5/30/2009

Es un periódico de ayer

Ultimas horas en Lima, desde el aeropuerto Jorge Chávez, escribo unas primeras impresiones de lo que fue mi estadía en Lima durante dos semanas. Podría escribir sobre muchas cosas. Por ejemplo, ya registro en mi memoria esta mañana, como si hubiera sucedido hace unos años, la cicatriz que me mostró mi padre, producto de una operación en la que le extrajeron el riñón. Era una extensa línea en el dorso. Se mostraba orgulloso de ella. Era un signo del câncer que había superado. Pero lo curioso era que para mostrarme esa cicatriz se bajo los pantalones. No era necesario hacerlo, no obstante mi hermana me aclaró que lo hace a cada momento. “Si es suficiente con subirse la camisa”, le recrimina mi hermana –mi madre no dice nada, sólo sonríe-. Mi padre cuenta que había visitado a su antiguo jefe, el último antes de jubilerse, y le contó lo de la cicatriz. Con mostrar un poco de curiosidad fue suficiente para que mi padre ya esté con los pantalones abajo. Claro, no hubiera sucedido nada si no entraba la secretaría y los encontraba en una imagen un poco grotesca para dos ancianos. Mi padre terminó de contar su anécdota y se echó a reír. Todo esto con los pantalones por los suelos, por supuesto.
Y, bueno, ya empiezo a registrar otros recuerdos. La música de los taxis, por ejemplo. La misma música de hace dos años, y de hace tres o veinte. Era como oír en primicia a Héctor Lavoe. Pero esa es otra imagen. Por ahora me quedo con la de mi padre, aunque ésta puede tener un poco de música de fondo.

5/06/2009

El amigo ginebrino

La semana pasada estuve menos de 24 en Ginebra. Una ciudad que pisaba por primera vez y que, estoy convencido de ello, visitaré regularmente. Con Carmen recorrimos la ciudad vieja - debería decir corrimos por la ciudad vieja- para lograr visitar una serie de galerías de arte verdaderamente impresionantes. Las calles angostas, sus ascensos, sus gradas, todo lo vimos color gris. A mí me gusta el color gris y eso basta. Al final de la tarde llegamos a la librería Albatros y, a unos pasos, el Centro Cultural Terra-Incógnita. Ellos me habían invitado a dar una charla y yo, como siempre fui terriblemente puntual. Ellos, según me dijeron en un pequeño bar latino de este centro, estaban aún en un taller de edición. Era la última fecha de este taller y, lógicamente, lo estaban aprovechando al máximo. Sólo unos minutos después se abrieron unas puertas y salió de allí el escritor guatemalteco Eduardo Halfon. Apereció con tal energía que pareció que sólo se asomaba a tomar aire para luego volver a sumergirse en una piscina. Luego salió, con una calma angelical, como si recién hubiera comulgado, Manuel Borrás, editor de Pre-textos. Junto a él también estaba su colega Manuel Ramírez. Esa noche tuvimos una mesa redonda con todos ellos y la pasé muy bien. Y la charla posterior y la cena inigualable. Pero quien no estaba muy presente en un primer momento y que se fue materializando poco a poco fue el amigo ginebrino. El se llama Rodrigo Díaz Pino y es el dueño de la Librería Albatros, sin duda la mejor librería de textos en español en Suiza. Es lo que supe de él esa noche. Pero en la hora 15 de mi estancia, la que correspondía a la hora del desayuno, vino Rodrigo a visitarnos al hotel para convensar un poco más. Este ahora ginebrino tenía un pasado rocambolesco. Peruano de nacimiento, con cuarenta años como yo, resultó ser un casi vecino mío en Lima en los años ochenta. Las posibilidades de encontrarme con alguien de mi barrio en Suiza son casi infinitas, pero ya sabemos que el infinito es una risa. Este antiguo limeño había llegado a Ginebra con su mochila y 17 francos. Primero había llegado a Rusia para estudiar medicina, sin embargo pronto se dio cuenta que la medicina no era lo suyo. Y los rusos también se dieron cuenta, pues lo invitaron cortesmente a desaparecer del país. El tuvo en claro que a Lima no volvía. Por ello deambuló por algunos países antes de llegar a Suiza. Y ya lo dije, con 17 francos. Esa primera noche se hallaba en busca de la plaza más segura en la cual dormir, cuando vio a un grupo de latinos. Se presentó ante ellos, les explicó su situación y una colombiana le dijo que podía pasar la noche en su habitación. Luego aclaró que todo ese grupo de latinos dormía en su habitación y que todo ese grupo debía salir a las 5 de la mañana sin chistar, antes de que los dueños de la casa se den cuenta. Ella cuidaba los niños de esa familia. Bueno, Rodrigo supo que las cosas irían bien. Y así pasó. Primero fue el barrendero ilegal de una librería y, luego, trabajando a lomo partido, llegó a ser propietario de la misma librería. Y ahora, muy suelto de huesos, como cuando se apareció en Ginebra con una mochila y unos pocos billetes, quiere llevar adelante la librería y una editorial. Y no para, eso es seguro.
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