9/19/2008

Paul Auster y la traducción

Los lectores de Paul Auster saben del interés de este escritor por la cultura francesa. Saben, igualmente, que escribió poesía. Sin embargo poco se sabe de su relación con la traducción. Encontré la versión francesa de una entrevista a propósito de este tema hecha por Stephen Rodefer en 1985. Como sé que puede interesarle a más de uno, me aventuré a una retraducción.

STEPHEN RODEFER.- ¿Cuándo comenzó a hacer traducciones?
PAUL AUSTER.- A los diecinueve o veinte años, cuando era estudiante en Columbia. En la clase de francés nos hacían leer una serie de poetas –Baudelaire, Rimbaud, Verlaine- y yo lo hallaba apasionantes, aunque no siempre los comprendiera. El hecho de que fuesen extranjeros me intimidaba –como si una obra escrita en otra lengua hasta cierto punto no fuera real- y no fue más que intentando trasladarlos al inglés que yo comencé a entenderlos. En ese momento, se trataba para mí de una actividad estrictamente privada, de un método gracias al cual yo comprendía mejor lo que leía, y yo no tenía ninguna intención de publicarlos. Creo que podríamos decir que comencé a traducir porque yo tenía dificultades para comprenderlos. Yo no podía imaginar una realidad lingüística fuera del inglés, pero yo me sentía impulsado por la necesidad de apropiarme estas obras, de integrarlas a mi propio universo.

S.R.- ¿Usted escribía poesía en esta época?
P.A.- Sí. Pero como la mayoría de los jóvenes, yo no tenía ninguna idea de lo que hacía. Uno tiene enormes ambiciones a esta edad y uno no necesariamente está equipado para realizarlas. Eso entraña un sentimiento de frustración, la profunda convicción de no estar a la altura. A lo largo de esos años yo luché por encontrar mi voz y descubrí un camino en el que la traducción era un ejercicio de gran utilidad. Pound recomendaba esta práctica a los jóvenes poetas y creo que esto confirma su gran inteligencia.
Es necesario comenzar lentamente. La traducción permite trabajar con los precisos mecanismos del oficio, de aprender a vivir dentro de la intimidad de las palabras, de discernir mejor hacia dónde vamos. Tal es el resultado positivo, pero también hay uno negativo. Cuando uno se embarca a traducir, las exigencias de la composición de alejan. No hay necesidad de mostrarse brillante u original, no hay necesidad de lanzarse a empresas que finalmente no seremos capaces de llevar a cabo.
Uno aprende a sentirse más cómodo consigo mismo cuando escribe, y esto es sin duda esencial para un joven. Uno se entrega a la obra de otro –otro que necesariamente ya se ha realizado- y uno se pone a leer de manera más profunda e inteligente, como nunca antes. El análisis erudito de la poesía cumple una función importante, pero nada puede reemplazar la experiencia de la traducción. Un joven poeta aprende más sobre la manera cómo Rilke escribía sonetos esforzándose en traducir uno que redactando un ensayo sobre este tema.

S.R.- ¿Qué lugar ocupa hoy la traducción dentro de su trabajo ?
P.A.- Hoy, casi nada. Al principio, a mi modo de ver, ésta era capital, sin embargo con el tiempo ha sobrevenido cada vez más marginal. Mis primeras traducciones de poetas franceses modernos, hace ya buen tiempo, eran verdaderos descubrimientos, unos actos de amor.
Después, durante un largo periodo, me gané la vida haciendo traducciones. Pero nunca más fue lo mismo. Yo no podía decir nada sobre la selección de los textos. Los editores me informaban que era necesaria la traducción de tal y cual libro, y yo me ponía a hacerlo. Era un trabajo agotador, sin ninguna relación con la literatura ni con mi obra personal. Libros de historia, libros de antropología, libros de arte. Usted hacía tantas páginas por día, y esto le daba para el pan sobre la mesa. Finalmente dejé de hacerlo para así preservar mi salud mental.
Luego de cinco o seis años, traté de limitarme a cosas que me interesaban fervorosamente –descubrimientos que quise compartir. Los carnets de Joubert, por ejemplo, o los fragmentos por Anatole, de Mallarmé. Yo encuentro extraordinarias estas dos obras, diferentes de todo lo que he leído. Igualmente el libro del funámbulo, de Philippe Petit, que ha sido publicado el verano pasado. Lo hice porque Philippe es un amigo y porque él es uno de los artistas más sorprendentes que he conocido. Estos libros, sin lugar a dudas, no tienen una verdadera relación con mi escritura, pero pertenecen sin embargo a mi universo personal.
En sí mismo, el hecho de traducir no representa más para mí que la aventura de antes. Actualmente existe en América traductores de un talento sublime –Manheim, Rabassa, Wilbur, Mandelbaum, por citar sólo algunos-. No obstante, yo no me considero un miembro de la cofradía de traductores. Sólo soy alguien que ama seguir lo que tiene ante sus narices y, muy a menudo, esto me lleva a rincones extraños. De pronto caigo sobre alguna cosa que me apasiona, al punto de darme ganas de traducirlo, pero se trata por lo general de obras excéntricas y extrañas –obras que corresponden a mis propios gustos excéntricos y extraños-.


1985 (The Archive Newsletter / USCD New Writing Series)

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