10/01/2008

De la A a la Zeta

Cuando me han preguntado por mis primeras lecturas, las infantiles, por aquéllas que han ayudado a mi formación literaria, siempre he respondido títulos de novelas, como El principito de Antoine Saint-Exupéry; libros de cuentos, como Agua de José María Arguedas, o enciclopedias juveniles como El tesoro de la juventud o Lo sé todo. Y hablé de estos libros porque todos ellos, como tantos otros, los hallé en la biblioteca de la casa de mi cuñado. Los libros pertenecían al suegro de mi hermana, y tanto este señor como yo fuimos los únicos en saber el lugar de cada ejemplar, incluso jugaba a que me dijeran un título y yo, con los ojos cerrados, señalaba la posición en el estante del libro requerido. Es obvio que una respuesta como ésta me pinta como un niño bien educado, con lecturas convenientemente escogidas y una sensibilidad tempranamente estimulada para internarme en el mundo de la ficción. Todo esto es cierto, pero no completo. Sucede que nadie me preguntó antes cuál fue la razón por la que me acerqué a esos libros. Yo buscaba algo concreto, algo que pensé abundaría en la biblioteca del suegro de mi hermana, como sí abundaba bajo el colchón de la cama de mi padre. Pero no. No lo encontré. Esa biblioteca no tenía revistas pornográficas.
En mi casa no había mucho para leer, al menos así lo creí al principio. Salvo los textos escolares, que por el sólo hecho de remitirme al colegio me causaban espanto, a la mano había únicamente algunos comics, no tantos, nada que me sorprendiera ni atrapara particularmente, pues mis hermanos mayores y yo no coleccionábamos revistas ni discos ni afiches ni ningún otro coleccionable de las décadas del setenta u ochenta. Sin embargo, por las tardes, mi padre, antes de continuar con su trabajo como agente de Aduanas, solía sentarse en un sillón de la sala y ponerse a leer una revista. Mientras jugaba a su alrededor, yo, de soslayo, siempre veía una mujer desnuda en la portada bajo el enigmático título de Zeta. No podía ver más. Cuando me aproximaba con algún carrito o avión de combate que planeaba aterrizar en el sillón, mi padre me alejaba de inmediato marcando el entrecejo. Pasaban los días, las muchachas variaban en la portada, pero el nombre Zeta permanecía. A simple vista, no había manera de encontrar las revistas. Además, no se lo podía preguntar a mi madre. Algo me decía que no era pertinente, ya que mi padre, inicialmente, las leía cuando ella estaba fuera de casa dando sus clases de alta costura. Pero, ¿dónde las tenía? El misterio se reveló rápidamente una tarde cuando mi padre hubo salido de nuevo a trabajar y mis hermanos entraron corriendo a casa con cinco amigos más entre trece y quince años. Yo los seguí hasta el cuarto de mis padres y vi como, levantando el colchón, extraían, uno a uno, los ejemplares de la colección de revistas pornográficas de mi padre. No sólo sacaron la revista Zeta, sino otras, más pequeñas, cuyas portadas y contenidos creo que limitaron mi imaginación por lo explícitas de las secuencias fotográficas. No sé cuánto duró esa sesión de revistas, pero mis hermanos y amigos de pronto colocaron todo como lo habían encontrado y salieron velozmente. Me habían dejado solo en casa.
Es natural pensar que las cosas cambiaron desde ese momento. Aprovechaba cada vez que podía la soledad de la casa para levantar el colchón y sacar alguna revista. Bueno, pronto el colchón y un evidente desnivel en la cama dieron muestras de la necesidad de llevar todo a un viejo ropero. Curiosamente, si bien en las revistas pequeñas los ayuntamientos eran perturbadores, las mujeres que veía, rubias todas, sólo las podía ver por televisión, y en blanco y negro. En cambio con la revista Zeta era diferente, pues ésta era nacional y a sus mujeres, a pesar de no aparecer en ningún acoplamiento, la dictadura militar de entonces lo impedía, y estar ausentes de carnes firmes, las podía comparar con las vecinas, las señoras del mercado, las dependientas de las tiendas de ropa, alguna profesora de mi escuela, etc. Y de las fotos pasé a los textos, pues yo me decía que alguna relación entre palabra e imagen debía de haber. De esta manera leí muchas historias eróticas o pornográficas (en esos años no tenía idea de las sutilezas de la carne) y otras que, sin tener que ver directamente con lo erótico o pornográfico, cautivaron a muchos lectores. Me refiero a los testimonios de mujeres de la farándula limeña. En la revista Zeta leí las aventuras amorosas de Cuchita Salazar, una bellísima y joven conductora de televisión que puso de vuelta y media a los peruanos de los setenta, y también la turbia historia de la hija drogadicta de una antigua reina de belleza que pertenecía a una familia muy influyente en el Perú. Ese fue mi real inicio como lector. Por esa razón buscaba revistas pornográficas en las bibliotecas. Pero, claro, en las bibliotecas descubrí otros placeres.
Mi padre aún vive, se ha jubilado como Agente de Aduanas, y me gustaría decir que también la revista Zeta, pero a comienzos de los ochenta las revistas pornográficas extranjeras colmaron los quioscos y esta revista desapareció. Con la colección de mi padre pasó otro tanto. Cuando hubo una huelga general en las oficinas de Aduanas, la cual duró tres meses, a finales de esa misma década, el dinero fue escaseando de tal modo que mi padre, después de vender todo lo vendible para poder comer, se desprendió de su colección de revistas. Un día llegó un hombre en un triciclo destartalado a la puerta de mi casa y cargó con todo. Mi padre jamás volvió a comprar una revista pornográfica. En su poder sólo quedaron dos ejemplares rotos que él guarda bajo el cojín de un mueble de su casa. En verdad, ya no sé si las guarda o ya se olvidó que están allí. Por supuesto, ahora sí nadie las toca sin su permiso.

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