8/28/2008

Olor a puta

Navegando por Internet, leyendo algunas revistas, visitando blogs de amigos (y de los otros también), llegué al blog de una prolífica y entusiasta poeta y comunicadora social: Josefina Barrón. En su blog me atrajo el título de uno de su post (en realidad son tres) bajo el título de “Bendito sea el burdel”. Confieso que me he reído muchísimo. En estos textos ella, con una franqueza y desparpajo destacables, resalta los beneficios de la existencia de los burdeles. Su argumento central para esta defensa es que los maridos estén con putas antes que con amantes. Ella lo dice mejor, sin duda. Por supuesto, destaca la importancia de las putas y trata de justificar la labor de ellas a causa de los problemas económicos que padecen. En algún momento destaca que son madres. Con ese argumento, no hay manera de condenarlas. Sin embargo, me topé con dos fragmentos en la que toda su solidaridad femenina con las putas se va al diablo. Primero dice:

pues es la puta no una mujer sino una muñeca inflable e infalible: tiene un coño, un culo, un par de tetas, y eso debe bastar”.

Me imagino que las putas del gremio, y las independientes, no estarían de acuerdo con esta afirmación. Por otro lado, si las putas sólo fueran muñecas inflables, no existirían las muñecas inflables.
Cuando era niño y adolescente me tocó ser vecino de putas y ser amigos de sus hijos. Eso: mis amigos eran unos hijos de puta. Y lo fueron tanto en el sentido literal como el otro, pues desarrollaron una violencia contra los demás proporcional a su vergüenza. Me gustaría precisar que estas putas y sus hijos no fueron exactamente iguales a las épocas en las que me tocó conocerlos. De niño crecí en Barrios Altos, en pleno casco urbano, y junto a nuestro edificio (de recientes empleados públicos y privados de los años sesenta), había un callejón de un solo caño que se desmoronaba de viejo. Allí vivían tres hermanas, todas putas. Eran mujeres realmente horribles y sus clientes sólo eran los borrachines que deambulaban alrededor del Mercado Central. Y sus hijos, bueno, jugábamos con ellos, pero a veces, sin aparente razón, nos agarraban a patadas. A los que conocí en mi adolescencia fueron distintos. Yo me había mudado entre Lima y Callao. Y a sólo unas casa de la mía, se hallaba unas de las casa más modernas de la urbanización, donde se veían los mejores carros y cuyas propietarias eran unas señoras putas. Ya no eran jóvenes, pero conservaban belleza. Sus hijos tenían motocicletas y eran amables con todos. Salvo uno de ellos, para no desmerecer la tradición de hijo de puta. Por esos años no había padre ni hijo que no hubiera querido visitarlas en sus burdeles (éstas llegaron a regentar uno).
Con todo esto quiero decir que no puedo ver a las putas así como así. Y sobre ello ya he escrito algo en un par de libro de ficción. Por ello es que no pude evitar reír cuando luego leí que Josefina Barrón decía:

Siempre oleremos más rico que ellas. Siempre querrán besarnos. Siempre querrán casarse con nosotras”.

Qué les puedo decir: ahora las chicas escort, o chicas de compañía o putas de alto vuelo, como se quiera llamarlas, tienen mejor gustos con los perfumes y sus besos son aclamados. Y, por último, tengo amigos bien casados con ellas y contentos de criar a sus hijos de puta.

8/25/2008

Sophie Calle y la escritura

Sabemos todos que el arte y la vida en Sophie Calle son una. Su arte se llama Sophie Calle. Es bueno saber que ella escribe y que ha publicado varias libros, algunos de ellos ya traducidos del francés. Entre los que leí me gustó en particular Des histoires vraies (Actes Sud, 2002). De este pequeño libro extraigo un texto y lo ofrezco en una versión bastante libre.


Hoja de afeitar

Yo posaba desnuda, cada mañana, entre las nueve y el mediodía. Cada mañana, un hombre sentado al extremo izquierdo de la primera fila me dibujaba durante tres horas. Luego, exactamente a mediodía, él sacaba de su bolsillo una hoja de afeitar y, sin quitarme los ojos de encima, rasgaba meticulosamente su dibujo. Yo no me atrevía a moverme, yo lo miraba hacer. Enseguida él dejaba el taller, abandonando detrás de sí los pedazos de mí misma. La escena se repitió doce veces. El décimo tercer día no vine a trabajar.

8/22/2008

Policiales y Francia

En el último número de la revista Quinzaine Littéraire encuentro una entrevista al director de Bilipo, Bibliothèque des littératures policières. En ésta le preguntan qué distinciones halla en las novelas policiales que se vienen escribiendo en Francia. El director responde y cree vislumbrar tres vías preponderantes. En la primera ubica la que se como le polar o neopolicial. Novelas que presentan una fuerte carga de denuncia social del medio francés. Según este director, este rasgo hace que estas novelas se circunscriban sólo al medio francés y que se agoten en este espacio. Es muy curioso lo que dice, pues en el caso latinoamericano, el neopolicial, que habla de problemas sociales muy concretos, en especial de periodos de dictadura, tiene una gran aceptación en distintos países de Europa. Aquí pueden pasar dos cosas: Primero, Europa tiene un interés por lo que se escribe al respecto en otros países, como los latinoamericanos. Sólo en Francia la mitad de libros policiales por año corresponde a traducciones. Pero al parecer no se da el caso inverso. Si hablo de los lectores de países de lengua española, da la impresión que no quisieran saber qué pasa en las calles francesas. Esta es una primera impresión, claro, y amerita mayor discusión.
Otra de las vías que detecta el director de esta biblioteca es la que sigue el modelo anglófono. En esta línea, El Código da Vinci es el libro paradigma. Se ven templarios por todas partes. Afirma, incluso, que muchos escritores franceses prefieren ambientar sus novelas en Estados Unidos, o en cualquier otra parte del mundo. Me imagino que estos templarios no se andan con escrúpulos y aceptan que las tarjetas de crédito son más efectivas que las fatigantes espadas. Estos libros son los más exitosos en cuanto a ventas, pero son los más olvidables.
En tercer lugar menciona las novelas policiales históricas. A diferencia de las anteriores, todas estas transcurren en Francia. Aunque el director no lo dice, el mejor escenario para estas historias son las guerras mundiales.
Está claro que la novela policial en Francia no se agota en estas tres vías. Habrá libros que exploren otras posibilidades en el género. Aunque no sé cuánto ayude a este tipo de novela, últimamente el policial científico (seudocientífico, para no ofender a los del oficio), viene ganando terreno. Lamentablemente, muy pegados al modelo norteamericano. Habrá que esperar para ver qué nuevas intrigas aparecen y cómo son tratadas.

8/19/2008

El futuro no es nuestro... ¿y el presente? (III)

Espero que no haya celos de parte de nadie, pero me atrevería a decir que la narrativa escrita por mujeres en los últimos años es mucho más atrevida, experimental, liberada, que la escrita por hombres. Ya lo venía pensando hace un tiempo y lo vengo a corroborar con la lectura de los cuentos seleccionados en El futuro no es nuestro. Si hablamos sólo de la poesía y la prosa escrita en español, no es novedad para nadie que las mujeres han tenido que lidiar bastante para dar legitimidad a sus escritos, y para legitimarse a ellas mismas a través de sus escritos. Por supuesto, a veces estos afanes reivindicatorios jugaban un papel en contra de su propia escritura y las propuestas estéticas eran dejadas de lado en busca de una afirmación tanto en lo individual como en lo colectivo. Ello las ha llevado por mucho tiempo, sostengo, a un combate desigual, sin embargo es justamente a partir de este doble esfuerzo que han afianzado sus recursos poéticos y narrativos. Abocadas a esa tarea, el espectáculo del éxito y de la sobre exposición en los medios, tener una identidad pública, no era, ni creo que les sea, prioritario. En ese sentido, resueltas estas egolatrías, no dependen ni confían más que en su escritura. Sospecho que para ellas la literatura es mucho más que una carrera de escritores. Y digo carrera entendiéndola como competición y oficio.
De allí mi grata lectura al descubrir una variedad temática, verbal, proyección y riesgo en los cuentos leídos. Claro que el tema del cuerpo y la marginación femenina continúa, pero con enfoques nuevos, sin caer en denuncias triviales. En esta línea encontré a Yolanda Arroyo Pizarro, Lina Meruane, María del Carmen Pérez Cuadra, Fernanda Trías, Giovanna Rivero, Gabriela Bejerman; todas ellas con un pleno manejo de su escritura. Y los cuentos que más me entusiasmaron de este grupo fueron los de Pilar Quintana y Andrea Jeftanovic. El cuento Violación de Quintana me pareció magistral, un cuento verdaderamente calibrado y del cual se podrían plantear muchas interrogantes. Otro eje en la narrativa de estas escritoras es poner en crisis la escritura misma, problematizar la realidad y la ficción. Es lógico y saludable que no encuentren respuestas, pues saben que su arte está en la construcción. Esto es lo que hallé en Ariadna Vásquez, Vivian Abenshushan y Ena Lucía Portela. Evidentemente, estas distinciones que hago no pretenden reducir los méritos y complejidad de cada cuento. Sólo destaco algunos rasgos. Como podría hacer si me refiero al lenguaje cercano a la crónica que encontré en Eunice Shade, Nona Fernández S., Margarita Posada Jaramillo y Carolina Sanín. Una prosa depurada y funcional, pero pienso que en el caso de esta última, su lenguaje va todavía más allá de lo que creemos avistar. También hay cuentos, la mayoría, en verdad, que deslumbran por apego hacia lo sensorial. Estos cuentos, todos los sentidos son privilegiados. Lo destaco en Mariana Enriquez y, en especial, en Inés Bortagaray. Su cuento A la mesa me inquietó; en el veo la conjunción de todas las distinciones que hice anteriormente. Una escritora con esa fuerza merece ser seguida.

Respuesta a Los condenados y el arte

A propósito del post "Los condenados y el arte", que puede leerse también como una carta abierta al autor, Carlos Calderón Fajardo me ha enviado una respuesta. Esta vez él lo hace alrededor de la publicación de mi primera novela. Si bien para algunos (muchos) esto puede ser un intercambio de elogios (somos hermanos literarios, no lo olviden), les recomiendo que dejen esa mirada de lado y se fijen en lo que dice CCF sobre el interés por los personajes y la trama.

"Gracias por considerarme un hermano literario. Yo siento lo mismo, pero veo en ti el realizador de mis imposibilidades. Mi mundo narrativo es chirreante, el tuyo es terso y sutil. Escribo con muchos defectos en cuanto a estilo e incluso con fallas gramaticales. Pero aunque tú eres un orfebre y yo un albañil, siento una comunidad de espíritu que realmente nos hermana. Creo que con tu novela "Que la tierra sea leve" has alcanzado realizar a plenitud un proyecto artístico y expresivo que se inició hace 15 años con tu primer libro de cuentos "Habitaciones". Es el mismo narrador, pero de aquel que se buscaba a tientas hoy es un narrador maduro y dueño de su propio mundo imaginario. Luego de tres lustros de trabajo has alcanzado un alto nivel artístico. Y creo que de aquí adelante, en un periodo ya de madurez, es insospechado lo que se puede esperar. Eres un escritor muy moderno; yo lo soy también pero a la antigua. Yo todavía ando preocupado por construir personajes con espesor y lo que consigo son fantasmas nostálgicos. Tú en cambio, en tu novela, ya los grandes personajes parecen no interesarte, y te inclinas más bien por personajes desdoblados, que cambian de identidad desde el enano Féfer hasta Camaleón. En otras palabras, lo que importaba al narrador de viejo cuño, crear personajes imperecederos, arquetipos, pasó a segundo plano. Y si hablamos de personajes, en "Que la tierra sea leve" la aparición de antiguos personajes, nos vuelven a hacer pensar que tu obra es una persecución de vieja data, o desde tus inicios. El Gavilán, personaje que está en tu novela, aparece en "Habitaciones", en el cuento "Ella azul": Gavilán "este hombre horrible y sátrapa". Tengo la intuición de que tu primera novela es la construción de un cosmos novelesco nacido de tus libros de cuentos. Es la misma forma de respirar, situaciones narrativas similares, pero en algo de más aliento. Siento que "Que la tiera sea leve" es un todo, un armazón hecho de fragmentos que podrían funcionar como microcuentos tuyos. Eres mi hermano literario también porque Eguren es nuestro abuelo, de él sacaste la pasión por las miniaturas. Es cuestión de pegar las miniaturas como en un mosaico y crear un fresco, una novela. Que no tiene una trama sino un entramado. Yo también me inclino más por los entramados que por las tramas. A mí me interesa, como a ti, tejer. Segunda violación de la vieja manera, en tu novela no hay la clásica ordenación aristotélica de inicio, clímax y desenlace. A la novela cronológica la reemplazas por los vasos comunicantes, los espejos, las correspondencias, las resonancias. Recordando a César, el hermano enfermizo de Sebastián, cómo no suponer que este niño no era otro que "El amigo escritor" del capítulo Baumgertenhöhe. Es decir, cada capítulo parece no tener nada que ver con los otros, pero todos se corresponden de manera sutil. Sin embargo, en tu novela, como en toda novela, hay un tema, un centro y éste es el de la hermandad, tan fuerte que deja al resto de la novela como adornos. Es la historia de un hermano real y uno literario. El hermano real es invisible sugerido, la historia de César se corresponde, con la historia de Sebastián y el amigo escritor, y la del amigo escritor con su hermandad con Thomas Bernhard. Y todo se resume en el epígrafe de Bernhard: Uno no sabe quien es. Son los demás los que nos dicen a uno quién es y qué es ¿no?"

Por supuesto, y con legítima razón, para muchos lectores lo destacado por CFF puede ser un defecto en las novelas. Hay quienes quieren leer historias, quedarse con personajes memorables, tener grandes frescos de la sociedad, hallar la novela que dé cuenta de su presente. No es gratuito que gran parte de la crítica celebrará La fiesta del Chivo y no Los cuadernos de don Rigoberto de Mario Vargas Llosa. Si echamos una mirada décadas atrás, con facilidad se nos vienen nombres como La maga, Zavalita, Remedios La Bella -todos y cada uno de los Buendía-, Alejandra, Aura, El mudito, etc. En las primeras novelas más recientes, aparecidas a finales del XX y hasta ahora, estos nombres son escasos. No digo que sea bueno ni malo, sólo describo una impresión. Los compromisos con la literatura van cambiando, qué duda cabe, pero me parece que se dan de manera gradual, colectivamente incluso. Es lo que al final de cuentas llamamos tradición; y las rupturas, por lo que veo, no tienen que ser siempre radicales.

8/18/2008

El futuro no es nuestro… ¿y el presente? (II)

Bueno, leer una antología con más de sesenta autores toma su tiempo. Debo decir que empecé con los autores que ya conocía, digamos que con los mayores. Fue grato el reencuentro con la prosa de los venezolanos Slavko Supcic o Armando Luigi Castañeda, siempre lúdica, más certera. Leí el cuento de José Pérez Reyes porque hace algunos años él mismo me dio un libro suyo, que leí y no me entusiasmo nada. Esperé reconciliarme con su escritura, pero confieso que fue a medias. Lo que ha ganado en sugerencia, en fluidez, de pronto lo echa abajo con imágenes desbordadas del tipo: “Súbitamente el aguacero dejó caer agresivamente su húmedo guante”. Luego leí a Carlos Wynter Melo. Este cuento ya lo había antes y, sin duda, Wynter apostó a ganador; pues creo que este cuento articula perfectamente toda su escritura. Con los cuentos de Andrés Neuman y Gonzalo Garcés, qué les puedo decir. Da la impresión que el oficio de escribir lo hubieran aprendido antes de nacer. Con Alejandro Zambra pasa que, así no entiendas qué está narrando, intuyes que hay un mundo personal detrás. Va más allá del hecho mismo de narrar. Si es algo que buscan los demás, él ya lo encontró. Admiro la osadía en la narración de Javier Payeras, pero he leído textos suyos mucho más cautivantes. Esa osadía también la encontré en Antonio Ungar y estoy fascinado con la plasticidad de su prosa, con la fuerza de su narración. Después de tal entusiasmo, obviamente, no podía leer con los mismos ojos los cuentos de Antonio Ortuño y Ricardo Silva Romero. Ambos cuentos me gustaron mucho: efectivos, directos.
Como es natural, pasé a los escritores peruanos. Me llamó la atención la escrupulosa selección de los autores. Santiago Roncagliolo y Jeremías Gamboa apegados a la acción, al peso del entorno, son bastante efectivos. Al otro extremo están Marco García Falcón, Alexis Iparraguirre y Carlos Yushimito. Me gusta lo que escriben los tres: su prosa cuidada, su gran nivel de sugerencia, pero –confieso- me gustaría encontrar más diferencias entre los tres. Más atrevidos me parecen los cuentos de Diego Trelles y Salvador Luis, como si trataran de reinventarse desde sus primeros textos.
Sé que lo que estoy diciendo no cambiará nada. Mejor así. Aún me falta referirme a los demás. Habrán notado que no he mencionado a ninguna mujer. Con ellas tengo otra cosa que decir. Es que me toma tiempo entenderlas.

8/16/2008

Los condenados y el arte

Hace casi dos décadas atrás leí El que pestañea muere, de Carlos Calderón Fajardo, y lo consideré, sin mayor discusión, uno de los mejores libros de cuentos que había leído hasta entonces. No podía negar que me sentía muy cercano a sus búsquedas. Es más, hoy lo considero un hermano literario. Escribí a principios de los noventa una tesina sobre su novela La conciencia del límite último. Y escribí también de él en una novela que acabo de publicar. Lo hice como una suerte de homenaje al amigo, ahora debo confesar, que se moría. Sí, él estaba muy enfermo y se moría. Y escribí esas páginas en un momento en el cual yo igualmente creía morirme. También estaba enfermo. Fui un condenado a muerte que escribía sobre otro condenado. Pero bien, ninguno de los dos murió. Ya conocemos que el destino es caprichoso, que la vida es prestada y todos lugares comunes sobre la muerte. Ambos seguimos aquí. Y él ha escrito muchos otros libros. El último: La noche humana. Una colección de tres novelas breves que están conectadas por París, por una muchacha llamada Milú (poeta peruana de origen judío) y por escritores y artistas condenados a muerte. Decir que este libro es sólo un testimonio de la vida parisina de intelectuales peruanos entre 1920 y 1970 es una terrible reducción. Como era de esperar en libros de Calderón Fajardo, hay todavía más. En las tres novelas Milú es el eje narrativo y parece encarnar la muerte y la redención al mismo tiempo, con su miseria, su atracción y su atemporalidad. Los protagonistas ven en ella un sujeto y objeto artístico. Milú es un personaje enigma. Quieren entenderla, desean poseerla, pero ella es inasible. Y buscan, entonces, llegar a esta mujer a través de sus otras proyecciones, materializarla en la bailarina peruana Helba Huara o la joven parisina Ivonne. Comprender a Milú se torna un objetivo último para sus personajes, pero lo que debiera ser una salvación para ellos, los va tornando en fantasmas antes de la muerte. Y París es el escenario perfecto: una ciudad de espectros, un verdadero cementerio de elefantes. Los personajes Carrasco F, Amador R. o Pedro Pablo J. son personajes enfermos y es su propia enfermedad la que agudiza sus sentidos, la que los sensibiliza de una manera peculiar. Ellos tienen conciencia de ello y se entregan al arte y aceptan sus reglas; entran en un juego de dobles y correspondencias que los convierte en uno y todos a la vez.
Con la lectura de este libro, Carlos Calderón Fajardo me hace sospechar si realmente hemos sobrevivido.

8/15/2008

El futuro no es nuestro… y el presente? (I)

Lo mejor que me puede brindar una antología es permitirme descubrir autores. Si realmente me interesa un nuevo escritor, pues trato de estar atento a lo que vaya a publicar. Y es lo que me está sucediendo ahora mismo con la antología El futuro no es nuestro, preparada por el también escritor Diego Trelles Paz. Esta en particular tiene una una versión electrónica, muy amplia, y tendrá otra muy pronto en una edición impresa. En su momento hablaré de estos hallazgos, y también de las decepciones, por qué no decirlo. Primero quiero detenerme en el hecho mismo de hacer una antología con estas características. Los incluidos tienen en común el haber nacido en América Latina entre 1970 y 1980. Así lo anuncia el subtítulo de la antología y luego lo explica Trelles en el prólogo. El establece estas fechas tan redondas admitiendo las limitaciones que esto acarrea y asume el riesgo con el argumento de establecer un deslinde con lo que se podría entender como una generación precedente, que tuvo su respectiva legitimación en antologías como, Mc Ondo, Líneas aéreas y se Habla español. Yo me pregunto si los cuentos que integran este volumen nos revelan (o están obligados a revelarnos) una estética distinta, una propuesta en común. Yo creo que no. Es cierto que muchos de los escritores de las antologías aparecidas en los noventa tuvieron que, además de publicar, dejar en claro que no eran ni pretendían escribir como Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, etc. Y también es cierto que los más jóvenes ya no necesitan de esas precisiones. Es algo que se ha ganado, sin duda.
Otro argumento que esgrime Trelles es la mirada hacia el futuro. Si no me equivoco, ese espíritu, digamos pesimista o poco comprometido con el mañana, ya se avizoraba desde fines de los ochenta en las distintas narrativas latinoamericanas.
Ya que ando en preguntas, si efectivamente los escritores que esta antología muestra marcan nuevas rutas, sin importar hacia dónde vayan o si realmente pretenden ir a algún lado; y si hacemos caso a sus fechas de nacimiento (con sus privilegios y sus frustraciones), ¿que aparezca el 2008 la convierte en un balance de esta década? Lo pregunto porque, si lo que busca es lo contrario, fijar punto de partida, sólo le resta 16 meses. Puesto que el 2010 puede aparecer otro escritor proponiendo una antología que sólo incluya escritores nacidos entre 1980 y 1990. Si funciona con esta antología, debería funcionar con la venidera. Ello significaría que más de 60 escritores dejarían, incluso, de representar un presente. Si estiro la ironía, me parece que hasta sería más coherente: no representar ningún tiempo, ningún espacio, no esperar nada de nadie. Que todo se sostenga en la palabra, que no es poca cosa.

8/13/2008

Copenhague y el amor

Esta mañana, contra mi costumbre, me desperté temprano. Toda mi familia se despertó temprano. Quizás se debió a la baja temperatura en este extraño verano bordelés. En fin, una vez desayunado tomé un libro de cuentos del escritor danés Peter Høeg. La edición francesa lo titula Contes de la nuit. Que yo sepa, sólo se han traducido al español sus novelas. Todas por Tusquets, siendo la mejor recibida La señorita Smila y su especial percepción de la nieve. En su país lo tienen por un clásico vivo, además de sentirse atraídos por su peculiar forma de vida antes de dedicarse a la escritura. Entre sus oficios tuvo el de actor, bailarín de ballet y marino.
Volviendo a su libro de cuentos, lo que me atrajo éste fue leer en su primera página un aviso del autor: “Estos ocho cuentos tiene en común una fecha y un tema. Todos hablan del amor. Del amor y de sus condiciones la noche del 9 de marzo de 1929”. Como es mi hábito, empecé mi lectura por uno de los últimos cuentos. Escogí el titulado “Historia de un matrimonio”.
La historia transcurre en el centro de Copenhague, cuando el joven escritor Jason Toft se dirige al encuentro de los esposos van Austen, padres de su novia. Este joven desea escribir otro libro, un libro sobre el amor, pero para ello necesita tener en claro la relación que lleva con su novia Helena. Se considera un escritor realista, pero no como los que persiguen un retrato, una fotografía de la realidad, sino motivado por la plástica mirada de la escultura. Y reniega también de las intrigas, pues para él “la realidad consistía en ciclos infinitos, como aquél que acababa de empezar. La vida se daba por un principio dudoso hacia el infinito, y los finales, necesarios para toda intriga, eran una invención.”
Jason Toft sabe que los padres de ella son el modelo en la ciudad de la pareja ideal. Pero lo sabe, como todos los saben en la ciudad, pero no por boca su Helena. Sabe que esta pareja perfecta, que vive en una plaza céntrica, frente al teatro, todos los días corre las cortinas del salón para ser vista por los pasantes y que estos comprueben la felicidad de la pareja al sentarse a la mesa. Luego las cortinas se vuelven a correr para ser reabiertas después de la cena perfecta.
El joven escritor consigue ser invitado a esta cena, la noche marcada del 9 de marzo de 1929, y lo que descubre es una maldición, la cual los condena a, una vez por semana, en una sola noche, padecer todos los sufrimientos de un matrimonio.
Este cuento inicia su narración con una distancia pasmosa, como si el narrador se cuidara, y cuidara al lector, de no comprometerse. Sin embargo, el diálogo durante la cena de los esposos van Austen y Jason Toft va ganando terreno y tensión, y sumerge en una realidad que no debió ser tal para el joven escritor.
No hay vuelta atrás, acabaré de leer este libro.

8/12/2008

Otras distancias

Unos días en Madrid me dieron la oportunidad de probar mi resistencia bajo 40 grados. Si pasé la prueba fue por los tintos de verano que bebía sin parar y por estar entre buenos amigos. Así no hay quien no soporte estos calores.
Vuelto a Burdeos, de mi maleta saqué un libro de cuentos inéditos que me dio Pedro Pérez del Solar. El es peruano, profesor en Texas y un fanático de los comics. Confieso que he leído otros manuscritos de él hace varios años atrás, pero nada me ha entusiasmado tanto como el que tengo entre manos. Se llama La distancia abstracta. Me gusta por distintas razones. Primero, porque hallé en él un tipo de humor y ternura distinto. Si sólo habló de la narrativa peruana, la mayoría que escritores que pretenden escribir combinar estos elementos lo hacen como Alfredo Bryce. Y creo que para eso nos es suficiente con Bryce, insuperable en su registro. Con los cuentos de Pedro Pérez del Solar penetró en un lenguaje que lo siento más afín al poeta (y ahora también narrador) Lorenzo Helguero. Un humor que surge de un espacio que nos es tan cotidiano, tan real, tan cargado de referentes absurdos, que, paradójicamente, nos hace ver que nuestra realidad puede ser una total locura.
Mientras leía, me encantó vivir en medio de esa realidad disparatada. Pero no es sólo eso, también es un espacio de tensión, al que respondemos con una sonrisa nerviosa.
Desde el primer cuento, “El hombre bala”, entramos en un mundo de circo, pero de nuestros alicaídos, patéticos circos de barrio, en el que el público exige a rabiar las maravillas. Allí, un personaje recuerda las antiguas giras de la Peña Ferrando, algo tan peruano, podríamos decir. Y leí:
Siempre llevaba en la memoria, como lema secreto, los versos que oyó noche a noche repetir a Carvajal, el sufrido poeta de la Peña. “Largarse por ahí, entre las olas, en el peligro, en el mar. ¡Ir, ir, ir, ir con todo!” (“¡Vete, pues, conchatumadre!” –añadía Ferrando para darle sentido a tanta parrafada y confirmar a los asistentes que todo aquello no podía ser sino broma).

Pero no, no es una broma. Es la realidad de ese personaje y la realidad que signa a todos los personajes de este libro. Su lema secreto. Claro, siempre está el riesgo de que un Ferrando te pretenda decir que la realidad no es así.
Por fortuna el libro de Pérez del Solar se mantiene firme y nos ofrece cuentos notables como “Dos”, “Calígula”, “El acto”, Barca sobre el Rímac”, “Desayuno en Binghmanton” y, mi favorito, “Un besito”. Todos ellos me han permitido ver otra Lima, conocer y reconocer nuevos espacios, sus habitantes, (ladrones, bailarinas de cabaret, empleados, etc.); gentes que podríamos llamar común y corriente, en lugares donde lo común y lo corriente son simplemente otra cosa. Allí, uno está dispuesto a ir, ir con todo.

8/11/2008

El cuento políticamente (in)correcto

Efectivamente, el cuento a veces se enfrenta a esa doble moral. Unas vez dadas las reglas, interiorizadas por el escritor, pues se escribe y se cumple con ellas. Los resultados pueden ser estupendos. Los cuentos, dentro de unos cánones correspondientes a su época, afectan por igual a los lectores, frente a otros cuentos que pretenden ser, digamos, "revolucionarios" o "modernizadores". Los grandes cambios de los géneros literarios no se tienen que dar todos los días ni todos los escritores ser sus predestinados. Ya quisiéramos, pero no. No es así. Pasa de cuando en vez. No hay que sentirse mal por ello. No todos los sábados hay fiesta.
Ahora bien, y si llega ese día luminoso y nos topamos con un cuento fuera de los cánones? y si nos gusta por ello? Perfecto, algunos dirán que está bien que rompa las reglas, que explore otras vías en su estructura, lenguaje, etc. Yo lo diré también.
Me parece que planteado así, no habría que tener problemas al respecto. Leemos cuentos (vale para todo escrito: poema, novela o lo que se acerque a estos escritos) y nos complacen o no. Sin embargo, en los tiempos que corren (porque ahora sí que corren), hay escritores jóvenes dispuestos a ser fundacionales, los incorrectos, y llevar a la hoguera a todo escritor con tufillo de cuarentón. A ese ritmo, ya no se trata sólo de parricidios, sino de fratricidios.
A todo esto resta sobrellevar ser políticamente correcto, como también no serlo. Habrá menos sacrificados, pero sí mejores libros.
Peru Blogs
 
Free counter and web stats