9/30/2008

Delfín

Cuando al fin pudo ser admitido en el grupo de boys scouts, no se imaginó la enorme verguenza que sentiría al tener que gritar, junto con otros cinco muchachos en pantalones cortos, el lema de su patrulla: ¡cri, cri, cri! Su incomodidad ni siquiera disminuyó al observar cómo los otros integrantes de las demás patrullas lanzaban aquellos gritos ridículos una vez que sus respectivos guías les daban el tono de lema: ¡Patrulla Leones, descanso, alerta, lema! Y lo mismo con la patrulla Tigres, Osos, Águilas, Tórtolos y otros animales que seguramente hubieran estado mucho mejor que pertenecer a la patrulla Delfines. No tuvo opción. Aquella patrulla era la que menos integrantes tenía y un muchacho de once años le venía bien. A los quince podría llegar, incluso, a ser jefe de patrulla. Eso le dijo el jefe del grupo al darle la bienvenida, y él se lo creyó. Hasta el momento de su llegada estuvo muy entusiasmado. Era lo que quería. Deseaba tener una camisa llena de insignias y usar una pañoleta con un nudo de cuero y el símbolo de la flor de lis en medio. Lo había visto en sus amigos mayores, en sus hermanos, y creía que era su turno.
Toda esa tarde, sin embargo, cada vez que los llamaban a formación y tenían que repetir sus lemas y gritos, él pensaba que todos los demás se reían de su débil ¡cri, cri, cri!, pero no era así. A cada boy scout se le veía muy identificado con su animal asignado y con el de los otros. Y, quizás por su actitud todavía temerosa o porque era parte del rito inicial, al final de la sesión le fue entregado el bordón de su patrulla para que lo cuide durante una semana y lo regrese a la próxima reunión sabatina. Su guía le dio todas las explicaciones necesarias para desatar el banderín de aquel palo que le doblaba en estatura, y para que cuidara de todas las ornamentaciones como cintas de colores, bandas de felpa y piel, y botones de metal incrustados. Él había entendido perfectamente lo que le dijeron; no obstante, su preocupación se centraba en cómo subiría al bus con ese bordón, en cómo disimular su vergüenza durante todo el trayecto. Si hubiera tenido el uniforme completo, se entendería que lo lleve con él; pero era su primer día y estaba vestido como siempre. El banderín, por otro lado, sólo podría ser desatado en su casa. Esa fue la indicación precisa.
Tomó las calles más estrechas y poco transitadas para llegar a la avenida. Allí aguardaría el bus que, siendo las cinco de la tarde, seguramente estaría repleto de pasajeros. Había algo de viento y el banderín flameaba a ratos, mostrando un delfín bordado en hilo grueso que surcaba sobre un mar hecho de paño gris.
El bus no tardó en llegar y, efectivamente, se hallaba colmado de gente. Le costó abrirse pasó con la carga que llevaba. No había asientos. No sabía cómo sostenerlo ni cómo sostenerse él mismo para no perder el equilibrio con el bus en marcha. Empezó a traspirar como si aquel bordón fuera un radiador recalentado. Se esforzó por llegar al pasamanos de uno de los asientos, pero lo que sintió fue una mano con dedos delgados. Es de una mujer, se dijo. Echó la cabeza un poco para atrás para darse cuenta que delante de sí tenía no exactamente a una mujer, sino a una muchacha de unos dieciséis o diesiete años. Se sorprendió de no haberla notado antes; como si hubiera aparecido de pronto, de pie, y tuviera su cuerpo a menos de un palmo. El muchacho se ruborizó, tuvo un repentino y leve mareo (o creyó tenerlo) y se aferró al bordón para no caer, para no hundirse en lo que pudiera haber bajo sus pies. Soltó los dedos de la chica con lentitud y los deslizó sobre la barra del pasamanos, sólo un poco más abajo. Debido a su todavía baja estatura, él apenas llegaba hasta el hombro de ella. Estuvo atento a alguna reacción de la muchacha, pero, salvo el zangoloteo del bus, nada parecía perturbarla.
En una de las paradas bajaron muchas personas y él pudo ubicarse un poco mejor. Ya no detrás de la muchacha, sino en asiento que consiguió del otro lado del pasadizo. En el apuro por sentarse casi rompe uno de los cristales de la ventana con el bordón. Fue un golpe seco, amortiguado quizás por el banderín. Se sentó con el bordón entre sus piernas, sosteniéndolo con sus dos manos, como si fuera un gran cayado.
Aún avergonzado por el incidente, no sabía hacia dónde mirar. Se dedicó a observar todos los ornamentos de aquel bordón, pero se aburrió pronto. Prefirió dirigir su mirada a la muchacha cuya mano había tocado antes. Ella continuaba de pie, en la misma posición. Él notó sorprendido que la muchacha llevaba un pantalón de lycra color negro, ceñido a la perfección, dibujando unas nalgas de violenta firmeza. Se quedó absorto, observando a la muchacha y con la intención de seguir haciéndolo durante el trayecto que le restaba. Sin embargo, una mirada se cruzó a la suya. Al otro extremo, sólo un poco más alejado de la muchacha, había un hombre, también de pie, que paseaba su mirada de las nalgas de la chica a la cara del muchacho del bordón. Este hombre traía puesta una camiseta sin mangas, que no correspondía a esa estación del año, y, más que sujetarse del pasamanos, parecía que estuviera colgado de él. El muchacho se inquietó cuando el hombre le mostró una sonrisa sardónica. Quiso mirar a otra parte pero no pudo evitar fijarse en el tatuaje que traía este hombre en el brazo. Se trataba de un delfín. En realidad se trataba de la figura de un hombre corpulento con cabeza de delfín. El de la figura llevaba puestos unos lentes negros de playa y se apoyaba en una tabla de correr olas. Esa cabeza de delfín también mostraba una sonrisa sardónica.
El muchacho decidió dejar de mirarlo. Tampoco quiso mirar más a la muchacha. Pero esto no duró demasiado. De pronto el hombre se soltó del pasamanos y avanzó hacia la puerta delantera para bajarse del bus. Primero pasó detrás de la muchacha. Cuando estuvo junto a ella, aprovechó otro de los moviemientos bruscos del vehículo para inclinarse hacia ella y le apretó las nalgas con fuerza. El hombre le dijo algo en el oído y la muchacha, con una expresión de miedo y vergüenza, sólo se atrevió a echar su cuerpo lentamente hacia adelante para separarse de él. El niño se quedó inmóvil, apretando el bordón entre sus manos, sin saber qué hacer. El hombre continuó su avance y se detuvo a su lado. Lo observó: a él y a su bordón, y, sin mayores movimientos, lanzó un escupitajo sobre el banderín.
—Para que tu delfín pueda nadar —le dijo.
El bus paró en una esquina y el hombre bajó. El vehículo trató de retomar la marcha, pero el motor no le respondía. Intentó dos, tres veces, y no había manera de hacerlo arrancar. Como era habitual en estos casos, varios pasajeros bajaron para esperar a que llegara el siguiente bus. Fueron bajando uno a uno. El chofer también hizo lo mismo para levantar la capota y revisar el motor de su vehículo. Cuando volvió a su asiento para tratar de encenderlo, confirmó que ya todos los pasajeros se habían bajado. Tan sólo le habían dejado un palo colorido en uno de los asientos. El chofer pensó que lo mejor sería cortarlo en dos y tenerlo a su costado.

(cuento publicado en la antología El Arca, Bestiario y Ficciones de Treintaiún Narradores Hispanoamericanos. Santiago de Chile, Sangría Editora, 2007)

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