12/30/2009

Un museo

Paseando por la librería Mollat, seguramente una de las librerías más impresionantes de Francia, vi un libro que atrajo de inmediato mi atención. Se trataba del Musée Invisible, preparado por Nathaniel Herzberg. Un libro que se anunciaba algo así como “las obras maestras que no se volverán a ver”. Cómo no habría de atraer el interés de los demás. Lo particular de estas obras maestras es que todas ellas han sido robadas o destruidas a lo largo de la historia, y como único testimonio de su existencia sólo quedan algunas fotos de ellas y mucha información sobre el contexto de sus desapariciones. Al final, incluso, hay un breve catálogo de los ladrones de arte más famosos. Uno de ellos, creo que el más joven de la historia, murió al poco de su robo de un fulminante y extraño cáncer de piel.

12/26/2009

Lo que somos

En la ciudad era conocida como Nilda. Bueno, decir en la ciudad es una exageración. Lo cierto es que ser puta aquí le brindaba otra categoría. Las mujeres –nuestras mujeres, estaba a punto de decir, pero yo no tengo ninguna- cada vez que pasaban junto a ella la saludaban y le preguntaban qué tal iba la jornada. Incluso una que otra se detenía a platicar con ella. ¿De qué hablan?, nos preguntábamos nosotros. Por supuesto, ninguno se atrevía a interrumpirlas y poco o nada es lo que se podía obtener después.
Los días pasaban de esta manera y a veces podíamos ver a alguna mujer encargando a su niña con Nilda, mientras éstas se iban a hacer las compras. Una que otra vez era Nilda quien pedía a estas niñas, las más grandes, que les dijeran a sus clientes que volvía pronto, que sólo se iba a los servicios. Las niñas lo repetían tal cual y nosotros dábamos una vuelta por las calles hasta que ella regresara. Un día encontré a mi madre dando el mismo recado a los otros. Qué iba yo a acercarme. Pero mi madre me vio y, de una espquina a otra, me gritó: “Hijo, que Nilda ya vuelve. Se fue con el panadero.” Efectivamente ella volvió al rato, le agradeció a mi madre y luego me atendió.
Yo le preguntaba a ella por todo esto, y ella sóolo me respondía: “Qué tonto son los hombres, ¿verdad?”
“Sí, muy tontos”, le confirmaba yo, mientras le quitaba las medias de naylon.

Aquellos vientos

Nunca se nos hubiera ocurrido llamar vientos huracanados a lo que para nosotros, de toda la vida, eran nuestros Vientos de Eliana. Y no era cuestión de ignorancia. Nada de eso. Simplemente que nadie pensó que lo propio de nuestros vientos, tan ligados a la historia de Eliana, pudiera corresponder a un fenómeno común en otras latitudes. Era absurdo siquiera imaginarlo. Con lo que nos costó hacerla nuestra, con lo difícil que fue que ella aceptara representar, y ser, estos vientos. No es poca cosa lo que conseguimos con ella. Claro, todo tiene un coste; y uno tiene que aguardar dentro de este refugio, por días quizás, a que la furia de Eliana termine por aplacarse y nos perdone.

12/02/2009

Bajo las aguas y bajo el cielo



Fue aceptada en casa de su hermana con la condición de mantener cierto recato. Además de su marido, en esa casa se alojaban sus tres cuñados, muchachos cuya febrilidad había que amenguar con duchas frías, que no duraban más de tres minutos, pues luego se habituaban a esa temperatura y ya sabemos lo que pueden pasar bajos estas aguas del Todopoderoso. A aquella muchacha le quedó clara la advertencia y siguió al pie de la letra todo lo aconsejado. Es más, primero se recogió el cabello, luego se lo cortó casi al ras de la nuca, y uso ropas holgadas, pantalones de tela ríspida y color desagrables. Hasta se podría decir que parecía un muchachito más de aquella casa.

En el periodo Edo, a mediados del XVII, en el Japón prohibieron actuar a las mujeres en las obras del teatro kabuki, puesto que los samurais se agarraban a sablazos entre ellos para ganarse el amor de una de ellas. En su lugar fueron muchachillos quienes representaron los roles femeninos.
Como es sabido, los samurais no disminuyeron ni un solo sablazo.

11/17/2009

Viaje en bus

Suelo dar un curso de español en el Ateneo de Burdeos, en pleno centro de la ciudad, un par de veces por semana. Sin embargo, dado que el gobierno francés ha dispuesto un plan de vacunación de prevención contra la Gripe A –lo que redunda en que algunos, muy pocos, se llenarán los bolsillos de dinero-, el Ateneo se ha convertido en base de operaciones de este supuesto salvataje médico y yo me he sido desplazado a una recóndita sala de clases a las afueras de la ciudad. Casi casi como si fuera yo el portador de la Gripe A. En fin, el hecho es que ahora debo realizar un trayecto infernal para llegar de casa a esta sala de clases. Mínimo dos cambios de autobús y un tranvía. Y todo esto a las 5 de la tarde. Como digo, ya de por sí esto es infernal, pero el otro día se sumó, a causa de la lluvia, un retraso en todos los autobuses y el corte de servicio en algunos tramos de la línea del tranvía genial. Sólo esto faltaba, me dije. Intenté cambiar de ruta, hacer otras conexiones, y fue peor. Ya llevaba 15 minutos de retraso y los alumnos aguardaban –los muy condenados sí consiguieron ser puntuales-. Llamé por teléfono a la responsable del curso para avisarle que, visto el atasco en el que me hallaba, mi retraso sería aún mayor. No hay problema. Igual esperamos, me respondió. Esto no me alivió; por el contrario, suelo ser puntual y esto me alteraba muchísimo. Mi mal humor era desbordante. Observaba cada minuto cuántas paradas me faltaban para bajar del autobús. Temía pasarme. Y como el bus iba lleno y cada vez era empujado más hacia el fondo, en un momento tuve que pedir permiso y avanzar hacia la puerta los más que pude. De pronto, si querer, empujé a un hombre delante de mí. Nada brusco en realidad, pero lo suficiente para el hombre bufara. Resopló en un claro gesto de incomodidad. Pardon!, le dije. No me respondió. En su lugar empezó a hablar con la mujer que estaba a su lado, una desconocida para él, para decirle que la gente debería irse al fondo del bus, que no entienden lo que es el orden. Los que me conocen saben que soy pacífico, pero estaba claro que ése no era mi mejor momento. Sin embargo traté de controlarme y sólo me planté delante de él, con los brazos cruzados, y mirándolo fijamente. Como era de esperarse, al menos yo lo esperaba, él hombre se amedrentó. En todo caso, esta situación me hizo pensar en otra cosa y no en mi retraso. Por esa razón poco a poco me fui relajando, sólo me faltaba una parada, cuando de pronto noté que el hombre sostenía una navaja en su mano derecha. Era una navaja con la hoja guardada, pero una navaja al fin. El hombre estaba quieto, mirando al vacío, tenso. Este hombre se está protegiendo de mí, me dije. El tocó él timbre de aviso para que el bus se detuviera. Era mi parada también. Bajé detrás de él y, llevado por cierta curiosidad, caminé a sólo dos pasos de distancia. El avanzó a paso rápido, sin dejar de observarme de reojo. Además, vi que su dedo pulgar repetidamente pulsaba el diminuto botón que hace salir la hoja de la navaja. Este tipo aguardaba que yo me lanzará y lo atacara. El creía que yo era un potencial agresor. Me temía. Luego él giró hacia una calle aledaña, atento a mis pasos. Yo sólo me detuve un instante. Tiempo suficiente para ver que el hombre, ya consciente de nuestra distancia, guardaba su navaja en su bolsillo.

11/09/2009

Mi amigo en el Haití

Regreso al blog luego de unas vacaciones. Y regreso con un texto que acaba de aperecer en el blog de la revista digital El Hablador. Este pertenece a mi gran amigo Carlos Calderón Fajardo. Lo copió tal cual, con las autorizaciones debidas.

Conversación con un filósofo francés en el Haití
Lo conocí a través de un amigo común que me envió un correo desde Francia pidiéndome que lo recibiera en Lima. Es filósofo, y no sabe una palabra de español. En el correo mi amigo me indicaba el teléfono de un hotel de Miraflores. Lo llamé y cuando el filósofo se percató de que yo hablaba francés sentí que le volvía el alma al cuerpo. Su voz sonaba joven y amable. Nos citamos para vernos en el café Haití, Haití como el país, le dije al francés, pero no tiene nada que ver con Haití.
Llegué unos minutos más temprano al lugar de la cita; el Haití estaba a medias desierto a las cuatro de la tarde. Yo no tenía más referencia de él que un pequeño detalle, él me lo dijo, que tenía una barba negra con algunas pintas blancas. Cuando llegué nadie tenía una barba negra con pintas blancas. Entonces me puse a observar a todos los que llegaban al café que pudiesen calzar con la imagen que yo tenía sobre lo que era un filósofo francés, profesor universitario, traducido a varios idiomas, que además de filósofo escribía ficción narrativa. Apenas llegó cinco minutos tarde a la cita, es que se demoró porque tuvo que sortear una fila de autos por la avenida Diagonal por donde nadie pasa por el lomo de la cebra, ni siquiera un filósofo francés; lo vi de lejos sorteando autos con una pericia que era casi peruana, y algo me dijo que era él. Traía la barbita negra con pintas blancas en la cara, pero no se parecía a Derrida ni a Lacan sino a Savater. Era el hermano menor de Savater. Empezó a buscar el tipo de persona que yo le había indicado para identificarme, un tipo con cara de árabe, le dije por teléfono, pero como el Haití suele estar lleno de comerciantes árabes, sobre todo libaneses y palestinos, entonces antes de colgar me vi obligado a decirle: busque a alguien que se parece a Omar Shariff. No entiendo por qué dije tamaña estupidez. Entonces el hermano de Savater se puso a buscar a Omar Shariff, pero no sé si pensaba en Omar Shariff joven, el del Dr. Zhivago, o el Omar Shariff actual, el viejo Omar. Entonces yo le hice una seña desde mi mesa y él sonrió, diciéndome con los ojos que se sentía contento de haberme podido ubicar en medio de tantos árabes.
Nos sentamos en el medio del café y todos voltearon a mirar con gran sorpresa porque el filósofo francés hablaba en tono muy alto, de tal manera que el hermano de Savater y Omar Shariff, terminaron siendo un par de norafricanos francófonos en plena conversa. El filosofo, no voy a decir quién es porque la conversación que sostuvimos puede ser comprometedora para su prestigio.
Se podrán imaginar, mis queridos bloggers, que después de casi treinta años de no vivir en París tenía mucho que hablar con un filósofo francés. Y de qué no hablamos, de filosofía ciertamente, de literatura. Empecé a preguntar. ¿Le Clézio? Muy buena persona y un mal escritor, salvo uno de sus primeras novelas El proceso verbal, dijo el filósofo francés, es decir Le Clézio el que yo ya había leído en Francia en los años 70 no había mejorado en nada y como premio le habían dado el Premio Nobel. ¿Y Millet? Un reaccionario hasta más no poder. ¿Y Klosowsky? Ha escrito muy poco y ya pasó de moda. ¿Y Houellebecq? Autor de novelas sociológicas divertidas. ¿Y Camus? (al que yo alabé) lectura para escolares del lyceo, respondió con frialdad el filósofo. La cosa iba de mal en peor. Intenté sacar una carta de debajo de la manga: ¿Y Patrick Modiano? Bueno, qué podemos decir, muy bien puestito, demasiado bien escrito, todas sus novelas se parecen a las que escribía en la década del 70. Teníamos que ponernos de acuerdo en algo, ¡nom de dieu! Celine y Proust, sobre esos dos grandes no hubo discusión y tranzamos en que el escritor francés más interesante, que ambos admirábamos, era Georges Perec. Y Beckett, bien sure. Yo me sobrecogí, eran los escritores que había admirado en la década del 70 en Francia. Es decir en Francia no había habido nuevos narradores interesantes en los últimos cuarenta años. Entonces pasamos a hablar de intelectuales, filósofos o como quiera llamárseles. Ambos admirábamos a Roger Callois, y a Georges Bataille, otro admirado por mí desde el 70, pero cuando le dije al que ya era mi amigo francés que en Lima había una especie de culto por un cuarteto de intelectuales, tres franceses y uno para ser leído por franceses: Derrida, Lacan, Alan Badiou, y Zizec, mi amigo, el filósofo francés no dejó pájaro sin cabeza. Todos eran una banda de charlatanes, puro palabreo pero ni una sola idea original. Al que le dio más duro fue a Alain Badiou. A Derrida y a Lacan yo los conocía desde los 70, pero necesitaba que me hablase de Alan Badiou, a quien no conocía. ¿Badiou? El filosofó francés, que a esas alturas ya era casi un amigo íntimo, le dio hasta en el suelo al pobre Alan Badiou. Ya no pienso leer nunca más a Badiou. ¿Y qué es de la vida de Michel Maffesoli? Pregunté. Ya se jubiló, fue la respuesta. ¡Por la gran flauta! En algo teníamos que estar de acuerdo, y lo estuvimos: Michel Foucault. Respiré aliviado. Si criticaba a Foucault me paraba de la mesa y me iba del Haití para siempre. Por favor, deme un nombre mon cher ami del que agarrarme, me dije en mi interior. Y él dio el nombre: Pierre Bourdieu, ¡Merde! ¡Bourdieu! Pero su El oficio del sociólogo lo estudié cuando estaba en la universidad, a fines de los 60. Deme el nombre de un filósofo francés rogué desesperado. Ah sí, Walter Benjamin, respondió mi nuevo amigo. Pero Benjamín era alemán. Si, pero Benjamin escribió sobre París mejor que todos los franceses.
Algo no estaba funcionando en esta tertulia. Más bien diría que era algo terrible lo que estaba funcionando. Tuve la sensación de que la historia se había detenido en algún momento, que París, la Ciudad Luz, se había apagado a finales de los 70. Empecé a sospechar que lo peor todavía no había sido dicho, que el filósofo francés se había guardado lo más terrible para el final. Y así fue.
Pedí otro café cortado. El filósofo francés pidió otra botella de agua. Afuera llovía sin lluvia, la humedad era de 99 por ciento, los vitrales del Haití estaban completamente mojados. Era ya de noche, y el Haití estaba ahora repleto de las personas que siempre sospecharon que yo tenía algo que ver con Omar Shariff, y que después de cuarenta años por fin tenían la prueba, yo era el árabe y estaba hablando en francés con otro árabe.
Cuéntame sobre la vida literaria en Francia, cómo está la cosa en París. Al filósofo francés se le nubló el rostro. En Francia sólo se lee novelas, sólo leen novelas en un país que se ha quedado sin novelistas. Bueno, dije yo, en París siempre se han leído muchas novelas, en la rentreé de los 70 se publicaban 300 novelas que salían todas en octubre. Ahora salen 700, respondió el filósofo francés. La gente lee la publicidad en los periódicos y va a las librerías y compra la novela que vio publicitada en el periódico; va a su casa y la coloca en el estante para leerla cuando tenga tiempo, pero nunca tiene tiempo, así que se compran sólo novelas que nadie lee. Ahora en Francia el número de escritores es mayor que el número de lectores. ¿Y los cuentos, nadie lee cuentos? Nadie los compra, nadie los lee, nadie los publica, nadie los escribe. ¿Pero hay actividades culturales, presentaciones de libros? Un gran éxito es cuando van 30 personas. A veces van 10. Cuando van más de 30 todos los demás son para figuretear porque hay prensa, televisión, pero en realidad no les importa el libro que se está presentando. Yo sentía que ya no podía más, ese filósofo francés había venido hasta el Perú a demoler aquel París que había amado tanto en mis años juveniles de aprendiz de escritor. Eso significaba que debería desaparecer del mundo englutie igual como París. Pero faltaba todavía.
¿Y la literatura latinoamericana, la lee la gente? Mire, se publicaron Los detectives salvajes en francés y se vendieron 2000 ejemplares. La gente no entendió el tema de la novela, en Francia no se puede escribir una novela sobre grupos de poetas, eso no existe hace mucho tiempo. Hace años que los grupos literarios y la vida exagerada de los poetas es algo abominable en Francia. Pero yo le he preguntado sobre la literatura latinoamericana, Vila-Matas no vende más de mil ejemplares. ¿Y la poesía? Nadie lee poesía, ni siquiera a un gran poeta como Ives Bonnefoy. Los poetas publican tirajes de cincuenta ejemplares que se los regalan a sus amigos. La poesía ha muerto en Francia. ¡No puede ser! ¡Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire, Saint John Perse, Michaux! Así es, se leen en los colegios pero ya nadie lee poesía en Francia, la poesía ha desaparecido, ha muerto. Se me nublaron los ojos. El filósofo francés se dio cuenta que yo estaba a punto de llorar, se había convertido en el doctor Van Helsing y había clavado en mi pecho, mi cuerpo se iba convirtiendo en cenizas, olía a ajo en todo el Haití. El filósofo francés presintió que yo deseaba escapar, que quería huir. Y me dijo:
Bueno, Ricardo, ha sido un gusto haberlo conocido, haber conversado con usted.
¿Ricardo? Yo no me llamo Ricardo. El filósofo francés había venido desde Francia a conversar con alguien que estaba en Francia.
¿Usted sabe cuál es mi apellido?
Cómo no voy a saberlo. Usted es Ricardo Sumalavia . Un colega me dijo que tenía un amigo peruano en Lima, que se llamaba Ricardo Sumalavia y yo creí que era usted. Usted tenía mi teléfono, el número de mi cuarto. Usted tiene que ser Ricardo Sumalavia.
Yo no soy Ricardo Sumalavia.
¿Qui etes vous alors? Quién es usted, mon dieu.
Soy un fantasma. Usted ha hablado tres horas con un escritor fantasma.
Vous etes fou. Yo no puedo haber hablado en el Perú con alguien que está en Francia.
Esas cosas pasan en el Perú, mon cher ami.
El filósofo francés se paró asustado y salió corriendo del Haití.
Cuando se me acercó el mozo las lágrimas corrían por mis mejillas.
¿Qué le pasa, doctor, le han dado una mala noticia? Me preguntó.
París ha muerto, ¿se ha enterado usted? El mozo sonrió.

10/13/2009

cuestión de manos

Hace unos pocos días, en los últimos que utilice una férula para proteger mi mano derecha, un amigo francés me preguntó qué tal iba. "Mejorando de a pocos", le respondí. Luego agregué que lo más complicado es escribir. "Pero utiliza la mano izquierda", me dijo él. Le dije que eso intentaba. En todo caso, con un teclado no tan duro, me defendía bien a la hora de redactar algunos textos breves. Quisé hacer una broma con ello -quizás lo dije, ya no recuerdo-, pero él se quedó en silencio. A poco me dijo: "desde ayer yo hago todo con la mano izquierda". De buenas a primeras no entendí a qué se refería. Sólo atiné a ver su mano derecha para verificar si tenía algún vendaje o férula como la mía. "Ahora escribo y hago todo, absolutamente todo, con la mano izquierda", insistió. Lo dijo con cierto orgullo, al menos eso creí ver detrás de su sonrisa. Enseguida empezó una explicación en la que precisó que, como se acababa de separar de su mujer, había decidido un cambio radical. Viviría solo y todo lo organizaría a partir de su mano izquierda. "Volver al orden", y sonrió otra vez. Le pedí que me lo pusiera en orden a mí, porque yo no estaba entendiendo nada. A lo que me contó que, cuando era pequeño, él era zurdo. No se acuerda cuándo ni cómo, pero un día comenzó a hacer todo con la derecha. Durante le escuela, sin embargo, le hubiera gustado retomar el uso de la izquierda, pero algo de pudor le obligaba a continuar con la derecha. Así creció, así se formó, así se casó. "Pero no más", afirma. Luego me demuestra lo bien que escribe con la otra mano. Me habla de sus planes, etc.
Cuando nos despedimos, él no lo notó, pero me dio la mano derecha.

9/30/2009

Modiano, dossier

Hoy acaba de aparecer una nueva entrega de Le Magazine Littéraire y, para mi sorpresa, en este número hay un dossier dedicado a Patrick Modiano. Lo compré de inmediato y lo estoy leyendo con mucho placer. Y hay, para sus seguidores, una entrevista imperdible, realizasa por Maryline Heck. Por eso decidí, para compartirla con ellos, y con ustedes, traducir a la volada, algunos fragmentos. Aquí va:

De lejos, Un pedigrí ha significado un giro en su obra: usted publica por primera vez un libro estrictamente autobiográfico, en el cual revelaba frontalmente ciertos elementos de su vida que aparecían de una manera velada en sus novelas (…)

Yo hubiera creído que el rizo estaba rizado, que estaba liberado de ciertas cosas, pero la idea de que uno puede pasar a otra cosa es un poco una ilusión. Somos prisioneros de nuestro imaginario, como somos prisioneros denuestra voz. Lo que es terrible. Yo siempre tuve la impresión de escribir el mismo libro. Un pedigrí se refracta en los otros; y, según creo, no tiene otro interés que conectarse con los otros libros. Lo que evoco en Un pedigrí son cosas que me han pasado, pero que no me concernían profundamente. Yo lamento no haber podido escribir un libro en el cual yo hubiera hablado de una infancia armoniosa, como yo lo había disfrutado en ciertos escritores rusos. Como Speak, Memory: An Autobiography Revisited de Nabokov, en la que la infancia es una suerte de paraíso perdido.

¿Este libro ha marcado para usted el fin de la escritura autobiográfica?

Sí. Porque le escritura autobiográfica siempre me ha molestado. Si uno quiere verdaderamente hablar de cosas íntimas, que nos conciernen, es un poco delicado… Pienso que hay un tono autobiográfico que no es del todo preciso. Para Un pedigrí era fácil porque yo hablaba de cosas de las que me quería librar. Pero si queremos de verdad entrar en la vida de un sujeto, estamos obligados a hablar de cosas muy íntimas, de personas que han estado involucradas en nuestra vida… Uno no está seguro que dice verdaderamente cosas precisas sobre ellas. Esto es muy peligroso, siempre hay olvidos, voluntarios o involuntarios. Me han gustado ciertas autobiografías, como la de Nabokov o Mendelstam. Pero en algún momento me han hecho reír un poco. Existe un lado caso ridículo, sobre todo en los hombres… una manera de atribuirse un buen rol. Yo pienso que no encontraría nunca el tono preciso si escribiera una autobiografía. Extrañamente, he tenido la impresión de acercarme más a mi propia vida dentro de la ficción.

[…]

¿Concretamente, como transcurre su trabajo de escritura?

Yo escribo todos los días. Como el acto de escribir no me es del todo agradable, trato de librarme de esto lo más rápido posible. Pero escribo todos los días, sino pierdo el hilo. Si yo saltaba un día o dos, corría el riesgo de abandonarlo todo. Es necesario darse marcos precisos, sino todo se va al agua. Por otro lado, yo nunca logro escribir por mucho tiempo. Me ha fascinado siempre escuchar a escritores decir que ellos son capaces de escribir seis horas de corrido… Soy incapaz de esto. Yo pienso todo el día, pero el momento de escritura dura en sí apenas una hora. Esto me hace pensar en ciertos cirujanos que son obligados a hacer las cosas rápidamente, sino sus manos tiemblan. Al principio escribo de un premier envión, y enseguida hay una fase de corrección que es interminable, que dura más que el tiempo de la misma redacción. Son correcciones de detalles, suprimo, cambio palabras, esto no acaba… Yo puedo pasar así ocho horas seguidas. Escribo a mano, no utilizo computadora. Yo lo lamento sin embargo; pero ahora ya no es posible, es muy tarde para que yo aprenda. Esto me hubiera facilitado las cosas, principalmente para este trabajo de corrección tan preciso.

9/28/2009

mi mundo un poco más

Hay gente diciendo que invento anécdotas. Pues no, no las invento. Sólo las cuento como me viene en gana. Me imagino que la creencia de las invenciones proviene de lo desaforado de las historias. Qué culpa tengo yo de ver el mundo de esta manera. O, qué culpa tengo yo que ellos no vean el mundo de esta manera. Puede ser muy interesante la realidad que ellos vivan, pero no es la que necesariamente me interese.
Por ejemplo, buscando datos de narradores ecuatorianos (pues ya conté mil veces que trabajo en una Biblioteca sobre temas latinoamericanos), me topo con una biografía disparatada. No doy el nombre del escritor porque poco importa (no el escritor, sino el dato en sí. Un nombre no altera nada. Podría tratarse de cualquiera de nosotros). Su biogría ofrece en las primeras líneas lo siguiente: "Hijo legítimo del Ing. XXX, Director de Obras Públicas en YYY, Fiscalizador de las carreteras ZZ-HH, AA-BBy CC, natural de PP". ¿Lo leeríamos de modo diferente si supiéramos que se trataba de un hijo ilegítimo? O era sólo para distinguir a este hijo de lo otros no-legítimos (ya saben, tanto andar por carreteras y fiscalizando calienta la cabeza). Pero lo que más me sorprendió fue la parte final de la biografía. El biógrafo nos suelta lo siguiente sobre el escritor: "Estatura mediana, tez trigueña, ojos y pelo negro y ondeado, faz expresiva, don de gente y trato distinguido. Es uno de los narradores más importantes de la hora actual del país, lastima que sus obligaciones diplomáticas le quiten tiempo para la literatura, pues está espléndidamente dotado para el cuento, que, como se sabe, es un género muy exigente y difícil."
Como pueden ver, en mi mundo pasan estas cosas. No sé si en el suyo, imaginario lector, querido amigo.

9/18/2009

juventud y tesoro y divino

En Francia no hay encuentros, coloquios, congresos de narradores o poetas jóvenes. No hay revistas que los represente. Aquí no hay antologías para escritores nacidos entre 1960 y 1990 o 1968 y 1992 o 1970 y 1995. Rara vez se reunen en un bar. Muy pocos se conocen entre sí. ¿Dónde se están, entonces? Pues están en todas partes. No son numerosos y pasan inadvertidos. Pero están. La razón: ahora en este país a nadie se le ocurre distinguir a los escritores por edades. Los medios se detendrán en los novísimos, claro; habrá alguna foto de familia, entrevistas en común para algún suplemento. Eso es todo. Luego desaparecen en el mundo de la literatura francesa. En Inglaterra no es así. Granta es un ejemplo de ello. Busca estas promesas y muchas veces acierta. Buenas lecturas públicas y borracheras han compartido estos jóvenes. Y luego se diluyen en la literatura en lengua inglesa. Sin embargo, viendo estos ejemplos, me pregunto: en qué momento la literatura en lengua española comenzó a privilegiar “lo joven”? en qué momento pasó a ser una categoría rígida y excluyente?

9/15/2009

Todos los cuentos, el cuento


Como muchos lectores –todos debiera decir- de Fernando Iwasaki, he reído y disfrutado a cantidades de su último libro España, aparta de mí estos premios, recientemente editado por Páginas de Espuma. Estoy seguro de que muchos de esos ellos justificarán su risotada aduciendo que Iwasaki ha pintado perfectamente a la sociedad española, a su política, la saturación de sus medios de comunicación, etc. Y es verdad, debajo de esas historias desaforadas, con japoneses que brotan como si fueran champiñones, descubrimos personajes con los que nos topamos todos los días, que rondan por las calles o platós de tele u ocupan escaños en alianzas políticas poco menos que hilarantes. Pero en este libro veo gratamente que hay mucho más: que ese reconocimiento en el otro, y reírse de ese otro y de uno mismo, entra en una crisis total. He allí, debo admitir, el placer de mi lectura.
Este libro plantea qué es ser español, y para aproximarse a su respuesta se hurga en su pasado, se rastrea hasta el fondo, y lo que se haya es un japonés. Y va también en doble sentido: lo japonés se desdibuja, se hace ibérico, y va adquiriendo formas híbridas. Y esto lo vemos no sólo a nivel del argumento, sino también en el conjunto del libro, cuando notamos que los cuentos son variantes de lo que podríamos llamar un tronco argumental. El cuento se va adaptando camaleónicamente a unas bases muy concretas de distintos premios literarios, que sobre todo quieren destacar la identidad de alguna región u organización u agrupación local, etc. Pero, como paradójico resultado, vemos que la sociedad se va pareciendo al camaleón.
No me cabe duda que Fernando Iwasaki se ha preguntado por años, y se lo han preguntado por esos mismos años, qué identidad asume sabiendo de sus orígenes japoneses, peruanos, italianos y también españoles. Definitivamente no hay respuesta. No tendría por qué haberla. Lo que hay es un libro estupendo que consigue que después de reírnos tanto nos demos cuenta de que se nos ha caído la máscara.

9/13/2009

Oficio de escritor

Seguro que la pregunta más recurrente que se le hace a un escritor es “¿Por qué escribe?” Todos en algún momento se han planteado también esa pregunta. Unos para tener las cosas más en claro frente al oficio; otros para saber qué decir y satisfacer al público que insiste con la misma interrogante. Lo habitual es que este público quede satisfecho con la ingeniosa frase que acaba de dar el escritor. Frase que suena a improvisada, pero que no lo es. Frase que suena igualmente a cierta, pero que tampoco lo es. En fin, que se trata de pensar en una buena respuesta y eso quita mucho tiempo.

Como algunos lo saben, tengo un esquince en la mano derecha. Ahora mismo me cuesta mucho escribir. Debo reeducar la mano, según me dijo la doctora, con movimientos suaves. Algunos giros de la muñeca en un sentido y en el otro. Fortalecer los delgados músculos de mi antebrazo. La doctora fue muy clara en su diagnóstico: “Lo que a usted le pasó se debe a que tiene el antebrazo muy largo. Por lo tanto sus músculos se contraen menos y su muñeca permanece delgada. De allí la razón por la que usted no deba hacer grandes esfuerzos físicos con las manos.” Ya está. Una explicación muy convincente. Pero la doctora no terminó su diagnóstico. Al poco agregó: “Dada su estructura ósea, lo más natural en usted es que sea músico o escritor.” Y remató todo esto con una sonrisa, seguramente convencida de que yo no hacía ni lo uno ni lo otro.

Por eso, desde ahora, cada vez que me pregunten por qué escribo, no lo dudaré. Mi respuesta será: “Porque tengo la muñeca delgada”.

9/08/2009

La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido.
Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Luego agregó que por hoy tenía descanso médico. Genial, pensé, así podré ir a casa con los libros de Chejfec y leerlos con calma. Pero no. Estoy en Francia. Tuve que ir al servicio de personal a recoger cuatro formularios ha completarlos antes de las veinticuatro horas luego del accidente. Después a la farmacia por la férula, y llenar otro formulario, ya que tengo la suerte de que el trabajo cubra los gastos. Tras esto tuve que ir al seguro para dejar uno de los formularios. Volver al servicio médico con una atestación y recibir no sé cuántos sellos. Por último regresar al despacho de servicio de personal y terminar con las últimas firmas, que llegaron a quince este día, y todas con la mano derecha. Claro, no leí nada y ahora tengo la mano como una coliflor.
Pero me da la gana de escribir. Así sea con un dedo.

9/02/2009

Blaise Pascal

"Deux visages semblables, dont aucun ne fait rire en particulier, font rire ensemble par leur ressemblance."

Pensées


"Dos rostros semejantes, los cuales ninguno hace reír en particular, hacen reír por su parecido."

Pensamientos

8/18/2009

Nuevo Ciclo 2009-2010 / Taller Virtual de Narrativa

Muy pronto se dará inicio el nuevo Taller Virtual de Narrativa enfocado a la escritura de cuentos. Por supuesto, la propuesta de este taller apoya perfectamente a la escritura de novelas.

Las sesiones estarán coordinadas por el escritor peruano Ricardo Sumalavia. En esta oportunidad el taller se dinamizará todavía más con la presencia de escritores invitados de reconocida trayectoria, como Santiago Roncagliolo (Perú), Andrés Neuman (España-Argentina), Alejandro Zambra (Chile), Guadalupe Nettel (México), Ana María Shua (Argentina) e Iván Thays (Perú), entre otros.

Además, su formato online permitirá desarrollar un verdadero taller internacional de narrativa.

No necesitas cumplir ningún pre-requisito, salvo tus ganas y pasión por escribir.

Puedes informarte visitando los distintos apartados de esta página web.

8/07/2009

Modiano, encore

Terminé la lectura de Un cirque passe de Patrick Modiano. Poco antes de leerla, pues la encontré sin querer debajo de una pila de libros en una librería de libros de viejo, acababa de ver el fragmento a una entrevista que le hacen por televisión. Ya sabía de su particular forma de hablar. Todos a quienes les hablo de él me dicen lo mismo. Todos reparan en que le es prácticamente imposible pronunciar una frase completa. Es como si arrepintiera de lo que está por decir o como si nunca estuviera satisfecho por cómo va expresar lo que tiene en mente. Pues bien, en esa entrevista se refirió a la mujer y el misterio. Dijo –o intentó decir- que alguna vez encontró la frase de un escritor que lo había afectado tremendamente. Esta frase era: “Ella era misteriosa como todo el mundo”. Creo, en efecto, que esta frase ha perseguido a Modiano por mucho tiempo. En muchas de sus novelas, como en Un cirque passe, el protagonista de pronto encuentra una mujer de la que no tiene mayor noticia. Es más, rara vez de entera de su verdadero nombre. Y él es consciente de este misterio intrínseco en ella, pero también del hay alrededor de ella. Da la impresión que todos se cuidaran de no revelarle lo que verdaderamente está pasando en este mundo. De allí la insatisfacción de sus protagonistas, de allí su búsqueda constante.
Y sé que las otras novelas que aún no he leído de Mediano van por ese camino; pero es la mejor manera de encontrar personajes misteriosos como todo el mundo.

8/04/2009

Knock-out

La fecha de la pelea concertada coincidía con el cumpleaños de su hijo y con la fiesta del santo patrón de su pueblo. Además, su madre le había bordado sus iniciales en sus pantalonetas azul neón y el contrincante tenía el mismo nombre que su peor enemigo en la escuela primaria.
Sólo un golpe del destino podría alterar lo inalterable.
Pero a veces sucede.

7/22/2009

Extraño humor

Mientras hurgaba en una tienda de libros de segunda, mi hija me insistió en que le compre el libro Petite encyclopédie de l’étrange de Alain Pozzuoli. Según los datos del autor que aparecen en la contraportada, es un especialista de lo insólito y es, además, la voz autorizada en Francia sobre la vida de Bram Stoker. Pues bien, se lo compré. Una vez en casa he leído varias páginas de este libro y, efectivamente, está plagado de anécdotas macabras, de canibales, vampirismo, hombres lobos; en fin, personajes espeluznantes. Sin embargo, entre tanto dato tenebroso, quedé impactado al descubrir la siguiente cita:

ALLEN, WOODY. Director, actor y guionista americano, nacido en 1935. Su verdadero nombre: Allen Stewart Konisgberg. “Mi primera película es tan mala que en los Estados Unidos, en siete Estados, la utilizan para reemplazar a la pena de muerte”. (p.21)

7/17/2009

Nueva novela (work in progress)

Estoy en pleno proceso de escritura –reescritura debiera decir- de una segunda novela. La idea surgió hace unos tres años, luego de escribir lo que yo creía un cuento policial. En algún momento pensé enviarlo a algún concurso específico sobre el género, pero no lo hice. Quedó archivado en la computadora. Sin embargo, el personaje, aquel desesperanzado detective privado en el Perú de fines de los noventa, se quedó girando a mi alrededor. Pero no sólo él, sino también su referente real. Primero pensé en ellos en una relación directa de sujeto real y su derivado ficcional. Luego, en una suerte de ejercicio inconsciente, empecé a establecer sus coincidencias y diferencias. Como si se tratara de dos hermanos. Luego quise conocer, si eso es posible, todos los móviles que me instaron a construir al personaje ficticio de esa manera. Después empecé a hacer lo mismo con los demás personajes y hechos narrados. Cuando pude darme cuenta, la novela estaba en construcción. Y lo que me estimula más en su escritura es saber que esta nueva novela mantiene un diálogo sútil con la anterior, con Que la tierra te sea leve. Sé que hay escritores que prefieren mantener en reserva su proceso de escritura, pues temen que éste se vea frustrado. En mi caso, sucede todo lo contrario, cada vez que lo voy verbalizando, contándoselo a alguien, la historia se va constuyendo, existiendo de una vez. Y debo escribirla mientras huya el cuerpo.

7/10/2009

Decepción

Para las nubes queda perfectamente claro que los seres humanos somos lentos y aburridos. Y de las formas que vamos adoptando, ni se diga.

7/02/2009

Que la tierra...

Una muy corta, pero grandiosa estadía en Ginebra, me permitió conocer a muchas personas ahora entrañables. Una de ellas es Manuel Borrás. Como saben, él es editor de Pre-textos. Todos conocemos la calidad de su trabajo, de su persona, y sabemos que no necesita mayores halagos. Al final de una cena estupenda en un restaurante etíope, cuando andábamos entre risas por unas calles húmedas de Ginebra, pude entregarle un ejemplar de mi novela, que buenamente Rodrigo Díaz, librero y editor de Albatros, había puesto en mis manos para a su vez pasarla a las manos de Manuel Borrás. Fue un acto generoso el de Rodrigo por facilitarme ese ejemplar, y generoso también Manuel por recibirlo y prometerme una lectura y una carta que acabo de leer. Con su autorización, y agradecido, la reproduzco aquí.
Querido Ricardo:
Supuso un placer conoceros en Ginebra y compartir mesa redonda contigo. Por fin pude leer tu muy interesante novela Que la tierra te sea leve. Tal como te prometí, paso a expresarte mis opiniones al respecto: Libro, a mi juicio, de indagación en la propia personalidad a través de los otros –de consumación de una vida en otra paralela– donde se desarrolla un proceso de ramificaciones ya desde el mismo tronco de su motivación: la búsqueda del sosia. O, mejor, de los sosias: por un lado César, después de un largo período residiendo en el extranjero, regresa a Lima decidido a reencontrarse y recuperar el vínculo con su hermano Sebastián, una enano bohemio de vida disipada; y por otro lado el narrador, que emprende la búsqueda de un hermano literario –o "alma gemela"– por medio mundo (Lima, Burdeos, Corea). Estos son los conflictos –en realidad el mismo– que estructuran y justifican tu novela. Se trata, insistiré, en una suerte de desdoblamiento del mundo: el ambiente sórdido y violento de cantinas y prostíbulos vs. el clima aséptico de las relaciones humanas en universidades y congresos literarios. De este modo, aunque las líneas trazadas avancen paralelas –condenadas a no tocarse ni en las bifurcaciones–, son en realidad líneas clónicas. O algo mucho más complejo aún, pues de algún modo se complementan. Se complementan pero se repiten. incluso en sus desenlaces: la sustitución del hermano real por otro adoptado que hace mejor esas veces: Sebastián encuentra a Martín y el escritor a Thomas Bernhard (al que citas en la entrada de la novela, confundiéndose intencionadamente los términos autor, escritor, narrador).
Pero es una complejidad tejida con tal disciplina y creatividad que no interfiere en la lectura, los pespuntes pasan desapercibidos. De hecho el idioma tiene aquí por momentos dones creacionistas, místicos si exageramos; digamos que de alguna manera el idioma en tu novela posee la aptitud de habilitar sentidos nuevos a las palabras, o de registrar significados ocultos, o de devolverles un primitivo extrañamiento. Y suena realmente encantadora esa armonía entre naturalismo y fantasía. Baste el siguiente ejemplo para documentar esa inteligencia demiúrgica en la factura y esa emoción contenida en el trazo:
"En algún lugar de la casa, todavía sin precisar exactamente dónde, ambos niños intuían que estaban cerca de lo buscado. El aire tibio del mediodía, colándose por las aberturas de las cortinas, los movía a presentir un espacio desmedido. Ellos corrían en dirección a la corriente del viento y, me atrevería a decir, viajaban con la misma ligereza: debajo, encima, entre aquel soplo que los arrastraba eximiéndoles de cualquier temor capaz de albergarse en todas las búsquedas". Acabo, como sabes, de citar el primer párrafo del libro, y me doy cuenta ahora de que todo el libro es y está ahí. El universo a escala de una pelota de ping-pong.
En fin, una estupenda novela que te agradezco hayas puesto en mis manos. Enhorabuena.
Un fuerte abrazo y mis mejores deseos para tu esposa,
Manuel Borrás.

6/30/2009

Variaciones dentro del tranvía



Para José B. Adolph


1.
Una muchacha, probablemente china, dormía de pie dentro de un tranvía atestado de gente. El tranvía estaba en marcha. Los sueños también.

2.
Una muchacha –hagamos la corrección, se trataba de una española de Bilbao-, dormía de pie dentro de un tranvía atestado de chinos. El tranvía estaba en marcha. Los sueños también.

3.
Cuando tomé la mano de la muchacha, los chinos desaparecieron, el tranvía desapareció, y yo otro tanto.

6/14/2009

Yi Sang, coreano



El escritor coreano Yi Sang murió en el Hospital de la Universidad Imperial de Tokio el 16 de marzo de 1937. La tuberculosis que lo afectó por varios años finalmente lo fulminó. Poco más de un mes antes las autoridades japonesas lo habían tomado preso acusándolo de haber participado en una revuelta organizada por estudiantes coreanos que exigían el fin de la colonia japonesa en la península. Nunca se supo si Yi Sang, en efecto, quiso ser parte activa de aquella manifestación. Quienes lo conocían afirman que él viajó a Japón porque quería cambiar, quería sobrevivir, buscaba ser otro, como cuando abandonó el nombre dado por sus padres el año que nació, en 1910. Ellos lo llamaron Kim Haekyong; pero este nombre fue dejado al asumir su voz literaria. De acuerdo a algunas versiones, escogió el nombre Sang, nombre común en coreano, por su similitud fonética con la palabra francesa sang, cuyo significado es sangre. En el caso de Yi Sang, no se trata sólo de una ironía, pues de alguna manera articulaba en su nombre la relación entre lo coreano, lo occidental y la muerte. En uno de sus últimos cuentos, Ironías de una agonía, escrito en Japón, resume quién o qué pretendió ser y vaticina, errando por una docena de días, su esperado final.

“¡El epitafio! Aquí yace Yi Sang, un genio extraordinario de su generación, reposando después de su atribulada vida. Muerto bajo el sol del 3 de marzo de 1937, año del buey. Dejó la obra maestra “Memorias de una agonía”. Una vida de veinticinco años y onces meses cumplidos. ¡Ay de mí, qué tristeza! El otro Yi Sang se lamenta ante los nueve cuerpos celestiales y pone una lápida en este cementerio abandonado. Su novia, Chonghee, amante de tres hombres, goza de su longevidad. ¡Oh, Yi Sang que reposas bajo tierra! Descansa en paz.”

Yi Sang, al mencionar los nueve cuerpos celestiales, se refiere a sus compañeros escritores con quienes conformó en Corea el conocido Grupo de los nueve. A ellos con frecuencia les decía que se suicidaría siendo joven o que se marcharía lejos para que no vuelvan a tener noticias de él. Estos escritores de su generación, el Grupo de los nueve, integrados básicamente por Kim Kirim, Park Taewon, Yi Hyosok, Yi Chongmyong, Yu Chichi, Yi Taechun, Chong Chiyong y algunos otros necesarios y móviles para alcanzar la cifra, siempre estuvieron atentos al quehacer literario y vital de Yi Sang. Sabían que él era una pieza fundamental en los cambios que se estaban proponiendo dentro de la tradición literaria coreana. Desde mediados de los años veinte, y con mayor vigor en la década del treinta, estos escritores renovaron la literatura de su país, desde una vanguardia no necesariamente aceptada por los lectores coreanos dada las condiciones históricas por la que atravesaban y la rígida tradición literaria que les toco asimilar, luego quebrar y, por último, reintegrar.
Se hace necesario, entonces, para comprender cabalmente las propuestas de Yi Sang y sus congéneres, ofrecer un sintético panorama de la narrativa coreana.


Tradición de la narrativa coreana

Para hablar de la narrativa en Corea, es imprescindible mencionar que ésta, desde sus orígenes hasta la actualidad, se viene desarrollando tanto en la escritura como en la expresión oral. Para muchos, quizás la narración oral en la península tenga una mayor aceptación que la narración escrita y, lo que ya se considera innegable, es que esta última deba mucho de sus estrategias discursivas a la oralidad.
Como en muchas otras culturas en el mundo, los mitos y las leyendas han sido la base de la narración posterior. Desde el milenario mito de Tangun, que revela la fundación del reino coreano, y que se transmitió de generación en generación, para luego ser recogido en caracteres chinos y posteriormente transcrito en la escritura coreana llamada hangul en el siglo XV, numerosas historias han sido contadas para construir y afianzar la identidad de esta nación y, como ya se dijo líneas arriba, aún siguen alimentando el imaginario popular coreano a través de múltiples versiones.
Asimismo, las canciones, cuyos fines fueron desde el divertimento, establecer un ritmo durante los trabajos manuales, hasta los religiosos, en especial las empleadas en los rituales chamánicos, fueron un gran soporte al estilo y estructura de las futuras novelas coreanas. Un número representativo de estas canciones empleadas en las ceremonias religiosas, debido a la estructura narrativa que poseían, fue perdiendo paulatinamente su carácter eminentemente musical para que, en la segunda etapa del periodo Choson, adquiriese una forma particular que se llamaría y difundiría bajo el nombre de Pansori. En una primera etapa, el chamán, requerido y pagado por sus servicios, en determinado momento del ritual, recitaba una historia de relativa longitud, con una temática edificante o humorística, con el fin de divertir a los espíritus convocados y al público, para de este modo conseguir las peticiones encomendadas por el solicitante del chamán. Usualmente, su recitación se realizaba con el acompañamiento de un tambor que iba marcando el ritmo de la narración. Con los años, el pansori de independizó de la labor de los chamanes y fue interpretado por profesionales que viajaban de pueblo en pueblo relatando historias, cuales trovadores de gestas.
Esta modalidad de interpretación todavía está vigente entre los coreanos y es altamente estimulado a través de concursos nacionales de gran convocatoria. Además, el recurso mnemotécnico de apelar a ciertas muletillas, las acciones reiteradas en la entrada de algún personaje, por ejemplo, que le permite al recitador continuar su extensa declamación, es un recurso y que se ha interiorizado y se ha extendido, por supuesto, en muchas narraciones escritas. Fue por esta razón que, naturalmente, surgieran las conocidas novelas derivadas del pansori. El estilo de estas novelas estuvo marcado por un ritmo interno, una fuerte carga lírica, así como también de una riqueza del espíritu popular que pretendió representar y que aún persiste en la novela contemporánea de Corea.

Si nos fijamos en la narrativa coreana escrita en chino, diremos que ésta tuvo un carácter bastante restringido, ya que únicamente los funcionarios públicos, monjes, y los allegados a la corte podían leerla. Esta escritura sirvió fundamentalmente, en el caso de la literatura, para recopilar, por encargo real, la rica tradición oral. Sin embargo, aunque de escasa difusión, se pudo hallar una interesante producción novelística. El texto más representativo de esta época es la novela Kumosinhwa, de Kim Sisup (1453-1493), que en realidad incluye varias historias alrededor del personaje Kumo, y donde los hechos sobrenaturales, y la simbología didáctica de todos estos hechos, determinan el estilo del libro. Si bien esta historia fue escrita cuando ya se había creado la escritura coreana hangul, la escritura en chino seguía siendo la privilegiada en el arte de las letras, condición que fue perdiendo a medida que los reyes exigían la escritura coreana.
No obstante, los investigadores coreanos de la narrativa de la península prefieren referirse a su novela clásica, como aquella que fue escrita primordialmente en hangul desde el siglo XV hasta finales del siglo XIX, siendo considerada la más importante la novela Historia de Hong Kildong, escrita por Ho Kyun (1569-1618), y en la que, además de mostrar hechos fantásticos, pone especial énfasis en la crítica social, principalmente contra la clase yangban, la cual se encontraba próxima a la familia real. Sabemos que esta novela, al tener un marcado sesgo de compromiso social, determinante para el resto de la narrativa coreana, su autor, junto con otros intelectuales contrarios al rey, sufrió un duro hostigamiento, al punto de prohibirse la lectura de esta novela.
Muchas de estas novelas clásicas se han perdido y sólo se han podido recuperar alrededor de seiscientas de ellas, la mayoría anónimas. A partir de una primera clasificación según el estudioso Kim Hunggyu, la novela clásica puede dividirse por su temática de la siguiente manera:
1° Las referidas a los hechos históricos de mayor relevancia, como guerras internas, guerras con reinos vecinos, hechos heroicos, etc. Estas novelas presentan un tono nostálgico y destacan los aciertos en las decisiones de reyes de antiguas dinastías. Aquí incluiríamos la novela Historia de Hong Kildong. Estas fueron llamadas novelas heroicas.
2° Las referidas a las historias de familias de gran representatividad en el reino. A éstas se las llamó novelas de linaje familiar. Estas novelas fueron muy populares entre las mujeres de la corte.
3° Las ya mencionadas novelas derivadas del pansori. Aquí no hubo historias originales, sino todas provenientes de la tradición oral y de su expresión en el pansori. Aquí alternaron un lenguaje poético y refinado, con otros pasajes cargados de humor, ironía a través de un discurso coloquial. Fueron muy populares en el siglo XVIII y las historias que más concitaron la atención, en sus distintas versiones ofrecidas, fueron: La vida de Chunhyang, La vida de Shim Chong y La vida de Cho Ung, entre otras.
4° En último lugar, consideramos a las novelas escritas en chino. Aquí incluímos, además de la importante Kumosinhwa, de Kim Sisup, las novelas La vida de Sim Saeng de Yi Ok, El libro de Yonam de Park Chiwon, y otras más.

Cabe mencionar, que en los inicios de la novela escrita en coreano, desde los siglos XV y XVI, ésta fue difundida por lectores profesionales, quienes, por unas cuantas monedas, iban de plaza en plaza leyendo diversos capítulos de las novelas más populares; costumbre que se fue perdiendo a medida que la mayoría de la ciudadanía se fue alfabetizando y que el uso de la imprenta con caracteres de madera se desarrollara.

La nueva novela en Corea
La narrativa coreana tuvo un breve periodo de transición entre la novela clásica y la novela contemporánea. Éste comprendió desde los finales del XIX, momento destacado por su reciente política de apertura hasta la primera década del siglo XX, cuando sufrió un fuerte cambio en su política y convertirse en colonia de Japón desde 1911.
Durante estos años, por un lado, la novela coreana puso especial atención a las corrientes literarias de China y Japón, adoptando sus modelos sin una mayor conciencia a las propias necesidades expresivas de su tradición literaria. Así, las primeras influencias occidentales llegaron a los autores coreanos a través de la narrativa japonesa, quienes habían intensificado su apertura desde el periodo de Restauración Meiji. Estos jóvenes autores realizaron sus estudios en el extranjero y volvieron a Corea trayendo consigo nuevas lecturas y ánimos de difundir la traducción de autores rusos, ingleses y franceses del siglo XIX.
Otras novelistas, por el contrario, optaron por una novela más cercana a las antiguas novelas heroicas. Estos escritores adoptaron dicha medida al ver peligrar la identidad coreana frente a las todavía amenazas de invasión japonesa. Ambos tipos de novelas fueron publicados en por entregas en los diarios locales, revistas literarias, boletines, etc., para luego ser editados en libros de mediano tiraje. Debido a este tipo de publicación, se hizo esencial que los capítulos publicados en los periódicos hicieran referencia a la coyuntura política y social de Corea. Estas novelas, en su mayoría, se valían de un lenguaje coloquial y su realismo fue cobrando cada vez mayor importancia.
La novela más representativa de esta época fue Lágrimas de sangre (1906) de Lee Injik (1862-1919). Sea en una tendencia o en otra, lo cierto es que la narrativa coreana no logró renovarse en sus propuestas por estos años y sólo consiguió libros de estructuras simples y efectistas.

Una vez instaurada la colonia japonesa en Corea, las autoridades niponas impusieron un control estricto sobre los medios de comunicación y las artes. En un primer momento estas medidas fueron implantadas con una política aparentemente conciliadora, buscando atraer a los jóvenes artistas coreanos para asimilarlos a la cultura japonesa. Muchos de estos estudiantes viajaron a Japón para continuar sus estudios universitarios y recibieron los nuevos aportes que la cultura occidental estaba ofreciendo por entonces a los japoneses. Otros fueron a Japón no por propia decisión, sino por imposiciones de sus padres, que sirvieron a los intereses del colonizador. Estos jóvenes organizaron múltiples revueltas y atentados contra las autoridades japonesas.
Entre los intelectuales que se quedaron en Corea, muchos de ellos formaron agrupaciones que fomentaban el enfrentamiento armado contra el gobierno japonés, pero otros asumieron un profundo compromiso de revisión de su tradición cultural para rescatar sus antiguas tradiciones y, a su vez, distinguirse de los japoneses y chinos. Los grupos literarios fueron conformados con distintos niveles de compromiso político, el cual les acarreó en diversas oportunidades ser víctimas de deportaciones y encarcelamientos. Otros incentivaron la publicación de revistas literarias, la mayoría de ellas de modo clandestino, las cuales dieron a conocer a muchos jóvenes escritores. Entre estos grupos tenemos los llamados El nacionalismo, Progresistas del pueblo, Gradualistas y Formación.
A medida que los reclamos de parte de los coreanos fue en aumento, la represión de parte del gobierno japonés fue cada vez más dura. A mediados de la década del veinte, como protesta ante las continuas censuras con algunos pasajes de las novelas, se publicaron algunos libros con franjas negras sobre algunas líneas del texto.
En 1925 se creó la Federación Coreana de Artistas Proletarios, tres años antes que la Federación Japonesa de las Artes Proletarias, ambas agrupaciones con una marcada tendencia socialista, que determinó los lineamientos temáticos de las novelas de entonces. En el caso coreano, el radicalismo político entre algunos grupos internos de la federación terminó por dividirlos. Esta Federación fue posteriormente desmantelada por el gobierno japonés. De estos escritores surgió una novela campesina como también obrera. De esta última, la más representativa fue Patria, escrita por Choi Sohae.
La novela privilegiada, por tanto, fue aquella que revelaba un compromiso social, ya que buscaba denunciar las injusticias y abusos cometidos durante la colonia y mantener asimismo una resistencia de la identidad coreana. Lamentablemente este compromiso sacrificó, en la mayoría de los casos, el valor literario de sus textos, pues asumieron la literatura únicamente con un medio de divulgación de sus ideas.
Las novelas con esta tendencia que se hicieron populares en la década del treinta fueron Hermano mayor (1931) y El camino (1934) de Yu Jinoh, La vida hecha (1934) y El paraíso de los ricos (1938) de Chae Mansik, El pueblo natal (1936) de Yi Kiyoung, entre otras.
Pero también en estos años, previos a la emancipación, a mediados de los cuarenta, podemos encontrar a un grupo de jóvenes escritores que estuvieron dispuestos a asumir las nuevas técnicas narrativas y las diversas propuestas de vanguardia provenientes de Occidente, a través de Japón. Ya el futurismo, el dadaísmo, el expresionismo, el constructivismo y sus manifiestos artísticos habían atraído la atención de los jóvenes escritores japoneses en la década del veinte, principalmente por medio de la revista Bungeijidai (“La época literaria”) que tuvo una gran difusión entre los años 1924 y 27. A este grupo perteneció el escritor japonés Yasunari Kawabata (1899-1972).
Los jóvenes escritores de la vanguardia coreana se alejaron de todo compromiso político a través de la literatura, aunque como sujetos públicos tuvieran una participación activa, y optaron por asumir la literatura con un fin estético, que reclamaba su ingreso a la modernidad. Para ello se valieron de un discurso fragmentado, rupturas espaciales y temporales, una visión múltiple de la realidad, y, en algunos casos, un subjetivismo que termina desdibujando el cuerpo del argumento. A nivel del lenguaje, el lirismo se hace más evidente, así como la intertextualidad y el cuestionamiento del propio acto creativo.
Esta vanguardia narrativa coreana, trascendental para el desarrollo de su literatura, derivó en otras tendencias en la década del cuarenta, especialmente porque sus integrantes se plegaron al compromiso entre literatura y política que se exigía en aquel entonces, especialmente luego de la emancipación de Corea. Sin embargo, uno de los pocos que ofreció una obra netamente vanguardista fue el escritor Yi Sang. Por supuesto, tampoco se puede dejar de lado a sus compañeros con los cuales integró el Grupo de los nueve, donde destacaron, entre ellos, Kim Kirim y Park Taewon.
Las obras completas de Yi Sang, recién ven la luz el año 1968. Antes sólo se disponía de sus poemas, cuentos, ensayos y una novela corta, a través de revistas y diarios que reproducían una y otra vez los más destacado de este autor de culto. En cuanto a su narrativa, podemos afirmar que Yi Sang es el protagonista de todas sus historias. Es más, pareciera que siempre tratara de contar la misma historia, tratando de conseguir la nota perfecta. En sus cuentos siempre aparece Yi Sang atormentado por una relación amorosa destructiva. En estas historias, como las antologadas en la edición Flores de Fuego, en traducción española gracias a Mario Alonso y Son Byeongsung, la autobiografía es sólo un pretexto para desarrollar planteamientos estéticos personales de parte del autor. Las constantes argumentales en su narrativa son la muerte inminente por la tuberculosis que padece, la frustración por no concretar el suicidio siendo un artista todavía joven (en algún momento le pidió a su amigo Park Taewon que realizaran un suicidio conjunto, pero su amigo lo rechazó y envió a casa; lo mismo ocurrió con una de sus amantes), además de sus amores intensos en los que las mujeres lo abandonan reiteradas veces y lo someten a una dependencia enfermiza, y, por último, el anhelo por abandonar Corea e iniciar una vida nueva.
Para ejemplificar lo dicho y ampliar con algunas observaciones conviene referirse a dos textos fundamentales de su obra. Tanto su cuento Alas como Encuentros y desencuentros, el primero escrito en Corea y el otro en Japón, entre 1935 y 1936, tienen la misma base argumental. Sin embargo, en estos dos cuentos la perspectiva es diferente. En Alas, la distancia del narrador frente a lo narrado, si bien es en primera persona, la del protagonista, es sumamente amplia e imprecisa. Las referencias al entorno del protagonista es mínima, vaga, salvo la mención a uno que otro lugar en Seúl. Aquí hallamos a un personaje que se consume por una enfermedad no nombrada y que no comprende gran cosa de lo que sucede alrededor, como, por ejemplo, que su esposa es una prostituta que lo despierta de sus prolongados sueños y le da dinero para que salga a la calle mientras ella atiende a sus clientes en su habitación. Él deambula por las calles de Seúl sin cuestionarse estas acciones. Este relato parece ser narrado producto de las fiebres que aquejan a su protagonista, quien sólo se complace con sus desaforados razonamientos. Desde sus primeras líneas nos sugiere su destrucción y, por extensión, el fin de una época:

¿Has visto alguna vez a un genio disecarse?, nos pregunta al inicio del cuento. Más adelante nos dirá:
También valdría la pena que te traicionaras en algún momento a ti mismo. Tu obra sería más sublime y oportuna que cualquiera de los productos acabados nunca vistos… En cuanto sea posible, clausura el siglo XIX.

El protagonista innominado se entrega a la molicie como alternativa valida en épocas en las que nada es atractivo. Consumirse, degradarse, es un ideal estético, pues la muerte y inminencia lo seducen.
Yo no tengo necesidad de pensar que soy feliz, tampoco que soy un desdichado… Todo es perfecto, tanto que me permito pasar el tiempo sin hacer nada, con pereza. Mato el tiempo estirado en este cuarto que se ajusta a mi cuerpo como la ropa a mi ánimo.
Y la perspectiva aquí asumida se hace más evidente como propuesta estética cuando nos dice:
Quiero, en cuanto sea posible, desenmascarar las insignificancias de mi propia existencia. Para mí la vida se maneja a sí misma. Todo me es extraño.
En Alas, consecuente con todo el discurso articulado en el relato, el final es alegórico y está marcado por la frustración.
De repente sentí un cosquilleo en las axilas. ¡Ahh! Ahí estaban las huellas de mis alas imaginarias. Las alas que había perdido. En mi mente eché una mirada fugaz a las páginas de mi diccionario y de todas ellas se habían borrado la ambición y la esperanza.
El relato Encuentros y desencuentros narra los mismo hechos pero el narrador posee e impone una mayor objetividad frente al relato anterior. Aquí el protagonista y narrador se llama a sí mismo Yi Sang, y el nombre de su esposa es Kumhong. Desde la primera línea se manifiesta la enfermedad de Yi Sang:
Corría el tercer mes de mis veintitrés años cuando escupí sangre por primera vez.
Esta línea marcará el desánimo y frustración del protagonista en toda la historia, pero también será el leitmotiv para la relación que iniciará con la joven Kumhong, a quien conoce sabiendo que atendía a los hombres de una posada de provincia. Se casan y se van a vivir a Seúl, convencidos que era lo mejor para ambos, pero pronto ella empieza a salir con otros hombres y Yi Sang opta por no cuestionarla y, por el contrario, justificarla.
Eran días y noches en que yo no hacía más que dormir, lo cual, sin duda, no le ofrecía nada interesante. Fue un motivo suficiente y comenzó a salir con personas que disfrutaban y hacían más amena la vida[…]
Yo prefería atribuir su infidelidad a su buena voluntad. Pensaba que lo hacía a propósito para forzarme a despertar de la pereza. Pero terminé por concluir que esto era sólo un pequeño desliz en su afán por ser el tipo de esposa virtuosa y bien educada, la esposa legal que se podría encontrar en cualquier lugar.
Sin embargo, a diferencia de Alas, en este cuento el final tiene un tono menos desesperanzador, pues Yi Sang termina cuidando a una enferma y desvalida Kumhong, aunque ambos saben que el fin de sus vidas está próximo.
En los otros cuentos abundan las menciones la muerte y al suicidio, como:
Son diez años lavándome la cara y pensando en el suicidio y todavía no sé cómo hacerlo. (cuento Flor perdida).
Agonizo solo, mientras llega la desolada brisa otoñal, acostado en esta asquerosa habitación en que vivo. ( cuento Memorias de una agonía).
Morir sería tan fácil como la primera chupada que le daba al cigarrillo al despertarse. […] Entonces, se apresuró con la esperanza de obtener un mejor resultado y decidió hacerla sufrir, antes de que aquella fuerza descomunal tocara bruscamente su espíritu. Muy seguro de su negativa, sin creer que aceptara, le propuso el double suicide, a modo de juego. (cuento Corte de pelo).
De igual modo, la referencia a otras literaturas es abundante. La mención a otros autores es para resaltar lo nuevo y anular, invalidar las formas tradicionales del siglo precedente. Por ejemplo, en el cuento Alas nombra a Dostoievski como “desperdicio inútil” o a Víctor Hugo como “mendrugo de pan francés”. En el cuento Memorias de una ilusión satiriza el gusto de un amigo suyo que gusta de Gorki cuando le hace decir a éste:
Ella no era virgen, pero tenía un tesoro mucho más precioso –una colección de las obras completas de Máximo Gorki (…).
A lo que Yi Sang comenta: Tal vez esto sea todavía para él motivo de orgullo.
Entre los que destaca menciona varias veces Jean Cocteau y a su propio amigo Park Taewon. Entre los clásicos menciona a Shakespeare, Li Tai Po, Nathaniel Hawthorne y otros.
En cuanto a la estructura, la mayoría de sus cuentos se presenta en unidades menores, muchas de ellas de carácter autónomo y experimental, sin seguir una linealidad al modo convencional de narrar. Esto lo vemos principalmente en el cuento El niño terrible, en el cual, en la unidad llamada Texto, agrega explícitamente comentarios al diálogo que tiene el protagonista con una muchacha, descalificando todo lo dicho por ella.
La narrativa vanguardista de Yi Sang, en conjunto, influye en la actualidad a muchos jóvenes narradores coreanos y amerita que lectores de otras latitudes descubran sus escritos. Pues su propuesta, pese a un nihilismo descarnado, comprensible en Corea de los años treinta, nos invita a revisitar las honduras del ser humano.
Una vez muerto en Tokio, como “indeseable”, según consta en las actas de sus captores japoneses, sus cenizas dentro de una urna fueron llevadas a Seúl y dejadas en una cripta para indigentes. Toda su obra podría ser un epitafio, como también las últimas líneas de uno de sus cuentos:
¡Oh, Yi Sang que cumples veintiséis años y once meses! ¡Oh, títere! Eres un viejo. Un esqueleto que… No, no, eres apenas tu lejano antecedente. Nada más.

6/07/2009

¿Quién conoce a Luis Loayza?

Nunca he visto en persona a Luis Loayza. Salvo una repetida fotografía de sus años de juventud y otra tomada en Europa, frente a su casa, en años más recientes y aparecida en el suplemento de un diario local, no tengo más rastros físicos de este fundamental escritor. Muchos amigos míos afirman también haber visto otra fotografía en la que aparece jugando su celebre partida de ajedrez contra el campeón norteamericano Bobby Fischer. Yo no la vi jamás. Si me cruzara con él por alguna calle, lo confundiría con cualquier otro limeño; aunque quizás convenga preguntarse qué limeño es Luis Loayza. Lo pregunto porque en casi todos sus cuentos de su libro Otras tardes, que apareció en 1985, sus personajes rememoran una ciudad para ellos prácticamente aniquilada. En el cuento “Padres e hijos”, aparece la pregunta: ¿Qué quedaba de la ciudad delicada en el caos ruidoso e impersonal que sigue llamándose Lima? Es curioso, la ciudad delicada a la que se refiere el cuento se da en las primeras cuatro décadas del siglo XX, y la caótica e impersonal en los años setenta y ochenta, años de mi infancia y a la que difícilmente yo podría calificar en cualquiera de los dos extremos, pero sí podría afirmar que hoy, a inicios del XXI, también ha cambiado para mí, que soy limeño. ¿Cuál? No lo sé.
En el caso de Luis Loayza, los personajes de su libro de cuentos perciben este cambio porque indubitablemente han sufrido una ruptura. De lo contrario, en la continuidad, en la rutina citadina, las mutaciones se habrían dado en ellos de un modo imperceptible, de una manera inexpresiva. En el cuento “La segunda juventud”, el protagonista es un diplomático que, a pesar de él mismo, vuelve a la ciudad y descubre los cambios en ella y en sus personas más allegadas. En los demás cuentos, los protagonistas perciben que sus vidas han sido escindidas en un momento que ellos no logran precisar. Estos quiebres se dan por retornos al país, rupturas sentimentales, ausencias familiares o por un simple estado de ingravidez dictaminado por los calores estivales o la grisura del invierno limeño. Y cuando vuelven la mirada, lo primero que notan son casas derruidas, nuevas construcciones, una nueva lógica que rige las vidas de los otros y que ellos no han sabido aplicar ni asimilar.
Varias de las mujeres limeñas de este libro, huyendo de la molicie invernal de esta ciudad, prefieren alternar su vida en zonas de clima templado, en los tibios espacios de Chosica o Chaclacayo, y sólo pasando temporadas en Lima, en los pocos meses del verano. El cuento “Otras tardes” es genial al presentar al entrañable personaje de Ana, cuya disponibilidad para la pasión depende y se ajusta con los rayos del sol en la capital. Con Graciela, personaje femenino de “La segunda juventud”, encontramos a una mujer que odiaba vivir encerrada en Lima, donde, según ella, nunca pasaba nada. Los sentimientos que comparte con ella en determinado momento el protagonista se muestran de la siguiente manera: “Mi amor fue limeño, mortecino y desesperado como la garúa, y creo que ella también sentía por mi una pequeña pasión.” En Adela, muchacha grácil que mueve a la amistad y complicidad del protagonista en el cuento “Enredadera”, la rebeldía, la gran necesidad de ir en contra de lo que disponía la tradición familiar de entonces, se ve afectada por su propia pasión. Las demás mujeres presentan una movilidad que, para bien o para mal de ellas, las lleva hacia algún punto determinado, en la soledad o la complacencia de un mesurado amor.
Con los hombres es diferente. Los personajes no llegan a ninguna parte. El pasaje clave, la metáfora que nos ilumina el destino de estos hombres, dice: “En el comedor volví a encontrar el juego de té con figuras azules en las que un chinito, después de tantos años, no acaba de cruzar el puente.” La distancia del narrador frente a lo que cuenta le brinda un reposado aliento para la reflexión, para a través de la memoria reconstruir instantes que le puedan aclarar el porqué de su inconformidad, la razón de no haber terminado de cruzar el puente. Obviamente, lo mejor para estos personajes es tratar de recordar desde donde emprendieron ese cruce. Y vemos que el extremo de la partida está el centro de Lima. En el cuento “Otras tardes”, el joven profesor va hacia centro para dar sus clases en un curso universitario de verano. Este será el escenario para el tenso romance que emprenderá con una mujer casada. En “Enredadera”, el protagonista ha abandonado su casa para ir a vivir a la de la abuela en Miraflores y, como dirá él: “sintiéndome desterrado de Lima, es decir del centro de la ciudad que es lo que propiamente se llama Lima, como si los demás barrios más nuevos y alejados fueran ya el comienzo de las provincias”. En “Padres e hijos”, un arquitecto maduro, huérfano de padre a los siete años, realiza unos recorridos por la ciudad para poder establecer vínculos familiares con su padre, con lo que era él. Allí se puede leer: “La búsqueda lo sacaba de sus propios recuerdos de infancia, pasaba de los años treinta a los veinte, de Miraflores al centro de Lima, a la época y los ambientes de la juventud de su padre.” En “La segunda juventud”, el diplomático de carrera visita sus años universitarios en el centro, durante una primera juventud, para aproximarse tímidamente a un presente difuso. En “Fragmentos”, último texto del conjunto, las diversas piezas, dislocadas entre sí, se unen por una misma atmósfera y estrategia: la rememoración, la ciudad, el afán de fijarse en ese centro de Lima, que nos hace tan distintos con los años, pero semejantes cuando creemos convivir con los fantasmas.
Otras tardes es un libro que no deja de sorprenderme y creo que, de animarme a ir nuevamente por las calles del centro de Lima, es muy probable que me encuentre con Luis Loayza en la mitad de algún puente.

5/30/2009

Es un periódico de ayer

Ultimas horas en Lima, desde el aeropuerto Jorge Chávez, escribo unas primeras impresiones de lo que fue mi estadía en Lima durante dos semanas. Podría escribir sobre muchas cosas. Por ejemplo, ya registro en mi memoria esta mañana, como si hubiera sucedido hace unos años, la cicatriz que me mostró mi padre, producto de una operación en la que le extrajeron el riñón. Era una extensa línea en el dorso. Se mostraba orgulloso de ella. Era un signo del câncer que había superado. Pero lo curioso era que para mostrarme esa cicatriz se bajo los pantalones. No era necesario hacerlo, no obstante mi hermana me aclaró que lo hace a cada momento. “Si es suficiente con subirse la camisa”, le recrimina mi hermana –mi madre no dice nada, sólo sonríe-. Mi padre cuenta que había visitado a su antiguo jefe, el último antes de jubilerse, y le contó lo de la cicatriz. Con mostrar un poco de curiosidad fue suficiente para que mi padre ya esté con los pantalones abajo. Claro, no hubiera sucedido nada si no entraba la secretaría y los encontraba en una imagen un poco grotesca para dos ancianos. Mi padre terminó de contar su anécdota y se echó a reír. Todo esto con los pantalones por los suelos, por supuesto.
Y, bueno, ya empiezo a registrar otros recuerdos. La música de los taxis, por ejemplo. La misma música de hace dos años, y de hace tres o veinte. Era como oír en primicia a Héctor Lavoe. Pero esa es otra imagen. Por ahora me quedo con la de mi padre, aunque ésta puede tener un poco de música de fondo.

5/06/2009

El amigo ginebrino

La semana pasada estuve menos de 24 en Ginebra. Una ciudad que pisaba por primera vez y que, estoy convencido de ello, visitaré regularmente. Con Carmen recorrimos la ciudad vieja - debería decir corrimos por la ciudad vieja- para lograr visitar una serie de galerías de arte verdaderamente impresionantes. Las calles angostas, sus ascensos, sus gradas, todo lo vimos color gris. A mí me gusta el color gris y eso basta. Al final de la tarde llegamos a la librería Albatros y, a unos pasos, el Centro Cultural Terra-Incógnita. Ellos me habían invitado a dar una charla y yo, como siempre fui terriblemente puntual. Ellos, según me dijeron en un pequeño bar latino de este centro, estaban aún en un taller de edición. Era la última fecha de este taller y, lógicamente, lo estaban aprovechando al máximo. Sólo unos minutos después se abrieron unas puertas y salió de allí el escritor guatemalteco Eduardo Halfon. Apereció con tal energía que pareció que sólo se asomaba a tomar aire para luego volver a sumergirse en una piscina. Luego salió, con una calma angelical, como si recién hubiera comulgado, Manuel Borrás, editor de Pre-textos. Junto a él también estaba su colega Manuel Ramírez. Esa noche tuvimos una mesa redonda con todos ellos y la pasé muy bien. Y la charla posterior y la cena inigualable. Pero quien no estaba muy presente en un primer momento y que se fue materializando poco a poco fue el amigo ginebrino. El se llama Rodrigo Díaz Pino y es el dueño de la Librería Albatros, sin duda la mejor librería de textos en español en Suiza. Es lo que supe de él esa noche. Pero en la hora 15 de mi estancia, la que correspondía a la hora del desayuno, vino Rodrigo a visitarnos al hotel para convensar un poco más. Este ahora ginebrino tenía un pasado rocambolesco. Peruano de nacimiento, con cuarenta años como yo, resultó ser un casi vecino mío en Lima en los años ochenta. Las posibilidades de encontrarme con alguien de mi barrio en Suiza son casi infinitas, pero ya sabemos que el infinito es una risa. Este antiguo limeño había llegado a Ginebra con su mochila y 17 francos. Primero había llegado a Rusia para estudiar medicina, sin embargo pronto se dio cuenta que la medicina no era lo suyo. Y los rusos también se dieron cuenta, pues lo invitaron cortesmente a desaparecer del país. El tuvo en claro que a Lima no volvía. Por ello deambuló por algunos países antes de llegar a Suiza. Y ya lo dije, con 17 francos. Esa primera noche se hallaba en busca de la plaza más segura en la cual dormir, cuando vio a un grupo de latinos. Se presentó ante ellos, les explicó su situación y una colombiana le dijo que podía pasar la noche en su habitación. Luego aclaró que todo ese grupo de latinos dormía en su habitación y que todo ese grupo debía salir a las 5 de la mañana sin chistar, antes de que los dueños de la casa se den cuenta. Ella cuidaba los niños de esa familia. Bueno, Rodrigo supo que las cosas irían bien. Y así pasó. Primero fue el barrendero ilegal de una librería y, luego, trabajando a lomo partido, llegó a ser propietario de la misma librería. Y ahora, muy suelto de huesos, como cuando se apareció en Ginebra con una mochila y unos pocos billetes, quiere llevar adelante la librería y una editorial. Y no para, eso es seguro.

4/21/2009

Malabares

Me acaba de llegar por correo electrónico la promoción del último libro de Josefina Barrón. Se llama Malabares en taco aguja. Y al afiche de promoción le acompaña la siguiente cita de Josefina: "Convive con tus ovarios. Haz de cuenta que son dos cerebros más."
Sólo me pregunto qué tan divertido es jugar ajedrez con ella.

4/14/2009

Marcharse a pie

Cuando leí el texto escrito por Vila Matas y decidí colocarlo en uno de mis blogs, no supe dónde ponerlo. Es inclasificable, como todo lo escrito por él. Si bien habla unas líneas sobre mi novela, no es una reseña (pero bien podría serlo); si bien habla de una experiencia común, podría ser sólo la de él, o la mía.
Y, bueno, simplemente lo pongo.


Marcharse a pie

1. Ricardo Sumalavia salió hace unos días de su casa de Burdeos dispuesto a hacer unas compras. Era una mañana soleada de principios de este abril. Sumalavia parece un buen apodo para alguien que quiera ser orador, conferenciante: suma labia. Le habría encantado ese apellido a Ramón Gómez de la Serna, estoy seguro. Pero Sumalavia, joven escritor peruano que vive en Burdeos, no quiere ser orador ni conferenciante. Es tímido y con mucho sentido del humor. Vivió en Corea del Sur y después fue a Burdeos a pasar unos meses y se va quedando ahí desde hace unos años. Como voy mucho a Burdeos (tres veces en los últimos cuatro meses; no entiendo por qué voy tanto), siempre acabo encontrándomelo. Cuentista de estilo muy personal, no hace mucho publicó su primera novela, Que la tierra te sea leve, buen libro sobre búsquedas y sobre lo mucho que dependemos de los otros para saber quiénes somos, aunque nunca, de todos modos, acabamos sabiéndolo. Sumalavia salió de su casa de Burdeos en la mañana soleada y caminaba hacia el bar de la esquina para tomarse un café cuando se le acercó un señor en zapatillas y con unos bigotes completamente de otra época y le preguntó por dónde se iba a Bayona. El escritor trató de recordar el nombre de alguna calle o avenida con ese nombre, pero el señor de los bigotes no tenía cara de preguntar por una calle. “Pero usted va a pie y nosotros estamos en Burdeos, a más de 200 kilómetros de Bayona”, le advirtió Sumalavia. “No es problema”, respondió el hombre que iba en zapatillas. El peruano le explicó entonces cómo salir de la ciudad, y poco después el hombre comenzaba su larga marcha a pie hacia Bayona. A aquella misma hora, llegaba yo en avión de Air-France a Burdeos, donde debía ayudar por la tarde en la ceremonia de presentación de Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago, en su traducción francesa. El taxista que me vino a buscar resultó ser coreano, lo que me hizo pensar en Sumalavia, que había vivido en ese país durante tiempo. El coreano era tan charlatán como entrometido y quiso saber todo sobre mí, quiso saber en qué trabajaba, cuántos hijos tenía, cuál era mi ciudad preferida (Burdeos le dije), si a mi mujer no le molestaba que viajara tanto, etcétera. “Lo que está muy bien es Bayona”, acabó diciéndome. 2. Por la tarde, en la presentación de Apelle-moi Brooklyn, apareció Sumalavia y descubrimos que habíamos llevado vidas paralelas durante la mañana. A la hora del coloquio, como es habitual, nadie quería preguntar nada. Una señora finalmente pidió la palabra. —¿Le gusta Goya? —me preguntó. Parece una pregunta normal, pero no lo es. Aceptemos que Goya vivió muchos años exiliado en Burdeos y que su casa estaba frente a la de otro exiliado español ilustre, Moratín. Un catalán en Burdeos no puede ignorar que Goya estuvo allí y que aún conservan la casa del pintor, un caserón muy cercano a la gran librería Mollat. Pero de eso a tener que opinar acerca de Goya hay un gran trecho, me parece. Gabastou, el traductor del libro de Eduardo Lago, viendo mi estupor e indecisión —me había quedado con la boca abierta—, contestó por mí y dijo que a esa hora de la tarde siempre dejaba de tener cualquier tipo de opinión sobre lo que fuera. No quería dar la impresión de que me había quedado mudo y me acordé de que, antes de partir por tercera vez en cuatro meses a Burdeos, el amigo Jordi Llovet me había preguntado si aún podía verse allí la casa en la que vivió en 1802 el poeta Hölderlin, que había ido a esa ciudad para trabajar de preceptor y un día, de improviso, se había marchado de ella a pie. Como siempre que iba a Burdeos veía sólo el caserón de Goya, me dio una gran alegría saber que había otras casas que ver en esa ciudad. Me acordé de todo eso y le devolví la pregunta a la señora. —¿A usted le gusta Hölderlin? Habría querido añadir que parecía una costumbre de la ciudad marcharse a pie de ella, pero callé. De inmediato, se levantó una mano entre el público. Había un señor de origen alemán, Dominique Fritsch, que estaba entusiasmado de poder hablarme de Hölderlin en Burdeos y se puso a contar, entre otras cosas, que el poeta no sólo se fue de la ciudad a pie, sino también llegó a pie y fue en ese viaje cuando por primera vez en su vida vio el mar. Fue a Burdeos para trabajar de preceptor en casa de Meyer, el cónsul de Hamburgo, pero desde el primer momento se mostró algo esquivo y taciturno, tal vez porque apuntaban ya los primeros signos de su locura. Dejó escrito un poema, Andenken (Un recuerdo), en el que evocaba su paso por la ciudad y que, si quería leer, encontraría en la bella edición que había preparado el poeta bordelés Jean-Paul Michel para la editorial William Blake and Co. A la mañana siguiente, siguiendo las instrucciones de Monsieur Fritsch, vi con Sumalavia, en el centro de la ciudad, la perfectamente bien conservada gran casa del cónsul de Hamburgo en la que vivió Hölderlin. Hoy, el lugar donde residió Hölderlin es una oficina de Air-France, precisamente la compañía que me había trasladado hasta allí. Inútil me pareció buscar alguna huella de Hölderlin entre las tarjetas de embarque y las ofertas de vuelos a la Martinica. Estábamos bromeando con Sumalavia sobre si no se nos aparecería un señor de anticuado bigote preguntándonos cómo ir a pie hasta Bayona cuando una muchacha cruzó la calle para preguntarnos si conocíamos al doctor Goya. Pasado el momento de profunda sorpresa, a Sumalavia se le ocurrió que preguntara en el Ayuntamiento, donde tenían una lista de todos los servicios médicos por barrio. “Buena idea, gracias”, dijo. Nos despedimos de ella y después me despedí de Sumalavia, porque tenía que coger mi avión de vuelta. Cuando miramos atrás para ver qué hacía la muchacha, vimos con cierto terror que no se había movido ni un centímetro de donde la habíamos dejado.

ENRIQUE VILA-MATAS
EL PAÍS, domingo 12 de abril de 2009
CATALUÑA

4/13/2009

Sobre historias, calles y trazos (a propósito de mis cuentos)*


Si se me pide que hable de mi labor como escritor, no puedo más que referirme a ella a través de tres breves instantáneas.

Las parábolas
Cristo escogió las parábolas para decir lo que tenía que decir, porque comprendió que a través de una historia, una buena historia, podía expresar lo que sentía y lo que pensaba, y, de alguna forma, afectar a quienes lo escuchaban. Pero sus parábolas tuvieron dos tipos de receptores: los que lo oían sólo esperando entretenimiento, una buena historia, y que no vieron en él más que a un simple contador de historias; y los que sabían, o intuían, que entre las palabras algo más se quería decir y se decidieron seguir a este hombre. Este último es el camino de los artistas.
Entonces, para mí está muy claro. Yo soy escritor, narrador, no porque sólo quiera contar una buena historia, sino porque tengo algo que expresar, un universo propio al cual debo modelar, encarnar y luego darle piel a través de la palabra.
Esto supone, pues, que para mí hay contadores de historias y escritores. Pero esto no significa que desatienda el argumento. Muy por el contrario, como ya dije, la obra se materializa a medida que se construye el texto. Se debe, debo, por tanto, encontrar el equilibrio, el mejor molde para lo que tenga que decir. Incluso, por qué no, hacer una parábola de la parábola. Aunque todavía sospecho que la mejor parábola de Cristo fue el silencio.


La ciudad interior
Ahora bien, específicamente, qué es lo que tengo yo que decir a través de unas historias. Está claro que todo intento de explicación será una aproximación somera, pues de lo contrario no escribiría ficciones.
Los dos grandes temas de exploración en mi narrativa son la ciudad de Lima y las relaciones del hombre, la familia, dentro de este espacio, citadino y familiar. Me explico: para mí existen tantas ciudades de Lima como habitantes hay (lo mismo funciona para cualquier otra ciudad). A causa de mi experiencia vital, crecer en medio de esta ciudad que siempre tiene el cielo gris, con personajes igual de grises, crecer con la sensación de haber llegado tarde a un gran carnaval, donde sólo queda el vaho de los cuerpos y el conffeti esparcido por el suelo, yo tengo la necesidad de construir mi ciudad interior, mi propia ciudad de Lima, experimentar la nostalgia de lo no vivido. Y para ello recurro a mi segundo gran tema: la familia. Y no porque pretenda decir que narro las historias que mi abuela me contó, sino porque me intriga saber cuánto tenemos de nuestros familiares, cuánto de su memoria, de sus acciones, qué misterios los habitan, cuál fue su ciudad interior. Por esa razón, en mis cuentos, extremo las tensiones de las relaciones familiares y las insertó en su propio carnaval, que bien podría terminar en un espectáculo esperpéntico o una danza de arlequines, pero en silencio, porque recuerdan la melodía.


La tinta derramada
Algunos lectores afirman que en mis relatos, tanto los del libro Habitaciones, como Retratos familiares, es difícil poder catalogarlos de cuentos, en el sentido más convencional del término. Y tienen razón. Mis cuentos no ganan por knock out, como querría Julio Cortázar, ni siquiera por puntos. Mis cuentos no pelean ni están en ninguna competición. No buscan la perfección, pues la perfección es divina y, por tanto, aburrida. Ellos se rigen por la bella imperfección. Igual cuando un calígrafo chino traza un ideograma y derrama gotas de tinta sobre el papel de arroz. ¿Es este un error del calígrafo? ¿Por qué se descuida? Ni error ni descuido. El trazo ha sido ejecutado por un hombre que pretende rozar la belleza. Jamás alcanzarla. Y lo valioso, y lo sabio, están en el intento. Las gotas de tinta, el trazo incompleto, encierran, en su voluntad, su propia contradictoria belleza.
Mis cuentos podrán no mostrar claramente el conflicto, cuestionar la unidad del cuento, abolir el clímax y el anticlímax clásicos, sin embargo entre líneas pretendo que el lector llene los espacios, intuya esos elementos que se creen faltantes.
El ideograma no es una representación fonética, como el cuento, para mí, no es únicamente una representación verbal.
Cuando escribo mis cuentos siempre recuerdo un antiguo poema japonés del siglo X, el cual dice que los ciervos que habitan las montañas de pinos, donde no caen las hojas, se enteran de la llegada del otoño por el sonido de su propia voz.
*leído ya no sé cuándo, ni dónde, y ya no importa.

4/07/2009

Libros como pájaros

Cada vez que me solicitan una lista de los libros que me han marcado siempre doy títulos diferentes. Nunca termino por decidirme. Esto es una suerte o bendición –pues mi fe es fluctuante-, ya que para mí esto significa dos cosas. Primero, que tengo diversos momentos intensos en mi vida de lector y escritor (esta última más breve que la anterior) que van alternando su jerarquía a medida que mi caprichosa memoria los recupera. Esto multiplica las posibilidades y matices de reconstruirte y descubrirte a través de los libros que has leído. Segundo, que tu capacidad de maravillarte y sentirte afectado ante un libro no disminuye y que te place saber que aún hay novelas, poemas, cuentos por escribirse y que integrarán mis futuras listas de libros predilectos. Visto así, la indecisión es un don.
En esta oportunidad, los libros que mencionaré obedecen a periodos de mi vida que particularmente hoy, en una tarde que comienza a calentar la ciudad de Burdeos, y lejos de mi ciudad natal, quiero evocar.

La voz a ti debida
A través de mi ventana veo un cielo celeste claro; de esos cielos cuya luminosidad podría cegarnos, si no fuera por el contraste de sus nubes, que más que nubes parecen palabras borradas. Bajo un cielo semejante, pero en mi país, hace quince años, leí La voz a ti debida de Pedro Salinas. Me hallaba a las afueras de una ciudad llamada Tarma, en medio del campo, bajo el único árbol de lúcuma de una pequeña hacienda y que había sido partido en dos por un rayo la semana anterior. Allí, entre una extraña pero atrayente fragancia que provenía de los frutos y del madero recién fulminado del árbol, leí maravillado cada poema del gran Salinas. Y no puedo más que asombrarme ahora, cuando rememoro los versos: “¡Qué alegría más alta:/ vivir en los pronombres!” y notar que lo que he escrito y escribo provienen de una estética que se basa en la relatividad del sujeto. Como a Salinas, o quizás debido a él, me interesa la construcción de los personajes y la construcción de la voz misma que se va haciendo en el hablar de otro, de ese “tú” que movió a don Pedro, de ese “tú” que abandona el nombre, la materia y que existe en la voz y en la sombra de la voz. De esa voz que la nombra y que hace del amor una experiencia de palabras y de silencios.
Recuerdo este poemario, el árbol de lúcuma fulminado y algunos pronombres que me acompañaron en su lectura.

La palabra del mudo
Más de un escritor, viajero o simple turista ha dicho que los hemos nacido en la ciudad de Lima somos así por culpa del clima. Obviamente, explicar ese “así” no es tarea fácil. Entre las alternativas para saber cómo son los limeños, prefiero dos de ellas. Mirar el cielo gris en abril, mirarlo igual de gris en julio y no menos gris en entre noviembre y diciembre. Solo resta bajar la mirada y observar a su población. Esa tonalidad que se nos ha impregnado en la retina, ni blanco ni negro, se posa en cada sujeto con el que nos topamos. No hay tristeza ni alegría; al menos no es lo primero que percibimos. La otra alternativa es leer los cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Nadie como él ha sabido capturar la imagen del limeño. De un limeño que se ha hecho universal, pues Ribeyro hurgó en las honduras del hombre urbano peruano, y que sus hallazgos fácilmente pueden ser extrapolados a todo hombre entre dos calles, bajo la luz de una farola, a la espera de alguien o de nadie.
Sus cuentos los leí en la adolescencia. Un buen momento para leer a este narrador. También hay otros buenos momentos, claro. En el prólogo que él escribió a la primera reunión de sus cuentos bajo el nombre de La palabra del mudo, dijo que este título se debía a la voz que les daba a aquellos personajes oscuros, olvidados, que hay en toda ciudad. Varias décadas después, cuando él ya era un autor cercano a la muerte y yo ya no era un adolescente, escribió en su último tomo que el mudo en verdad era él, y que le había toda una vida darse cuenta de ello. Que él se reconocía en cada uno de sus personajes. Lo mismo me ocurrió durante la lectura de sus cuentos. Desde su primer cuento conocido “Los gallinazos sin plumas”, pasando por “Silvio en el Rosedal”, “Fénix” o “Solo para fumadores” –teniendo en cuenta de que yo no fumo-.
Sin embargo, arbitrariamente recuerdo el cuento llamado “Por las azoteas”, pues con ese texto me sentí muy identificado, y afectado, por mucho tiempo. Aquí se narra las conversaciones de un niño y un joven enfermo –quizás de los pulmones-, ambos vecinos, que se encontraban en el techo de sus respectivas casas, durante el verano limeño (que es poca cosa). Ambos personajes se reconocían en el entorno y dominaban a su manera la vasta ciudad que contemplaban. Era un dominio efímero, por supuesto. Un reino desde la soledad que todos alguna vez ansiamos.

La vida es sueño
Una de mis primeras lecturas, de aquéllas de poco antes de la adolescencia, fue La vida es sueño de Calderón de la Barca. Recuerdo que en aquel primer momento hubo dos cosas que realmente me impactaron. Ante todo, el lenguaje, el ritmo y fuerza que alcanzaban aquellas palabras que, si bien eran de mi propia lengua, las sentía extrañas, pero atractivas, como si vinieran a visitarme unos parientes lejanos, de otros tiempos y de quienes no tenía noticias, trayéndome como regalo nuevas posibilidades con la palabra hispana. La entrada de Rosaura, colmada de quejas, repercutió y aún repercute en mis oídos: Mal, Polonia, recibes / a un extranjero, pues con sangre escribes / su entrada en tus arenas, / y apenas llega, cuando llega a penas; / bien mi suerte lo dice; / mas ¿dónde halló piedad un infelice?
Asimismo me afectó tremendamente, como era natural, el encierro de Segismundo. Me parecía terrible que haya sido su propio padre quien le diera encierro. Algo semejante pensé entonces del padre de Layo y la orden de ejecución a su hijo Edipo. En realidad, el tema no me ha abandonado. En mis escritos todavía indago y revolotean sobre mi imaginario las complejas relaciones entre padres e hijos. Por supuesto, en lecturas sucesivas he ido descubriendo otros elementos que me ayudaron a entender, por ejemplo, que desde antiguo y con maestría se plantearon las preocupaciones entre los espacios de vigilia y sueño, y a lo que podemos derivar, por extensión, entre realidad y ficción. Segismundo, como el Quijote, confundiendo las fronteras entre lo imaginado –soñado- y lo vivido. Padeciendo en un espacio y en el otro, tratando de comprender por oposición ambas esferas, un destino el cual no sabe dónde debe cumplirse.

La ciudad y los perros
En el Perú, cuando pequeño, aún estaba en boca de todo el mundo el refrán “quien no tiene de Inga, tiene de Mandinga”. Con esta frase se hacía alusión al inevitable mestizaje entre indígenas, africanos, chinos, etc., consideradas razas dominadas, de las que la mayoría, en proporciones distintas, éramos deudores. Mi padre nació en la capital, como yo, pero su familia provenía de las altas zonas andinas. Mi madre, por otro lado, era de la selva peruana. Por esa razón, cuando leí La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, me fue inevitable identificarme con todos sus personajes. Con esta novela, a través de un microcosmos representado en una escuela militar capitalina, Vargas Llosa desplegaba complejos personajes, adolescentes todos ellos, que llegaban de distintos lugares del país para insertarse en un medio que les podía ser adverso, pero del cual no había escapatoria. Durante su lectura me fue inevitable identificarme con El Boa, personaje cuyo torrente emocional era propio del mundo amazónico, sensibilidad que creo haber heredado de mi madre; con el Esclavo, de una timidez y pasividad que, como a él, me dominó en gran parte de mi adolescencia; con El Poeta, no solo por su gusto por escribir y de iniciarse en la recreación de historias, sino también por la lectura de novelitas pornográficas –esto, sin duda, lo heredé de mi padre; y no solo el gusto por este tipo de lecturas, sino también su variada biblioteca al respecto-; y, finalmente, con El Jaguar, quien era justamente lo que yo quería ser en ese entonces, ya que yo era, en cuanto a sensibilidad, como los otros personajes. Sin embargo, había algunos elementos que me acercaban a él. Como El Jaguar, yo crecí en los barrios del centro de la capital, en donde los códigos de subsistencia eran bastante duros e implacables. Aquellos códigos yo los conocía muy bien, aunque no los haya practicado todos, o muy pocos, y sentía que compartía el mismo escenario con este personaje.
Pocas veces he podido ser tantos en un solo libro. Y lo agradezco.

Poesía escrita
Quizás el libro con el que he realizado más viajes sea éste: Poesía escrita de Jorge Eduardo Eielson. Con el descubrí la plasticidad de la palabra. Y no solo eso: este libro es el testimonio poético del descubrimiento, el itinerario de aquel peregrinaje del significado a la riqueza del propio significante. Aquí los poemas se van desnudando gradualmente de todo contenido, de toda referencia cultural, para llegar al estado puro de las palabras y luego al propio silencio. Notable ejercicio si se pretende conocer el valor de la palabra: conocer el silencio, el vacío, esa potencial nada. Esta fue sin duda una gran enseñanza que el propio Eielson recibió de otro gran poeta peruano, Martín Adán, quien en unos versos dice: “Poesía no dice nada/ poesía se está callada,/ escuchando su propia voz”.
Recuerdo que fue un profesor, y luego amigo, quien leyó los versos de Jorge Eduardo Eielson ante toda la clase. Fue un poema sencillo, breve, que decía:

solo el sol
el sol solamente
solo en el cielo
y yo tan solo
a solas con el sol
sonrío simplemente.

Aquella sencillez revestía muchas cosas para mí. Supe de la influencia del pensamiento zen en el autor, de su exploración en el surrealismo, en la música, de su intensa actividad como artista plástico. No me otorgué otra alternativa. Debía poseer todo lo que hubiera escrito hasta ese momento. Corrí a comprar el libro, en una edición pequeña, la única en ese momento, cuyas hojas se despegaban como alas de pájaros. Y esa misma edición es la que utilizo cuando me toca dar algún curso de poesía peruana. Sus hojas vuelan menos, pero me acompañan más.
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