12/09/2008

Ciertos caminos hacia Un lugar llamado Oreja de Perro



Las novelas nos invitan a rastrear su tradición, sus tradiciones. A las novelas, mientras las leemos, les creamos su tradición, sus tradiciones. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays, y recuerdo que el poeta Stéphane Mallarmé se culpaba de la muerte de su pequeño Anatole. Este niño murió a los ocho años a causa de una enfermedad congénita. Mallarmé escribía cartas a sus amigos y les decía que él no podía hacer nada contra una enfermedad que afectaba a su hijo y a la cual él mismo había sobrevivido. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro y recuerdo la hija muerta de Víctor Hugo. Léopoldine se acababa de casar y daba un paseo con su esposo en una embarcación por el Sena. De pronto, una mala maniobra hizo que la muchacha de 19 años cayera al río. Su marido se lanzó tras ella para rescatarla, pero ambos murieron. Dicen que ella estaba embarazada. Víctor Hugo se enteró mientras leía un periódico en un café durante uno de sus veraneos con su amante en el sur de Francia. El se culpó muchas veces. Decía que la muerte de su hija era un castigo a su infidelidad. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro y recuerdo otra novela, En lengua materna, del coreano-americano Lee, Chang-rae. El protagonista es un espía que ya no le importa cambiar de identidad. La suya, su identidad, se ha quebrado con la muerte de su hijo y el abandono de su mujer. Pero requiere hurgar y contemplar las piezas que fue y será.

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En un lugar de La Mancha del cual no quiero acordarmeEn un lugar… Todos tenemos un lugar que ocultar, que olvidar, pero ese lugar guarda una memoria.

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Oreja de Perro existe. Se construyó en una topografía mental. Igualmente existe Busardo, en otra de las novelas de Thays, El viaje interior. Como también existe el propio Perú, en esa topografía que todos hemos delineado a nuestro antojo y que al parecer muchos reclaman como única. En el caso de Thays es interesante saber que estos lugares nunca son su tierra natal. Y por ello, en un primer nivel, el protagonista será y se sentirá siempre un marginado, alguien que busca conocer los códigos del entorno, pero ante lo cual siempre está el peligro de ser expulsado. Sin embargo, en un segundo nivel, estas ciudades son una especie de Itaca a la inversa. Una vez que se encuentra en esa Oreja de Perro física, el protagonista realiza otro viaje a esa otra Oreja de Perro, en la que su pasado tiende a ser borrado, como si nada antes hubiera sucedido. Y en este viaje lo acompaña, a través de una inevitable memoria, la dolorosa presencia de su hijo muerto.
Pero también hay otra memoria que lo guía, la de una muchacha lugareña que está embarazada y que no puede olvidar la desaparición de su madre durante los años más cruentos de la violencia en el Perú. Incluso, al protagonista lo persigue esa no-memoria del hombre que perdió a su esposa e hijos en un accidente. Todos saben de su pasado menos él. De esta manera, lo que tenemos son memorias reemplazadas, sufrimientos que se corresponden. Dolores fragmentados.

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Antes, casi todas las novelas las leíamos bajo el principio de que debían ser verosímiles -guardar su lógica interna- y que debían, por tanto, hacernos olvidar de que se trataban de mundos ficcionales. En estos últimos tiempos, por el contrario, hay escritores que le enrostran al lector que lo que están leyendo es ficción, un artificio, que no deben creer lo que leen. Sin embargo, estas evidencias causan un efecto perturbador en el lector, pues surgen nuevos modos de lectura. Por otro lado, en esa estrategia, el autor interviene, o puede hacerlo, como personaje –tal cual o distorsionado-, y él también se convierte, entonces, en un artificio, en una mentira descubierta por todos, en un entrometido entre la ficción y la realidad.
En un lugar llamado Oreja de Perro me es inevitable no notar la correspondencia con el autor. Pero para los que no saben nada de Iván Thays, difícil –diría imposible- en estos tiempos de facebook, blogs y toda difusión por Internet, hasta la mínima información del autor en la solapa del libro nos da una advertencia y nos predispone a su presencia en la novela. Pero lo que se consigue, lo que busca en esta sobre exposición, es desaparecer. En un pasaje de la novela, el protagonista observa desde su ventana como se graba unas secuencias de lo que podría ser una telenovela o una película. De pronto deja de lado la imagen de los camarógrafos y todo el equipo de grabación y se concentra en la pareja de actores. Pero todo se detiene, la pareja se interrumpe. El observador ha terminado por entrometerse en la filmación. Luego el observador se retira, se esconde detrás de una cortina y vuelve a su propia representación.

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¿Qué sucedió realmente en el Perú desde el principio de los años ochenta? En esta novela, como quizás en La hora azul de Alonso Cueto o Abril rojo de Santiago Roncagliolo, por sólo citar a las de algunos escritores a los que cierta crítica (practicada por un otro grupo de escritores) tiende a llamar (y simplificar) como criollos, costeños y otros términos que buscan ser excluyentes, hallamos algunas constantes. Una de ellas es que los que representarían a los integrantes de Sendero Luminoso o el MRTA, casi siempre son personajes brumosos, fantasmales o ausentes. Se habla de ellos, pero no tienen una participación directa en la trama de la novela. A diferencia de la muy marcada presencia militar: agresiva, desquiciada, neurótica al no saber exactamente contra qué o quiénes está o estuvo peleando.
Luego tenemos al protagonista, que suele ser de la capital, con una vida resuelta económicamente, y que en determinado momento tiene que, no únicamente enfrentarse a una realidad que parece desbordarlo, sino integrarse a la problemática misma de la violencia. Es lo que le sucede al periodista que va a Oreja de Perro y reemplaza una memoria por otras. Quiere entender qué sucedió y cómo se relaciona él en ese entorno. Y en el caso de esta novela, el protagonista deja en claro sus limitaciones. No tiene la capacidad de falsa adaptación, por ejemplo, del fotógrafo Scamarone, también de la capital, un verdadero criollo –criollazo, lo llamaríamos en Lima-. Y digo falsa adaptación porque este tipo de personajes no busca entender o problematizar lo que pasó en el Perú, sino recubrirlo todo de charlatanería. En este sentido el protagonista es honesto en su desconocimiento, en sus temores, en reconocer una estética distinta, que no tiene por qué contentarlo, pero sí reconfortarlo en las nuevas coordenadas que se establece en su vida.

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La historia privada del protagonista de Un lugar llamado Oreja de Perro también guarda una estrecha correspondencia con El Informe de la Comisión de La Verdad –que también se discute en la propia novela-. En un pasaje leemos: “Pensamos que las fotografías, los recortes de periódicos, las cartas, los videos, los testimonios, los recuerdos, sostienen la memoria. Pero no la sostienen, la reemplazan.” Se puede sostener, en otro nivel de lectura, que Thays plantea que todos aquellos muertos, desaparecidos, durante los años de la violencia, desde el momento en el que se tomaron los registros de sus existencias, recobraron su memoria, y que la novela misma, en tanto soporte textual, guarda una memoria, o todas las memorias.
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En Las fotografías de Frances Farmer, publicado en 1992, hay un cuento titulado "No necesariamente rubia" en el que un hombre público, que lleva un programa de televisión, es llamado por la policía para que responda unas preguntas a propósito del descubrimiento del cadáver de un muchacha. Paralela a esta historia, vemos otra, la de una niña en una pequeña casa a orillas del mar. En su historia, la de la niña, vemos un pasaje que nos lleva también a otro de Un lugar llamado Oreja de Perro. La lugareña embarazada le cuenta al protagonista los momentos previos a la desaparición de su madre. El pasaje en común se refiere a que ambas niñas disfrutan al contemplar y lavarse los pies en una batea llena de agua. En la novela la niña se frota los pies con los de su madre. Es inevitable no ver una comunión, un rito de amor y purificación en este hecho. Un momento de felicidad al cual hay que aferrarse.
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Algo más me queda claro: con esta novela, Iván Thays confirma que la intimidad -una estética de la intimidad, podríamos decir-no se riñe con el imaginario colectivo, con una problemática social determinada. Esta afirmación debería ser una perogrullada, pero en el Perú no lo es.
Un lugar llamado Oreja de Perro nos lanza al vacío, como debe ser.

(Iván Thays. Un lugar llamado Oreja de Perro, Anagrama, 2008.)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El final es genial:

"Un lugar llamado Oreja de Perro nos lanza al vacío, como debe ser."

Puede aplicarse a la vida, al amor, a las artes. O al inicio de un simple partido de balompié.

Lástima que me perdiera la conexión anterior:

"confirma que la intimidad -una estética de la intimidad, podríamos decir-no se riñe con el imaginario colectivo, con una problemática social determinada. Esta afirmación debería ser una perogrullada, pero en el Perú no lo es."

¿Un cuerpo sin dueño anterior? ¿Una intimidad sin cuerpo y este sin relacionarse con la realidad?

En fin. Para mí, ni en el Perú ni en Francia ni Alemania.

Saludos cordiales
http://hjorgev.wordpress.com/

Ricardo Sumalavia lacuevatallerliterario@hotmail.fr dijo...

Hjv:

gracias por los gazapos detectados en los otros post.

Ricardo.

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