12/31/2008

Cumple

Hoy es mi cumpleaños. El número 40. Podría escribir post de despedida de 2008, pero prefiero los post de bienvenida. Bueno, yo ya empecé a celebrar.
O quizás, antes de terminar este año, una pequeña anécdota. Esta tarde, mientras fui a cortarme el cabello, noté que una muchacha, en plena calle, hablaba sola. Creí que usaba uno de esos móviles con micro ultra sensible, pero no. Movía las manos y decía: "Alto! usted sí pase." "Usted no! Qué no entiende??" Todo lo decía mirando fijamente hacia el suelo. Pasé junto a ella y alzó la mirada. Se habrá preguntado mi nacionalidad, creo. Yo me quedé quieto. Pensó unos segundos y luego dijo: pase!
Y eso hago ahora: pasar.

12/30/2008

Mujeres de riesgo

Un comentario al post anterior me hace referencia a Sexografías de Gabriela Wiener. Si bien yo me refería solo a cuentos y novelas, el comentario me da pie para hablar un poco de l extraordinario libro de Gabriela. Es una pena que no lo tenga a la mano. De hecho es el libro más manoseado de Burdeos, pues se lo presto a medio mundo y ese medio mundo está de acuerdo en la buena calidad del libro. Para ser un libro de crónicas, debo decir que ha propiciado muchas erecciones. Y esto es todo un mérito. No porque sea difícil que yo alcance una erección -en estas épocas del viagra nadie, salvo los cardiacos, debe preocuparse por ello-, sino porque entre las páginas de este libro se consigue la nota justa, la descripción exacta y la sugerencia dosificada para poner a mil por hora la imaginación y otras membranas.
En este libro yo veo más de un mérito: darle difusión y notoriedad a la crónica latinoamericana y buscar otros registros, un lenguaje para esa novedad siempre buscada. Por otro lado, y ya lo he dicho en posts anteriores, creo que la prosa escrita por mujeres en América latina está en pleno apogeo porque arriesgan. Ellas no están con el apremio editorial de las antiguas novelas totales ni esperan quedar bien con sus lectores. Hay en ellas una rebeldía contenida que se está canalizando estupendamente en sus escritos. No quiero decir que en los hombres ya no exista esa rebeldía, pero obedecen a otros órdenes.
Por eso me entusiasmo con Sexografías. Estas crónicas nos muestran el gran espectáculo del sexo de la gente común o el sexo común de gente espectacular.

12/29/2008

Sexo por amor y algunas páginas

Como es sabido por muchos, el Salón de Libro de París tendrá como país invitado a México. Es meritorio el gran esfuerzo de los mexicanos por difundir su literatura (su cultura en general, debo precisar). Tanto así, que circulaban listas de mexicanos invitados antes que los escritores mismos se enteren. En Perú los escritores ya se habrían sacado los ojos por formar parte de esa lista, algo así como cien pirañas alrededor de una brocheta de pollo. Y los organizadores? pues ellos estarían concentrados en determinar si ofrecer Pisco o ceviche el día de la inauguración. O determinar si invitaban a la cantante Susana Baca o Eva Ayllón (estupendas cantantes; las admiro; búsquenlas en youtube, pero ustedes saben de qué hablo).
Bueno, a lo que quería ir. A propósito de la invitación de México a este salón de libro, la consigna de los editores franceses fue buscar escritores, lo conocidos y los que no. Incluso les han pedido a ciertos traductores habituales que busquen ciertas temáticas precisas. Y entre ellas está la novela erótica. Sí, al parecer hay una editorial francesa a la caza de sobadas, escarceos, lamidas y demás ocupaciones con sabor a polvo mexicano. Y, según tengo entendido, hallaron sin problemas libros a traducir. Bien por ellos. Pero cierto día un traductor, de puro curioso, me preguntó cuáles eran los escritores peruanos que desarrollaban la narrativa erótica. ____________ Largo silencio. Primero recordé El elogio de la madrastra de Vargas Llosa, y otras del mismo escritor donde los polvos transcurren con toda soltura. Asimismo se vino a mi mente otras narraciones con buenos momentos de erotismo, como Canto de sirena de Gregorio Martínez y cuentos de Gálvez Ronceros. ¿Y qué más? ¿no hay más polvos en la literatura nacional? o como diría un personaje en Pantaleón y las visitadoras: acaso creen que no tenemos pishula? Claro que los hay! No sé por qué, pero tengo la impresión de que la narrativa peruana es tan solemne que los polvos tienen un aire de tristeza. No hay sexo espontáneo, libre, porque sí, como es tan pródiga la narrativa caribeña, por ejemplo. Parece que en la narrativa peruana todavía se tiene sexo por amor, o por desamor. _____________ otro largo silencio antes de que estalle a carcajadas.

12/23/2008

La decencia del discreto

¿Quién determina el tiempo prudencial para la publicación entre un libro y otro de cualquier escritor? Dicen que debe haber un promedio de cuatro años. Dicen que publicar un libro tras otro, anualmente, no es bueno. El argumento que esgrimen es que con el tiempo el libro madura. Todo es posible, pero creo que no hay reglas para tales maduraciones. Ejemplos hay a miles de escritores que escribieron y publicaron lo mejor de su obra en un periodo corto de tiempo. Los hay también que esperaron toda la vida para terminar un único y magnífico libro. Lo que está claro es que el cajón del escritorio no le dará mayor calidad, así se trate de un escritorio en roble.
Otro asunto es que se hable del ritmo de publicaciones con criterios comerciales, en tanto objeto de venta y consumo. Es evidente que quien tiene la decisión es el editor. Si el escritor de su casa editora es bueno y vende, es lógico que lo presionará para que termine sus libros. No le conviene que sus escritores se tomen diez años, por poner un ejemplo. En esta época el producto tiene que estar en las narices del consumidor, sino, no existe. Repito que éste es un criterio comercial que involucra a escritores "comerciales" -que los hay- y los que no lo son. No confundamos las cosas, que ya un joven escritor despistado me tomó como contraejemplo, como si yo declarara que hay que publicar seguido y a cómo dé lugar. No se puede ser ingenuo ante la evidencia de las nuevas reglas del mercado editorial, pero tampoco se puede entregar a este juego sin dar batalla y tratar de replantear las reglas. Finalmente, cada uno será responsable de lo que escriba y cuando y cómo lo difunda.

12/22/2008

Títulos que ya no me gustan (o cuando el juego nos hace estúpidos)

Si alguien termina de escribir un libro de cuentos, una novela, un poemario, etc. y carece de títulos para su libro, no hay nada más fácil que buscar un sustantivo común que remita al nombre de una ciencia o afines, y luego pegarle al lado un adjetivo o modificador indirecto que hable de sentimientos (y también afines). El lenguaje es maravilloso y un eterno peligro.
Aquí una lista de títulos posibles. Si alguno ya encabeza su publicación, sólo sonreía -de hecho alguno pertenece a algún autor extinto y que ahora sólo es tinta-.

Geometría del amor
Arquitectura de la soledad
Cuántica del deseo
Mecánica del dolor
Números tristes
Enciclopedia mínima
La velocidad del silencio
Tanques melancólicos
La soledad de los aviones
Aritmética sublime
La nostalgia de las catedrales
Cálculos inquietos
La nobleza del vacío
El milagro sólido
El orgasmo infinitesimal
eyaculación procaz

(se aceptan sugerencias)

12/09/2008

Ciertos caminos hacia Un lugar llamado Oreja de Perro



Las novelas nos invitan a rastrear su tradición, sus tradiciones. A las novelas, mientras las leemos, les creamos su tradición, sus tradiciones. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays, y recuerdo que el poeta Stéphane Mallarmé se culpaba de la muerte de su pequeño Anatole. Este niño murió a los ocho años a causa de una enfermedad congénita. Mallarmé escribía cartas a sus amigos y les decía que él no podía hacer nada contra una enfermedad que afectaba a su hijo y a la cual él mismo había sobrevivido. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro y recuerdo la hija muerta de Víctor Hugo. Léopoldine se acababa de casar y daba un paseo con su esposo en una embarcación por el Sena. De pronto, una mala maniobra hizo que la muchacha de 19 años cayera al río. Su marido se lanzó tras ella para rescatarla, pero ambos murieron. Dicen que ella estaba embarazada. Víctor Hugo se enteró mientras leía un periódico en un café durante uno de sus veraneos con su amante en el sur de Francia. El se culpó muchas veces. Decía que la muerte de su hija era un castigo a su infidelidad. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro y recuerdo otra novela, En lengua materna, del coreano-americano Lee, Chang-rae. El protagonista es un espía que ya no le importa cambiar de identidad. La suya, su identidad, se ha quebrado con la muerte de su hijo y el abandono de su mujer. Pero requiere hurgar y contemplar las piezas que fue y será.

***

En un lugar de La Mancha del cual no quiero acordarmeEn un lugar… Todos tenemos un lugar que ocultar, que olvidar, pero ese lugar guarda una memoria.

***

Oreja de Perro existe. Se construyó en una topografía mental. Igualmente existe Busardo, en otra de las novelas de Thays, El viaje interior. Como también existe el propio Perú, en esa topografía que todos hemos delineado a nuestro antojo y que al parecer muchos reclaman como única. En el caso de Thays es interesante saber que estos lugares nunca son su tierra natal. Y por ello, en un primer nivel, el protagonista será y se sentirá siempre un marginado, alguien que busca conocer los códigos del entorno, pero ante lo cual siempre está el peligro de ser expulsado. Sin embargo, en un segundo nivel, estas ciudades son una especie de Itaca a la inversa. Una vez que se encuentra en esa Oreja de Perro física, el protagonista realiza otro viaje a esa otra Oreja de Perro, en la que su pasado tiende a ser borrado, como si nada antes hubiera sucedido. Y en este viaje lo acompaña, a través de una inevitable memoria, la dolorosa presencia de su hijo muerto.
Pero también hay otra memoria que lo guía, la de una muchacha lugareña que está embarazada y que no puede olvidar la desaparición de su madre durante los años más cruentos de la violencia en el Perú. Incluso, al protagonista lo persigue esa no-memoria del hombre que perdió a su esposa e hijos en un accidente. Todos saben de su pasado menos él. De esta manera, lo que tenemos son memorias reemplazadas, sufrimientos que se corresponden. Dolores fragmentados.

***

Antes, casi todas las novelas las leíamos bajo el principio de que debían ser verosímiles -guardar su lógica interna- y que debían, por tanto, hacernos olvidar de que se trataban de mundos ficcionales. En estos últimos tiempos, por el contrario, hay escritores que le enrostran al lector que lo que están leyendo es ficción, un artificio, que no deben creer lo que leen. Sin embargo, estas evidencias causan un efecto perturbador en el lector, pues surgen nuevos modos de lectura. Por otro lado, en esa estrategia, el autor interviene, o puede hacerlo, como personaje –tal cual o distorsionado-, y él también se convierte, entonces, en un artificio, en una mentira descubierta por todos, en un entrometido entre la ficción y la realidad.
En un lugar llamado Oreja de Perro me es inevitable no notar la correspondencia con el autor. Pero para los que no saben nada de Iván Thays, difícil –diría imposible- en estos tiempos de facebook, blogs y toda difusión por Internet, hasta la mínima información del autor en la solapa del libro nos da una advertencia y nos predispone a su presencia en la novela. Pero lo que se consigue, lo que busca en esta sobre exposición, es desaparecer. En un pasaje de la novela, el protagonista observa desde su ventana como se graba unas secuencias de lo que podría ser una telenovela o una película. De pronto deja de lado la imagen de los camarógrafos y todo el equipo de grabación y se concentra en la pareja de actores. Pero todo se detiene, la pareja se interrumpe. El observador ha terminado por entrometerse en la filmación. Luego el observador se retira, se esconde detrás de una cortina y vuelve a su propia representación.

***

¿Qué sucedió realmente en el Perú desde el principio de los años ochenta? En esta novela, como quizás en La hora azul de Alonso Cueto o Abril rojo de Santiago Roncagliolo, por sólo citar a las de algunos escritores a los que cierta crítica (practicada por un otro grupo de escritores) tiende a llamar (y simplificar) como criollos, costeños y otros términos que buscan ser excluyentes, hallamos algunas constantes. Una de ellas es que los que representarían a los integrantes de Sendero Luminoso o el MRTA, casi siempre son personajes brumosos, fantasmales o ausentes. Se habla de ellos, pero no tienen una participación directa en la trama de la novela. A diferencia de la muy marcada presencia militar: agresiva, desquiciada, neurótica al no saber exactamente contra qué o quiénes está o estuvo peleando.
Luego tenemos al protagonista, que suele ser de la capital, con una vida resuelta económicamente, y que en determinado momento tiene que, no únicamente enfrentarse a una realidad que parece desbordarlo, sino integrarse a la problemática misma de la violencia. Es lo que le sucede al periodista que va a Oreja de Perro y reemplaza una memoria por otras. Quiere entender qué sucedió y cómo se relaciona él en ese entorno. Y en el caso de esta novela, el protagonista deja en claro sus limitaciones. No tiene la capacidad de falsa adaptación, por ejemplo, del fotógrafo Scamarone, también de la capital, un verdadero criollo –criollazo, lo llamaríamos en Lima-. Y digo falsa adaptación porque este tipo de personajes no busca entender o problematizar lo que pasó en el Perú, sino recubrirlo todo de charlatanería. En este sentido el protagonista es honesto en su desconocimiento, en sus temores, en reconocer una estética distinta, que no tiene por qué contentarlo, pero sí reconfortarlo en las nuevas coordenadas que se establece en su vida.

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La historia privada del protagonista de Un lugar llamado Oreja de Perro también guarda una estrecha correspondencia con El Informe de la Comisión de La Verdad –que también se discute en la propia novela-. En un pasaje leemos: “Pensamos que las fotografías, los recortes de periódicos, las cartas, los videos, los testimonios, los recuerdos, sostienen la memoria. Pero no la sostienen, la reemplazan.” Se puede sostener, en otro nivel de lectura, que Thays plantea que todos aquellos muertos, desaparecidos, durante los años de la violencia, desde el momento en el que se tomaron los registros de sus existencias, recobraron su memoria, y que la novela misma, en tanto soporte textual, guarda una memoria, o todas las memorias.
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En Las fotografías de Frances Farmer, publicado en 1992, hay un cuento titulado "No necesariamente rubia" en el que un hombre público, que lleva un programa de televisión, es llamado por la policía para que responda unas preguntas a propósito del descubrimiento del cadáver de un muchacha. Paralela a esta historia, vemos otra, la de una niña en una pequeña casa a orillas del mar. En su historia, la de la niña, vemos un pasaje que nos lleva también a otro de Un lugar llamado Oreja de Perro. La lugareña embarazada le cuenta al protagonista los momentos previos a la desaparición de su madre. El pasaje en común se refiere a que ambas niñas disfrutan al contemplar y lavarse los pies en una batea llena de agua. En la novela la niña se frota los pies con los de su madre. Es inevitable no ver una comunión, un rito de amor y purificación en este hecho. Un momento de felicidad al cual hay que aferrarse.
***
Algo más me queda claro: con esta novela, Iván Thays confirma que la intimidad -una estética de la intimidad, podríamos decir-no se riñe con el imaginario colectivo, con una problemática social determinada. Esta afirmación debería ser una perogrullada, pero en el Perú no lo es.
Un lugar llamado Oreja de Perro nos lanza al vacío, como debe ser.

(Iván Thays. Un lugar llamado Oreja de Perro, Anagrama, 2008.)

11/28/2008

Manuel González Prada revisitado

Y sigo con los modernistas. Qué le voy a hacer. Y descubro cosas geniales. Les recomiendo a todos los nuevos narradores y cronistas que echen una mirada atrás si es que quieren avanzar (sí, a veces se me escapan frases así. Ni modo). Y entre esas pesquisas hallé un texto de Manuel González Prada, peruano poco leído, poco apreciado ahora, pero que en su momento Vallejo y otros de su generación lo consideraban un maestro. Prada era contradictorio y no paraba de renovar y dar lecciones. Podríamos decir, incluso, que la contradicción que dinamizaba su obra lo llevó, a finales del siglo XIX, atisbar algunas directrices de la futura vanguardia europea. Prueba de ello es su ensayo inconcluso e inédito que, según Luis Alberto Sánchez (algo hay que creerle), fue escrito durante la estancia de los Prada en Francia, entre 1891 y 1898. El ensayo llevaba por título “Escribas y retóricos” y en uno de sus pasajes dice:


Aquel amplio y generoso espíritu griego que consideraba la belleza tan sagrada
como la virtud y el amor tan noble como el sacrificio, debe animarnos hoy para
estimar a la industria tanto como al Arte, a la agricultura como a la poesía, a
la ópera tanto como la estatua ¿por qué el telégrafo y la dínamo ha de estimarse
menos que la Ilíada y la Eneida? ¿Por qué Bell y Edison deben ocupar sitio
inferior a Shakespeare y Cánova? (…) inventar la máquina de coser vale tanto
como escribir la Divina Comedia.

Esta cita nos remite directamente al Manifiesto futurista de Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944), publicado en 1909, primero en Italia y luego en Francia en Le Figaro, donde se lee:

4. Nous déclarons que la splendeur du monde s'est enrichie d'une beauté
nouvelle : la beauté de la vitesse. Une automobile de course avec son
coffre ornée de gros tuyaux tels des serpents à l'haleine explosive... une
automobile rugissante, qui a l'air de courir sur de la mitraille, est plus belle
que La Victoire de Samothrace.


Todos los saben, la máquina fue el elemento emblemático de la nueva estética vanguardista, el signo tangible del cambio, lo que alteraba el orden y planteaba, a su vez, nuevos códigos estéticos. En el caso de González Prada la búsqueda de cette beauté nouvelle no tenía por interés destruir y cancelar lo antiguo, lo viejo, como lo propusieron los vanguardistas, sino modernizar, lo cual implicaba renovar, enriquecer y ampliar el concepto de belleza.
A ver si aprendemos algo.

11/27/2008

Intimidad

Un amigo me acaba de preguntar sobre la intimidad, sobre lo que uno puede o no exponer en público. Me lo preguntó por los blogs, precisamente. Y, como siempre, yo dudo de todo. Dudo de que la intimidad se siga viendo de la misma manera como hace 20 años atrás. Digo 20 pero podrían ser 10 o 5. La noción de intimidad se ve alterada cuando vemos que muchas personas colocan sus fotos « íntimas », personales, en internet. ¿Quién no tiene una cuenta en facebook, myspace, hi5, etc. Atención, no lo vayamos a simplificar diciendo que se trata de simple exhibicionismo. Creo que hay un fenómeno mucho más complejo. Lo mismo podríamos decir de los videos en youtube y todas sus variantes. Cualquier persona nos muestra el bautizo de su hijo o el funeral de su suegra. Y no sólo eso: esperan comentarios. No se trata de una actitud pasiva. Hasta aquí hablo de cualquiera, de nuestro vecino, de quien me entero más de su intimidad por internet que por tocarle la puerta.
Esta nueva noción de intimidad que se va gestando también alcanza al arte. ¿Qué hace Sofía Calle si no es exponernos y afectarnos con su intimidad? Cada día más son los propios artistas el objeto de arte. Y en lo literario pasa lo mismo. La autoficción, o como quieran llamarle, existe. El escritor se expone, pero lo hace en un doble juego de recreación. Se muestra y se construye mientras se muestra. Entonces, ¿hablamos de una intimidad real?, ¿algo que podríamos llamar una intimidad ficticia? Suena paradójico, como todo lo que nos pasa.

11/26/2008

No se ofenda, amigo personaje. Lo hago por su bien.

En una de las sesiones de mi taller virtual La Cueva se me ocurrió poner en práctica un ejercicio de escritura. Les pedí a los talleristas que nos insultáramos durante un tiempo que yo fijaría. No entendían bien de qué iba todo esto, pero aceptaron. Confiaban en mí, qué le vamos a hacer. Di la partida y los primeros insultos aparecieron en pantalla. Al principio eran bastante tímidos, generales, iban dirigidos al grupo. Luego, se fueron personalizando poco a poco y el tono se elevó. De pronto noté que los disparos iban certeros y que era momento de detenerlo si no quería abatidos. Lo divertido es que se quedaron con las ganas de seguir insultando. Pedían reiniciar el ejercicio. Pero no. Había sido suficiente. La idea era saber hasta qué punto (además del desfogue) este ejercicio nos ayudaba en lo que escribíamos. Un punto, creo que el más importante para quienes están interesados en la escritura, es que no podía insultar sin conocer realmente a la otra persona. Era necesaria saber detalles de su vida, de su personalidad y hallar la frase perfecta para insultarlo. ¿Se imaginan ustedes si empleáramos este recurso con nuestrso personajes de ficción? Es decir, si somos capaces de encontrar un buen insulto para nuestros personajes, significa que lo hemos construido debidamente, que conocemos hasta sus debilidades. Claro, esto es sólo un recurso narrativo, no una fórmula. Los insultos, al no individualizarlos, son sólos palabras vacías. No ofenden a nadie. ¿O no?, lector de mierda.

11/25/2008

Brújulas / hacia dónde vamos / venimos

Ahora ando metido en varias lecturas sobre el modernismo hispanoamericano. Por supuesto, en estas Primeras impresiones no pretendo definirlo. No lo haría por cuestiones de espacio y por muchas cuestiones más. Entra ellas, porque sus fronteras son cada vez más indefinibles y se va extendiendo temporalmente. Les recomiendo leer El proyecto inconcluso. La vigencia del modernismo, de Iván Schulman.
Lo sí quisiera remarcar del modernismo es su rasgo de contradicción estética e ideológica. Ya a finales del XIX los escritores renegaban del romanticismo, del costumbrismo, del naturalismo, y del propio modernismo, y sin embargo todos ellos se apropiaban, consciente o no, de sus diversos recursos expresivos. Y un dato importante: todos o la mayoría se formaron en los medios de prensa.
Si uno se pregunta qué pasa en estas épocas del naciente siglo XXI, no creo que distemos mucho de las ambigüedades modernistas. Los préstamos de la crónica, del ensayo y otros géneros para ser empleados en el cuento y la novela modernistas, esa hibridación, no sólo se dio porque estos géneros literarios se estaban gestando, sino también porque respondían a los requerimientos de una lectoría variada y compleja. Pienso que los textos híbridos que ahora hallamos en tantos escritores latinoamericanos, no sólo se nutren de tradiciones en otras lenguas, lo cual es válido y sano, sino que también estas formas se han podido desarrollar porque ya existía una tradición que las respaldará.

11/21/2008

Le pot de chambre de la France

Esta semana, como la anterior, estamos bajo una lluvia permanente en Burdeos. para alguien que me viene de Lima y su tímida llovizna, lo de aquí le puede parecer un aluvión. Sin embargo no lo es tanto. Incluso ahora mismo hay un débil lluvia. Lo curioso es que, por razones académicas, estoy leyendo unos textos de Manuel González Prada de fines del XIX, y me topo con una cita de su esposa en la que recuerda su estancia, precisamente en esta ciudad. A ella le llamó la atención las lluvias de aquí; tanto que le divirtió cuando alguien le dijo que Burdeos era conocida como el pot de chambre de la France. Es decir, la bacinica de Francia.
Y, bueno, allá voy ahora mismo. Debo hacer algunas compras.

11/20/2008

En Lima, al fin.

Y bueno! Por fin llegó mi novela a Lima. Pensé que se convertiría en un libro fantasma, un espectro apenas percibido por personas dispuestas a estos encuentros paranormales. Curiosamente la noticia la supe por una cálida nota de Carlos Sotomayor en el Correo.
Escribe CARLOS M. SOTOMAYOR.
La memoria suele ser en ocasiones selectiva. Rescata del
olvido aquellos sucesos que revisten gran significancia en nuestra muchas veces anodina existencia. Hace poco recordé un momento grato acaecido hace varios años. Me encontraba recorriendo los anaqueles de la librería El Virrey de San Isidro cuando reparé en un libro cuya cubierta me mostraba un lienzo en el que aparecían unos niños sentados en medio de la sala de un caserón antiguo. Se trataba de Retratos familiares, segundo libro de Ricardo Sumalavia. Y
recuerdo que, tras adquirirlo, hallé entre sus páginas a un autor cuya
sensibilidad encontraba cercana. Y recuerdo, como si apenas fuera ayer, el primer cuento, "Retorno", y una frase misteriosa: "Soy una especie de minotauro abúlico, hastiado de este lugar, y mi hermano un salvador con el amor quebrado". Conocí a su autor poco tiempo después y, gracias a una reedición, pude leer su ópera prima: Habitaciones. Transcurrieron los años, apareció un nuevo libro de cuentos, Enciclopedia mínima, y mi admiración por su narrativa creció tanto como el afecto que le profeso, el mismo que se les
tributa a las almas nobles.
Que la tierra te sea leve (Bruguera, 2008), libro publicado en España y que ya se puede encontrar en Lima, no es sólo su primera novela, marca, de alguna manera, la legitimación de su talento literario. Y
reitera, como en los grandes autores, aquellos temas que persisten en su universo narrativo: la infancia, la memoria y, sobre todo, la relación entre hermanos. Porque esta novela está signada por la búsqueda del hermano (sea sanguíneo o no), del cómplice, de ese otro en el cual podemos reconocernos.

11/18/2008

generaciones y afinidades

Leí en la revista Quimera n° 298 una entrevista a Junot Díaz, autor de La maravillosa vida breve de Oscar Wao. Entre muchas cosas interesantes que dice, aquí quiero destacar una, en la que responde a la pregunta de si se siente integrante de alguna generación. Su respuesta fue:

NO, EN ABSOLUTO. En la película Los siete samuráis, el personaje llamado Kikychiyo, interpretado por Toshiro Mifune, va por ahí con un papel en el que hay escritos un montón de nombres. El dice que son los miembros de su familia, pero ese papel se lo robó a un muerto. Yo creo que los escritores somos así, somos como Kikychiyo, vamos por ahí con un papel diciendo: yo pertenezco a esto o a lo otro… Pero en realidad es algo robado de un muerto. Nunca sabes quién te influyó, quién es tu padre o tu madre, literariamente hablando… No hacemos sino mantener sueños o mitos, en ese sentido… Yo a veces me siento cercano a escritores, pero no sé si me han influido o no…



La frase me parece genial, pero aplicable a él. No sé si se pueda generalizar de esa manera a todos los escritores. Yo sospecho que hay aquellos que se sienten a gusto como parte de un proyecto colectivo, generacional, o con sólo saber que comparten muchas afinidades con otros escritores que no conocen más que por sus propios textos. Me pregunto por qué hay cierta reticencia a asumir proyectos creativos colectivos? A qué viene el temor a tener un familia literaria? Es obvio que actualmente la diversidad de propuestas estéticas es la constante de esta época. Tantas como escritores, se dice; pero no veo la incompatibilidad con asumir la existencia de pequeñas familias, una suma de comunidades con rasgos compartidos. Por supuesto, estas afinidades no tienen por qué determinarse, necesariamente, por nacionalidades. Creo, por el contrario, que de darse éstas, en estos días se alimentan más de distintos ámbitos, más allá de toda territorialidad.

11/15/2008

La unidad y el caos (a propósito de Que la tierra te sea leve)

Hace poco apareció en el periódico La Verdad de Murcia, una reseña, escrita por el poeta y crítico José Belmonte, a mi primera novela, Que la tierra te sea leve. Ya que este blog sólo es leído entre mis amigos (casi puedo decir: hola Pedro, hola Juan, etc.), quiero compartir este texto que, lamentablemente, no aparece en línea.

¿Alguien había pensado en serio que la literatura hispanoamericana se había ido definitivamente al traste? ¿De nada ha servido el magisterio de esos autores que en su día merecieron los más encendidos elogios? Hablamos, entre otros, de Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, García Márquez o Vargas Llosa. En un libro publicado a principios de los años setenta, Historia personal del Boom, su autor, el chileno José Donoso, en su capítulo final hablaba de todo lo que quedará con el paso del tiempo, cuando sean sometidas a un análisis más detenido y riguroso esas obras consideradas, acaso con cierta precipitación, como maestras. Y se refiere, asimismo, no sin cierta preocupación, a lo que él denomina “cosas nuevas”. O lo que es lo mismo: ¿habrá autores que en los años futuros, es decir, ya en siglo XXI, sean capaces de continuar esa explosión de creatividad en el mundo de la narrativa?

La respuesta tiene ya algunos nombres que podríamos calificar de paradigmáticos. Algunos de ellos han obtenido importantes galardones, como el Herralde de novela. Entre esos nombres cabe citar el del peruano Ricardo Sumalavia (Lima, 1968), quien se inició en el
mundo de la narrativa con algunos libros de cuentos, acogidos muy favorablemente por la crítica más exigente. Hace ahora su primera incursión por el mundo de la novela. Y nos ofrece un título que nos resulta muy evocador, incluso enigmático: Que la tierra te sea leve. Para empezar, se trata de una obra ambiciosa, de gran complejidad, dirigida a un lector hecho y derecho, exigente y con experiencia en
estas labores. Un relato en donde la ficción, pura y dura, se mezcla sabiamente con la memoria y la autobiografía. Un relato intenso, profundo, sugerente en el que se aborda de manera valiente asuntos como la fealdad, el desarraigo, el desamor y el exilio interior. Y, junto a ello, fluye, como un río silencioso, todo lo referente a la metaficción. La novela dentro de la novela. O, si se prefiere, los misterios dela creación literaria. “Por más que trato de impedirlo -asegura uno de los narradores de la obra-, todos mis recuerdos continúan fundiéndose entre sí, se van haciendo uno (…) Que el caos me dé la unidad si
ésta existe”. Una novela madura, escrita impecablemente y que a nadie deja impasible.

11/14/2008

La jornada de la mona y el paciente

Este libro había aparecido el 2006 en México, pero solamente hasta hoy he podido conseguir un ejemplar. Y lo puedo decir sin empacho, el libro La jornada de la mona y el paciente, de Mario de Bellatin, es uno de sus mejores libros. Debo precisar que he leído también en otras oportunidades, reseñas, artículos sobre su obra, y todo me parece parcial, insuficiente. Es cierto que no necesariamente se puede pretender una crítica totalizadora, pero en el caso particular de los libros de Bellatin queda claro que es un absurdo pretenderlo. Todas las entradas a sus novelas tienden a decirte que es una entrada equivocada, que su narración es una no-narración, que sus definiciones son una no-definición, etc. (entiéndase al infinito o la nada). Pero el texto está allí, ante nosotros. Se ha construído a partir de imágenes o recuerdos que podrían ser falsos; de un pasado o una realidad que incluye sus propias fantasías o sueños como parte de su materialidad (tendríamos que decir también su no-materialidad).
En esta novela vemos, recordamos, imaginamos, soñamos, junto con el narrador, la imagen de un hombre, el padre de esa voz que se hace texto, que salta al vacío para atrapar una mona rebelde. Tenemos la imagen del hombre suspendido en los aires. La movilidad contenida o la inercia a punto de estallar. A partir de esta imagen la escritura misma se cuestiona, renueva, se hace necesaria para su gestor.
Quizás me haya equivocado de entrada, una vez más.

11/12/2008

Los cuentos de Thanassis Valtinos

Se supone que debería estar leyendo otros libros. Se supone que debería estar escribiendo otros textos. Pero no. Un amigo me prestó una breve antología de cuentos de un escritor griego: Thanassis Valtinos. La edición francesa se llama Accoutumance à la nicotine. Y se trata de una bella edición preparada por una pequeña editorial bordelesa, Finitude. El libro llegó a mis manos, lo empecé a leer y aquí me tienen: presentando a este autor y sus cuentos. En verdad no sé mucho de él. En una búsquedad rápida por internet no encontré ediciones en español. Lo que hallé es que, efectivamente, se trata de un escritor reconocido. No como los narradores Nikos Kazantzakis ni Vassilis Vassilikos, a quienes se pueden leer en diversas lenguas. Lo cierto es que se le conoce, principalmente, como el guionista de las películas de Theo Angelopoulos.
Valtinos nace en 1932 en el Peloponeso y le tocó vivir casi toda la época convulsa de la invasión alemana, de la guerra civil, las persecuciones y tensiones políticas que dominaron Grecia. Y todo ello lo podemos encontrar en sus cuentos. Sin embargo, lo que me atrajo más en sus historias es que todo parte de hechos banales, de anécdotas simples, como recordar la primera vez que se fuma un cigarrillo, asistir a un funeral, el veraneo de una muchacha en una de las tantas islas griegas, llevar en taxi hacia el hospital a un niño enfermo, etc. No obstante, poco a poco vemos como lateralmente el escenario, los personajes secundarios van imponiendo sus problemas, sus confusiones, etc. No es mucho lo que se nos dice de ellos. Se trata de un cruce de miradas oblicuas. Un ejemplo claro es el de la muchacha vereneante. El título del cuento lo podríamos traducir como Agnès: treinta tomas. Aquí el influjo cinematográfico del autor es evidente. Se nos describe con una sensualidad impresionante a una muchacha en ropa de baño, su cuerpo, su piel, pero intercaladas a estas imágenes, aparecen las de unos niños ajenos a todo, gozando de su espacio, y la de un hombre, Mikhalis, padre de los niños, quien solo quiere cuidarlos, y cuidar sus tierras. Cuidar porque siempre hay una amenaza latente, amenaza que se concreta con la aparición de una patrulla que hace desaparecer a Mikhalis.
En estas historias, todo lo bello que se construye y se recuerda siempre está a un paso de desplomarse. Pero Valtinos sabe que es mejor correr el riesgo.

11/08/2008

Burdeles y aparecidos (versiones y dispersiones)

En el año 2004 publiqué un libro de ficción breve, Enciclopedia mínima. Como es natural, a algunos cuentos les tengo más cariño que a otros. Y no digo que me gusten más o que los crea de gran nivel (esto me recuerda cuando a un conocido escritor argentino le dije que me había gustado uno de sus cuentos. "Hermoso cuento, verdad?" fue lo que me respondió). Este no es el caso. Sólo que les tengo cariño por el momento particular de su escritura, por lo que me evocan de su proceso de gestación. Uno de esos cuentos se titula Burdeles y aparecidos y aparece en la sección llamada Prostitución sagrada. Alguna vez busqué entre mis cuadernos y encontré su primera versión, escrita con mi habitual mala caligrafía y los borrones y correcciones de siempre. Decidí escanearla y tenerla allí, guardada en un archivo. Ahora se me ocurrió ponerlo aquí, compartir su momento inicial, jugar a la crítica textual, que poco o nada puede hacer con los manuscritos actuales que pasan las correcciones en la computadora. También verán algunas anotaciones que aparecen en las mismas páginas, algunas citas que tomé en ese momento, los títulos de los libros que pensaba publicar, hasta el número de páginas que planifiqué.



También va la versión final del cuento.





Burdeles y aparecidos

Los últimos sucesos terminaron por ahuyentar a las familias que habitaban el viejo caserón de la calle Huatica. Si bien todos sabían que dicha casa fue el burdel más vistoso y concurrido de los años treinta, nadie pensó que al ser clausurado y ocupadas sus habitaciones por numerosas y desventuradas familias, estas fueran sorprendidas por particulares apariciones en los salones, los corredores y en las propias camas donde dormían. Al principio, no todo fue quejas. Los hombres se divertían al ver mujeres semidesnudas en sus puertas, y hasta un muchacho confesó haber descubierto el sexo gracias a las visitas nocturnas de una lívida mujer. Sin embargo, la incomodidad y el miedo llegaron cuando los hombres ya no diferenciaron entre sus esposas y las aparecidas, y el joven iniciado tuvo más de un susto cuando su visitante le exigía su correspondiente pago. Para remediarlo se convocaron algunos espiritistas y rezadoras, pero poco se pudo hacer. Por el contrario, el número de aparecidos se incrementó. Ahora no solo surgían prostitutas ante la vista de todos, sino también clientes espec-trales que formaban fila en las entradas de las habitaciones. Generalmente estos clientes se marchaban apenas terminaban sus fantasmales descargas, pero, para desesperación de los vivos, siempre quedaba uno, tímido e indeciso, que caminaba por todo el caserón una y otra vez. Por ello, cuando las familias decidieron abandonar el lugar, no supieron si el rostro tristísimo de aquel cliente era porque ellos se marchaban o porque aún no se animaba a entrar a una de las habitaciones.


11/06/2008

Finales falsos

Cuando uno escribe un microrrelato, siempre tiene la tentación de darle un final sorpresivo. Es lo que está más a la mano. Sin embargo, creo yo, hay que evitar caer en este recurso o tener bien en claro para qué lo usamos. Es común hallar cuentos en los que su desenlace, con un supuesto quiebre genial, se resuelve con un personaje que ha venido soñando todo lo narrado y su madre lo despierta para que vaya a la escuela o al trabajo, o que la gran batalla resultó ser la final de un campeonato local de fútbol, o que el ajusticiamiento o decapitación en realidad se trataba de una cebolla rebanada. Esto demuestra, obviamente, poco oficio o menos ingenio o simple pereza en su autor. El final sorpresivo no debe verse como el recurso decisivo para el buen funcionamiento del cuento, y en especial del breve; pues su lectura se reduciría terriblemente a un banal efectismo. Este final debe ser un elemento más en el texto. Su efecto debe residir en ser un falso final; que el lector crea, por un momento, que todo se decide en sus últimas palabras. Pero no es así. El lector más avisado sospechará que hay algo más tras ese desenlace. Quizás no sepa finalmente de qué se trata, pero esa ignorancia será placentera.

11/05/2008

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes, sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.

11/03/2008

Iván Thays finalista del Herralde

Hace dieciocho años comíamos todos los sábados un plato de lomo saltado en el restaurante Cocoon. Este era un lugar pequeño y ya no existe. Se hallaba en plena Diagonal de Miraflores. Llegábamos allí luego de trabajar toda la mañana en el Museo de Arte de Lima. Durante la comida, Iván contaba muchas historias, que podrían ser de sus lecturas, sus proyectos, lo que le acababa de suceder o todo junto. Y reíamos mucho: de sus lecturas, de sus proyectos, de lo que le acababa de suceder, de todo junto. Eso sucedía todos los sábados, antes de ir a las reuniones del Grupo Centeno. Allí, seguimos riendo.

11/01/2008

Halloween en Burdeos

Vivo en una zona de edificios en los que más abundan los jubilados. Esto ha permitido que haya un mejor contacto con los vecinos, pues tienen tiempo y necesidad de conversar con los demás. Claro, esto no siempre es así. Hace poco leí una crónica del gran escritor colombiano Santiago Gamboa en la que cuenta que una anciana vive encerrada por años en su piso parisino. Mis vecinos son algo más sociables, pero acabo de comprobar que son poco dados a los cambios en el mundo. Halloween, por ejemplo, lo han venido a descubrir cuando mi pequeña hija se apareció ante sus puertas para pedirles caramelos. Mi pequeña volvió a casa contenta pero agotada. Tuvo que explicarles a casi todos qué era "Halloween". Una mujer le dijo que era turca pero que igual le daría caramelos. Otro anciano tomó de la canastilla de mi niña un par de chocolates y luego le dio un euro. Otra preguntó si era posible hacer todo esto pero sin tocar la puerta y sin que él los tenga que atender. Uno más, un antiguo bailarín de cabaret que luego padeció una malformación de la cara, espantó al compañerito de mi hija, pero ella, habituada al gentil vecino, aprovechó y echó mano a todos los dulces que le ofreció. Los caramelos dados por otros vecinos, sorprendidos por la petición, fueron prudentemente separados por nosotros, pues sus envolturas delataban unas cuantas décadas.
Luego del balance vecinal que me dio mi hija, dimos curso al botín de dulces. Ella está muy contenta, ya lo dije, y mi desayuno ha estado lleno de chocolates.

10/31/2008

¿A qué asociación vas?

Hace unos días ya hablé de los nuevos hábitos franceses a propósito de la las leyes que prohiben fumar en espacios públicos. Bueno, pues a esos nuevos hábitos hay que sumar los antiguos, en particular lo referido a las asociaciones. Son innumerables y hay para todos los gustos. Pero vayamos por partes : ¿qué busca una asociación? Podríamos encontrar muchas razones filantrópicas, que serán ciertas, como las que ayudan a la insertación de los inmigrantes en la sociedad francesa, las que protegen la naturaleza, las que promueven la cultura y las demás. El tema es que detrás de todo esto, percibo, están las desesperadas ganas de conocer gente, de evitar la despiadada soledad que ha venido como consecuencia de su tan reclamada independencia. La lógica es sencilla: si no tienes amigos, anda a una asociación. En éstas suele haber buen ambiente. También hay las que sirven para encontrar pareja. Un día, mientras le mostraba la ciudad al escritor Jorge Eduardo Benavides, quien vive en Madrid, y, luego de un par de cognacs, vimos a través de unas enormes ventanas el interior de un café. Fijando la mirada, que es lo que hicimos, descubrimos que había una mesa repleta de personas tejiendo a crochet. Hablo de personas entre 25 y 40 años, hombres y mujeres, charlando, compartiendo miradas, sonrisas y consejos para el tejido. Inmediatamente Jorge y yo miramos por los alrededores para encontrar alguna respuesta y ésta apareció en forma rectagular, una pizarra, que indicaba las actividades de la Asociación de Tejedores a Crochet de Burdeos. « Mira, tú! », me dijo Jorge. « Mira, pues! », le di por respuesta. Las cosas que pasan al otro lado de la frontera.

10/28/2008

Nubes

No es novedad que las relaciones entre las personas cambien a la más mínima ley, capricho, o avance tecnológico. Desde no hace mucho se puso en práctica en toda Francia el no fumar en lugares públicos. Al principio fue la locura. Y era de entenderse. La mayoría de franceses fuma a rabiar. Incluso, a pesar del precio de los cigarrillos, muchos prefieren bolsas de tabaco, filtros y papel y se ponen a armarlos ellos mismos. Claro, en esto no está sólo el vicio de fumar, sino también el toque del nuevo joven urbano. En fin, lo cierto es que les tocó a los fumadores excluirse de los demás. Para los que no fumamos mucho o casi nada, da gusto entrar a un bar, tomar unos tragos y salir sin apestar a tabaco (de todas las calidades). Todo va bien hasta aquí, o quizás no si cambiamos de perspectiva. Pues he notado, pasado los meses, que esta ley les ha caído de maravillas a los antiguos fumadores solitarios. Ahora se concentran en las entradas de los bares y restaurantes, intercambian sonrisas, hacen trueques de filtros, tabaco y papel, charlan, piden números de teléfono y seguramente más de una pareja gozará íntimamente de este encuentro y se sentirá sobre una nube (de humo). Y qué pasa con los que no fuman. Huelen bien pero tienen un aire a aburridos. El ambiente está en las terrazas, no importa la época del año. Todos los establecimientos se han visto obligados a pedir permisos y ocupar parte de las aceras. Las sillas y mesas se extienden cada vez más, en medio de humaredas. Así, hasta da ganas de fumar un poco más. Quien no quiere estar de vez en cuando sobre una nube.

10/23/2008

El ratón latinoamericano

Vivir en Francia me ha enseñado muchas cosas. Por supuesto, no pretendo decir todo lo que aprendí. Ya lo iré filtrando poco a poco. Lo que sí quisiera destacar es la visión que tienen algunos franceses, y podría extenderlo a los europeos en general, de la América Latina. En particular en el medio académico. Me ha sucedido encontrarme con profesores que no aceptan ningún matiz en su postura sobre AL, ningún cambio en lo que fue y será su tesis doctoral. Estas personas se han construído una América a su medida e imparten cátedra de ello, organizan congresos, publican libros, etc. Y lo más curioso es que quieren en AL se hagan los cambios que no son capaces de hacer en sus propios países. Somos su objeto de estudio, su ratón de laboratorio, y los ratones no se quejan ni argumentan en contra.
Hablan de AL con tal vehemencia que me hacen dudar de si realmente vengo de Perú o si he vivido en una búrbuja. Y no digo nada sobre su opinión del Che. Es casi Dios. Tanto que si el Che reviviera preguntaría de quién están hablando.
Ahora bien, si el ratón de turno se queja de esta visión, es decir yo, pues el ratón pasa a ser un derechista pro- Bush. Mucho cuidado, eh; ser enemigo de un profesor universitario es un peligro enorme.
Recuerdo alguna vez, dando una charla sobre el lenguaje y el poder, se me ocurrió contar un mito cashinahua. En este mito se relataba la historia de cómo las mujeres cashinahua aprendieron a alumbrar a sus hijos. Según esta historia, estas mujeres no sabían cómo hacerlo y cada vez que estaban embarazadas debían ir hasta el Inca y someterse a las barbaridades y canibalismos de sus sacerdotes. Como era de esperarse, el profesor que me invitó, especialista en los Incas, me cortó la charla aduciendo que era hora de comer. La historia estaba escrita y no había que cambiarla.
No conozco el medio académico norteamericano, pero sospecho que sólo se cambiaran un par de nombres y el ratón seguirá siendo el mismo.

10/21/2008

Tiempos idos

Regularmente doy vueltas por los estantes de la biblioteca para descubrir algunos libros nuevos, echar una mirada a los que no les hice caso antes, reencontrarme con los autores que siempre me han fascinado. Acabo de dar una de esas vueltas y lo que me encontré me ha sorprendido. Leí la contraportada de una novela peruana en una edición española y, sin ningún asomo de arrepentimiento, puede afirmar que no leeré más. Espero que me den la razón luego de mostrarles unas líneas de la presentación de la novela. Si no me dan la razón, pues creo que seriamente debo replantearme muchas cosas. Lean :

« A finales de los años cincuenta Hilda, una joven de origen humilde, entra a trabajar como sirvienta en la casa del hacendado Ignacio Cáceres en Arequipa. Al poco tiempo es seducida por su patrón, que aprovecha hábilmente su ingenuidad ante el poder y el dinero. Olivia, la hija de Cáceres, está convencida de que el mundo le pertenece por derecho propio, pero sale perdiendo al tratar de imponer sus caprichos a Sonia Olavarría, según ella su mejor amiga del colegio, a quien usa y humilla sutilmente. »

Estoy seguro que alguno habrá pensado que se trata de un pastiche, de novela que se apropia de otros géneros, de otros códigos, de la influencia de los culebrones en la nueva novela. Otros dirán que es una novela de comienzos del siglo XX. Pues no, es del 2004 y la autora parece estar convencida de su historia. ¿Se puede escribir todavía sobre esos temas y de esa manera? A veces creo que hay lectores, y escritores, que se quedaron detenidos en el tiempo, que el mundo de su adolescencia (que sin duda la adolecieron), las lecturas de sus primeros años, los marcaron de tal modo que se resisten a aceptar que ha habido cambios. ¿Quién dijo que el mundo va demasiado rápido? Si es así, hay gente que no se ha enterado y sigue a la espera de su carruaje

10/20/2008

ombligos

Bueno, luego de un largo viaje y distanciamiento de cualquier cibercafé y computadoras de amigos, vuelvo, sólo con unas líneas, a este blog. Y vuelvo con noticias pasadas, con periódico viejo, con almanaques que sólo sirven para decorar los refrigeradores y la parte trasera de algunas puertas. Me refiero al premio Nobel de literatura otorgado este año a Jean-Marie Gustave Le Clézio. Casi todos los comentarios han ido en contra de la calidad del premiado y, a lo sumo, hay uno que otro con tono perdonavidas. Yo no entiendo de dónde viene la decepción. ¿Son ingenuos o qué? Por un lado están los que siempre reniegan de este premio y lo desacreditan. Y sí, más suman los errores que los aciertos entre los premiados. Y si es así, para qué seguir prestándole atención. Ni el propio Le Clézio se lo toma en serio.
También están los otros, los que dicen que nadie conoce a Le Clézio porque “ellos” no conocen a Le Clézio. El ombligo de estos hombres debe estar amarillo del uso. ¿Conocían éstos a Imre Kertez antes de su premio? Lo dudo.
¿No hay otro escritor japonés aparte de Murakami que merezca este premio? ¿O el candidato coreano Ko Un (que no me gusta nada)? Seguro que sí!

10/10/2008

Hipocondríacos

El resfrío sigue, mi garganta se ha visto afectada por las dificultadas respiratorias y leo Vidas perpendiculares de Alvaro Enrigue. Ya antes indique cómo mi estado de salud condiciona mis lecturas y viceversa. Eso de somatizar todo lo que uno lee es tremendo. Uno se vuelve una suerte de hipocondríaco literario. Lees unas líneas e inmediatamente gritas: "Eso lo viví yo también!!"o "pero eso me está pasando". Y hay que tener cuidado con lo que uno lee, si no vean al Quijote o Madame Bovary y tantos más. Se imaginan qué sucedería si estás en esas etapas de hipocondría literaria y te nombran miembro de un jurado de relatos eróticos. Definitivamente ese miembro terminará exhausto. Y que ni vaya a la premiación del concurso; no quedaría alma en pie ni sentada).
Bueno, se suponía que hablaría de Vidas perpendiculares. Si la han leído, ya pueden imaginarse en qué situación me encuentro. Lo mejor será que espere el paso de la enfermedad y retome el comentario de esta novela. Lo que quisiera adelantar es que estoy seguro de que Alvaro Enrigue se ha divertido hasta el empacho escribiendo esta notable novela. "Igualito me he sentido yo".

10/07/2008

Lecturas afiebradas

He leído en muchas entrevistas a escritores que durante su infancia ellos tuvieron un contacto pleno con la lectura en largos periodos de convalecencia. Lo que siempre me he preguntado es si ese periodo de salud quebrada no influía en sus lecturas; y lo contrario también, si sus lecturas no afectaban su restablecimiento. Yo recuerdo tres momentos precisos en los que la lectura de algún libro -mientras padecía una fuerte gripe o algún tipo de infección estomacal, digamos- me afectaba tremendamente. El primero fue en la adolescencia, esa tarde había leído cuentos, ya no sé cuántos, de Antón Chejov. Y, como es lógico cuando hay infecciones, las fiebres vienen por la noche. Pues bien, esa noche, entre escalofríos y alucinaciones, me veía en pueblos rusos, como si asistiera a un desfile de condenados. Sin embargo, entre ese mar de gente, de pronto aparecía un rostro núbil, de belleza pueblerina (cuándo habré visto yo pueblos rusos del XIX), que me enternecía.
La segunda vez fue en los años universitarios. Debido a un curso de narrativa peruana tuve que leer y releer libros de Arguedas y Ciro Alegría. Y esa noche, en medio de otras fiebres, soñé –tendría que decir: deliré- que los personajes eran minúsculos (no más de tres centímetros) y se desplazaban sobre mi cama, sobre mí, como si se tratara de un agreste terreno andino. A esta imagen la acompañaba una terrible sensación de angustia.
El tercer momento acaba de suceder. Ahora mismo estoy con una gripe devastadora, pero entre espacios de calma respiratoria, he leído Los amantes de Todos los Santos, del colombiano Juan Gabriel Vásquez. Son cuentos en los que todas las parejas o han terminado o están a punto de terminar sus relaciones. Es una constante exploración sobre el porqué se llega a ese momento, querer saber en qué momento se echó todo a perder. En estos cuentos todos sus personajes se van en picada, y nosotros con ellos. Imagínense su efecto en mi estado febril. Durante la noche, y con mi esposa al lado, durmiendo como una bendita, tuve las peores pesadillas por culpa (tendría que decir gracias, pero no) de ese libro.
Lean ese libro y tengan sus propias pesadillas, y si hay fiebres, mejor.

10/05/2008

En el tejado

Acabo de leer un libro de cuentos de Russel Banks. Viviendo donde vivo, Burdeos, sólo encontré una edición francesa. No tengo ni idea de si hay una versión en español. En inglés, el libro lleva por título The angel on the roof. La versión francesa, L’ange sur le toit. Literal y exacto. Allí, entre todos los cuentos, me fascinó el llamado “Djinn”. Este cuento trascurre en la ciudad de Gbandeh, en la Républica Democrática de Katonga, en el oeste africano. El narrador es un americano, empleado de una empresa de sandalias que tenía su fábrica en esta ciudad. Este, mientras pasaba algunas temporadas de trabajo en Gbandeh, sólo quería cumplir con su misión y hacerse de una rutina entre el hotel y un restaurante del centro de la ciudad. Sin embargo esta rutina se vio quebrada por la presencia de un loco vagabundo, Djinn, conocido por los alrededores, pero que, una cierta noche, dio de gritos al asustado narrador. Este personaje no quiso volver más a este restaurante y trató de rehacerse en sus hábitos. Claro, hay impulsos, deseos inexplicables, y es lo que tuvo el empleado norteamericano al volver una noche al mismo restaurante. Y, como era de esperarse, el loco apareció nuevamente, siguiendo sus propias rutinas. Sólo que en esta caso, no le prestó importancia a nuestro narrador y decidió trepar por balcones, muros, a realizar equilibrios sumamente peligrosos que comenzaron a inquietar a los comensales. Finalmente vinieron los gendarmes de la zona y, luego de previas advertencias, le pegaron un tiro. Este hombre cayó y todo volvió a la calma. Nuestro narrador, no obstante a la tranquilidad que se impuso, de pronto se vio alterado y trepo por los mismos balcones, muros, techos y, pese a las conminaciones, permaneció toda la noche sobre un tejado. No hubo más disparos ni gritos. Lo dejaron allí.
Lo que me sorprendió de este cuento, como en otros similares, y que me dejó desasosegado, es la posibilidad de volvernos otros; de dejar nuestro espacio, nuestra razón, y mimetizarnos con ese otro con el que no creíamos tener similitudes. Y, lo más sorprendente, que los demás también empiecen a verte como ese otro.
Desde niño siempre temí que algo así me suceda algún día.

10/04/2008

En las llamas de la poesía

Admito inmediatamente que el título de este post es ridículo aquí y en las antípodas (ustedes ponen el aquí y su respectiva antípoda), pero es el que mejor le viene a una anécdota banal que les quiero contar brevemente.
Hace unos días estuve en un café del centro de Burdeos con unos amigos. En realidad, el café se encuentra dentro de una antigua iglesia que ahora funciona como un multicine. Sin lugar a equivocarme puedo afirmar que pasan películas excelentes, con unos ciclos que rara vez se pueden ver en salas de otros países, y que organizan debates muy estimulantes. No es extraño entonces que el café de este cine tenga un aire bastante intelectual -así existan corrientes anti-intelectuales en el mundo-. Asistí al café porque, entre otras cosas, un grupo de amigos me anunció que también vendría un poeta de Québec, de paso por esta ciudad. Nadie lo conocía de nada; apareció invitado por una amiga de este poeta que afirmaba, y confirmaba, su calidad poética. A poco de saludarnos, nos repartió a todos su tarjeta de presentación, además de unos separadores de páginas con poemas suyos impresos. A mis amigos, más que las tarjetas, les divertía su acento. No hay nada más que divierta a un francés que el acento de los canadienses. Luego el poeta saco unos cuantos ejemplares de lo al parecer era su antología general: lo anunció así. Dijo que había llegado el momento luego de publicar tantos libros de poemas desde la década del setenta. Le eché una mirada a su libro, leí algunos poemas y me pregunté si era mi nivel de francés o sus poemas eran realmente malos. Primer indicio de lo segundo, además de mi lectura: él era dueño de la editorial. Segundo indicio: dijo que en su país existen mafias, que sólo se invitan y se antologan entre ellos –eso ya lo había escuchado antes (y en español). Tercer indicio: precisó que había encomendado a sus estudiantes extranjeros que tradujeran su poesía. Cuarto indicio, y definitivo, (que verán que no tiene necesaria correlación, pero lo mismo me da): en la solapa del libro aparecía la lista de todos sus libros publicados anteriormente y, junto a cada título, la palabra agotado. Uno de mis amigos le dijo:
-Usted es todo un éxito en su país. Ha agotado todos sus libros.
A lo que el poeta de Québec respondió:
- Casi. Lo que sucede es que yo guardaba todos los ejemplares en mi casa y ésta se incendio. Todos mis libros se quemaron.
Dicho esto nadie le volvió a dirigir la palabra. Me dio cierta vergüenza y algo le pregunté sobre sus lecturas. Como respuesta que me dijo que él era un poeta maldito. La vergüenza se me fue y tampoco le volví a hablar.

10/03/2008

Condicionales y alternativas

1. Si la niña le lanzó la pequeña pelota a su madre y ésta le fue devuelta con una sonrisa cuarenta años después,
2. Si aquel joven, mientras sujetaba el rostro de su amada, era poseedor de tal energía, ilimitada e inmerecida,
3. Siempre y cuando sus ojos sigan el trayecto del vuelo del halcón hacia él y no se atreva a cerrarlos,

Si buscas un consecuente a estos condicionantes :

a) podrías satisfacer a tu razón
b) podrías satisfacer a tu gramática
c) podrías terminar un cuento (de los que satisfacen a la razón y la gramática)
d)

10/02/2008

Email desde Burdeos

Los de la revista Quimera, en Barcelona, tuvieron la gentileza de invitarme a participar de una sección llamada Email desde XX. Pues bien, para el número del mes septiembre les envíe el siguiente texto:



Mi refugio es aquél

Madame Laforet me dijo que uno de sus primeros recuerdos de la guerra, la Gran Guerra, la segunda, para que no cupiera dudas, ya que ella había nacido sólo poco después de la primera guerra, era el de un bombardeo a Burdeos a cargo de los aliados. No mucho antes la ciudad había sido nombrada la nueva capital de Francia –en la que duró dos semanas-, albergado al general De Gaulle y algunos de sus ministros y luego el escenario de la huida de todos ellos ante la inminente ocupación alemana. Aquel día, aletardos por los altavoces, prácticamente toda la ciudad se refugió en los bosques que rodeaban la ciudad. Fueron pocos los que se sentían seguros en los refugios de Allée de Tourny, en pleno centro y a escasas calles de la nueva administración nazi. La imagen que ella recuperaba de sí era la de una jovencita asustada. Hubiera querido decir « muy » asustada, pero no fue así. Si bien tenía la edad más que suficiente para darse cuenta de lo que sucedía, se sentía protegida junto a su familia, caminando rápidamente, sin correr. De pronto se descubre al pie de una laguna. Muchas familias estaban ya apostadas a las orillas. Todos permanecían en silencio, mirándose las caras, reconociéndose, oyendo sobrevolar a los aviones, las explosiones que podrían ya haber destruido sus casas. Sólo querían que todo pase de una vez; sin embargo un débil silbido comenzó a hacerse cada vez más evidente. Nadie se atrevió a alzar la mirada, nadie quería saber lo que caía del cielo. Pero cayó. Una bomba cayó en medio de la laguna. Todos cerraron los ojos, apretaron los dientes, cerraron los puños, se inclinaron ligeramente hacia atrás o simplemente no movieron un músculo. Esperaron la detonación.
Aquella tarde, en el Ateneo de Burdeos, en medio de lo que alguna vez fueron escombros, le pedí a mis otros estudiantes de español que me narrarán alguna historia de esos años de la ocupación. Si bien Madame Laforet era la mayor del grupo, los demás también tendrían recuerdos de aquella época. El más joven superaba los setenta años. A pesar de mi insistencia, los demás me hablaron de sus viajes por los viñedos, de la pronta y bella reconstrucción de Burdeos después de la liberación, de sus amores. Sus palabras me divertían, pero yo quería algo más, que estallara la bomba. Les pregunté específicamente por la Resistencia, pero lo que recibí fueron sonrisas amables. Sólo eso. Quizás yo me excedía en mis preguntas y no era pertinente hablar de resistentes y colaboradores. No cuando el ajuste de cuentas es parte de la naturaleza humana. No entre ellos, que cuando niños crecieron viendo a los soldados alemanes y marinos italianos sacarse fotografías ante el Gran Teatro o la hermosa pileta de la Place des Quinconces, y quizás fue alguno de sus padres o hermanos mayores quienes fueron llamados para tomar un retrato a todo el grupo.
Al salir del Ateneo caminé hacia la parada de tranvía Hotel de Ville. Los turistas continuaban con sus fotografías frente a la Catedral de Saint André. Un grupo de mexicanos, al reconocer mi indiscutible aspecto latinoamericano, me pidió que le haga una foto. Yo acepté. Una vez hecha la fotografía me preguntaron mi nacionalidad. ¿Son muchos los peruanos en Burdeos?, me preguntó uno de ellos. No tantos, respondí. Los dejé discutiendo en torno al estilo de la Catedral. Recordé que la noticia más antigua de un peruano en Burdeos que yo conocía era la de un poeta de finales del XIX, llamado Nicanor Della Rocca de Vergalo, que pasó unos pocos días en un cuartucho a media calle del Cours Victor Hugo. Su presencia en esta ciudad fue célebre, entre los pocos que sabemos de su existencia, porque desde aquí le escribió una penosa carta a Stéphane Mallarmé pidiéndole dinero prestado para comprar un billete de tren hacia París. No se conoce la respuesta de Mallarmé, pero se cree que le envió el dinero. Nicanor, en su petición, había apelado a la memoria del hijo muerto del poeta francés.
Madame Laforet toma el mismo tranvía que yo, pero a ella le cuesta quince minutos más llegar a la parada. En la clase me dijo: “Nada sucedió. No hubo explosión. Aguardamos un buen rato, como si no hubiera otra opción que morir allí. No importa de qué”. Con la espera ni cuenta se dieron de que el bombardeo había pasado. Ella y su familia, todos lo que sobrevivieron en ese momento, volvieron a la ciudad. Y efectivamente, muchos hallaron sus casas destruidas.

(Revista Quimera, N° 298, septiembre de 2008)

10/01/2008

De la A a la Zeta

Cuando me han preguntado por mis primeras lecturas, las infantiles, por aquéllas que han ayudado a mi formación literaria, siempre he respondido títulos de novelas, como El principito de Antoine Saint-Exupéry; libros de cuentos, como Agua de José María Arguedas, o enciclopedias juveniles como El tesoro de la juventud o Lo sé todo. Y hablé de estos libros porque todos ellos, como tantos otros, los hallé en la biblioteca de la casa de mi cuñado. Los libros pertenecían al suegro de mi hermana, y tanto este señor como yo fuimos los únicos en saber el lugar de cada ejemplar, incluso jugaba a que me dijeran un título y yo, con los ojos cerrados, señalaba la posición en el estante del libro requerido. Es obvio que una respuesta como ésta me pinta como un niño bien educado, con lecturas convenientemente escogidas y una sensibilidad tempranamente estimulada para internarme en el mundo de la ficción. Todo esto es cierto, pero no completo. Sucede que nadie me preguntó antes cuál fue la razón por la que me acerqué a esos libros. Yo buscaba algo concreto, algo que pensé abundaría en la biblioteca del suegro de mi hermana, como sí abundaba bajo el colchón de la cama de mi padre. Pero no. No lo encontré. Esa biblioteca no tenía revistas pornográficas.
En mi casa no había mucho para leer, al menos así lo creí al principio. Salvo los textos escolares, que por el sólo hecho de remitirme al colegio me causaban espanto, a la mano había únicamente algunos comics, no tantos, nada que me sorprendiera ni atrapara particularmente, pues mis hermanos mayores y yo no coleccionábamos revistas ni discos ni afiches ni ningún otro coleccionable de las décadas del setenta u ochenta. Sin embargo, por las tardes, mi padre, antes de continuar con su trabajo como agente de Aduanas, solía sentarse en un sillón de la sala y ponerse a leer una revista. Mientras jugaba a su alrededor, yo, de soslayo, siempre veía una mujer desnuda en la portada bajo el enigmático título de Zeta. No podía ver más. Cuando me aproximaba con algún carrito o avión de combate que planeaba aterrizar en el sillón, mi padre me alejaba de inmediato marcando el entrecejo. Pasaban los días, las muchachas variaban en la portada, pero el nombre Zeta permanecía. A simple vista, no había manera de encontrar las revistas. Además, no se lo podía preguntar a mi madre. Algo me decía que no era pertinente, ya que mi padre, inicialmente, las leía cuando ella estaba fuera de casa dando sus clases de alta costura. Pero, ¿dónde las tenía? El misterio se reveló rápidamente una tarde cuando mi padre hubo salido de nuevo a trabajar y mis hermanos entraron corriendo a casa con cinco amigos más entre trece y quince años. Yo los seguí hasta el cuarto de mis padres y vi como, levantando el colchón, extraían, uno a uno, los ejemplares de la colección de revistas pornográficas de mi padre. No sólo sacaron la revista Zeta, sino otras, más pequeñas, cuyas portadas y contenidos creo que limitaron mi imaginación por lo explícitas de las secuencias fotográficas. No sé cuánto duró esa sesión de revistas, pero mis hermanos y amigos de pronto colocaron todo como lo habían encontrado y salieron velozmente. Me habían dejado solo en casa.
Es natural pensar que las cosas cambiaron desde ese momento. Aprovechaba cada vez que podía la soledad de la casa para levantar el colchón y sacar alguna revista. Bueno, pronto el colchón y un evidente desnivel en la cama dieron muestras de la necesidad de llevar todo a un viejo ropero. Curiosamente, si bien en las revistas pequeñas los ayuntamientos eran perturbadores, las mujeres que veía, rubias todas, sólo las podía ver por televisión, y en blanco y negro. En cambio con la revista Zeta era diferente, pues ésta era nacional y a sus mujeres, a pesar de no aparecer en ningún acoplamiento, la dictadura militar de entonces lo impedía, y estar ausentes de carnes firmes, las podía comparar con las vecinas, las señoras del mercado, las dependientas de las tiendas de ropa, alguna profesora de mi escuela, etc. Y de las fotos pasé a los textos, pues yo me decía que alguna relación entre palabra e imagen debía de haber. De esta manera leí muchas historias eróticas o pornográficas (en esos años no tenía idea de las sutilezas de la carne) y otras que, sin tener que ver directamente con lo erótico o pornográfico, cautivaron a muchos lectores. Me refiero a los testimonios de mujeres de la farándula limeña. En la revista Zeta leí las aventuras amorosas de Cuchita Salazar, una bellísima y joven conductora de televisión que puso de vuelta y media a los peruanos de los setenta, y también la turbia historia de la hija drogadicta de una antigua reina de belleza que pertenecía a una familia muy influyente en el Perú. Ese fue mi real inicio como lector. Por esa razón buscaba revistas pornográficas en las bibliotecas. Pero, claro, en las bibliotecas descubrí otros placeres.
Mi padre aún vive, se ha jubilado como Agente de Aduanas, y me gustaría decir que también la revista Zeta, pero a comienzos de los ochenta las revistas pornográficas extranjeras colmaron los quioscos y esta revista desapareció. Con la colección de mi padre pasó otro tanto. Cuando hubo una huelga general en las oficinas de Aduanas, la cual duró tres meses, a finales de esa misma década, el dinero fue escaseando de tal modo que mi padre, después de vender todo lo vendible para poder comer, se desprendió de su colección de revistas. Un día llegó un hombre en un triciclo destartalado a la puerta de mi casa y cargó con todo. Mi padre jamás volvió a comprar una revista pornográfica. En su poder sólo quedaron dos ejemplares rotos que él guarda bajo el cojín de un mueble de su casa. En verdad, ya no sé si las guarda o ya se olvidó que están allí. Por supuesto, ahora sí nadie las toca sin su permiso.

9/30/2008

Delfín

Cuando al fin pudo ser admitido en el grupo de boys scouts, no se imaginó la enorme verguenza que sentiría al tener que gritar, junto con otros cinco muchachos en pantalones cortos, el lema de su patrulla: ¡cri, cri, cri! Su incomodidad ni siquiera disminuyó al observar cómo los otros integrantes de las demás patrullas lanzaban aquellos gritos ridículos una vez que sus respectivos guías les daban el tono de lema: ¡Patrulla Leones, descanso, alerta, lema! Y lo mismo con la patrulla Tigres, Osos, Águilas, Tórtolos y otros animales que seguramente hubieran estado mucho mejor que pertenecer a la patrulla Delfines. No tuvo opción. Aquella patrulla era la que menos integrantes tenía y un muchacho de once años le venía bien. A los quince podría llegar, incluso, a ser jefe de patrulla. Eso le dijo el jefe del grupo al darle la bienvenida, y él se lo creyó. Hasta el momento de su llegada estuvo muy entusiasmado. Era lo que quería. Deseaba tener una camisa llena de insignias y usar una pañoleta con un nudo de cuero y el símbolo de la flor de lis en medio. Lo había visto en sus amigos mayores, en sus hermanos, y creía que era su turno.
Toda esa tarde, sin embargo, cada vez que los llamaban a formación y tenían que repetir sus lemas y gritos, él pensaba que todos los demás se reían de su débil ¡cri, cri, cri!, pero no era así. A cada boy scout se le veía muy identificado con su animal asignado y con el de los otros. Y, quizás por su actitud todavía temerosa o porque era parte del rito inicial, al final de la sesión le fue entregado el bordón de su patrulla para que lo cuide durante una semana y lo regrese a la próxima reunión sabatina. Su guía le dio todas las explicaciones necesarias para desatar el banderín de aquel palo que le doblaba en estatura, y para que cuidara de todas las ornamentaciones como cintas de colores, bandas de felpa y piel, y botones de metal incrustados. Él había entendido perfectamente lo que le dijeron; no obstante, su preocupación se centraba en cómo subiría al bus con ese bordón, en cómo disimular su vergüenza durante todo el trayecto. Si hubiera tenido el uniforme completo, se entendería que lo lleve con él; pero era su primer día y estaba vestido como siempre. El banderín, por otro lado, sólo podría ser desatado en su casa. Esa fue la indicación precisa.
Tomó las calles más estrechas y poco transitadas para llegar a la avenida. Allí aguardaría el bus que, siendo las cinco de la tarde, seguramente estaría repleto de pasajeros. Había algo de viento y el banderín flameaba a ratos, mostrando un delfín bordado en hilo grueso que surcaba sobre un mar hecho de paño gris.
El bus no tardó en llegar y, efectivamente, se hallaba colmado de gente. Le costó abrirse pasó con la carga que llevaba. No había asientos. No sabía cómo sostenerlo ni cómo sostenerse él mismo para no perder el equilibrio con el bus en marcha. Empezó a traspirar como si aquel bordón fuera un radiador recalentado. Se esforzó por llegar al pasamanos de uno de los asientos, pero lo que sintió fue una mano con dedos delgados. Es de una mujer, se dijo. Echó la cabeza un poco para atrás para darse cuenta que delante de sí tenía no exactamente a una mujer, sino a una muchacha de unos dieciséis o diesiete años. Se sorprendió de no haberla notado antes; como si hubiera aparecido de pronto, de pie, y tuviera su cuerpo a menos de un palmo. El muchacho se ruborizó, tuvo un repentino y leve mareo (o creyó tenerlo) y se aferró al bordón para no caer, para no hundirse en lo que pudiera haber bajo sus pies. Soltó los dedos de la chica con lentitud y los deslizó sobre la barra del pasamanos, sólo un poco más abajo. Debido a su todavía baja estatura, él apenas llegaba hasta el hombro de ella. Estuvo atento a alguna reacción de la muchacha, pero, salvo el zangoloteo del bus, nada parecía perturbarla.
En una de las paradas bajaron muchas personas y él pudo ubicarse un poco mejor. Ya no detrás de la muchacha, sino en asiento que consiguió del otro lado del pasadizo. En el apuro por sentarse casi rompe uno de los cristales de la ventana con el bordón. Fue un golpe seco, amortiguado quizás por el banderín. Se sentó con el bordón entre sus piernas, sosteniéndolo con sus dos manos, como si fuera un gran cayado.
Aún avergonzado por el incidente, no sabía hacia dónde mirar. Se dedicó a observar todos los ornamentos de aquel bordón, pero se aburrió pronto. Prefirió dirigir su mirada a la muchacha cuya mano había tocado antes. Ella continuaba de pie, en la misma posición. Él notó sorprendido que la muchacha llevaba un pantalón de lycra color negro, ceñido a la perfección, dibujando unas nalgas de violenta firmeza. Se quedó absorto, observando a la muchacha y con la intención de seguir haciéndolo durante el trayecto que le restaba. Sin embargo, una mirada se cruzó a la suya. Al otro extremo, sólo un poco más alejado de la muchacha, había un hombre, también de pie, que paseaba su mirada de las nalgas de la chica a la cara del muchacho del bordón. Este hombre traía puesta una camiseta sin mangas, que no correspondía a esa estación del año, y, más que sujetarse del pasamanos, parecía que estuviera colgado de él. El muchacho se inquietó cuando el hombre le mostró una sonrisa sardónica. Quiso mirar a otra parte pero no pudo evitar fijarse en el tatuaje que traía este hombre en el brazo. Se trataba de un delfín. En realidad se trataba de la figura de un hombre corpulento con cabeza de delfín. El de la figura llevaba puestos unos lentes negros de playa y se apoyaba en una tabla de correr olas. Esa cabeza de delfín también mostraba una sonrisa sardónica.
El muchacho decidió dejar de mirarlo. Tampoco quiso mirar más a la muchacha. Pero esto no duró demasiado. De pronto el hombre se soltó del pasamanos y avanzó hacia la puerta delantera para bajarse del bus. Primero pasó detrás de la muchacha. Cuando estuvo junto a ella, aprovechó otro de los moviemientos bruscos del vehículo para inclinarse hacia ella y le apretó las nalgas con fuerza. El hombre le dijo algo en el oído y la muchacha, con una expresión de miedo y vergüenza, sólo se atrevió a echar su cuerpo lentamente hacia adelante para separarse de él. El niño se quedó inmóvil, apretando el bordón entre sus manos, sin saber qué hacer. El hombre continuó su avance y se detuvo a su lado. Lo observó: a él y a su bordón, y, sin mayores movimientos, lanzó un escupitajo sobre el banderín.
—Para que tu delfín pueda nadar —le dijo.
El bus paró en una esquina y el hombre bajó. El vehículo trató de retomar la marcha, pero el motor no le respondía. Intentó dos, tres veces, y no había manera de hacerlo arrancar. Como era habitual en estos casos, varios pasajeros bajaron para esperar a que llegara el siguiente bus. Fueron bajando uno a uno. El chofer también hizo lo mismo para levantar la capota y revisar el motor de su vehículo. Cuando volvió a su asiento para tratar de encenderlo, confirmó que ya todos los pasajeros se habían bajado. Tan sólo le habían dejado un palo colorido en uno de los asientos. El chofer pensó que lo mejor sería cortarlo en dos y tenerlo a su costado.

(cuento publicado en la antología El Arca, Bestiario y Ficciones de Treintaiún Narradores Hispanoamericanos. Santiago de Chile, Sangría Editora, 2007)

9/29/2008

Microfictions

Hace ya algunos post hablé de Régis Jauffret. Poco antes de enterarme de la aparición de su libro Microfictions, muchos amigos aquí en Francia me decía que el microcuento (ficción breve) no tenía mayor acogida. A lo sumo, los carnets era lo más tolerado (y practicado). Sin embargo este enorme libro, que contiene quinientas historias, vino a quebrar estas afirmaciones y a tratar de crear cierta tradición. Y creo que es más saludable hablar de "crear una tradición" antes de "imponer una moda". Y no se crea que es camino fácil. La edición que tengo, por ejemplo, anuncia este libro como una novela. Hecho meramente editorial, claro. Tratan de que este libro tenga el aura de La vie mode d'emploi de Pérec. Pero son libros con propuestas diferentes.
Aquí les dejo con la versión libre de uno de los cuentos de Régis Jauffret.


Alzaheimer insonorizado

El neurólogo me confirmó esta tarde que yo padecía la enfermedad de Alzheimer. El me prescribió unos medicamentos que retardarán su evolución durante dos años. Cuando volví a casa, mi esposa me previno que ella no se ocuparía de mí. Debo decir que desde hace quince años ella no me ama más y si yo permanezco junto a ella es porque yo me aferro a esta casa, la cual apenas acabamos de pagar la hipoteca. Ella está enfadada con nuestros dos hijos, yo jamás supe exactamente por qué. Ella me prohibió tratar de entrar en contacto con ellos. Yo le temo; ella llega incluso a darme de golpes cuando está encolerizada. Y jamás se me ha ocurrido devolvérselos; sería como poner la mano sobre mi madre.
-Ella ocupa el primer y segundo nivel de la casa.
Pero yo acondicioné el sótano a mi gusto. Igualmente lo he insonorizado para poder tocar el violín sin que ella aparezca hecha una furia y lo rompa en dos contra su pierna. Muy a menudo, permanezco aquí durante varios días sin interrupción. Me alimento de pan, jamón, queso, manzanas. Tengo un hervidor eléctrico, puedo también hacerme café y sopas. Yo iría feliz de tiempo en tiempo a Villejuif. Respiraría otro aire, me sentiría como un extranjero, bebería una copa de vino blanco en una barra del Balto, podría asimismo comprar un periódico y sentarme en una banca para oír hablar a las personas. Pero ella prefiere que yo no salga. Cuando ella se da cuenta que estoy por salir a nuestro pequeño jardín, me lanza un cubo de hielo como si yo fuera un perro. Yo me echo a llorar, pero ella asume mis lágrimas como gotas de agua.
-Nosotros debimos ser felices al principio de nuestro matrimonio.
Pero yo ya no lo recuerdo más. Sé que nosotros tenemos una hija y un hijo, pero seguido pongo la cabeza de uno sobre el cuerpo del otro. O si no desdoblo a uno para obtener dos. Ahora los años han debido pasar. Creo que yo no tomo más los medicamentos. A menos que me los trague como pan remojado. Estos tienen casi el mismo color. Yo miro el violín, no me atrevo a tocarlo. La última vez, a cada golpe del arco, éste se ponía a gritar como si le arrancara las cuerdas.
-Desde que me caí por las escaleras mi esposa se ha apiadado de mí.
Ella me echa la comida por el tragaluz. Una vez, ella bajó. Me dijo que yo nadaba en la mierda. Jamás volvió. Yo no me acuerdo más mi nombre. Pronto, yo estaré sano. No me acordaré más de mí.

9/27/2008

Expresión eslovaca

Una amiga eslovaca, la primera que veía en mi vida, me contó que había huido de su país. Fue más específica aún: me dijo que abandonó a su familia porque su padre quería casarla con un hombre, un anciano adinerado que no dejaba de acosarla. Una historia muy común, pensé (pero no se lo dije). En realidad no le dije nada porque a duras penas lograba entenderla en un francés recién aprendido. Agregó, esta vez bajando la voz, que tuvo que matarlo. No entendí si se refería a su padre o al anciano. No se lo pregunté. Me quedé observándola, a la espera de que una mueca, una sonrisa, cualquier gesto, me revelará que se trataba de una broma. Su rostro permaneció con la misma expresión, entre triste y resignada. Sólo entonces me animé a preguntarle como se decía en su lengua : “¿tu padre te quería? ”
Ella se irguió y dijo algo verdaderamente impronunciable. Me aclaró que así lo solían decir en su país. Luego me enseñó a decir “gracias” en eslovaco. No sé para qué; ya no tengo a quién decírselo.

9/25/2008

Amigos y escritores

Hay un libro aparecido en 1998 del que, confieso, no tenía noticias. Y es un libro maravilloso para todos los que seguíamos -y seguimos a pesar de todo, la muerte incluso- a José Donoso. Hablo de un libro que recupera gran parte de su producción periodística. Se llama Artículos de incierta necesidad. No sé si este libro tuvo una difusión más allá de Chile. Y si no la tuvo, nunca es tarde, señores editores.
En su lectura tuve casi el mismo placer que experimenté cuando leí su Historia personal del boom. Libro que recomiendo a todos, en particular a los aspirantes a escritores.
Lo que me sorprende, y me encanta, es encontrar que el tema de la amistad aparece en muchos de sus artículos. Inclusive reitera anécdotas, como la referida a la muerte de Rubén Darío, en la cual cuenta que Valle Inclán deambulaba por las calles, llorando, lamentando la muerte del poeta y repitiendo como una letanía que ya no iba a tener a quién leerle sus manuscritos. También habla de las cotidianas visitas y paseos entre James Joyce e Italo Svevo, en la época en la que el primero era profesor de inglés en Trieste.
Y encontramos más de estas referencias en el artículo que lleva, justamente, el nombre de Las amistades literarias, escrita en 1982. Pero hay dos que me atraen mucho. Una es la referida a la amistad en García Márquez y Mario Vargas Llosa. Si alguien conoció de cerca esta amistad, era José Donoso. Según el chileno, la entrega a la amistad entre ambos era total. Y como prueba menciona la dedicación de MVLL en la escritura de Historia de un deicidio. Sin embargo, aunque Donoso no lo diga entonces, ya era más que pública la ruptura entre estos escritores. Pero lo que sí se aventura a decir es que MVLL cometió un deicidio con el propio GGM al escribir ese estudio y que pudo escribir luego La guerra del fin del mundo, liberado de todo, hasta de la amistad.
El otro caso que me interesó fue el de Herman Melville y Nathaliel Hawthorne. Este último acababa de publicar en 1950 La letra escarlata cuando conoce a Melville y ambos descubren que sólo viven a unos escasos kilómetros de distancia. Al parecer, el joven Melville se hallaba más que estímulado con esta amistad y ello lo llevó a terminar y publicar en 1851 Moby Dick. Durante esta amistad, las visitas de Melville eran cotidianas, pero, según parece, el carácter ermitaño de Hawthorne resistió poco tal entusiasmo. Quizás no fue la decisión determinante, pero Hawthorne decidió mudar de casa, lo más alejado posible de Melville.
Donoso cierra este artículo con la anécdota de que estos dos escritores, ya distanciados, escribieron paralelamente sendas novelas en las que el tema central era amistad frustrada entre dos hombres.
En José Donoso, por supuesto, hay más que simples anécdotas. Y es lo que recomiendo buscar.

9/19/2008

Paul Auster y la traducción

Los lectores de Paul Auster saben del interés de este escritor por la cultura francesa. Saben, igualmente, que escribió poesía. Sin embargo poco se sabe de su relación con la traducción. Encontré la versión francesa de una entrevista a propósito de este tema hecha por Stephen Rodefer en 1985. Como sé que puede interesarle a más de uno, me aventuré a una retraducción.

STEPHEN RODEFER.- ¿Cuándo comenzó a hacer traducciones?
PAUL AUSTER.- A los diecinueve o veinte años, cuando era estudiante en Columbia. En la clase de francés nos hacían leer una serie de poetas –Baudelaire, Rimbaud, Verlaine- y yo lo hallaba apasionantes, aunque no siempre los comprendiera. El hecho de que fuesen extranjeros me intimidaba –como si una obra escrita en otra lengua hasta cierto punto no fuera real- y no fue más que intentando trasladarlos al inglés que yo comencé a entenderlos. En ese momento, se trataba para mí de una actividad estrictamente privada, de un método gracias al cual yo comprendía mejor lo que leía, y yo no tenía ninguna intención de publicarlos. Creo que podríamos decir que comencé a traducir porque yo tenía dificultades para comprenderlos. Yo no podía imaginar una realidad lingüística fuera del inglés, pero yo me sentía impulsado por la necesidad de apropiarme estas obras, de integrarlas a mi propio universo.

S.R.- ¿Usted escribía poesía en esta época?
P.A.- Sí. Pero como la mayoría de los jóvenes, yo no tenía ninguna idea de lo que hacía. Uno tiene enormes ambiciones a esta edad y uno no necesariamente está equipado para realizarlas. Eso entraña un sentimiento de frustración, la profunda convicción de no estar a la altura. A lo largo de esos años yo luché por encontrar mi voz y descubrí un camino en el que la traducción era un ejercicio de gran utilidad. Pound recomendaba esta práctica a los jóvenes poetas y creo que esto confirma su gran inteligencia.
Es necesario comenzar lentamente. La traducción permite trabajar con los precisos mecanismos del oficio, de aprender a vivir dentro de la intimidad de las palabras, de discernir mejor hacia dónde vamos. Tal es el resultado positivo, pero también hay uno negativo. Cuando uno se embarca a traducir, las exigencias de la composición de alejan. No hay necesidad de mostrarse brillante u original, no hay necesidad de lanzarse a empresas que finalmente no seremos capaces de llevar a cabo.
Uno aprende a sentirse más cómodo consigo mismo cuando escribe, y esto es sin duda esencial para un joven. Uno se entrega a la obra de otro –otro que necesariamente ya se ha realizado- y uno se pone a leer de manera más profunda e inteligente, como nunca antes. El análisis erudito de la poesía cumple una función importante, pero nada puede reemplazar la experiencia de la traducción. Un joven poeta aprende más sobre la manera cómo Rilke escribía sonetos esforzándose en traducir uno que redactando un ensayo sobre este tema.

S.R.- ¿Qué lugar ocupa hoy la traducción dentro de su trabajo ?
P.A.- Hoy, casi nada. Al principio, a mi modo de ver, ésta era capital, sin embargo con el tiempo ha sobrevenido cada vez más marginal. Mis primeras traducciones de poetas franceses modernos, hace ya buen tiempo, eran verdaderos descubrimientos, unos actos de amor.
Después, durante un largo periodo, me gané la vida haciendo traducciones. Pero nunca más fue lo mismo. Yo no podía decir nada sobre la selección de los textos. Los editores me informaban que era necesaria la traducción de tal y cual libro, y yo me ponía a hacerlo. Era un trabajo agotador, sin ninguna relación con la literatura ni con mi obra personal. Libros de historia, libros de antropología, libros de arte. Usted hacía tantas páginas por día, y esto le daba para el pan sobre la mesa. Finalmente dejé de hacerlo para así preservar mi salud mental.
Luego de cinco o seis años, traté de limitarme a cosas que me interesaban fervorosamente –descubrimientos que quise compartir. Los carnets de Joubert, por ejemplo, o los fragmentos por Anatole, de Mallarmé. Yo encuentro extraordinarias estas dos obras, diferentes de todo lo que he leído. Igualmente el libro del funámbulo, de Philippe Petit, que ha sido publicado el verano pasado. Lo hice porque Philippe es un amigo y porque él es uno de los artistas más sorprendentes que he conocido. Estos libros, sin lugar a dudas, no tienen una verdadera relación con mi escritura, pero pertenecen sin embargo a mi universo personal.
En sí mismo, el hecho de traducir no representa más para mí que la aventura de antes. Actualmente existe en América traductores de un talento sublime –Manheim, Rabassa, Wilbur, Mandelbaum, por citar sólo algunos-. No obstante, yo no me considero un miembro de la cofradía de traductores. Sólo soy alguien que ama seguir lo que tiene ante sus narices y, muy a menudo, esto me lleva a rincones extraños. De pronto caigo sobre alguna cosa que me apasiona, al punto de darme ganas de traducirlo, pero se trata por lo general de obras excéntricas y extrañas –obras que corresponden a mis propios gustos excéntricos y extraños-.


1985 (The Archive Newsletter / USCD New Writing Series)

9/12/2008

Son unos genios

Me entero que en la reciente emisión de La Grande Librerie, dirigida por François Busnel, el escritor Régis Jauffret, autor de la reciente novela Lacrimosa, ganador el año pasado del premio France-Culture-Télérama por su libro Microfictions y gran desconocido en español, se refirió al autor francés que más libros ha vendido en los últimos tiempos: Marc Levy. Dijo que la labor de escritores como él era encomiable, que gracias a sus libros los franceses prefieren ir a las librerías antes que quedarse en casa frente a sus televisores.
Para muchos escritores, digamos que serios o con proyectos que van más allá que la venta de sus propios libros, les ha quedado claro que el gran sistema editorial se sostiene económicamente por los autores best-sellers, por sus novelas que poco exigen y mucho entretienen al lector. Por ello ya no reniegan de éstos; por el contrario, están agradecidos y se permiten halagos irónicos. Los escritores de best-sellers, pues, han derivado para muchos en un mal necesario. Se les tolera. Se dice que hay lectores para todos. Ahora bien, esto me suena a un tono perdonavidas. Un tono así para el escritor de best-sellers y para su lector. De este último he escuchado varias descripciones: lector poco entrenado, poco exigente, lector de aeropuertos, lector que solo la quiere pasar bien. Sin embargo, cuando me ha tocado conversar con algunos lectores de estas novelas, parece que hubieran leído El Quijote (es sólo una imagen, pues no han leído El Quijote). Su entusiasmo es increíble y no dan muestras de que se hubieran esforzado poco en su lectura. No. Han realizado su máximo esfuerzo.
Hasta aquí, alguien podría recriminarme por sugerir que me estoy refiriendo a un lector tonto, que no se entera de nada. Y que habría otro, el inteligente. Pues sí: hay lectores tontos e inteligentes, y una amplia gama entre uno y otro. Claro, esto se da en cuanto al nivel de los lectores, pues si hablamos del ámbito de las finanzas, la relación se invierte. Ya sabemos quienes son los que tienen mayor poder adquisitivo y sostienen el mercado editorial.
Y para tranquilizar a los que se inquietan: sí, hay excepciones.

9/06/2008

Mímesis

al blogger

Los encontré practicando boxeo en el estacionamiento. Pocos metros antes de poder verlos, todavía caminando por la acera, podía oír los golpes y los resoplidos. Cuando llegué frente a ellos, no se detuvieron. Debí suponer que se encontraban concentrados en su deporte; su transpiración delataba que lo venían haciendo desde hacía buen rato. Sin embargo me incomodó que no se detuvieran o al menos me dijeran algo, un mínimo gesto de saludo. Nada. Por el contrario, me pareció notar en sus rostros un aire de molestia. No una molestia por sentirse observados, sino una que provenía de ser precisamente yo quien su único público. Traté de descubrir en sus miradas la complicidad para dejarme ajeno a su juego, o a su combate -lo mismo daba-. Pero no. Ellos no demostraban ninguna complicidad; más aún querían hacerse daño. La intensidad de los golpes fue en aumento; el esfuerzo, mayor. llegué a pensar, incluso, que veían mi rostro en el adversario; mis facciones repetidas en ambos y las cuales debían destruir. Esto sólo me lo imaginaba, claro. Yo no me atrevía a creer, debiera decir aceptar, que cada golpe sobre el mentón, en el plexo, o sobre cualquier otro punto donde aterrizara el puño, me causaba un vivo dolor. Otros golpes fueron como si me despertaran de un sueño, pero duraba muy poco, pues inmediatamente el dolor sobrevenía. Sentí, además, el sabor de la sangre en una boca que ya dejaba de ser mía y que intentaba finalmente decir basta. Pero el último ruido fue el último golpe.

9/04/2008

Los novísimos y la novela francesa

Como es natural en Francia, en los medios literarios se habla de la rentrée 2008. Seguramente hay grandes novedades como también enormes decepciones. Y me parece bien que así sea. Significa que más allá de lo que digan los medios y la crítica, al fin y al cabo cada libro tendrá sus lectores con sus respectivas opiniones. Por supuesto, a todos nos gusta que nos recomienden libros y eso es lo que hace hoy Le Figaro Littéraire al presentar a diez escritores que acaban de publicar sus primeras novelas. Dicen que esta selección (siempre arbitraria, inevitablemente) la hicieron entre un grupo de 91 escritores. Esto lo hacen cada año y nos llevaría a suponer que la novela francesa está muy productiva. Sin embargo, desde hace algún tiempo más de un crítico ha anunciado la muerte de esta literatura, especialmente en Estados Unidos. Bueno, dentro de Francia también se ha dicho esto (están las afirmaciones, entre otros, de Tzetvan Todorov y Dominique Fernández, en La Littérature en péril y L’Art de raconter, respectivamente). Yo creo que la novela francesa no está en su mejor momento, como lo podría estar la novela en lengua inglesa, por ejemplo, pero tampoco se encuentra arrimada en la mediocridad. Algo que también está pasando es que la mirada ya no está en Francia. No como antes. Cosa semejante les pasó a los escritores latinoamericanos después del Boom; no lo olvidemos. Que las traducciones del francés a otras lenguas hayan disminuido no quiere decir que no haya algo notable por traducir. El tema de las traducciones también se da por modas; basta mirar la cantidad de traducciones de novelas chinas de escritores contemporáneos. Ya le volverá a tocar a Francia, estoy seguro.
Ahora bien, no está demás saber qué están escribiendo estos novísimos novelistas franceses. Entre los diez seleccionados Le Figaro apuesta por Tristan Garcia y su novela La meilleure part des hommes. De esta novela es curioso que destaquen que el autor la define como una novela anti-autoficción. Es más, se habla de una generación dispuesta a poner fin las novelas autobiográficas. En esta línea también destacan a Jean-Baptiste Del Amo, Une éducation libertine, y a Tristan Jordis, Crack. Al parecer más de uno ya se hartó de ello. No obstante, en su propia lista se filtran más de un autor entregado aún a la autoficción. Tampoco se trata de negarla, relegarla y restarle sus aportes a la novela francesa, que son indiscutibles. Entre estos nuevos “intimistas” presentan a Julien Almendros, Vue sur la mère; Thierry Dancourt, Hôtel de Lausanne; Blanche de Richemont, Pourquoi pas le silence; Justine Augier, Son absence, y Alma Brami, Sans elle. También los hay los que toman un poco de todo y tratan de escribir libros herederos de diversas tradiciones. Aquí hablan de Johann Trümel, La Marge molle, y Aude Walter, Saloon. Esta última novela transcurre en la costa Este de Estados Unidos y se anuncia como una novela que “sube a la cabeza como un trago de un licor fuerte, destila un placer violento y deja sus huellas.” Seamos curiosos.

9/01/2008

Los Palma: padres e hijos

Poco antes de venir a Burdeos, me pasé unos meses visitando regularmente la Casa Museo Ricardo Palma. Es indiscutible que hay un gran interés de parte de los especialistas y lectores comunes por la obra y la vida del reconocido autor de las Tradiciones peruanas; pero en este caso, yo no iba a su Casa-Museo por él, sino por lo que de su hijo aún restaba dentro de este lugar. Por aquel entonces se me había encomendado preparar una edición de la prosa de ficción de Clemente Palma y yo ya la tenía prácticamente lista. En el Perú se sabe muy poco de este escritor. Por las lecturas obligatorias de la escuela se conoce su cuento Los ojos de Lina y su predilección por el cuento fantástico; se sabe que desdeñó la poesía de César Vallejo y que fue un crítico bilioso, y que fue un racista desembozado.
Lo que descubrí en la Casa-Museo de su padre fue un puñado de cartas que se escribieron mientras Clemente vivía en Barcelona. Eran los primeros años del siglo XX y Clemente Palma era un claro ejemplo del escritor decadente, quizás unos de los más vehementes y entregados al decadentismo que antes de su viaje sólo conocía por sus lecturas. Por supuesto, esto generó serias desavenencias con su padre. Don Ricardo Palma por momentos trató de encarrilarlo y fomentar su interés por las letras, cosa que consiguió, pero la visión que tenían ambos hacia la literatura y la vida era totalmente opuesta. Pero en otros momentos Ricardo Palma no tomaba en serio a su hijo y le recriminaba hasta las intenciones de querer contraer matrimonio o porque no le respondía alguna carta. Sobre esto último, encontré una fechada en 1902, en la que Clemente le respondía a su padre desde Barcelona:

“creo que estas explicaciones eran más satisfactorias que la que tú has dado dejándote llevar de esa injusta apreciación que siempre has hecho de mí y que siempre te ha obsesionado. ¡Estoy lúcido! Vicioso, ingrato, inmoral, jugador! Sólo falta borracho y cabrón. Es decir, creo que eso me falta en tu concepto sobre mí; no estoy muy seguro.”

Que Clemente era apostador es seguro. Pero no cualquiera. Entre sus libros hallé muchos sobre técnicas para ganar en las apuestas. Eran tratados diversos y muchos absurdos. También hallé tratados de espiritismo. El mismo refiere en algunas entrevistas que le hicieron el interés que tuvo por estas prácticas. Sus cuentos están plagados de estos ejercicios. El lo práctico para hablar con su padre muerto. Pero los resultados nunca fueron los esperados. Decía que era imposible que su padre tuviera tantas fallas en la construcción de sus frases, que no podía ser él. El sentía que quedaba una conversación pendiente. La noche que murió su padre, Clemente Palma recibió una llamada de su hermana Angélica en la que le decía que su padre agonizaba. El vivía a pocas calles, así que salió corriendo. Cuenta que no había nadie, que él corría y nadie lo veía. Cuando llegó, su padre ya había muerto.
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