sin cabeza. Todos eran una banda de charlatanes, puro palabreo pero ni una sola idea original. Al que le dio más duro fue a Alain Badiou. A Derrida y a Lacan yo los conocía desde los 70, pero necesitaba que me hablase de Alan Badiou, a quien no conocía. ¿Badiou? El filosofó francés, que a esas alturas ya era casi un amigo íntimo, le dio hasta en el suelo al pobre Alan Badiou. Ya no pienso leer nunca más a Badiou. ¿Y qué es de la vida de Michel Maffesoli? Pregunté. Ya se jubiló, fue la respuesta. ¡Por la gran flauta! En algo teníamos que estar de acuerdo, y lo estuvimos: Michel Foucault. Respiré aliviado. Si criticaba a Foucault me paraba de la mesa y me iba del Haití para siempre. Por favor, deme un nombre mon cher ami del que agarrarme, me dije en mi interior. Y él dio el nombre: Pierre Bourdieu, ¡Merde! ¡Bourdieu! Pero su El oficio del sociólogo lo estudié cuando estaba en la universidad, a fines de los 60. Deme el nombre de un filósofo francés rogué desesperado. Ah sí, Walter Benjamin, respondió mi nuevo amigo. Pero Benjamín era alemán. Si, pero Benjamin escribió sobre París mejor que todos los franceses.
Algo no estaba funcionando en esta tertulia. Más bien diría que era algo terrible lo que estaba funcionando. Tuve la sensación de que la historia se había detenido en algún momento, que París, la Ciudad Luz, se había apagado a finales de los 70. Empecé a sospechar que lo peor todavía no había sido dicho, que el filósofo francés se había guardado lo más terrible para el final. Y así fue.
Pedí otro café cortado. El filósofo francés pidió otra botella de agua. Afuera llovía sin lluvia, la humedad era de 99 por ciento, los vitrales del Haití estaban completamente mojados. Era ya de noche, y el Haití estaba ahora repleto de las personas que siempre sospecharon que yo tenía algo que ver con Omar Shariff, y que después de cuarenta años por fin tenían la prueba, yo era el árabe y estaba hablando en francés con otro árabe.
Cuéntame sobre la vida literaria en Francia, cómo está la cosa en París. Al filósofo francés se le nubló el rostro. En Francia sólo se lee novelas, sólo leen novelas en un país que se ha quedado sin novelistas. Bueno, dije yo, en París siempre se han leído muchas novelas, en la rentreé de los 70 se publicaban 300 novelas que salían todas en octubre. Ahora salen 700, respondió el filósofo francés. La gente lee la publicidad en los periódicos y va a las librerías y compra la novela que vio publicitada en el periódico; va a su casa y la coloca en el estante para leerla cuando tenga tiempo, pero nunca tiene tiempo, así que se compran sólo novelas que nadie lee. Ahora en Francia el número de escritores es mayor que el número de lectores. ¿Y los cuentos, nadie lee cuentos? Nadie los compra, nadie los lee, nadie los publica, nadie los escribe. ¿Pero hay actividades culturales, presentaciones de libros? Un gran éxito es cuando van 30 personas. A veces van 10. Cuando van más de 30 todos los demás son para figuretear porque hay prensa, televisión, pero en realidad no les importa el libro que se está presentando. Yo sentía que ya no podía más, ese filósofo francés había venido hasta el Perú a demoler aquel París que había amado tanto en mis años juveniles de aprendiz de escritor. Eso significaba que debería desaparecer del mundo englutie igual como París. Pero faltaba todavía.
¿Y la literatura latinoamericana, la lee la gente? Mire, se publicaron Los detectives salvajes en francés y se vendieron 2000 ejemplares. La gente no entendió el tema de la novela, en Francia no se puede escribir una novela sobre grupos de poetas, eso no existe hace mucho tiempo. Hace años que los grupos literarios y la vida exagerada de los poetas es algo abominable en Francia. Pero yo le he preguntado sobre la literatura latinoamericana, Vila-Matas no vende más de mil ejemplares. ¿Y la poesía? Nadie lee poesía, ni siquiera a un gran poeta como Ives Bonnefoy. Los poetas publican tirajes de cincuenta ejemplares que se los regalan a sus amigos. La poesía ha muerto en Francia. ¡No puede ser! ¡Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire, Saint John Perse, Michaux! Así es, se leen en los colegios pero ya nadie lee poesía en Francia, la poesía ha desaparecido, ha muerto. Se me nublaron los ojos. El filósofo francés se dio cuenta que yo estaba a punto de llorar, se había convertido en el doctor Van Helsing y había clavado en mi pecho, mi cuerpo se iba convirtiendo en cenizas, olía a ajo en todo el Haití. El filósofo francés presintió que yo deseaba escapar, que quería huir. Y me dijo:
Bueno, Ricardo, ha sido un gusto haberlo conocido, haber conversado con usted.
¿Ricardo? Yo no me llamo Ricardo. El filósofo francés había venido desde Francia a conversar con alguien que estaba en Francia.
¿Usted sabe cuál es mi apellido?
¿Usted sabe cuál es mi apellido?
Cómo no voy a saberlo. Usted es Ricardo Sumalavia . Un colega me dijo que tenía un amigo peruano en Lima, que se llamaba Ricardo Sumalavia y yo creí que era usted. Usted tenía mi teléfono, el número de mi cuarto. Usted tiene que ser Ricardo Sumalavia.
Yo no soy Ricardo Sumalavia.
¿Qui etes vous alors? Quién es usted, mon dieu.
Soy un fantasma. Usted ha hablado tres horas con un escritor fantasma.
Vous etes fou. Yo no puedo haber hablado en el Perú con alguien que está en Francia.
Esas cosas pasan en el Perú, mon cher ami.
El filósofo francés se paró asustado y salió corriendo del Haití.
Cuando se me acercó el mozo las lágrimas corrían por mis mejillas.
¿Qué le pasa, doctor, le han dado una mala noticia? Me preguntó.
París ha muerto, ¿se ha enterado usted? El mozo sonrió.
Yo no soy Ricardo Sumalavia.
¿Qui etes vous alors? Quién es usted, mon dieu.
Soy un fantasma. Usted ha hablado tres horas con un escritor fantasma.
Vous etes fou. Yo no puedo haber hablado en el Perú con alguien que está en Francia.
Esas cosas pasan en el Perú, mon cher ami.
El filósofo francés se paró asustado y salió corriendo del Haití.
Cuando se me acercó el mozo las lágrimas corrían por mis mejillas.
¿Qué le pasa, doctor, le han dado una mala noticia? Me preguntó.
París ha muerto, ¿se ha enterado usted? El mozo sonrió.
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Carlos Calderón Fajardo,
Ricardo Sumalavia
10/13/2009
cuestión de manos
Hace unos pocos días, en los últimos que utilice una férula para proteger mi mano derecha, un amigo francés me preguntó qué tal iba. "Mejorando de a pocos", le respondí. Luego agregué que lo más complicado es escribir. "Pero utiliza la mano izquierda", me dijo él. Le dije que eso intentaba. En todo caso, con un teclado no tan duro, me defendía bien a la hora de redactar algunos textos breves. Quisé hacer una broma con ello -quizás lo dije, ya no recuerdo-, pero él se quedó en silencio. A poco me dijo: "desde ayer yo hago todo con la mano izquierda". De buenas a primeras no entendí a qué se refería. Sólo atiné a ver su mano derecha para verificar si tenía algún vendaje o férula como la mía. "Ahora escribo y hago todo, absolutamente todo, con la mano izquierda", insistió. Lo dijo con cierto orgullo, al menos eso creí ver detrás de su sonrisa. Enseguida empezó una explicación en la que precisó que, como se acababa de separar de su mujer, había decidido un cambio radical. Viviría solo y todo lo organizaría a partir de su mano izquierda. "Volver al orden", y sonrió otra vez. Le pedí que me lo pusiera en orden a mí, porque yo no estaba entendiendo nada. A lo que me contó que, cuando era pequeño, él era zurdo. No se acuerda cuándo ni cómo, pero un día comenzó a hacer todo con la derecha. Durante le escuela, sin embargo, le hubiera gustado retomar el uso de la izquierda, pero algo de pudor le obligaba a continuar con la derecha. Así creció, así se formó, así se casó. "Pero no más", afirma. Luego me demuestra lo bien que escribe con la otra mano. Me habla de sus planes, etc.
Cuando nos despedimos, él no lo notó, pero me dio la mano derecha.
Cuando nos despedimos, él no lo notó, pero me dio la mano derecha.
9/30/2009
Modiano, dossier
Hoy acaba de aparecer una nueva entrega de Le Magazine Littéraire y, para mi sorpresa, en este número hay un dossier dedicado a Patrick Modiano. Lo compré de inmediato y lo estoy leyendo con mucho placer. Y hay, para sus seguidores, una entrevista imperdible, realizasa por Maryline Heck. Por eso decidí, para compartirla con ellos, y con ustedes, traducir a la volada, algunos fragmentos. Aquí va:
De lejos, Un pedigrí ha significado un giro en su obra: usted publica por primera vez un libro estrictamente autobiográfico, en el cual revelaba frontalmente ciertos elementos de su vida que aparecían de una manera velada en sus novelas (…)
Yo hubiera creído que el rizo estaba rizado, que estaba liberado de ciertas cosas, pero la idea de que uno puede pasar a otra cosa es un poco una ilusión. Somos prisioneros de nuestro imaginario, como somos prisioneros denuestra voz. Lo que es terrible. Yo siempre tuve la impresión de escribir el mismo libro. Un pedigrí se refracta en los otros; y, según creo, no tiene otro interés que conectarse con los otros libros. Lo que evoco en Un pedigrí son cosas que me han pasado, pero que no me concernían profundamente. Yo lamento no haber podido escribir un libro en el cual yo hubiera hablado de una infancia armoniosa, como yo lo había disfrutado en ciertos escritores rusos. Como Speak, Memory: An Autobiography Revisited de Nabokov, en la que la infancia es una suerte de paraíso perdido.
¿Este libro ha marcado para usted el fin de la escritura autobiográfica?
Sí. Porque le escritura autobiográfica siempre me ha molestado. Si uno quiere verdaderamente hablar de cosas íntimas, que nos conciernen, es un poco delicado… Pienso que hay un tono autobiográfico que no es del todo preciso. Para Un pedigrí era fácil porque yo hablaba de cosas de las que me quería librar. Pero si queremos de verdad entrar en la vida de un sujeto, estamos obligados a hablar de cosas muy íntimas, de personas que han estado involucradas en nuestra vida… Uno no está seguro que dice verdaderamente cosas precisas sobre ellas. Esto es muy peligroso, siempre hay olvidos, voluntarios o involuntarios. Me han gustado ciertas autobiografías, como la de Nabokov o Mendelstam. Pero en algún momento me han hecho reír un poco. Existe un lado caso ridículo, sobre todo en los hombres… una manera de atribuirse un buen rol. Yo pienso que no encontraría nunca el tono preciso si escribiera una autobiografía. Extrañamente, he tenido la impresión de acercarme más a mi propia vida dentro de la ficción.
[…]
¿Concretamente, como transcurre su trabajo de escritura?
Yo escribo todos los días. Como el acto de escribir no me es del todo agradable, trato de librarme de esto lo más rápido posible. Pero escribo todos los días, sino pierdo el hilo. Si yo saltaba un día o dos, corría el riesgo de abandonarlo todo. Es necesario darse marcos precisos, sino todo se va al agua. Por otro lado, yo nunca logro escribir por mucho tiempo. Me ha fascinado siempre escuchar a escritores decir que ellos son capaces de escribir seis horas de corrido… Soy incapaz de esto. Yo pienso todo el día, pero el momento de escritura dura en sí apenas una hora. Esto me hace pensar en ciertos cirujanos que son obligados a hacer las cosas rápidamente, sino sus manos tiemblan. Al principio escribo de un premier envión, y enseguida hay una fase de corrección que es interminable, que dura más que el tiempo de la misma redacción. Son correcciones de detalles, suprimo, cambio palabras, esto no acaba… Yo puedo pasar así ocho horas seguidas. Escribo a mano, no utilizo computadora. Yo lo lamento sin embargo; pero ahora ya no es posible, es muy tarde para que yo aprenda. Esto me hubiera facilitado las cosas, principalmente para este trabajo de corrección tan preciso.
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novela,
Patrick Modiano,
Un pedigrí
9/28/2009
mi mundo un poco más
Hay gente diciendo que invento anécdotas. Pues no, no las invento. Sólo las cuento como me viene en gana. Me imagino que la creencia de las invenciones proviene de lo desaforado de las historias. Qué culpa tengo yo de ver el mundo de esta manera. O, qué culpa tengo yo que ellos no vean el mundo de esta manera. Puede ser muy interesante la realidad que ellos vivan, pero no es la que necesariamente me interese.
Por ejemplo, buscando datos de narradores ecuatorianos (pues ya conté mil veces que trabajo en una Biblioteca sobre temas latinoamericanos), me topo con una biografía disparatada. No doy el nombre del escritor porque poco importa (no el escritor, sino el dato en sí. Un nombre no altera nada. Podría tratarse de cualquiera de nosotros). Su biogría ofrece en las primeras líneas lo siguiente: "Hijo legítimo del Ing. XXX, Director de Obras Públicas en YYY, Fiscalizador de las carreteras ZZ-HH, AA-BBy CC, natural de PP". ¿Lo leeríamos de modo diferente si supiéramos que se trataba de un hijo ilegítimo? O era sólo para distinguir a este hijo de lo otros no-legítimos (ya saben, tanto andar por carreteras y fiscalizando calienta la cabeza). Pero lo que más me sorprendió fue la parte final de la biografía. El biógrafo nos suelta lo siguiente sobre el escritor: "Estatura mediana, tez trigueña, ojos y pelo negro y ondeado, faz expresiva, don de gente y trato distinguido. Es uno de los narradores más importantes de la hora actual del país, lastima que sus obligaciones diplomáticas le quiten tiempo para la literatura, pues está espléndidamente dotado para el cuento, que, como se sabe, es un género muy exigente y difícil."
Como pueden ver, en mi mundo pasan estas cosas. No sé si en el suyo, imaginario lector, querido amigo.
Por ejemplo, buscando datos de narradores ecuatorianos (pues ya conté mil veces que trabajo en una Biblioteca sobre temas latinoamericanos), me topo con una biografía disparatada. No doy el nombre del escritor porque poco importa (no el escritor, sino el dato en sí. Un nombre no altera nada. Podría tratarse de cualquiera de nosotros). Su biogría ofrece en las primeras líneas lo siguiente: "Hijo legítimo del Ing. XXX, Director de Obras Públicas en YYY, Fiscalizador de las carreteras ZZ-HH, AA-BBy CC, natural de PP". ¿Lo leeríamos de modo diferente si supiéramos que se trataba de un hijo ilegítimo? O era sólo para distinguir a este hijo de lo otros no-legítimos (ya saben, tanto andar por carreteras y fiscalizando calienta la cabeza). Pero lo que más me sorprendió fue la parte final de la biografía. El biógrafo nos suelta lo siguiente sobre el escritor: "Estatura mediana, tez trigueña, ojos y pelo negro y ondeado, faz expresiva, don de gente y trato distinguido. Es uno de los narradores más importantes de la hora actual del país, lastima que sus obligaciones diplomáticas le quiten tiempo para la literatura, pues está espléndidamente dotado para el cuento, que, como se sabe, es un género muy exigente y difícil."
Como pueden ver, en mi mundo pasan estas cosas. No sé si en el suyo, imaginario lector, querido amigo.
9/18/2009
juventud y tesoro y divino
En Francia no hay encuentros, coloquios, congresos de narradores o poetas jóvenes. No hay revistas que los represente. Aquí no hay antologías para escritores nacidos entre 1960 y 1990 o 1968 y 1992 o 1970 y 1995. Rara vez se reunen en un bar. Muy pocos se conocen entre sí. ¿Dónde se están, entonces? Pues están en todas partes. No son numerosos y pasan inadvertidos. Pero están. La razón: ahora en este país a nadie se le ocurre distinguir a los escritores por edades. Los medios se detendrán en los novísimos, claro; habrá alguna foto de familia, entrevistas en común para algún suplemento. Eso es todo. Luego desaparecen en el mundo de la literatura francesa. En Inglaterra no es así. Granta es un ejemplo de ello. Busca estas promesas y muchas veces acierta. Buenas lecturas públicas y borracheras han compartido estos jóvenes. Y luego se diluyen en la literatura en lengua inglesa. Sin embargo, viendo estos ejemplos, me pregunto: en qué momento la literatura en lengua española comenzó a privilegiar “lo joven”? en qué momento pasó a ser una categoría rígida y excluyente?
9/15/2009
Todos los cuentos, el cuento
Como muchos lectores –todos debiera decir- de Fernando Iwasaki, he reído y disfrutado a cantidades de su último libro España, aparta de mí estos premios, recientemente editado por Páginas de Espuma. Estoy seguro de que muchos de esos ellos justificarán su risotada aduciendo que Iwasaki ha pintado perfectamente a la sociedad española, a su política, la saturación de sus medios de comunicación, etc. Y es verdad, debajo de esas historias desaforadas, con japoneses que brotan como si fueran champiñones, descubrimos personajes con los que nos topamos todos los días, que rondan por las calles o platós de tele u ocupan escaños en alianzas políticas poco menos que hilarantes. Pero en este libro veo gratamente que hay mucho más: que ese reconocimiento en el otro, y reírse de ese otro y de uno mismo, entra en una crisis total. He allí, debo admitir, el placer de mi lectura.
Este libro plantea qué es ser español, y para aproximarse a su respuesta se hurga en su pasado, se rastrea hasta el fondo, y lo que se haya es un japonés. Y va también en doble sentido: lo japonés se desdibuja, se hace ibérico, y va adquiriendo formas híbridas. Y esto lo vemos no sólo a nivel del argumento, sino también en el conjunto del libro, cuando notamos que los cuentos son variantes de lo que podríamos llamar un tronco argumental. El cuento se va adaptando camaleónicamente a unas bases muy concretas de distintos premios literarios, que sobre todo quieren destacar la identidad de alguna región u organización u agrupación local, etc. Pero, como paradójico resultado, vemos que la sociedad se va pareciendo al camaleón.
No me cabe duda de que Fernando Iwasaki se ha preguntado por años, y se lo han preguntado por esos mismos años, qué identidad asume sabiendo de sus orígenes japoneses, peruanos, italianos y también españoles. Definitivamente no hay respuesta. No tendría por qué haberla. Lo que hay es un libro estupendo que consigue que después de reírnos tanto nos demos cuenta de que se nos ha caído la máscara.
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