4/13/2009

Sobre historias, calles y trazos (a propósito de mis cuentos)*


Si se me pide que hable de mi labor como escritor, no puedo más que referirme a ella a través de tres breves instantáneas.

Las parábolas
Cristo escogió las parábolas para decir lo que tenía que decir, porque comprendió que a través de una historia, una buena historia, podía expresar lo que sentía y lo que pensaba, y, de alguna forma, afectar a quienes lo escuchaban. Pero sus parábolas tuvieron dos tipos de receptores: los que lo oían sólo esperando entretenimiento, una buena historia, y que no vieron en él más que a un simple contador de historias; y los que sabían, o intuían, que entre las palabras algo más se quería decir y se decidieron seguir a este hombre. Este último es el camino de los artistas.
Entonces, para mí está muy claro. Yo soy escritor, narrador, no porque sólo quiera contar una buena historia, sino porque tengo algo que expresar, un universo propio al cual debo modelar, encarnar y luego darle piel a través de la palabra.
Esto supone, pues, que para mí hay contadores de historias y escritores. Pero esto no significa que desatienda el argumento. Muy por el contrario, como ya dije, la obra se materializa a medida que se construye el texto. Se debe, debo, por tanto, encontrar el equilibrio, el mejor molde para lo que tenga que decir. Incluso, por qué no, hacer una parábola de la parábola. Aunque todavía sospecho que la mejor parábola de Cristo fue el silencio.


La ciudad interior
Ahora bien, específicamente, qué es lo que tengo yo que decir a través de unas historias. Está claro que todo intento de explicación será una aproximación somera, pues de lo contrario no escribiría ficciones.
Los dos grandes temas de exploración en mi narrativa son la ciudad de Lima y las relaciones del hombre, la familia, dentro de este espacio, citadino y familiar. Me explico: para mí existen tantas ciudades de Lima como habitantes hay (lo mismo funciona para cualquier otra ciudad). A causa de mi experiencia vital, crecer en medio de esta ciudad que siempre tiene el cielo gris, con personajes igual de grises, crecer con la sensación de haber llegado tarde a un gran carnaval, donde sólo queda el vaho de los cuerpos y el conffeti esparcido por el suelo, yo tengo la necesidad de construir mi ciudad interior, mi propia ciudad de Lima, experimentar la nostalgia de lo no vivido. Y para ello recurro a mi segundo gran tema: la familia. Y no porque pretenda decir que narro las historias que mi abuela me contó, sino porque me intriga saber cuánto tenemos de nuestros familiares, cuánto de su memoria, de sus acciones, qué misterios los habitan, cuál fue su ciudad interior. Por esa razón, en mis cuentos, extremo las tensiones de las relaciones familiares y las insertó en su propio carnaval, que bien podría terminar en un espectáculo esperpéntico o una danza de arlequines, pero en silencio, porque recuerdan la melodía.


La tinta derramada
Algunos lectores afirman que en mis relatos, tanto los del libro Habitaciones, como Retratos familiares, es difícil poder catalogarlos de cuentos, en el sentido más convencional del término. Y tienen razón. Mis cuentos no ganan por knock out, como querría Julio Cortázar, ni siquiera por puntos. Mis cuentos no pelean ni están en ninguna competición. No buscan la perfección, pues la perfección es divina y, por tanto, aburrida. Ellos se rigen por la bella imperfección. Igual cuando un calígrafo chino traza un ideograma y derrama gotas de tinta sobre el papel de arroz. ¿Es este un error del calígrafo? ¿Por qué se descuida? Ni error ni descuido. El trazo ha sido ejecutado por un hombre que pretende rozar la belleza. Jamás alcanzarla. Y lo valioso, y lo sabio, están en el intento. Las gotas de tinta, el trazo incompleto, encierran, en su voluntad, su propia contradictoria belleza.
Mis cuentos podrán no mostrar claramente el conflicto, cuestionar la unidad del cuento, abolir el clímax y el anticlímax clásicos, sin embargo entre líneas pretendo que el lector llene los espacios, intuya esos elementos que se creen faltantes.
El ideograma no es una representación fonética, como el cuento, para mí, no es únicamente una representación verbal.
Cuando escribo mis cuentos siempre recuerdo un antiguo poema japonés del siglo X, el cual dice que los ciervos que habitan las montañas de pinos, donde no caen las hojas, se enteran de la llegada del otoño por el sonido de su propia voz.
*leído ya no sé cuándo, ni dónde, y ya no importa.

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