11/28/2008

Manuel González Prada revisitado

Y sigo con los modernistas. Qué le voy a hacer. Y descubro cosas geniales. Les recomiendo a todos los nuevos narradores y cronistas que echen una mirada atrás si es que quieren avanzar (sí, a veces se me escapan frases así. Ni modo). Y entre esas pesquisas hallé un texto de Manuel González Prada, peruano poco leído, poco apreciado ahora, pero que en su momento Vallejo y otros de su generación lo consideraban un maestro. Prada era contradictorio y no paraba de renovar y dar lecciones. Podríamos decir, incluso, que la contradicción que dinamizaba su obra lo llevó, a finales del siglo XIX, atisbar algunas directrices de la futura vanguardia europea. Prueba de ello es su ensayo inconcluso e inédito que, según Luis Alberto Sánchez (algo hay que creerle), fue escrito durante la estancia de los Prada en Francia, entre 1891 y 1898. El ensayo llevaba por título “Escribas y retóricos” y en uno de sus pasajes dice:


Aquel amplio y generoso espíritu griego que consideraba la belleza tan sagrada
como la virtud y el amor tan noble como el sacrificio, debe animarnos hoy para
estimar a la industria tanto como al Arte, a la agricultura como a la poesía, a
la ópera tanto como la estatua ¿por qué el telégrafo y la dínamo ha de estimarse
menos que la Ilíada y la Eneida? ¿Por qué Bell y Edison deben ocupar sitio
inferior a Shakespeare y Cánova? (…) inventar la máquina de coser vale tanto
como escribir la Divina Comedia.

Esta cita nos remite directamente al Manifiesto futurista de Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944), publicado en 1909, primero en Italia y luego en Francia en Le Figaro, donde se lee:

4. Nous déclarons que la splendeur du monde s'est enrichie d'une beauté
nouvelle : la beauté de la vitesse. Une automobile de course avec son
coffre ornée de gros tuyaux tels des serpents à l'haleine explosive... une
automobile rugissante, qui a l'air de courir sur de la mitraille, est plus belle
que La Victoire de Samothrace.


Todos los saben, la máquina fue el elemento emblemático de la nueva estética vanguardista, el signo tangible del cambio, lo que alteraba el orden y planteaba, a su vez, nuevos códigos estéticos. En el caso de González Prada la búsqueda de cette beauté nouvelle no tenía por interés destruir y cancelar lo antiguo, lo viejo, como lo propusieron los vanguardistas, sino modernizar, lo cual implicaba renovar, enriquecer y ampliar el concepto de belleza.
A ver si aprendemos algo.

11/27/2008

Intimidad

Un amigo me acaba de preguntar sobre la intimidad, sobre lo que uno puede o no exponer en público. Me lo preguntó por los blogs, precisamente. Y, como siempre, yo dudo de todo. Dudo de que la intimidad se siga viendo de la misma manera como hace 20 años atrás. Digo 20 pero podrían ser 10 o 5. La noción de intimidad se ve alterada cuando vemos que muchas personas colocan sus fotos « íntimas », personales, en internet. ¿Quién no tiene una cuenta en facebook, myspace, hi5, etc. Atención, no lo vayamos a simplificar diciendo que se trata de simple exhibicionismo. Creo que hay un fenómeno mucho más complejo. Lo mismo podríamos decir de los videos en youtube y todas sus variantes. Cualquier persona nos muestra el bautizo de su hijo o el funeral de su suegra. Y no sólo eso: esperan comentarios. No se trata de una actitud pasiva. Hasta aquí hablo de cualquiera, de nuestro vecino, de quien me entero más de su intimidad por internet que por tocarle la puerta.
Esta nueva noción de intimidad que se va gestando también alcanza al arte. ¿Qué hace Sofía Calle si no es exponernos y afectarnos con su intimidad? Cada día más son los propios artistas el objeto de arte. Y en lo literario pasa lo mismo. La autoficción, o como quieran llamarle, existe. El escritor se expone, pero lo hace en un doble juego de recreación. Se muestra y se construye mientras se muestra. Entonces, ¿hablamos de una intimidad real?, ¿algo que podríamos llamar una intimidad ficticia? Suena paradójico, como todo lo que nos pasa.

11/26/2008

No se ofenda, amigo personaje. Lo hago por su bien.

En una de las sesiones de mi taller virtual La Cueva se me ocurrió poner en práctica un ejercicio de escritura. Les pedí a los talleristas que nos insultáramos durante un tiempo que yo fijaría. No entendían bien de qué iba todo esto, pero aceptaron. Confiaban en mí, qué le vamos a hacer. Di la partida y los primeros insultos aparecieron en pantalla. Al principio eran bastante tímidos, generales, iban dirigidos al grupo. Luego, se fueron personalizando poco a poco y el tono se elevó. De pronto noté que los disparos iban certeros y que era momento de detenerlo si no quería abatidos. Lo divertido es que se quedaron con las ganas de seguir insultando. Pedían reiniciar el ejercicio. Pero no. Había sido suficiente. La idea era saber hasta qué punto (además del desfogue) este ejercicio nos ayudaba en lo que escribíamos. Un punto, creo que el más importante para quienes están interesados en la escritura, es que no podía insultar sin conocer realmente a la otra persona. Era necesaria saber detalles de su vida, de su personalidad y hallar la frase perfecta para insultarlo. ¿Se imaginan ustedes si empleáramos este recurso con nuestrso personajes de ficción? Es decir, si somos capaces de encontrar un buen insulto para nuestros personajes, significa que lo hemos construido debidamente, que conocemos hasta sus debilidades. Claro, esto es sólo un recurso narrativo, no una fórmula. Los insultos, al no individualizarlos, son sólos palabras vacías. No ofenden a nadie. ¿O no?, lector de mierda.

11/25/2008

Brújulas / hacia dónde vamos / venimos

Ahora ando metido en varias lecturas sobre el modernismo hispanoamericano. Por supuesto, en estas Primeras impresiones no pretendo definirlo. No lo haría por cuestiones de espacio y por muchas cuestiones más. Entra ellas, porque sus fronteras son cada vez más indefinibles y se va extendiendo temporalmente. Les recomiendo leer El proyecto inconcluso. La vigencia del modernismo, de Iván Schulman.
Lo sí quisiera remarcar del modernismo es su rasgo de contradicción estética e ideológica. Ya a finales del XIX los escritores renegaban del romanticismo, del costumbrismo, del naturalismo, y del propio modernismo, y sin embargo todos ellos se apropiaban, consciente o no, de sus diversos recursos expresivos. Y un dato importante: todos o la mayoría se formaron en los medios de prensa.
Si uno se pregunta qué pasa en estas épocas del naciente siglo XXI, no creo que distemos mucho de las ambigüedades modernistas. Los préstamos de la crónica, del ensayo y otros géneros para ser empleados en el cuento y la novela modernistas, esa hibridación, no sólo se dio porque estos géneros literarios se estaban gestando, sino también porque respondían a los requerimientos de una lectoría variada y compleja. Pienso que los textos híbridos que ahora hallamos en tantos escritores latinoamericanos, no sólo se nutren de tradiciones en otras lenguas, lo cual es válido y sano, sino que también estas formas se han podido desarrollar porque ya existía una tradición que las respaldará.

11/21/2008

Le pot de chambre de la France

Esta semana, como la anterior, estamos bajo una lluvia permanente en Burdeos. para alguien que me viene de Lima y su tímida llovizna, lo de aquí le puede parecer un aluvión. Sin embargo no lo es tanto. Incluso ahora mismo hay un débil lluvia. Lo curioso es que, por razones académicas, estoy leyendo unos textos de Manuel González Prada de fines del XIX, y me topo con una cita de su esposa en la que recuerda su estancia, precisamente en esta ciudad. A ella le llamó la atención las lluvias de aquí; tanto que le divirtió cuando alguien le dijo que Burdeos era conocida como el pot de chambre de la France. Es decir, la bacinica de Francia.
Y, bueno, allá voy ahora mismo. Debo hacer algunas compras.

11/20/2008

En Lima, al fin.

Y bueno! Por fin llegó mi novela a Lima. Pensé que se convertiría en un libro fantasma, un espectro apenas percibido por personas dispuestas a estos encuentros paranormales. Curiosamente la noticia la supe por una cálida nota de Carlos Sotomayor en el Correo.
Escribe CARLOS M. SOTOMAYOR.
La memoria suele ser en ocasiones selectiva. Rescata del
olvido aquellos sucesos que revisten gran significancia en nuestra muchas veces anodina existencia. Hace poco recordé un momento grato acaecido hace varios años. Me encontraba recorriendo los anaqueles de la librería El Virrey de San Isidro cuando reparé en un libro cuya cubierta me mostraba un lienzo en el que aparecían unos niños sentados en medio de la sala de un caserón antiguo. Se trataba de Retratos familiares, segundo libro de Ricardo Sumalavia. Y
recuerdo que, tras adquirirlo, hallé entre sus páginas a un autor cuya
sensibilidad encontraba cercana. Y recuerdo, como si apenas fuera ayer, el primer cuento, "Retorno", y una frase misteriosa: "Soy una especie de minotauro abúlico, hastiado de este lugar, y mi hermano un salvador con el amor quebrado". Conocí a su autor poco tiempo después y, gracias a una reedición, pude leer su ópera prima: Habitaciones. Transcurrieron los años, apareció un nuevo libro de cuentos, Enciclopedia mínima, y mi admiración por su narrativa creció tanto como el afecto que le profeso, el mismo que se les
tributa a las almas nobles.
Que la tierra te sea leve (Bruguera, 2008), libro publicado en España y que ya se puede encontrar en Lima, no es sólo su primera novela, marca, de alguna manera, la legitimación de su talento literario. Y
reitera, como en los grandes autores, aquellos temas que persisten en su universo narrativo: la infancia, la memoria y, sobre todo, la relación entre hermanos. Porque esta novela está signada por la búsqueda del hermano (sea sanguíneo o no), del cómplice, de ese otro en el cual podemos reconocernos.

11/18/2008

generaciones y afinidades

Leí en la revista Quimera n° 298 una entrevista a Junot Díaz, autor de La maravillosa vida breve de Oscar Wao. Entre muchas cosas interesantes que dice, aquí quiero destacar una, en la que responde a la pregunta de si se siente integrante de alguna generación. Su respuesta fue:

NO, EN ABSOLUTO. En la película Los siete samuráis, el personaje llamado Kikychiyo, interpretado por Toshiro Mifune, va por ahí con un papel en el que hay escritos un montón de nombres. El dice que son los miembros de su familia, pero ese papel se lo robó a un muerto. Yo creo que los escritores somos así, somos como Kikychiyo, vamos por ahí con un papel diciendo: yo pertenezco a esto o a lo otro… Pero en realidad es algo robado de un muerto. Nunca sabes quién te influyó, quién es tu padre o tu madre, literariamente hablando… No hacemos sino mantener sueños o mitos, en ese sentido… Yo a veces me siento cercano a escritores, pero no sé si me han influido o no…



La frase me parece genial, pero aplicable a él. No sé si se pueda generalizar de esa manera a todos los escritores. Yo sospecho que hay aquellos que se sienten a gusto como parte de un proyecto colectivo, generacional, o con sólo saber que comparten muchas afinidades con otros escritores que no conocen más que por sus propios textos. Me pregunto por qué hay cierta reticencia a asumir proyectos creativos colectivos? A qué viene el temor a tener un familia literaria? Es obvio que actualmente la diversidad de propuestas estéticas es la constante de esta época. Tantas como escritores, se dice; pero no veo la incompatibilidad con asumir la existencia de pequeñas familias, una suma de comunidades con rasgos compartidos. Por supuesto, estas afinidades no tienen por qué determinarse, necesariamente, por nacionalidades. Creo, por el contrario, que de darse éstas, en estos días se alimentan más de distintos ámbitos, más allá de toda territorialidad.

11/15/2008

La unidad y el caos (a propósito de Que la tierra te sea leve)

Hace poco apareció en el periódico La Verdad de Murcia, una reseña, escrita por el poeta y crítico José Belmonte, a mi primera novela, Que la tierra te sea leve. Ya que este blog sólo es leído entre mis amigos (casi puedo decir: hola Pedro, hola Juan, etc.), quiero compartir este texto que, lamentablemente, no aparece en línea.

¿Alguien había pensado en serio que la literatura hispanoamericana se había ido definitivamente al traste? ¿De nada ha servido el magisterio de esos autores que en su día merecieron los más encendidos elogios? Hablamos, entre otros, de Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, García Márquez o Vargas Llosa. En un libro publicado a principios de los años setenta, Historia personal del Boom, su autor, el chileno José Donoso, en su capítulo final hablaba de todo lo que quedará con el paso del tiempo, cuando sean sometidas a un análisis más detenido y riguroso esas obras consideradas, acaso con cierta precipitación, como maestras. Y se refiere, asimismo, no sin cierta preocupación, a lo que él denomina “cosas nuevas”. O lo que es lo mismo: ¿habrá autores que en los años futuros, es decir, ya en siglo XXI, sean capaces de continuar esa explosión de creatividad en el mundo de la narrativa?

La respuesta tiene ya algunos nombres que podríamos calificar de paradigmáticos. Algunos de ellos han obtenido importantes galardones, como el Herralde de novela. Entre esos nombres cabe citar el del peruano Ricardo Sumalavia (Lima, 1968), quien se inició en el
mundo de la narrativa con algunos libros de cuentos, acogidos muy favorablemente por la crítica más exigente. Hace ahora su primera incursión por el mundo de la novela. Y nos ofrece un título que nos resulta muy evocador, incluso enigmático: Que la tierra te sea leve. Para empezar, se trata de una obra ambiciosa, de gran complejidad, dirigida a un lector hecho y derecho, exigente y con experiencia en
estas labores. Un relato en donde la ficción, pura y dura, se mezcla sabiamente con la memoria y la autobiografía. Un relato intenso, profundo, sugerente en el que se aborda de manera valiente asuntos como la fealdad, el desarraigo, el desamor y el exilio interior. Y, junto a ello, fluye, como un río silencioso, todo lo referente a la metaficción. La novela dentro de la novela. O, si se prefiere, los misterios dela creación literaria. “Por más que trato de impedirlo -asegura uno de los narradores de la obra-, todos mis recuerdos continúan fundiéndose entre sí, se van haciendo uno (…) Que el caos me dé la unidad si
ésta existe”. Una novela madura, escrita impecablemente y que a nadie deja impasible.

11/14/2008

La jornada de la mona y el paciente

Este libro había aparecido el 2006 en México, pero solamente hasta hoy he podido conseguir un ejemplar. Y lo puedo decir sin empacho, el libro La jornada de la mona y el paciente, de Mario de Bellatin, es uno de sus mejores libros. Debo precisar que he leído también en otras oportunidades, reseñas, artículos sobre su obra, y todo me parece parcial, insuficiente. Es cierto que no necesariamente se puede pretender una crítica totalizadora, pero en el caso particular de los libros de Bellatin queda claro que es un absurdo pretenderlo. Todas las entradas a sus novelas tienden a decirte que es una entrada equivocada, que su narración es una no-narración, que sus definiciones son una no-definición, etc. (entiéndase al infinito o la nada). Pero el texto está allí, ante nosotros. Se ha construído a partir de imágenes o recuerdos que podrían ser falsos; de un pasado o una realidad que incluye sus propias fantasías o sueños como parte de su materialidad (tendríamos que decir también su no-materialidad).
En esta novela vemos, recordamos, imaginamos, soñamos, junto con el narrador, la imagen de un hombre, el padre de esa voz que se hace texto, que salta al vacío para atrapar una mona rebelde. Tenemos la imagen del hombre suspendido en los aires. La movilidad contenida o la inercia a punto de estallar. A partir de esta imagen la escritura misma se cuestiona, renueva, se hace necesaria para su gestor.
Quizás me haya equivocado de entrada, una vez más.

11/12/2008

Los cuentos de Thanassis Valtinos

Se supone que debería estar leyendo otros libros. Se supone que debería estar escribiendo otros textos. Pero no. Un amigo me prestó una breve antología de cuentos de un escritor griego: Thanassis Valtinos. La edición francesa se llama Accoutumance à la nicotine. Y se trata de una bella edición preparada por una pequeña editorial bordelesa, Finitude. El libro llegó a mis manos, lo empecé a leer y aquí me tienen: presentando a este autor y sus cuentos. En verdad no sé mucho de él. En una búsquedad rápida por internet no encontré ediciones en español. Lo que hallé es que, efectivamente, se trata de un escritor reconocido. No como los narradores Nikos Kazantzakis ni Vassilis Vassilikos, a quienes se pueden leer en diversas lenguas. Lo cierto es que se le conoce, principalmente, como el guionista de las películas de Theo Angelopoulos.
Valtinos nace en 1932 en el Peloponeso y le tocó vivir casi toda la época convulsa de la invasión alemana, de la guerra civil, las persecuciones y tensiones políticas que dominaron Grecia. Y todo ello lo podemos encontrar en sus cuentos. Sin embargo, lo que me atrajo más en sus historias es que todo parte de hechos banales, de anécdotas simples, como recordar la primera vez que se fuma un cigarrillo, asistir a un funeral, el veraneo de una muchacha en una de las tantas islas griegas, llevar en taxi hacia el hospital a un niño enfermo, etc. No obstante, poco a poco vemos como lateralmente el escenario, los personajes secundarios van imponiendo sus problemas, sus confusiones, etc. No es mucho lo que se nos dice de ellos. Se trata de un cruce de miradas oblicuas. Un ejemplo claro es el de la muchacha vereneante. El título del cuento lo podríamos traducir como Agnès: treinta tomas. Aquí el influjo cinematográfico del autor es evidente. Se nos describe con una sensualidad impresionante a una muchacha en ropa de baño, su cuerpo, su piel, pero intercaladas a estas imágenes, aparecen las de unos niños ajenos a todo, gozando de su espacio, y la de un hombre, Mikhalis, padre de los niños, quien solo quiere cuidarlos, y cuidar sus tierras. Cuidar porque siempre hay una amenaza latente, amenaza que se concreta con la aparición de una patrulla que hace desaparecer a Mikhalis.
En estas historias, todo lo bello que se construye y se recuerda siempre está a un paso de desplomarse. Pero Valtinos sabe que es mejor correr el riesgo.

11/08/2008

Burdeles y aparecidos (versiones y dispersiones)

En el año 2004 publiqué un libro de ficción breve, Enciclopedia mínima. Como es natural, a algunos cuentos les tengo más cariño que a otros. Y no digo que me gusten más o que los crea de gran nivel (esto me recuerda cuando a un conocido escritor argentino le dije que me había gustado uno de sus cuentos. "Hermoso cuento, verdad?" fue lo que me respondió). Este no es el caso. Sólo que les tengo cariño por el momento particular de su escritura, por lo que me evocan de su proceso de gestación. Uno de esos cuentos se titula Burdeles y aparecidos y aparece en la sección llamada Prostitución sagrada. Alguna vez busqué entre mis cuadernos y encontré su primera versión, escrita con mi habitual mala caligrafía y los borrones y correcciones de siempre. Decidí escanearla y tenerla allí, guardada en un archivo. Ahora se me ocurrió ponerlo aquí, compartir su momento inicial, jugar a la crítica textual, que poco o nada puede hacer con los manuscritos actuales que pasan las correcciones en la computadora. También verán algunas anotaciones que aparecen en las mismas páginas, algunas citas que tomé en ese momento, los títulos de los libros que pensaba publicar, hasta el número de páginas que planifiqué.



También va la versión final del cuento.





Burdeles y aparecidos

Los últimos sucesos terminaron por ahuyentar a las familias que habitaban el viejo caserón de la calle Huatica. Si bien todos sabían que dicha casa fue el burdel más vistoso y concurrido de los años treinta, nadie pensó que al ser clausurado y ocupadas sus habitaciones por numerosas y desventuradas familias, estas fueran sorprendidas por particulares apariciones en los salones, los corredores y en las propias camas donde dormían. Al principio, no todo fue quejas. Los hombres se divertían al ver mujeres semidesnudas en sus puertas, y hasta un muchacho confesó haber descubierto el sexo gracias a las visitas nocturnas de una lívida mujer. Sin embargo, la incomodidad y el miedo llegaron cuando los hombres ya no diferenciaron entre sus esposas y las aparecidas, y el joven iniciado tuvo más de un susto cuando su visitante le exigía su correspondiente pago. Para remediarlo se convocaron algunos espiritistas y rezadoras, pero poco se pudo hacer. Por el contrario, el número de aparecidos se incrementó. Ahora no solo surgían prostitutas ante la vista de todos, sino también clientes espec-trales que formaban fila en las entradas de las habitaciones. Generalmente estos clientes se marchaban apenas terminaban sus fantasmales descargas, pero, para desesperación de los vivos, siempre quedaba uno, tímido e indeciso, que caminaba por todo el caserón una y otra vez. Por ello, cuando las familias decidieron abandonar el lugar, no supieron si el rostro tristísimo de aquel cliente era porque ellos se marchaban o porque aún no se animaba a entrar a una de las habitaciones.


11/06/2008

Finales falsos

Cuando uno escribe un microrrelato, siempre tiene la tentación de darle un final sorpresivo. Es lo que está más a la mano. Sin embargo, creo yo, hay que evitar caer en este recurso o tener bien en claro para qué lo usamos. Es común hallar cuentos en los que su desenlace, con un supuesto quiebre genial, se resuelve con un personaje que ha venido soñando todo lo narrado y su madre lo despierta para que vaya a la escuela o al trabajo, o que la gran batalla resultó ser la final de un campeonato local de fútbol, o que el ajusticiamiento o decapitación en realidad se trataba de una cebolla rebanada. Esto demuestra, obviamente, poco oficio o menos ingenio o simple pereza en su autor. El final sorpresivo no debe verse como el recurso decisivo para el buen funcionamiento del cuento, y en especial del breve; pues su lectura se reduciría terriblemente a un banal efectismo. Este final debe ser un elemento más en el texto. Su efecto debe residir en ser un falso final; que el lector crea, por un momento, que todo se decide en sus últimas palabras. Pero no es así. El lector más avisado sospechará que hay algo más tras ese desenlace. Quizás no sepa finalmente de qué se trata, pero esa ignorancia será placentera.

11/05/2008

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes, sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.

11/03/2008

Iván Thays finalista del Herralde

Hace dieciocho años comíamos todos los sábados un plato de lomo saltado en el restaurante Cocoon. Este era un lugar pequeño y ya no existe. Se hallaba en plena Diagonal de Miraflores. Llegábamos allí luego de trabajar toda la mañana en el Museo de Arte de Lima. Durante la comida, Iván contaba muchas historias, que podrían ser de sus lecturas, sus proyectos, lo que le acababa de suceder o todo junto. Y reíamos mucho: de sus lecturas, de sus proyectos, de lo que le acababa de suceder, de todo junto. Eso sucedía todos los sábados, antes de ir a las reuniones del Grupo Centeno. Allí, seguimos riendo.

11/01/2008

Halloween en Burdeos

Vivo en una zona de edificios en los que más abundan los jubilados. Esto ha permitido que haya un mejor contacto con los vecinos, pues tienen tiempo y necesidad de conversar con los demás. Claro, esto no siempre es así. Hace poco leí una crónica del gran escritor colombiano Santiago Gamboa en la que cuenta que una anciana vive encerrada por años en su piso parisino. Mis vecinos son algo más sociables, pero acabo de comprobar que son poco dados a los cambios en el mundo. Halloween, por ejemplo, lo han venido a descubrir cuando mi pequeña hija se apareció ante sus puertas para pedirles caramelos. Mi pequeña volvió a casa contenta pero agotada. Tuvo que explicarles a casi todos qué era "Halloween". Una mujer le dijo que era turca pero que igual le daría caramelos. Otro anciano tomó de la canastilla de mi niña un par de chocolates y luego le dio un euro. Otra preguntó si era posible hacer todo esto pero sin tocar la puerta y sin que él los tenga que atender. Uno más, un antiguo bailarín de cabaret que luego padeció una malformación de la cara, espantó al compañerito de mi hija, pero ella, habituada al gentil vecino, aprovechó y echó mano a todos los dulces que le ofreció. Los caramelos dados por otros vecinos, sorprendidos por la petición, fueron prudentemente separados por nosotros, pues sus envolturas delataban unas cuantas décadas.
Luego del balance vecinal que me dio mi hija, dimos curso al botín de dulces. Ella está muy contenta, ya lo dije, y mi desayuno ha estado lleno de chocolates.
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