9/30/2008

Delfín

Cuando al fin pudo ser admitido en el grupo de boys scouts, no se imaginó la enorme verguenza que sentiría al tener que gritar, junto con otros cinco muchachos en pantalones cortos, el lema de su patrulla: ¡cri, cri, cri! Su incomodidad ni siquiera disminuyó al observar cómo los otros integrantes de las demás patrullas lanzaban aquellos gritos ridículos una vez que sus respectivos guías les daban el tono de lema: ¡Patrulla Leones, descanso, alerta, lema! Y lo mismo con la patrulla Tigres, Osos, Águilas, Tórtolos y otros animales que seguramente hubieran estado mucho mejor que pertenecer a la patrulla Delfines. No tuvo opción. Aquella patrulla era la que menos integrantes tenía y un muchacho de once años le venía bien. A los quince podría llegar, incluso, a ser jefe de patrulla. Eso le dijo el jefe del grupo al darle la bienvenida, y él se lo creyó. Hasta el momento de su llegada estuvo muy entusiasmado. Era lo que quería. Deseaba tener una camisa llena de insignias y usar una pañoleta con un nudo de cuero y el símbolo de la flor de lis en medio. Lo había visto en sus amigos mayores, en sus hermanos, y creía que era su turno.
Toda esa tarde, sin embargo, cada vez que los llamaban a formación y tenían que repetir sus lemas y gritos, él pensaba que todos los demás se reían de su débil ¡cri, cri, cri!, pero no era así. A cada boy scout se le veía muy identificado con su animal asignado y con el de los otros. Y, quizás por su actitud todavía temerosa o porque era parte del rito inicial, al final de la sesión le fue entregado el bordón de su patrulla para que lo cuide durante una semana y lo regrese a la próxima reunión sabatina. Su guía le dio todas las explicaciones necesarias para desatar el banderín de aquel palo que le doblaba en estatura, y para que cuidara de todas las ornamentaciones como cintas de colores, bandas de felpa y piel, y botones de metal incrustados. Él había entendido perfectamente lo que le dijeron; no obstante, su preocupación se centraba en cómo subiría al bus con ese bordón, en cómo disimular su vergüenza durante todo el trayecto. Si hubiera tenido el uniforme completo, se entendería que lo lleve con él; pero era su primer día y estaba vestido como siempre. El banderín, por otro lado, sólo podría ser desatado en su casa. Esa fue la indicación precisa.
Tomó las calles más estrechas y poco transitadas para llegar a la avenida. Allí aguardaría el bus que, siendo las cinco de la tarde, seguramente estaría repleto de pasajeros. Había algo de viento y el banderín flameaba a ratos, mostrando un delfín bordado en hilo grueso que surcaba sobre un mar hecho de paño gris.
El bus no tardó en llegar y, efectivamente, se hallaba colmado de gente. Le costó abrirse pasó con la carga que llevaba. No había asientos. No sabía cómo sostenerlo ni cómo sostenerse él mismo para no perder el equilibrio con el bus en marcha. Empezó a traspirar como si aquel bordón fuera un radiador recalentado. Se esforzó por llegar al pasamanos de uno de los asientos, pero lo que sintió fue una mano con dedos delgados. Es de una mujer, se dijo. Echó la cabeza un poco para atrás para darse cuenta que delante de sí tenía no exactamente a una mujer, sino a una muchacha de unos dieciséis o diesiete años. Se sorprendió de no haberla notado antes; como si hubiera aparecido de pronto, de pie, y tuviera su cuerpo a menos de un palmo. El muchacho se ruborizó, tuvo un repentino y leve mareo (o creyó tenerlo) y se aferró al bordón para no caer, para no hundirse en lo que pudiera haber bajo sus pies. Soltó los dedos de la chica con lentitud y los deslizó sobre la barra del pasamanos, sólo un poco más abajo. Debido a su todavía baja estatura, él apenas llegaba hasta el hombro de ella. Estuvo atento a alguna reacción de la muchacha, pero, salvo el zangoloteo del bus, nada parecía perturbarla.
En una de las paradas bajaron muchas personas y él pudo ubicarse un poco mejor. Ya no detrás de la muchacha, sino en asiento que consiguió del otro lado del pasadizo. En el apuro por sentarse casi rompe uno de los cristales de la ventana con el bordón. Fue un golpe seco, amortiguado quizás por el banderín. Se sentó con el bordón entre sus piernas, sosteniéndolo con sus dos manos, como si fuera un gran cayado.
Aún avergonzado por el incidente, no sabía hacia dónde mirar. Se dedicó a observar todos los ornamentos de aquel bordón, pero se aburrió pronto. Prefirió dirigir su mirada a la muchacha cuya mano había tocado antes. Ella continuaba de pie, en la misma posición. Él notó sorprendido que la muchacha llevaba un pantalón de lycra color negro, ceñido a la perfección, dibujando unas nalgas de violenta firmeza. Se quedó absorto, observando a la muchacha y con la intención de seguir haciéndolo durante el trayecto que le restaba. Sin embargo, una mirada se cruzó a la suya. Al otro extremo, sólo un poco más alejado de la muchacha, había un hombre, también de pie, que paseaba su mirada de las nalgas de la chica a la cara del muchacho del bordón. Este hombre traía puesta una camiseta sin mangas, que no correspondía a esa estación del año, y, más que sujetarse del pasamanos, parecía que estuviera colgado de él. El muchacho se inquietó cuando el hombre le mostró una sonrisa sardónica. Quiso mirar a otra parte pero no pudo evitar fijarse en el tatuaje que traía este hombre en el brazo. Se trataba de un delfín. En realidad se trataba de la figura de un hombre corpulento con cabeza de delfín. El de la figura llevaba puestos unos lentes negros de playa y se apoyaba en una tabla de correr olas. Esa cabeza de delfín también mostraba una sonrisa sardónica.
El muchacho decidió dejar de mirarlo. Tampoco quiso mirar más a la muchacha. Pero esto no duró demasiado. De pronto el hombre se soltó del pasamanos y avanzó hacia la puerta delantera para bajarse del bus. Primero pasó detrás de la muchacha. Cuando estuvo junto a ella, aprovechó otro de los moviemientos bruscos del vehículo para inclinarse hacia ella y le apretó las nalgas con fuerza. El hombre le dijo algo en el oído y la muchacha, con una expresión de miedo y vergüenza, sólo se atrevió a echar su cuerpo lentamente hacia adelante para separarse de él. El niño se quedó inmóvil, apretando el bordón entre sus manos, sin saber qué hacer. El hombre continuó su avance y se detuvo a su lado. Lo observó: a él y a su bordón, y, sin mayores movimientos, lanzó un escupitajo sobre el banderín.
—Para que tu delfín pueda nadar —le dijo.
El bus paró en una esquina y el hombre bajó. El vehículo trató de retomar la marcha, pero el motor no le respondía. Intentó dos, tres veces, y no había manera de hacerlo arrancar. Como era habitual en estos casos, varios pasajeros bajaron para esperar a que llegara el siguiente bus. Fueron bajando uno a uno. El chofer también hizo lo mismo para levantar la capota y revisar el motor de su vehículo. Cuando volvió a su asiento para tratar de encenderlo, confirmó que ya todos los pasajeros se habían bajado. Tan sólo le habían dejado un palo colorido en uno de los asientos. El chofer pensó que lo mejor sería cortarlo en dos y tenerlo a su costado.

(cuento publicado en la antología El Arca, Bestiario y Ficciones de Treintaiún Narradores Hispanoamericanos. Santiago de Chile, Sangría Editora, 2007)

9/29/2008

Microfictions

Hace ya algunos post hablé de Régis Jauffret. Poco antes de enterarme de la aparición de su libro Microfictions, muchos amigos aquí en Francia me decía que el microcuento (ficción breve) no tenía mayor acogida. A lo sumo, los carnets era lo más tolerado (y practicado). Sin embargo este enorme libro, que contiene quinientas historias, vino a quebrar estas afirmaciones y a tratar de crear cierta tradición. Y creo que es más saludable hablar de "crear una tradición" antes de "imponer una moda". Y no se crea que es camino fácil. La edición que tengo, por ejemplo, anuncia este libro como una novela. Hecho meramente editorial, claro. Tratan de que este libro tenga el aura de La vie mode d'emploi de Pérec. Pero son libros con propuestas diferentes.
Aquí les dejo con la versión libre de uno de los cuentos de Régis Jauffret.


Alzaheimer insonorizado

El neurólogo me confirmó esta tarde que yo padecía la enfermedad de Alzheimer. El me prescribió unos medicamentos que retardarán su evolución durante dos años. Cuando volví a casa, mi esposa me previno que ella no se ocuparía de mí. Debo decir que desde hace quince años ella no me ama más y si yo permanezco junto a ella es porque yo me aferro a esta casa, la cual apenas acabamos de pagar la hipoteca. Ella está enfadada con nuestros dos hijos, yo jamás supe exactamente por qué. Ella me prohibió tratar de entrar en contacto con ellos. Yo le temo; ella llega incluso a darme de golpes cuando está encolerizada. Y jamás se me ha ocurrido devolvérselos; sería como poner la mano sobre mi madre.
-Ella ocupa el primer y segundo nivel de la casa.
Pero yo acondicioné el sótano a mi gusto. Igualmente lo he insonorizado para poder tocar el violín sin que ella aparezca hecha una furia y lo rompa en dos contra su pierna. Muy a menudo, permanezco aquí durante varios días sin interrupción. Me alimento de pan, jamón, queso, manzanas. Tengo un hervidor eléctrico, puedo también hacerme café y sopas. Yo iría feliz de tiempo en tiempo a Villejuif. Respiraría otro aire, me sentiría como un extranjero, bebería una copa de vino blanco en una barra del Balto, podría asimismo comprar un periódico y sentarme en una banca para oír hablar a las personas. Pero ella prefiere que yo no salga. Cuando ella se da cuenta que estoy por salir a nuestro pequeño jardín, me lanza un cubo de hielo como si yo fuera un perro. Yo me echo a llorar, pero ella asume mis lágrimas como gotas de agua.
-Nosotros debimos ser felices al principio de nuestro matrimonio.
Pero yo ya no lo recuerdo más. Sé que nosotros tenemos una hija y un hijo, pero seguido pongo la cabeza de uno sobre el cuerpo del otro. O si no desdoblo a uno para obtener dos. Ahora los años han debido pasar. Creo que yo no tomo más los medicamentos. A menos que me los trague como pan remojado. Estos tienen casi el mismo color. Yo miro el violín, no me atrevo a tocarlo. La última vez, a cada golpe del arco, éste se ponía a gritar como si le arrancara las cuerdas.
-Desde que me caí por las escaleras mi esposa se ha apiadado de mí.
Ella me echa la comida por el tragaluz. Una vez, ella bajó. Me dijo que yo nadaba en la mierda. Jamás volvió. Yo no me acuerdo más mi nombre. Pronto, yo estaré sano. No me acordaré más de mí.

9/27/2008

Expresión eslovaca

Una amiga eslovaca, la primera que veía en mi vida, me contó que había huido de su país. Fue más específica aún: me dijo que abandonó a su familia porque su padre quería casarla con un hombre, un anciano adinerado que no dejaba de acosarla. Una historia muy común, pensé (pero no se lo dije). En realidad no le dije nada porque a duras penas lograba entenderla en un francés recién aprendido. Agregó, esta vez bajando la voz, que tuvo que matarlo. No entendí si se refería a su padre o al anciano. No se lo pregunté. Me quedé observándola, a la espera de que una mueca, una sonrisa, cualquier gesto, me revelará que se trataba de una broma. Su rostro permaneció con la misma expresión, entre triste y resignada. Sólo entonces me animé a preguntarle como se decía en su lengua : “¿tu padre te quería? ”
Ella se irguió y dijo algo verdaderamente impronunciable. Me aclaró que así lo solían decir en su país. Luego me enseñó a decir “gracias” en eslovaco. No sé para qué; ya no tengo a quién decírselo.

9/25/2008

Amigos y escritores

Hay un libro aparecido en 1998 del que, confieso, no tenía noticias. Y es un libro maravilloso para todos los que seguíamos -y seguimos a pesar de todo, la muerte incluso- a José Donoso. Hablo de un libro que recupera gran parte de su producción periodística. Se llama Artículos de incierta necesidad. No sé si este libro tuvo una difusión más allá de Chile. Y si no la tuvo, nunca es tarde, señores editores.
En su lectura tuve casi el mismo placer que experimenté cuando leí su Historia personal del boom. Libro que recomiendo a todos, en particular a los aspirantes a escritores.
Lo que me sorprende, y me encanta, es encontrar que el tema de la amistad aparece en muchos de sus artículos. Inclusive reitera anécdotas, como la referida a la muerte de Rubén Darío, en la cual cuenta que Valle Inclán deambulaba por las calles, llorando, lamentando la muerte del poeta y repitiendo como una letanía que ya no iba a tener a quién leerle sus manuscritos. También habla de las cotidianas visitas y paseos entre James Joyce e Italo Svevo, en la época en la que el primero era profesor de inglés en Trieste.
Y encontramos más de estas referencias en el artículo que lleva, justamente, el nombre de Las amistades literarias, escrita en 1982. Pero hay dos que me atraen mucho. Una es la referida a la amistad en García Márquez y Mario Vargas Llosa. Si alguien conoció de cerca esta amistad, era José Donoso. Según el chileno, la entrega a la amistad entre ambos era total. Y como prueba menciona la dedicación de MVLL en la escritura de Historia de un deicidio. Sin embargo, aunque Donoso no lo diga entonces, ya era más que pública la ruptura entre estos escritores. Pero lo que sí se aventura a decir es que MVLL cometió un deicidio con el propio GGM al escribir ese estudio y que pudo escribir luego La guerra del fin del mundo, liberado de todo, hasta de la amistad.
El otro caso que me interesó fue el de Herman Melville y Nathaliel Hawthorne. Este último acababa de publicar en 1950 La letra escarlata cuando conoce a Melville y ambos descubren que sólo viven a unos escasos kilómetros de distancia. Al parecer, el joven Melville se hallaba más que estímulado con esta amistad y ello lo llevó a terminar y publicar en 1851 Moby Dick. Durante esta amistad, las visitas de Melville eran cotidianas, pero, según parece, el carácter ermitaño de Hawthorne resistió poco tal entusiasmo. Quizás no fue la decisión determinante, pero Hawthorne decidió mudar de casa, lo más alejado posible de Melville.
Donoso cierra este artículo con la anécdota de que estos dos escritores, ya distanciados, escribieron paralelamente sendas novelas en las que el tema central era amistad frustrada entre dos hombres.
En José Donoso, por supuesto, hay más que simples anécdotas. Y es lo que recomiendo buscar.

9/19/2008

Paul Auster y la traducción

Los lectores de Paul Auster saben del interés de este escritor por la cultura francesa. Saben, igualmente, que escribió poesía. Sin embargo poco se sabe de su relación con la traducción. Encontré la versión francesa de una entrevista a propósito de este tema hecha por Stephen Rodefer en 1985. Como sé que puede interesarle a más de uno, me aventuré a una retraducción.

STEPHEN RODEFER.- ¿Cuándo comenzó a hacer traducciones?
PAUL AUSTER.- A los diecinueve o veinte años, cuando era estudiante en Columbia. En la clase de francés nos hacían leer una serie de poetas –Baudelaire, Rimbaud, Verlaine- y yo lo hallaba apasionantes, aunque no siempre los comprendiera. El hecho de que fuesen extranjeros me intimidaba –como si una obra escrita en otra lengua hasta cierto punto no fuera real- y no fue más que intentando trasladarlos al inglés que yo comencé a entenderlos. En ese momento, se trataba para mí de una actividad estrictamente privada, de un método gracias al cual yo comprendía mejor lo que leía, y yo no tenía ninguna intención de publicarlos. Creo que podríamos decir que comencé a traducir porque yo tenía dificultades para comprenderlos. Yo no podía imaginar una realidad lingüística fuera del inglés, pero yo me sentía impulsado por la necesidad de apropiarme estas obras, de integrarlas a mi propio universo.

S.R.- ¿Usted escribía poesía en esta época?
P.A.- Sí. Pero como la mayoría de los jóvenes, yo no tenía ninguna idea de lo que hacía. Uno tiene enormes ambiciones a esta edad y uno no necesariamente está equipado para realizarlas. Eso entraña un sentimiento de frustración, la profunda convicción de no estar a la altura. A lo largo de esos años yo luché por encontrar mi voz y descubrí un camino en el que la traducción era un ejercicio de gran utilidad. Pound recomendaba esta práctica a los jóvenes poetas y creo que esto confirma su gran inteligencia.
Es necesario comenzar lentamente. La traducción permite trabajar con los precisos mecanismos del oficio, de aprender a vivir dentro de la intimidad de las palabras, de discernir mejor hacia dónde vamos. Tal es el resultado positivo, pero también hay uno negativo. Cuando uno se embarca a traducir, las exigencias de la composición de alejan. No hay necesidad de mostrarse brillante u original, no hay necesidad de lanzarse a empresas que finalmente no seremos capaces de llevar a cabo.
Uno aprende a sentirse más cómodo consigo mismo cuando escribe, y esto es sin duda esencial para un joven. Uno se entrega a la obra de otro –otro que necesariamente ya se ha realizado- y uno se pone a leer de manera más profunda e inteligente, como nunca antes. El análisis erudito de la poesía cumple una función importante, pero nada puede reemplazar la experiencia de la traducción. Un joven poeta aprende más sobre la manera cómo Rilke escribía sonetos esforzándose en traducir uno que redactando un ensayo sobre este tema.

S.R.- ¿Qué lugar ocupa hoy la traducción dentro de su trabajo ?
P.A.- Hoy, casi nada. Al principio, a mi modo de ver, ésta era capital, sin embargo con el tiempo ha sobrevenido cada vez más marginal. Mis primeras traducciones de poetas franceses modernos, hace ya buen tiempo, eran verdaderos descubrimientos, unos actos de amor.
Después, durante un largo periodo, me gané la vida haciendo traducciones. Pero nunca más fue lo mismo. Yo no podía decir nada sobre la selección de los textos. Los editores me informaban que era necesaria la traducción de tal y cual libro, y yo me ponía a hacerlo. Era un trabajo agotador, sin ninguna relación con la literatura ni con mi obra personal. Libros de historia, libros de antropología, libros de arte. Usted hacía tantas páginas por día, y esto le daba para el pan sobre la mesa. Finalmente dejé de hacerlo para así preservar mi salud mental.
Luego de cinco o seis años, traté de limitarme a cosas que me interesaban fervorosamente –descubrimientos que quise compartir. Los carnets de Joubert, por ejemplo, o los fragmentos por Anatole, de Mallarmé. Yo encuentro extraordinarias estas dos obras, diferentes de todo lo que he leído. Igualmente el libro del funámbulo, de Philippe Petit, que ha sido publicado el verano pasado. Lo hice porque Philippe es un amigo y porque él es uno de los artistas más sorprendentes que he conocido. Estos libros, sin lugar a dudas, no tienen una verdadera relación con mi escritura, pero pertenecen sin embargo a mi universo personal.
En sí mismo, el hecho de traducir no representa más para mí que la aventura de antes. Actualmente existe en América traductores de un talento sublime –Manheim, Rabassa, Wilbur, Mandelbaum, por citar sólo algunos-. No obstante, yo no me considero un miembro de la cofradía de traductores. Sólo soy alguien que ama seguir lo que tiene ante sus narices y, muy a menudo, esto me lleva a rincones extraños. De pronto caigo sobre alguna cosa que me apasiona, al punto de darme ganas de traducirlo, pero se trata por lo general de obras excéntricas y extrañas –obras que corresponden a mis propios gustos excéntricos y extraños-.


1985 (The Archive Newsletter / USCD New Writing Series)

9/12/2008

Son unos genios

Me entero que en la reciente emisión de La Grande Librerie, dirigida por François Busnel, el escritor Régis Jauffret, autor de la reciente novela Lacrimosa, ganador el año pasado del premio France-Culture-Télérama por su libro Microfictions y gran desconocido en español, se refirió al autor francés que más libros ha vendido en los últimos tiempos: Marc Levy. Dijo que la labor de escritores como él era encomiable, que gracias a sus libros los franceses prefieren ir a las librerías antes que quedarse en casa frente a sus televisores.
Para muchos escritores, digamos que serios o con proyectos que van más allá que la venta de sus propios libros, les ha quedado claro que el gran sistema editorial se sostiene económicamente por los autores best-sellers, por sus novelas que poco exigen y mucho entretienen al lector. Por ello ya no reniegan de éstos; por el contrario, están agradecidos y se permiten halagos irónicos. Los escritores de best-sellers, pues, han derivado para muchos en un mal necesario. Se les tolera. Se dice que hay lectores para todos. Ahora bien, esto me suena a un tono perdonavidas. Un tono así para el escritor de best-sellers y para su lector. De este último he escuchado varias descripciones: lector poco entrenado, poco exigente, lector de aeropuertos, lector que solo la quiere pasar bien. Sin embargo, cuando me ha tocado conversar con algunos lectores de estas novelas, parece que hubieran leído El Quijote (es sólo una imagen, pues no han leído El Quijote). Su entusiasmo es increíble y no dan muestras de que se hubieran esforzado poco en su lectura. No. Han realizado su máximo esfuerzo.
Hasta aquí, alguien podría recriminarme por sugerir que me estoy refiriendo a un lector tonto, que no se entera de nada. Y que habría otro, el inteligente. Pues sí: hay lectores tontos e inteligentes, y una amplia gama entre uno y otro. Claro, esto se da en cuanto al nivel de los lectores, pues si hablamos del ámbito de las finanzas, la relación se invierte. Ya sabemos quienes son los que tienen mayor poder adquisitivo y sostienen el mercado editorial.
Y para tranquilizar a los que se inquietan: sí, hay excepciones.

9/06/2008

Mímesis

al blogger

Los encontré practicando boxeo en el estacionamiento. Pocos metros antes de poder verlos, todavía caminando por la acera, podía oír los golpes y los resoplidos. Cuando llegué frente a ellos, no se detuvieron. Debí suponer que se encontraban concentrados en su deporte; su transpiración delataba que lo venían haciendo desde hacía buen rato. Sin embargo me incomodó que no se detuvieran o al menos me dijeran algo, un mínimo gesto de saludo. Nada. Por el contrario, me pareció notar en sus rostros un aire de molestia. No una molestia por sentirse observados, sino una que provenía de ser precisamente yo quien su único público. Traté de descubrir en sus miradas la complicidad para dejarme ajeno a su juego, o a su combate -lo mismo daba-. Pero no. Ellos no demostraban ninguna complicidad; más aún querían hacerse daño. La intensidad de los golpes fue en aumento; el esfuerzo, mayor. llegué a pensar, incluso, que veían mi rostro en el adversario; mis facciones repetidas en ambos y las cuales debían destruir. Esto sólo me lo imaginaba, claro. Yo no me atrevía a creer, debiera decir aceptar, que cada golpe sobre el mentón, en el plexo, o sobre cualquier otro punto donde aterrizara el puño, me causaba un vivo dolor. Otros golpes fueron como si me despertaran de un sueño, pero duraba muy poco, pues inmediatamente el dolor sobrevenía. Sentí, además, el sabor de la sangre en una boca que ya dejaba de ser mía y que intentaba finalmente decir basta. Pero el último ruido fue el último golpe.

9/04/2008

Los novísimos y la novela francesa

Como es natural en Francia, en los medios literarios se habla de la rentrée 2008. Seguramente hay grandes novedades como también enormes decepciones. Y me parece bien que así sea. Significa que más allá de lo que digan los medios y la crítica, al fin y al cabo cada libro tendrá sus lectores con sus respectivas opiniones. Por supuesto, a todos nos gusta que nos recomienden libros y eso es lo que hace hoy Le Figaro Littéraire al presentar a diez escritores que acaban de publicar sus primeras novelas. Dicen que esta selección (siempre arbitraria, inevitablemente) la hicieron entre un grupo de 91 escritores. Esto lo hacen cada año y nos llevaría a suponer que la novela francesa está muy productiva. Sin embargo, desde hace algún tiempo más de un crítico ha anunciado la muerte de esta literatura, especialmente en Estados Unidos. Bueno, dentro de Francia también se ha dicho esto (están las afirmaciones, entre otros, de Tzetvan Todorov y Dominique Fernández, en La Littérature en péril y L’Art de raconter, respectivamente). Yo creo que la novela francesa no está en su mejor momento, como lo podría estar la novela en lengua inglesa, por ejemplo, pero tampoco se encuentra arrimada en la mediocridad. Algo que también está pasando es que la mirada ya no está en Francia. No como antes. Cosa semejante les pasó a los escritores latinoamericanos después del Boom; no lo olvidemos. Que las traducciones del francés a otras lenguas hayan disminuido no quiere decir que no haya algo notable por traducir. El tema de las traducciones también se da por modas; basta mirar la cantidad de traducciones de novelas chinas de escritores contemporáneos. Ya le volverá a tocar a Francia, estoy seguro.
Ahora bien, no está demás saber qué están escribiendo estos novísimos novelistas franceses. Entre los diez seleccionados Le Figaro apuesta por Tristan Garcia y su novela La meilleure part des hommes. De esta novela es curioso que destaquen que el autor la define como una novela anti-autoficción. Es más, se habla de una generación dispuesta a poner fin las novelas autobiográficas. En esta línea también destacan a Jean-Baptiste Del Amo, Une éducation libertine, y a Tristan Jordis, Crack. Al parecer más de uno ya se hartó de ello. No obstante, en su propia lista se filtran más de un autor entregado aún a la autoficción. Tampoco se trata de negarla, relegarla y restarle sus aportes a la novela francesa, que son indiscutibles. Entre estos nuevos “intimistas” presentan a Julien Almendros, Vue sur la mère; Thierry Dancourt, Hôtel de Lausanne; Blanche de Richemont, Pourquoi pas le silence; Justine Augier, Son absence, y Alma Brami, Sans elle. También los hay los que toman un poco de todo y tratan de escribir libros herederos de diversas tradiciones. Aquí hablan de Johann Trümel, La Marge molle, y Aude Walter, Saloon. Esta última novela transcurre en la costa Este de Estados Unidos y se anuncia como una novela que “sube a la cabeza como un trago de un licor fuerte, destila un placer violento y deja sus huellas.” Seamos curiosos.

9/01/2008

Los Palma: padres e hijos

Poco antes de venir a Burdeos, me pasé unos meses visitando regularmente la Casa Museo Ricardo Palma. Es indiscutible que hay un gran interés de parte de los especialistas y lectores comunes por la obra y la vida del reconocido autor de las Tradiciones peruanas; pero en este caso, yo no iba a su Casa-Museo por él, sino por lo que de su hijo aún restaba dentro de este lugar. Por aquel entonces se me había encomendado preparar una edición de la prosa de ficción de Clemente Palma y yo ya la tenía prácticamente lista. En el Perú se sabe muy poco de este escritor. Por las lecturas obligatorias de la escuela se conoce su cuento Los ojos de Lina y su predilección por el cuento fantástico; se sabe que desdeñó la poesía de César Vallejo y que fue un crítico bilioso, y que fue un racista desembozado.
Lo que descubrí en la Casa-Museo de su padre fue un puñado de cartas que se escribieron mientras Clemente vivía en Barcelona. Eran los primeros años del siglo XX y Clemente Palma era un claro ejemplo del escritor decadente, quizás unos de los más vehementes y entregados al decadentismo que antes de su viaje sólo conocía por sus lecturas. Por supuesto, esto generó serias desavenencias con su padre. Don Ricardo Palma por momentos trató de encarrilarlo y fomentar su interés por las letras, cosa que consiguió, pero la visión que tenían ambos hacia la literatura y la vida era totalmente opuesta. Pero en otros momentos Ricardo Palma no tomaba en serio a su hijo y le recriminaba hasta las intenciones de querer contraer matrimonio o porque no le respondía alguna carta. Sobre esto último, encontré una fechada en 1902, en la que Clemente le respondía a su padre desde Barcelona:

“creo que estas explicaciones eran más satisfactorias que la que tú has dado dejándote llevar de esa injusta apreciación que siempre has hecho de mí y que siempre te ha obsesionado. ¡Estoy lúcido! Vicioso, ingrato, inmoral, jugador! Sólo falta borracho y cabrón. Es decir, creo que eso me falta en tu concepto sobre mí; no estoy muy seguro.”

Que Clemente era apostador es seguro. Pero no cualquiera. Entre sus libros hallé muchos sobre técnicas para ganar en las apuestas. Eran tratados diversos y muchos absurdos. También hallé tratados de espiritismo. El mismo refiere en algunas entrevistas que le hicieron el interés que tuvo por estas prácticas. Sus cuentos están plagados de estos ejercicios. El lo práctico para hablar con su padre muerto. Pero los resultados nunca fueron los esperados. Decía que era imposible que su padre tuviera tantas fallas en la construcción de sus frases, que no podía ser él. El sentía que quedaba una conversación pendiente. La noche que murió su padre, Clemente Palma recibió una llamada de su hermana Angélica en la que le decía que su padre agonizaba. El vivía a pocas calles, así que salió corriendo. Cuenta que no había nadie, que él corría y nadie lo veía. Cuando llegó, su padre ya había muerto.
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