10/28/2008

Nubes

No es novedad que las relaciones entre las personas cambien a la más mínima ley, capricho, o avance tecnológico. Desde no hace mucho se puso en práctica en toda Francia el no fumar en lugares públicos. Al principio fue la locura. Y era de entenderse. La mayoría de franceses fuma a rabiar. Incluso, a pesar del precio de los cigarrillos, muchos prefieren bolsas de tabaco, filtros y papel y se ponen a armarlos ellos mismos. Claro, en esto no está sólo el vicio de fumar, sino también el toque del nuevo joven urbano. En fin, lo cierto es que les tocó a los fumadores excluirse de los demás. Para los que no fumamos mucho o casi nada, da gusto entrar a un bar, tomar unos tragos y salir sin apestar a tabaco (de todas las calidades). Todo va bien hasta aquí, o quizás no si cambiamos de perspectiva. Pues he notado, pasado los meses, que esta ley les ha caído de maravillas a los antiguos fumadores solitarios. Ahora se concentran en las entradas de los bares y restaurantes, intercambian sonrisas, hacen trueques de filtros, tabaco y papel, charlan, piden números de teléfono y seguramente más de una pareja gozará íntimamente de este encuentro y se sentirá sobre una nube (de humo). Y qué pasa con los que no fuman. Huelen bien pero tienen un aire a aburridos. El ambiente está en las terrazas, no importa la época del año. Todos los establecimientos se han visto obligados a pedir permisos y ocupar parte de las aceras. Las sillas y mesas se extienden cada vez más, en medio de humaredas. Así, hasta da ganas de fumar un poco más. Quien no quiere estar de vez en cuando sobre una nube.

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