4/21/2009

Malabares

Me acaba de llegar por correo electrónico la promoción del último libro de Josefina Barrón. Se llama Malabares en taco aguja. Y al afiche de promoción le acompaña la siguiente cita de Josefina: "Convive con tus ovarios. Haz de cuenta que son dos cerebros más."
Sólo me pregunto qué tan divertido es jugar ajedrez con ella.

4/14/2009

Marcharse a pie

Cuando leí el texto escrito por Vila Matas y decidí colocarlo en uno de mis blogs, no supe dónde ponerlo. Es inclasificable, como todo lo escrito por él. Si bien habla unas líneas sobre mi novela, no es una reseña (pero bien podría serlo); si bien habla de una experiencia común, podría ser sólo la de él, o la mía.
Y, bueno, simplemente lo pongo.


Marcharse a pie

1. Ricardo Sumalavia salió hace unos días de su casa de Burdeos dispuesto a hacer unas compras. Era una mañana soleada de principios de este abril. Sumalavia parece un buen apodo para alguien que quiera ser orador, conferenciante: suma labia. Le habría encantado ese apellido a Ramón Gómez de la Serna, estoy seguro. Pero Sumalavia, joven escritor peruano que vive en Burdeos, no quiere ser orador ni conferenciante. Es tímido y con mucho sentido del humor. Vivió en Corea del Sur y después fue a Burdeos a pasar unos meses y se va quedando ahí desde hace unos años. Como voy mucho a Burdeos (tres veces en los últimos cuatro meses; no entiendo por qué voy tanto), siempre acabo encontrándomelo. Cuentista de estilo muy personal, no hace mucho publicó su primera novela, Que la tierra te sea leve, buen libro sobre búsquedas y sobre lo mucho que dependemos de los otros para saber quiénes somos, aunque nunca, de todos modos, acabamos sabiéndolo. Sumalavia salió de su casa de Burdeos en la mañana soleada y caminaba hacia el bar de la esquina para tomarse un café cuando se le acercó un señor en zapatillas y con unos bigotes completamente de otra época y le preguntó por dónde se iba a Bayona. El escritor trató de recordar el nombre de alguna calle o avenida con ese nombre, pero el señor de los bigotes no tenía cara de preguntar por una calle. “Pero usted va a pie y nosotros estamos en Burdeos, a más de 200 kilómetros de Bayona”, le advirtió Sumalavia. “No es problema”, respondió el hombre que iba en zapatillas. El peruano le explicó entonces cómo salir de la ciudad, y poco después el hombre comenzaba su larga marcha a pie hacia Bayona. A aquella misma hora, llegaba yo en avión de Air-France a Burdeos, donde debía ayudar por la tarde en la ceremonia de presentación de Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago, en su traducción francesa. El taxista que me vino a buscar resultó ser coreano, lo que me hizo pensar en Sumalavia, que había vivido en ese país durante tiempo. El coreano era tan charlatán como entrometido y quiso saber todo sobre mí, quiso saber en qué trabajaba, cuántos hijos tenía, cuál era mi ciudad preferida (Burdeos le dije), si a mi mujer no le molestaba que viajara tanto, etcétera. “Lo que está muy bien es Bayona”, acabó diciéndome. 2. Por la tarde, en la presentación de Apelle-moi Brooklyn, apareció Sumalavia y descubrimos que habíamos llevado vidas paralelas durante la mañana. A la hora del coloquio, como es habitual, nadie quería preguntar nada. Una señora finalmente pidió la palabra. —¿Le gusta Goya? —me preguntó. Parece una pregunta normal, pero no lo es. Aceptemos que Goya vivió muchos años exiliado en Burdeos y que su casa estaba frente a la de otro exiliado español ilustre, Moratín. Un catalán en Burdeos no puede ignorar que Goya estuvo allí y que aún conservan la casa del pintor, un caserón muy cercano a la gran librería Mollat. Pero de eso a tener que opinar acerca de Goya hay un gran trecho, me parece. Gabastou, el traductor del libro de Eduardo Lago, viendo mi estupor e indecisión —me había quedado con la boca abierta—, contestó por mí y dijo que a esa hora de la tarde siempre dejaba de tener cualquier tipo de opinión sobre lo que fuera. No quería dar la impresión de que me había quedado mudo y me acordé de que, antes de partir por tercera vez en cuatro meses a Burdeos, el amigo Jordi Llovet me había preguntado si aún podía verse allí la casa en la que vivió en 1802 el poeta Hölderlin, que había ido a esa ciudad para trabajar de preceptor y un día, de improviso, se había marchado de ella a pie. Como siempre que iba a Burdeos veía sólo el caserón de Goya, me dio una gran alegría saber que había otras casas que ver en esa ciudad. Me acordé de todo eso y le devolví la pregunta a la señora. —¿A usted le gusta Hölderlin? Habría querido añadir que parecía una costumbre de la ciudad marcharse a pie de ella, pero callé. De inmediato, se levantó una mano entre el público. Había un señor de origen alemán, Dominique Fritsch, que estaba entusiasmado de poder hablarme de Hölderlin en Burdeos y se puso a contar, entre otras cosas, que el poeta no sólo se fue de la ciudad a pie, sino también llegó a pie y fue en ese viaje cuando por primera vez en su vida vio el mar. Fue a Burdeos para trabajar de preceptor en casa de Meyer, el cónsul de Hamburgo, pero desde el primer momento se mostró algo esquivo y taciturno, tal vez porque apuntaban ya los primeros signos de su locura. Dejó escrito un poema, Andenken (Un recuerdo), en el que evocaba su paso por la ciudad y que, si quería leer, encontraría en la bella edición que había preparado el poeta bordelés Jean-Paul Michel para la editorial William Blake and Co. A la mañana siguiente, siguiendo las instrucciones de Monsieur Fritsch, vi con Sumalavia, en el centro de la ciudad, la perfectamente bien conservada gran casa del cónsul de Hamburgo en la que vivió Hölderlin. Hoy, el lugar donde residió Hölderlin es una oficina de Air-France, precisamente la compañía que me había trasladado hasta allí. Inútil me pareció buscar alguna huella de Hölderlin entre las tarjetas de embarque y las ofertas de vuelos a la Martinica. Estábamos bromeando con Sumalavia sobre si no se nos aparecería un señor de anticuado bigote preguntándonos cómo ir a pie hasta Bayona cuando una muchacha cruzó la calle para preguntarnos si conocíamos al doctor Goya. Pasado el momento de profunda sorpresa, a Sumalavia se le ocurrió que preguntara en el Ayuntamiento, donde tenían una lista de todos los servicios médicos por barrio. “Buena idea, gracias”, dijo. Nos despedimos de ella y después me despedí de Sumalavia, porque tenía que coger mi avión de vuelta. Cuando miramos atrás para ver qué hacía la muchacha, vimos con cierto terror que no se había movido ni un centímetro de donde la habíamos dejado.

ENRIQUE VILA-MATAS
EL PAÍS, domingo 12 de abril de 2009
CATALUÑA

4/13/2009

Sobre historias, calles y trazos (a propósito de mis cuentos)*


Si se me pide que hable de mi labor como escritor, no puedo más que referirme a ella a través de tres breves instantáneas.

Las parábolas
Cristo escogió las parábolas para decir lo que tenía que decir, porque comprendió que a través de una historia, una buena historia, podía expresar lo que sentía y lo que pensaba, y, de alguna forma, afectar a quienes lo escuchaban. Pero sus parábolas tuvieron dos tipos de receptores: los que lo oían sólo esperando entretenimiento, una buena historia, y que no vieron en él más que a un simple contador de historias; y los que sabían, o intuían, que entre las palabras algo más se quería decir y se decidieron seguir a este hombre. Este último es el camino de los artistas.
Entonces, para mí está muy claro. Yo soy escritor, narrador, no porque sólo quiera contar una buena historia, sino porque tengo algo que expresar, un universo propio al cual debo modelar, encarnar y luego darle piel a través de la palabra.
Esto supone, pues, que para mí hay contadores de historias y escritores. Pero esto no significa que desatienda el argumento. Muy por el contrario, como ya dije, la obra se materializa a medida que se construye el texto. Se debe, debo, por tanto, encontrar el equilibrio, el mejor molde para lo que tenga que decir. Incluso, por qué no, hacer una parábola de la parábola. Aunque todavía sospecho que la mejor parábola de Cristo fue el silencio.


La ciudad interior
Ahora bien, específicamente, qué es lo que tengo yo que decir a través de unas historias. Está claro que todo intento de explicación será una aproximación somera, pues de lo contrario no escribiría ficciones.
Los dos grandes temas de exploración en mi narrativa son la ciudad de Lima y las relaciones del hombre, la familia, dentro de este espacio, citadino y familiar. Me explico: para mí existen tantas ciudades de Lima como habitantes hay (lo mismo funciona para cualquier otra ciudad). A causa de mi experiencia vital, crecer en medio de esta ciudad que siempre tiene el cielo gris, con personajes igual de grises, crecer con la sensación de haber llegado tarde a un gran carnaval, donde sólo queda el vaho de los cuerpos y el conffeti esparcido por el suelo, yo tengo la necesidad de construir mi ciudad interior, mi propia ciudad de Lima, experimentar la nostalgia de lo no vivido. Y para ello recurro a mi segundo gran tema: la familia. Y no porque pretenda decir que narro las historias que mi abuela me contó, sino porque me intriga saber cuánto tenemos de nuestros familiares, cuánto de su memoria, de sus acciones, qué misterios los habitan, cuál fue su ciudad interior. Por esa razón, en mis cuentos, extremo las tensiones de las relaciones familiares y las insertó en su propio carnaval, que bien podría terminar en un espectáculo esperpéntico o una danza de arlequines, pero en silencio, porque recuerdan la melodía.


La tinta derramada
Algunos lectores afirman que en mis relatos, tanto los del libro Habitaciones, como Retratos familiares, es difícil poder catalogarlos de cuentos, en el sentido más convencional del término. Y tienen razón. Mis cuentos no ganan por knock out, como querría Julio Cortázar, ni siquiera por puntos. Mis cuentos no pelean ni están en ninguna competición. No buscan la perfección, pues la perfección es divina y, por tanto, aburrida. Ellos se rigen por la bella imperfección. Igual cuando un calígrafo chino traza un ideograma y derrama gotas de tinta sobre el papel de arroz. ¿Es este un error del calígrafo? ¿Por qué se descuida? Ni error ni descuido. El trazo ha sido ejecutado por un hombre que pretende rozar la belleza. Jamás alcanzarla. Y lo valioso, y lo sabio, están en el intento. Las gotas de tinta, el trazo incompleto, encierran, en su voluntad, su propia contradictoria belleza.
Mis cuentos podrán no mostrar claramente el conflicto, cuestionar la unidad del cuento, abolir el clímax y el anticlímax clásicos, sin embargo entre líneas pretendo que el lector llene los espacios, intuya esos elementos que se creen faltantes.
El ideograma no es una representación fonética, como el cuento, para mí, no es únicamente una representación verbal.
Cuando escribo mis cuentos siempre recuerdo un antiguo poema japonés del siglo X, el cual dice que los ciervos que habitan las montañas de pinos, donde no caen las hojas, se enteran de la llegada del otoño por el sonido de su propia voz.
*leído ya no sé cuándo, ni dónde, y ya no importa.

4/07/2009

Libros como pájaros

Cada vez que me solicitan una lista de los libros que me han marcado siempre doy títulos diferentes. Nunca termino por decidirme. Esto es una suerte o bendición –pues mi fe es fluctuante-, ya que para mí esto significa dos cosas. Primero, que tengo diversos momentos intensos en mi vida de lector y escritor (esta última más breve que la anterior) que van alternando su jerarquía a medida que mi caprichosa memoria los recupera. Esto multiplica las posibilidades y matices de reconstruirte y descubrirte a través de los libros que has leído. Segundo, que tu capacidad de maravillarte y sentirte afectado ante un libro no disminuye y que te place saber que aún hay novelas, poemas, cuentos por escribirse y que integrarán mis futuras listas de libros predilectos. Visto así, la indecisión es un don.
En esta oportunidad, los libros que mencionaré obedecen a periodos de mi vida que particularmente hoy, en una tarde que comienza a calentar la ciudad de Burdeos, y lejos de mi ciudad natal, quiero evocar.

La voz a ti debida
A través de mi ventana veo un cielo celeste claro; de esos cielos cuya luminosidad podría cegarnos, si no fuera por el contraste de sus nubes, que más que nubes parecen palabras borradas. Bajo un cielo semejante, pero en mi país, hace quince años, leí La voz a ti debida de Pedro Salinas. Me hallaba a las afueras de una ciudad llamada Tarma, en medio del campo, bajo el único árbol de lúcuma de una pequeña hacienda y que había sido partido en dos por un rayo la semana anterior. Allí, entre una extraña pero atrayente fragancia que provenía de los frutos y del madero recién fulminado del árbol, leí maravillado cada poema del gran Salinas. Y no puedo más que asombrarme ahora, cuando rememoro los versos: “¡Qué alegría más alta:/ vivir en los pronombres!” y notar que lo que he escrito y escribo provienen de una estética que se basa en la relatividad del sujeto. Como a Salinas, o quizás debido a él, me interesa la construcción de los personajes y la construcción de la voz misma que se va haciendo en el hablar de otro, de ese “tú” que movió a don Pedro, de ese “tú” que abandona el nombre, la materia y que existe en la voz y en la sombra de la voz. De esa voz que la nombra y que hace del amor una experiencia de palabras y de silencios.
Recuerdo este poemario, el árbol de lúcuma fulminado y algunos pronombres que me acompañaron en su lectura.

La palabra del mudo
Más de un escritor, viajero o simple turista ha dicho que los hemos nacido en la ciudad de Lima somos así por culpa del clima. Obviamente, explicar ese “así” no es tarea fácil. Entre las alternativas para saber cómo son los limeños, prefiero dos de ellas. Mirar el cielo gris en abril, mirarlo igual de gris en julio y no menos gris en entre noviembre y diciembre. Solo resta bajar la mirada y observar a su población. Esa tonalidad que se nos ha impregnado en la retina, ni blanco ni negro, se posa en cada sujeto con el que nos topamos. No hay tristeza ni alegría; al menos no es lo primero que percibimos. La otra alternativa es leer los cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Nadie como él ha sabido capturar la imagen del limeño. De un limeño que se ha hecho universal, pues Ribeyro hurgó en las honduras del hombre urbano peruano, y que sus hallazgos fácilmente pueden ser extrapolados a todo hombre entre dos calles, bajo la luz de una farola, a la espera de alguien o de nadie.
Sus cuentos los leí en la adolescencia. Un buen momento para leer a este narrador. También hay otros buenos momentos, claro. En el prólogo que él escribió a la primera reunión de sus cuentos bajo el nombre de La palabra del mudo, dijo que este título se debía a la voz que les daba a aquellos personajes oscuros, olvidados, que hay en toda ciudad. Varias décadas después, cuando él ya era un autor cercano a la muerte y yo ya no era un adolescente, escribió en su último tomo que el mudo en verdad era él, y que le había toda una vida darse cuenta de ello. Que él se reconocía en cada uno de sus personajes. Lo mismo me ocurrió durante la lectura de sus cuentos. Desde su primer cuento conocido “Los gallinazos sin plumas”, pasando por “Silvio en el Rosedal”, “Fénix” o “Solo para fumadores” –teniendo en cuenta de que yo no fumo-.
Sin embargo, arbitrariamente recuerdo el cuento llamado “Por las azoteas”, pues con ese texto me sentí muy identificado, y afectado, por mucho tiempo. Aquí se narra las conversaciones de un niño y un joven enfermo –quizás de los pulmones-, ambos vecinos, que se encontraban en el techo de sus respectivas casas, durante el verano limeño (que es poca cosa). Ambos personajes se reconocían en el entorno y dominaban a su manera la vasta ciudad que contemplaban. Era un dominio efímero, por supuesto. Un reino desde la soledad que todos alguna vez ansiamos.

La vida es sueño
Una de mis primeras lecturas, de aquéllas de poco antes de la adolescencia, fue La vida es sueño de Calderón de la Barca. Recuerdo que en aquel primer momento hubo dos cosas que realmente me impactaron. Ante todo, el lenguaje, el ritmo y fuerza que alcanzaban aquellas palabras que, si bien eran de mi propia lengua, las sentía extrañas, pero atractivas, como si vinieran a visitarme unos parientes lejanos, de otros tiempos y de quienes no tenía noticias, trayéndome como regalo nuevas posibilidades con la palabra hispana. La entrada de Rosaura, colmada de quejas, repercutió y aún repercute en mis oídos: Mal, Polonia, recibes / a un extranjero, pues con sangre escribes / su entrada en tus arenas, / y apenas llega, cuando llega a penas; / bien mi suerte lo dice; / mas ¿dónde halló piedad un infelice?
Asimismo me afectó tremendamente, como era natural, el encierro de Segismundo. Me parecía terrible que haya sido su propio padre quien le diera encierro. Algo semejante pensé entonces del padre de Layo y la orden de ejecución a su hijo Edipo. En realidad, el tema no me ha abandonado. En mis escritos todavía indago y revolotean sobre mi imaginario las complejas relaciones entre padres e hijos. Por supuesto, en lecturas sucesivas he ido descubriendo otros elementos que me ayudaron a entender, por ejemplo, que desde antiguo y con maestría se plantearon las preocupaciones entre los espacios de vigilia y sueño, y a lo que podemos derivar, por extensión, entre realidad y ficción. Segismundo, como el Quijote, confundiendo las fronteras entre lo imaginado –soñado- y lo vivido. Padeciendo en un espacio y en el otro, tratando de comprender por oposición ambas esferas, un destino el cual no sabe dónde debe cumplirse.

La ciudad y los perros
En el Perú, cuando pequeño, aún estaba en boca de todo el mundo el refrán “quien no tiene de Inga, tiene de Mandinga”. Con esta frase se hacía alusión al inevitable mestizaje entre indígenas, africanos, chinos, etc., consideradas razas dominadas, de las que la mayoría, en proporciones distintas, éramos deudores. Mi padre nació en la capital, como yo, pero su familia provenía de las altas zonas andinas. Mi madre, por otro lado, era de la selva peruana. Por esa razón, cuando leí La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, me fue inevitable identificarme con todos sus personajes. Con esta novela, a través de un microcosmos representado en una escuela militar capitalina, Vargas Llosa desplegaba complejos personajes, adolescentes todos ellos, que llegaban de distintos lugares del país para insertarse en un medio que les podía ser adverso, pero del cual no había escapatoria. Durante su lectura me fue inevitable identificarme con El Boa, personaje cuyo torrente emocional era propio del mundo amazónico, sensibilidad que creo haber heredado de mi madre; con el Esclavo, de una timidez y pasividad que, como a él, me dominó en gran parte de mi adolescencia; con El Poeta, no solo por su gusto por escribir y de iniciarse en la recreación de historias, sino también por la lectura de novelitas pornográficas –esto, sin duda, lo heredé de mi padre; y no solo el gusto por este tipo de lecturas, sino también su variada biblioteca al respecto-; y, finalmente, con El Jaguar, quien era justamente lo que yo quería ser en ese entonces, ya que yo era, en cuanto a sensibilidad, como los otros personajes. Sin embargo, había algunos elementos que me acercaban a él. Como El Jaguar, yo crecí en los barrios del centro de la capital, en donde los códigos de subsistencia eran bastante duros e implacables. Aquellos códigos yo los conocía muy bien, aunque no los haya practicado todos, o muy pocos, y sentía que compartía el mismo escenario con este personaje.
Pocas veces he podido ser tantos en un solo libro. Y lo agradezco.

Poesía escrita
Quizás el libro con el que he realizado más viajes sea éste: Poesía escrita de Jorge Eduardo Eielson. Con el descubrí la plasticidad de la palabra. Y no solo eso: este libro es el testimonio poético del descubrimiento, el itinerario de aquel peregrinaje del significado a la riqueza del propio significante. Aquí los poemas se van desnudando gradualmente de todo contenido, de toda referencia cultural, para llegar al estado puro de las palabras y luego al propio silencio. Notable ejercicio si se pretende conocer el valor de la palabra: conocer el silencio, el vacío, esa potencial nada. Esta fue sin duda una gran enseñanza que el propio Eielson recibió de otro gran poeta peruano, Martín Adán, quien en unos versos dice: “Poesía no dice nada/ poesía se está callada,/ escuchando su propia voz”.
Recuerdo que fue un profesor, y luego amigo, quien leyó los versos de Jorge Eduardo Eielson ante toda la clase. Fue un poema sencillo, breve, que decía:

solo el sol
el sol solamente
solo en el cielo
y yo tan solo
a solas con el sol
sonrío simplemente.

Aquella sencillez revestía muchas cosas para mí. Supe de la influencia del pensamiento zen en el autor, de su exploración en el surrealismo, en la música, de su intensa actividad como artista plástico. No me otorgué otra alternativa. Debía poseer todo lo que hubiera escrito hasta ese momento. Corrí a comprar el libro, en una edición pequeña, la única en ese momento, cuyas hojas se despegaban como alas de pájaros. Y esa misma edición es la que utilizo cuando me toca dar algún curso de poesía peruana. Sus hojas vuelan menos, pero me acompañan más.

4/04/2009

Ciertas preguntas

Ayer fue un día muy extraño. Esta mañana fui a hacer unas compras y, mientras volvía a casa, se me acerca un sujeto en zapatillas y con un bigotes fuera de época para preguntarme hacia dónde está Bayona. Yo traté de recordar el nombre de alguna calle o avenida con ese nombre. Pero este sujeto no tenía una cara de preguntar por una calle. “¿Se refiere a la ciudad de Bayona?”, le preguntó. “Sí, claro. Hablo de la ciudad”, me responde. “Pero usted está a pie y nosotros estamos en Burdeos. A más de 200 kilómetros de Bayona”. Puso cara de que eso no era problema. Entonces le expliqué cómo salir de la ciudad y luego lo vi caminar hacia donde le había señalado. Parecía feliz.
Por la tarde, ya ni recuerdo ni para dónde iba yo -creo que volvía al trabajo después de almorzar en casa-, vi a una chica muy guapa en la parada del autobús. Yo iba por la calle de enfrente. De pronto la chica atraviesa la calle y me dice si puede hacerme una pregunta. “Cómo no!”, le digo. “¿Por casualidad usted conoce al doctor García? ¿Este nombre le dice algo?” El nombre no me decía nada. “¿No tienes algún número de teléfono o su dirección?” Nada, sólo sabía su nombre. Era absurdo tratar de encontrar a un médico en esta enorme ciudad sin ninguna referencia. Sin embargo, se me ocurrión una idea. Estamos cerca de la municipalidad y ella podría ir hasta allá y preguntar por el médico que busca. Normalmente tienen una lista de todos los servicios médicos por barrio. “Buena idea. Gracias”, me dijo. Me despedí, seguí mi camino y, mientras avanzaba, noté que ella no se movió de su sitio. Estuve a cuatro calles y ella permaneció inmóvil.
Por la noche me fui a la Escale du livre de Burdeos, en la que se presentaba Enrique Vila Matas. Me pregunté si él no estaba detrás de todo esto. Aún me lo pregunto.

pd. a propósito del primer comentario: Justamente Vila Matas habló de Holderlin. Fue su respuesta cuando una mujer por demás extraña le preguntó qué opinaba de los cuadros de Goya.
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