8/19/2008

Respuesta a Los condenados y el arte

A propósito del post "Los condenados y el arte", que puede leerse también como una carta abierta al autor, Carlos Calderón Fajardo me ha enviado una respuesta. Esta vez él lo hace alrededor de la publicación de mi primera novela. Si bien para algunos (muchos) esto puede ser un intercambio de elogios (somos hermanos literarios, no lo olviden), les recomiendo que dejen esa mirada de lado y se fijen en lo que dice CCF sobre el interés por los personajes y la trama.

"Gracias por considerarme un hermano literario. Yo siento lo mismo, pero veo en ti el realizador de mis imposibilidades. Mi mundo narrativo es chirreante, el tuyo es terso y sutil. Escribo con muchos defectos en cuanto a estilo e incluso con fallas gramaticales. Pero aunque tú eres un orfebre y yo un albañil, siento una comunidad de espíritu que realmente nos hermana. Creo que con tu novela "Que la tierra sea leve" has alcanzado realizar a plenitud un proyecto artístico y expresivo que se inició hace 15 años con tu primer libro de cuentos "Habitaciones". Es el mismo narrador, pero de aquel que se buscaba a tientas hoy es un narrador maduro y dueño de su propio mundo imaginario. Luego de tres lustros de trabajo has alcanzado un alto nivel artístico. Y creo que de aquí adelante, en un periodo ya de madurez, es insospechado lo que se puede esperar. Eres un escritor muy moderno; yo lo soy también pero a la antigua. Yo todavía ando preocupado por construir personajes con espesor y lo que consigo son fantasmas nostálgicos. Tú en cambio, en tu novela, ya los grandes personajes parecen no interesarte, y te inclinas más bien por personajes desdoblados, que cambian de identidad desde el enano Féfer hasta Camaleón. En otras palabras, lo que importaba al narrador de viejo cuño, crear personajes imperecederos, arquetipos, pasó a segundo plano. Y si hablamos de personajes, en "Que la tierra sea leve" la aparición de antiguos personajes, nos vuelven a hacer pensar que tu obra es una persecución de vieja data, o desde tus inicios. El Gavilán, personaje que está en tu novela, aparece en "Habitaciones", en el cuento "Ella azul": Gavilán "este hombre horrible y sátrapa". Tengo la intuición de que tu primera novela es la construción de un cosmos novelesco nacido de tus libros de cuentos. Es la misma forma de respirar, situaciones narrativas similares, pero en algo de más aliento. Siento que "Que la tiera sea leve" es un todo, un armazón hecho de fragmentos que podrían funcionar como microcuentos tuyos. Eres mi hermano literario también porque Eguren es nuestro abuelo, de él sacaste la pasión por las miniaturas. Es cuestión de pegar las miniaturas como en un mosaico y crear un fresco, una novela. Que no tiene una trama sino un entramado. Yo también me inclino más por los entramados que por las tramas. A mí me interesa, como a ti, tejer. Segunda violación de la vieja manera, en tu novela no hay la clásica ordenación aristotélica de inicio, clímax y desenlace. A la novela cronológica la reemplazas por los vasos comunicantes, los espejos, las correspondencias, las resonancias. Recordando a César, el hermano enfermizo de Sebastián, cómo no suponer que este niño no era otro que "El amigo escritor" del capítulo Baumgertenhöhe. Es decir, cada capítulo parece no tener nada que ver con los otros, pero todos se corresponden de manera sutil. Sin embargo, en tu novela, como en toda novela, hay un tema, un centro y éste es el de la hermandad, tan fuerte que deja al resto de la novela como adornos. Es la historia de un hermano real y uno literario. El hermano real es invisible sugerido, la historia de César se corresponde, con la historia de Sebastián y el amigo escritor, y la del amigo escritor con su hermandad con Thomas Bernhard. Y todo se resume en el epígrafe de Bernhard: Uno no sabe quien es. Son los demás los que nos dicen a uno quién es y qué es ¿no?"

Por supuesto, y con legítima razón, para muchos lectores lo destacado por CFF puede ser un defecto en las novelas. Hay quienes quieren leer historias, quedarse con personajes memorables, tener grandes frescos de la sociedad, hallar la novela que dé cuenta de su presente. No es gratuito que gran parte de la crítica celebrará La fiesta del Chivo y no Los cuadernos de don Rigoberto de Mario Vargas Llosa. Si echamos una mirada décadas atrás, con facilidad se nos vienen nombres como La maga, Zavalita, Remedios La Bella -todos y cada uno de los Buendía-, Alejandra, Aura, El mudito, etc. En las primeras novelas más recientes, aparecidas a finales del XX y hasta ahora, estos nombres son escasos. No digo que sea bueno ni malo, sólo describo una impresión. Los compromisos con la literatura van cambiando, qué duda cabe, pero me parece que se dan de manera gradual, colectivamente incluso. Es lo que al final de cuentas llamamos tradición; y las rupturas, por lo que veo, no tienen que ser siempre radicales.

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