10/31/2008

¿A qué asociación vas?

Hace unos días ya hablé de los nuevos hábitos franceses a propósito de la las leyes que prohiben fumar en espacios públicos. Bueno, pues a esos nuevos hábitos hay que sumar los antiguos, en particular lo referido a las asociaciones. Son innumerables y hay para todos los gustos. Pero vayamos por partes : ¿qué busca una asociación? Podríamos encontrar muchas razones filantrópicas, que serán ciertas, como las que ayudan a la insertación de los inmigrantes en la sociedad francesa, las que protegen la naturaleza, las que promueven la cultura y las demás. El tema es que detrás de todo esto, percibo, están las desesperadas ganas de conocer gente, de evitar la despiadada soledad que ha venido como consecuencia de su tan reclamada independencia. La lógica es sencilla: si no tienes amigos, anda a una asociación. En éstas suele haber buen ambiente. También hay las que sirven para encontrar pareja. Un día, mientras le mostraba la ciudad al escritor Jorge Eduardo Benavides, quien vive en Madrid, y, luego de un par de cognacs, vimos a través de unas enormes ventanas el interior de un café. Fijando la mirada, que es lo que hicimos, descubrimos que había una mesa repleta de personas tejiendo a crochet. Hablo de personas entre 25 y 40 años, hombres y mujeres, charlando, compartiendo miradas, sonrisas y consejos para el tejido. Inmediatamente Jorge y yo miramos por los alrededores para encontrar alguna respuesta y ésta apareció en forma rectagular, una pizarra, que indicaba las actividades de la Asociación de Tejedores a Crochet de Burdeos. « Mira, tú! », me dijo Jorge. « Mira, pues! », le di por respuesta. Las cosas que pasan al otro lado de la frontera.

10/28/2008

Nubes

No es novedad que las relaciones entre las personas cambien a la más mínima ley, capricho, o avance tecnológico. Desde no hace mucho se puso en práctica en toda Francia el no fumar en lugares públicos. Al principio fue la locura. Y era de entenderse. La mayoría de franceses fuma a rabiar. Incluso, a pesar del precio de los cigarrillos, muchos prefieren bolsas de tabaco, filtros y papel y se ponen a armarlos ellos mismos. Claro, en esto no está sólo el vicio de fumar, sino también el toque del nuevo joven urbano. En fin, lo cierto es que les tocó a los fumadores excluirse de los demás. Para los que no fumamos mucho o casi nada, da gusto entrar a un bar, tomar unos tragos y salir sin apestar a tabaco (de todas las calidades). Todo va bien hasta aquí, o quizás no si cambiamos de perspectiva. Pues he notado, pasado los meses, que esta ley les ha caído de maravillas a los antiguos fumadores solitarios. Ahora se concentran en las entradas de los bares y restaurantes, intercambian sonrisas, hacen trueques de filtros, tabaco y papel, charlan, piden números de teléfono y seguramente más de una pareja gozará íntimamente de este encuentro y se sentirá sobre una nube (de humo). Y qué pasa con los que no fuman. Huelen bien pero tienen un aire a aburridos. El ambiente está en las terrazas, no importa la época del año. Todos los establecimientos se han visto obligados a pedir permisos y ocupar parte de las aceras. Las sillas y mesas se extienden cada vez más, en medio de humaredas. Así, hasta da ganas de fumar un poco más. Quien no quiere estar de vez en cuando sobre una nube.

10/23/2008

El ratón latinoamericano

Vivir en Francia me ha enseñado muchas cosas. Por supuesto, no pretendo decir todo lo que aprendí. Ya lo iré filtrando poco a poco. Lo que sí quisiera destacar es la visión que tienen algunos franceses, y podría extenderlo a los europeos en general, de la América Latina. En particular en el medio académico. Me ha sucedido encontrarme con profesores que no aceptan ningún matiz en su postura sobre AL, ningún cambio en lo que fue y será su tesis doctoral. Estas personas se han construído una América a su medida e imparten cátedra de ello, organizan congresos, publican libros, etc. Y lo más curioso es que quieren en AL se hagan los cambios que no son capaces de hacer en sus propios países. Somos su objeto de estudio, su ratón de laboratorio, y los ratones no se quejan ni argumentan en contra.
Hablan de AL con tal vehemencia que me hacen dudar de si realmente vengo de Perú o si he vivido en una búrbuja. Y no digo nada sobre su opinión del Che. Es casi Dios. Tanto que si el Che reviviera preguntaría de quién están hablando.
Ahora bien, si el ratón de turno se queja de esta visión, es decir yo, pues el ratón pasa a ser un derechista pro- Bush. Mucho cuidado, eh; ser enemigo de un profesor universitario es un peligro enorme.
Recuerdo alguna vez, dando una charla sobre el lenguaje y el poder, se me ocurrió contar un mito cashinahua. En este mito se relataba la historia de cómo las mujeres cashinahua aprendieron a alumbrar a sus hijos. Según esta historia, estas mujeres no sabían cómo hacerlo y cada vez que estaban embarazadas debían ir hasta el Inca y someterse a las barbaridades y canibalismos de sus sacerdotes. Como era de esperarse, el profesor que me invitó, especialista en los Incas, me cortó la charla aduciendo que era hora de comer. La historia estaba escrita y no había que cambiarla.
No conozco el medio académico norteamericano, pero sospecho que sólo se cambiaran un par de nombres y el ratón seguirá siendo el mismo.

10/21/2008

Tiempos idos

Regularmente doy vueltas por los estantes de la biblioteca para descubrir algunos libros nuevos, echar una mirada a los que no les hice caso antes, reencontrarme con los autores que siempre me han fascinado. Acabo de dar una de esas vueltas y lo que me encontré me ha sorprendido. Leí la contraportada de una novela peruana en una edición española y, sin ningún asomo de arrepentimiento, puede afirmar que no leeré más. Espero que me den la razón luego de mostrarles unas líneas de la presentación de la novela. Si no me dan la razón, pues creo que seriamente debo replantearme muchas cosas. Lean :

« A finales de los años cincuenta Hilda, una joven de origen humilde, entra a trabajar como sirvienta en la casa del hacendado Ignacio Cáceres en Arequipa. Al poco tiempo es seducida por su patrón, que aprovecha hábilmente su ingenuidad ante el poder y el dinero. Olivia, la hija de Cáceres, está convencida de que el mundo le pertenece por derecho propio, pero sale perdiendo al tratar de imponer sus caprichos a Sonia Olavarría, según ella su mejor amiga del colegio, a quien usa y humilla sutilmente. »

Estoy seguro que alguno habrá pensado que se trata de un pastiche, de novela que se apropia de otros géneros, de otros códigos, de la influencia de los culebrones en la nueva novela. Otros dirán que es una novela de comienzos del siglo XX. Pues no, es del 2004 y la autora parece estar convencida de su historia. ¿Se puede escribir todavía sobre esos temas y de esa manera? A veces creo que hay lectores, y escritores, que se quedaron detenidos en el tiempo, que el mundo de su adolescencia (que sin duda la adolecieron), las lecturas de sus primeros años, los marcaron de tal modo que se resisten a aceptar que ha habido cambios. ¿Quién dijo que el mundo va demasiado rápido? Si es así, hay gente que no se ha enterado y sigue a la espera de su carruaje

10/20/2008

ombligos

Bueno, luego de un largo viaje y distanciamiento de cualquier cibercafé y computadoras de amigos, vuelvo, sólo con unas líneas, a este blog. Y vuelvo con noticias pasadas, con periódico viejo, con almanaques que sólo sirven para decorar los refrigeradores y la parte trasera de algunas puertas. Me refiero al premio Nobel de literatura otorgado este año a Jean-Marie Gustave Le Clézio. Casi todos los comentarios han ido en contra de la calidad del premiado y, a lo sumo, hay uno que otro con tono perdonavidas. Yo no entiendo de dónde viene la decepción. ¿Son ingenuos o qué? Por un lado están los que siempre reniegan de este premio y lo desacreditan. Y sí, más suman los errores que los aciertos entre los premiados. Y si es así, para qué seguir prestándole atención. Ni el propio Le Clézio se lo toma en serio.
También están los otros, los que dicen que nadie conoce a Le Clézio porque “ellos” no conocen a Le Clézio. El ombligo de estos hombres debe estar amarillo del uso. ¿Conocían éstos a Imre Kertez antes de su premio? Lo dudo.
¿No hay otro escritor japonés aparte de Murakami que merezca este premio? ¿O el candidato coreano Ko Un (que no me gusta nada)? Seguro que sí!

10/10/2008

Hipocondríacos

El resfrío sigue, mi garganta se ha visto afectada por las dificultadas respiratorias y leo Vidas perpendiculares de Alvaro Enrigue. Ya antes indique cómo mi estado de salud condiciona mis lecturas y viceversa. Eso de somatizar todo lo que uno lee es tremendo. Uno se vuelve una suerte de hipocondríaco literario. Lees unas líneas e inmediatamente gritas: "Eso lo viví yo también!!"o "pero eso me está pasando". Y hay que tener cuidado con lo que uno lee, si no vean al Quijote o Madame Bovary y tantos más. Se imaginan qué sucedería si estás en esas etapas de hipocondría literaria y te nombran miembro de un jurado de relatos eróticos. Definitivamente ese miembro terminará exhausto. Y que ni vaya a la premiación del concurso; no quedaría alma en pie ni sentada).
Bueno, se suponía que hablaría de Vidas perpendiculares. Si la han leído, ya pueden imaginarse en qué situación me encuentro. Lo mejor será que espere el paso de la enfermedad y retome el comentario de esta novela. Lo que quisiera adelantar es que estoy seguro de que Alvaro Enrigue se ha divertido hasta el empacho escribiendo esta notable novela. "Igualito me he sentido yo".

10/07/2008

Lecturas afiebradas

He leído en muchas entrevistas a escritores que durante su infancia ellos tuvieron un contacto pleno con la lectura en largos periodos de convalecencia. Lo que siempre me he preguntado es si ese periodo de salud quebrada no influía en sus lecturas; y lo contrario también, si sus lecturas no afectaban su restablecimiento. Yo recuerdo tres momentos precisos en los que la lectura de algún libro -mientras padecía una fuerte gripe o algún tipo de infección estomacal, digamos- me afectaba tremendamente. El primero fue en la adolescencia, esa tarde había leído cuentos, ya no sé cuántos, de Antón Chejov. Y, como es lógico cuando hay infecciones, las fiebres vienen por la noche. Pues bien, esa noche, entre escalofríos y alucinaciones, me veía en pueblos rusos, como si asistiera a un desfile de condenados. Sin embargo, entre ese mar de gente, de pronto aparecía un rostro núbil, de belleza pueblerina (cuándo habré visto yo pueblos rusos del XIX), que me enternecía.
La segunda vez fue en los años universitarios. Debido a un curso de narrativa peruana tuve que leer y releer libros de Arguedas y Ciro Alegría. Y esa noche, en medio de otras fiebres, soñé –tendría que decir: deliré- que los personajes eran minúsculos (no más de tres centímetros) y se desplazaban sobre mi cama, sobre mí, como si se tratara de un agreste terreno andino. A esta imagen la acompañaba una terrible sensación de angustia.
El tercer momento acaba de suceder. Ahora mismo estoy con una gripe devastadora, pero entre espacios de calma respiratoria, he leído Los amantes de Todos los Santos, del colombiano Juan Gabriel Vásquez. Son cuentos en los que todas las parejas o han terminado o están a punto de terminar sus relaciones. Es una constante exploración sobre el porqué se llega a ese momento, querer saber en qué momento se echó todo a perder. En estos cuentos todos sus personajes se van en picada, y nosotros con ellos. Imagínense su efecto en mi estado febril. Durante la noche, y con mi esposa al lado, durmiendo como una bendita, tuve las peores pesadillas por culpa (tendría que decir gracias, pero no) de ese libro.
Lean ese libro y tengan sus propias pesadillas, y si hay fiebres, mejor.

10/05/2008

En el tejado

Acabo de leer un libro de cuentos de Russel Banks. Viviendo donde vivo, Burdeos, sólo encontré una edición francesa. No tengo ni idea de si hay una versión en español. En inglés, el libro lleva por título The angel on the roof. La versión francesa, L’ange sur le toit. Literal y exacto. Allí, entre todos los cuentos, me fascinó el llamado “Djinn”. Este cuento trascurre en la ciudad de Gbandeh, en la Républica Democrática de Katonga, en el oeste africano. El narrador es un americano, empleado de una empresa de sandalias que tenía su fábrica en esta ciudad. Este, mientras pasaba algunas temporadas de trabajo en Gbandeh, sólo quería cumplir con su misión y hacerse de una rutina entre el hotel y un restaurante del centro de la ciudad. Sin embargo esta rutina se vio quebrada por la presencia de un loco vagabundo, Djinn, conocido por los alrededores, pero que, una cierta noche, dio de gritos al asustado narrador. Este personaje no quiso volver más a este restaurante y trató de rehacerse en sus hábitos. Claro, hay impulsos, deseos inexplicables, y es lo que tuvo el empleado norteamericano al volver una noche al mismo restaurante. Y, como era de esperarse, el loco apareció nuevamente, siguiendo sus propias rutinas. Sólo que en esta caso, no le prestó importancia a nuestro narrador y decidió trepar por balcones, muros, a realizar equilibrios sumamente peligrosos que comenzaron a inquietar a los comensales. Finalmente vinieron los gendarmes de la zona y, luego de previas advertencias, le pegaron un tiro. Este hombre cayó y todo volvió a la calma. Nuestro narrador, no obstante a la tranquilidad que se impuso, de pronto se vio alterado y trepo por los mismos balcones, muros, techos y, pese a las conminaciones, permaneció toda la noche sobre un tejado. No hubo más disparos ni gritos. Lo dejaron allí.
Lo que me sorprendió de este cuento, como en otros similares, y que me dejó desasosegado, es la posibilidad de volvernos otros; de dejar nuestro espacio, nuestra razón, y mimetizarnos con ese otro con el que no creíamos tener similitudes. Y, lo más sorprendente, que los demás también empiecen a verte como ese otro.
Desde niño siempre temí que algo así me suceda algún día.

10/04/2008

En las llamas de la poesía

Admito inmediatamente que el título de este post es ridículo aquí y en las antípodas (ustedes ponen el aquí y su respectiva antípoda), pero es el que mejor le viene a una anécdota banal que les quiero contar brevemente.
Hace unos días estuve en un café del centro de Burdeos con unos amigos. En realidad, el café se encuentra dentro de una antigua iglesia que ahora funciona como un multicine. Sin lugar a equivocarme puedo afirmar que pasan películas excelentes, con unos ciclos que rara vez se pueden ver en salas de otros países, y que organizan debates muy estimulantes. No es extraño entonces que el café de este cine tenga un aire bastante intelectual -así existan corrientes anti-intelectuales en el mundo-. Asistí al café porque, entre otras cosas, un grupo de amigos me anunció que también vendría un poeta de Québec, de paso por esta ciudad. Nadie lo conocía de nada; apareció invitado por una amiga de este poeta que afirmaba, y confirmaba, su calidad poética. A poco de saludarnos, nos repartió a todos su tarjeta de presentación, además de unos separadores de páginas con poemas suyos impresos. A mis amigos, más que las tarjetas, les divertía su acento. No hay nada más que divierta a un francés que el acento de los canadienses. Luego el poeta saco unos cuantos ejemplares de lo al parecer era su antología general: lo anunció así. Dijo que había llegado el momento luego de publicar tantos libros de poemas desde la década del setenta. Le eché una mirada a su libro, leí algunos poemas y me pregunté si era mi nivel de francés o sus poemas eran realmente malos. Primer indicio de lo segundo, además de mi lectura: él era dueño de la editorial. Segundo indicio: dijo que en su país existen mafias, que sólo se invitan y se antologan entre ellos –eso ya lo había escuchado antes (y en español). Tercer indicio: precisó que había encomendado a sus estudiantes extranjeros que tradujeran su poesía. Cuarto indicio, y definitivo, (que verán que no tiene necesaria correlación, pero lo mismo me da): en la solapa del libro aparecía la lista de todos sus libros publicados anteriormente y, junto a cada título, la palabra agotado. Uno de mis amigos le dijo:
-Usted es todo un éxito en su país. Ha agotado todos sus libros.
A lo que el poeta de Québec respondió:
- Casi. Lo que sucede es que yo guardaba todos los ejemplares en mi casa y ésta se incendio. Todos mis libros se quemaron.
Dicho esto nadie le volvió a dirigir la palabra. Me dio cierta vergüenza y algo le pregunté sobre sus lecturas. Como respuesta que me dijo que él era un poeta maldito. La vergüenza se me fue y tampoco le volví a hablar.

10/03/2008

Condicionales y alternativas

1. Si la niña le lanzó la pequeña pelota a su madre y ésta le fue devuelta con una sonrisa cuarenta años después,
2. Si aquel joven, mientras sujetaba el rostro de su amada, era poseedor de tal energía, ilimitada e inmerecida,
3. Siempre y cuando sus ojos sigan el trayecto del vuelo del halcón hacia él y no se atreva a cerrarlos,

Si buscas un consecuente a estos condicionantes :

a) podrías satisfacer a tu razón
b) podrías satisfacer a tu gramática
c) podrías terminar un cuento (de los que satisfacen a la razón y la gramática)
d)

10/02/2008

Email desde Burdeos

Los de la revista Quimera, en Barcelona, tuvieron la gentileza de invitarme a participar de una sección llamada Email desde XX. Pues bien, para el número del mes septiembre les envíe el siguiente texto:



Mi refugio es aquél

Madame Laforet me dijo que uno de sus primeros recuerdos de la guerra, la Gran Guerra, la segunda, para que no cupiera dudas, ya que ella había nacido sólo poco después de la primera guerra, era el de un bombardeo a Burdeos a cargo de los aliados. No mucho antes la ciudad había sido nombrada la nueva capital de Francia –en la que duró dos semanas-, albergado al general De Gaulle y algunos de sus ministros y luego el escenario de la huida de todos ellos ante la inminente ocupación alemana. Aquel día, aletardos por los altavoces, prácticamente toda la ciudad se refugió en los bosques que rodeaban la ciudad. Fueron pocos los que se sentían seguros en los refugios de Allée de Tourny, en pleno centro y a escasas calles de la nueva administración nazi. La imagen que ella recuperaba de sí era la de una jovencita asustada. Hubiera querido decir « muy » asustada, pero no fue así. Si bien tenía la edad más que suficiente para darse cuenta de lo que sucedía, se sentía protegida junto a su familia, caminando rápidamente, sin correr. De pronto se descubre al pie de una laguna. Muchas familias estaban ya apostadas a las orillas. Todos permanecían en silencio, mirándose las caras, reconociéndose, oyendo sobrevolar a los aviones, las explosiones que podrían ya haber destruido sus casas. Sólo querían que todo pase de una vez; sin embargo un débil silbido comenzó a hacerse cada vez más evidente. Nadie se atrevió a alzar la mirada, nadie quería saber lo que caía del cielo. Pero cayó. Una bomba cayó en medio de la laguna. Todos cerraron los ojos, apretaron los dientes, cerraron los puños, se inclinaron ligeramente hacia atrás o simplemente no movieron un músculo. Esperaron la detonación.
Aquella tarde, en el Ateneo de Burdeos, en medio de lo que alguna vez fueron escombros, le pedí a mis otros estudiantes de español que me narrarán alguna historia de esos años de la ocupación. Si bien Madame Laforet era la mayor del grupo, los demás también tendrían recuerdos de aquella época. El más joven superaba los setenta años. A pesar de mi insistencia, los demás me hablaron de sus viajes por los viñedos, de la pronta y bella reconstrucción de Burdeos después de la liberación, de sus amores. Sus palabras me divertían, pero yo quería algo más, que estallara la bomba. Les pregunté específicamente por la Resistencia, pero lo que recibí fueron sonrisas amables. Sólo eso. Quizás yo me excedía en mis preguntas y no era pertinente hablar de resistentes y colaboradores. No cuando el ajuste de cuentas es parte de la naturaleza humana. No entre ellos, que cuando niños crecieron viendo a los soldados alemanes y marinos italianos sacarse fotografías ante el Gran Teatro o la hermosa pileta de la Place des Quinconces, y quizás fue alguno de sus padres o hermanos mayores quienes fueron llamados para tomar un retrato a todo el grupo.
Al salir del Ateneo caminé hacia la parada de tranvía Hotel de Ville. Los turistas continuaban con sus fotografías frente a la Catedral de Saint André. Un grupo de mexicanos, al reconocer mi indiscutible aspecto latinoamericano, me pidió que le haga una foto. Yo acepté. Una vez hecha la fotografía me preguntaron mi nacionalidad. ¿Son muchos los peruanos en Burdeos?, me preguntó uno de ellos. No tantos, respondí. Los dejé discutiendo en torno al estilo de la Catedral. Recordé que la noticia más antigua de un peruano en Burdeos que yo conocía era la de un poeta de finales del XIX, llamado Nicanor Della Rocca de Vergalo, que pasó unos pocos días en un cuartucho a media calle del Cours Victor Hugo. Su presencia en esta ciudad fue célebre, entre los pocos que sabemos de su existencia, porque desde aquí le escribió una penosa carta a Stéphane Mallarmé pidiéndole dinero prestado para comprar un billete de tren hacia París. No se conoce la respuesta de Mallarmé, pero se cree que le envió el dinero. Nicanor, en su petición, había apelado a la memoria del hijo muerto del poeta francés.
Madame Laforet toma el mismo tranvía que yo, pero a ella le cuesta quince minutos más llegar a la parada. En la clase me dijo: “Nada sucedió. No hubo explosión. Aguardamos un buen rato, como si no hubiera otra opción que morir allí. No importa de qué”. Con la espera ni cuenta se dieron de que el bombardeo había pasado. Ella y su familia, todos lo que sobrevivieron en ese momento, volvieron a la ciudad. Y efectivamente, muchos hallaron sus casas destruidas.

(Revista Quimera, N° 298, septiembre de 2008)

10/01/2008

De la A a la Zeta

Cuando me han preguntado por mis primeras lecturas, las infantiles, por aquéllas que han ayudado a mi formación literaria, siempre he respondido títulos de novelas, como El principito de Antoine Saint-Exupéry; libros de cuentos, como Agua de José María Arguedas, o enciclopedias juveniles como El tesoro de la juventud o Lo sé todo. Y hablé de estos libros porque todos ellos, como tantos otros, los hallé en la biblioteca de la casa de mi cuñado. Los libros pertenecían al suegro de mi hermana, y tanto este señor como yo fuimos los únicos en saber el lugar de cada ejemplar, incluso jugaba a que me dijeran un título y yo, con los ojos cerrados, señalaba la posición en el estante del libro requerido. Es obvio que una respuesta como ésta me pinta como un niño bien educado, con lecturas convenientemente escogidas y una sensibilidad tempranamente estimulada para internarme en el mundo de la ficción. Todo esto es cierto, pero no completo. Sucede que nadie me preguntó antes cuál fue la razón por la que me acerqué a esos libros. Yo buscaba algo concreto, algo que pensé abundaría en la biblioteca del suegro de mi hermana, como sí abundaba bajo el colchón de la cama de mi padre. Pero no. No lo encontré. Esa biblioteca no tenía revistas pornográficas.
En mi casa no había mucho para leer, al menos así lo creí al principio. Salvo los textos escolares, que por el sólo hecho de remitirme al colegio me causaban espanto, a la mano había únicamente algunos comics, no tantos, nada que me sorprendiera ni atrapara particularmente, pues mis hermanos mayores y yo no coleccionábamos revistas ni discos ni afiches ni ningún otro coleccionable de las décadas del setenta u ochenta. Sin embargo, por las tardes, mi padre, antes de continuar con su trabajo como agente de Aduanas, solía sentarse en un sillón de la sala y ponerse a leer una revista. Mientras jugaba a su alrededor, yo, de soslayo, siempre veía una mujer desnuda en la portada bajo el enigmático título de Zeta. No podía ver más. Cuando me aproximaba con algún carrito o avión de combate que planeaba aterrizar en el sillón, mi padre me alejaba de inmediato marcando el entrecejo. Pasaban los días, las muchachas variaban en la portada, pero el nombre Zeta permanecía. A simple vista, no había manera de encontrar las revistas. Además, no se lo podía preguntar a mi madre. Algo me decía que no era pertinente, ya que mi padre, inicialmente, las leía cuando ella estaba fuera de casa dando sus clases de alta costura. Pero, ¿dónde las tenía? El misterio se reveló rápidamente una tarde cuando mi padre hubo salido de nuevo a trabajar y mis hermanos entraron corriendo a casa con cinco amigos más entre trece y quince años. Yo los seguí hasta el cuarto de mis padres y vi como, levantando el colchón, extraían, uno a uno, los ejemplares de la colección de revistas pornográficas de mi padre. No sólo sacaron la revista Zeta, sino otras, más pequeñas, cuyas portadas y contenidos creo que limitaron mi imaginación por lo explícitas de las secuencias fotográficas. No sé cuánto duró esa sesión de revistas, pero mis hermanos y amigos de pronto colocaron todo como lo habían encontrado y salieron velozmente. Me habían dejado solo en casa.
Es natural pensar que las cosas cambiaron desde ese momento. Aprovechaba cada vez que podía la soledad de la casa para levantar el colchón y sacar alguna revista. Bueno, pronto el colchón y un evidente desnivel en la cama dieron muestras de la necesidad de llevar todo a un viejo ropero. Curiosamente, si bien en las revistas pequeñas los ayuntamientos eran perturbadores, las mujeres que veía, rubias todas, sólo las podía ver por televisión, y en blanco y negro. En cambio con la revista Zeta era diferente, pues ésta era nacional y a sus mujeres, a pesar de no aparecer en ningún acoplamiento, la dictadura militar de entonces lo impedía, y estar ausentes de carnes firmes, las podía comparar con las vecinas, las señoras del mercado, las dependientas de las tiendas de ropa, alguna profesora de mi escuela, etc. Y de las fotos pasé a los textos, pues yo me decía que alguna relación entre palabra e imagen debía de haber. De esta manera leí muchas historias eróticas o pornográficas (en esos años no tenía idea de las sutilezas de la carne) y otras que, sin tener que ver directamente con lo erótico o pornográfico, cautivaron a muchos lectores. Me refiero a los testimonios de mujeres de la farándula limeña. En la revista Zeta leí las aventuras amorosas de Cuchita Salazar, una bellísima y joven conductora de televisión que puso de vuelta y media a los peruanos de los setenta, y también la turbia historia de la hija drogadicta de una antigua reina de belleza que pertenecía a una familia muy influyente en el Perú. Ese fue mi real inicio como lector. Por esa razón buscaba revistas pornográficas en las bibliotecas. Pero, claro, en las bibliotecas descubrí otros placeres.
Mi padre aún vive, se ha jubilado como Agente de Aduanas, y me gustaría decir que también la revista Zeta, pero a comienzos de los ochenta las revistas pornográficas extranjeras colmaron los quioscos y esta revista desapareció. Con la colección de mi padre pasó otro tanto. Cuando hubo una huelga general en las oficinas de Aduanas, la cual duró tres meses, a finales de esa misma década, el dinero fue escaseando de tal modo que mi padre, después de vender todo lo vendible para poder comer, se desprendió de su colección de revistas. Un día llegó un hombre en un triciclo destartalado a la puerta de mi casa y cargó con todo. Mi padre jamás volvió a comprar una revista pornográfica. En su poder sólo quedaron dos ejemplares rotos que él guarda bajo el cojín de un mueble de su casa. En verdad, ya no sé si las guarda o ya se olvidó que están allí. Por supuesto, ahora sí nadie las toca sin su permiso.
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