5/30/2009

Es un periódico de ayer

Ultimas horas en Lima, desde el aeropuerto Jorge Chávez, escribo unas primeras impresiones de lo que fue mi estadía en Lima durante dos semanas. Podría escribir sobre muchas cosas. Por ejemplo, ya registro en mi memoria esta mañana, como si hubiera sucedido hace unos años, la cicatriz que me mostró mi padre, producto de una operación en la que le extrajeron el riñón. Era una extensa línea en el dorso. Se mostraba orgulloso de ella. Era un signo del câncer que había superado. Pero lo curioso era que para mostrarme esa cicatriz se bajo los pantalones. No era necesario hacerlo, no obstante mi hermana me aclaró que lo hace a cada momento. “Si es suficiente con subirse la camisa”, le recrimina mi hermana –mi madre no dice nada, sólo sonríe-. Mi padre cuenta que había visitado a su antiguo jefe, el último antes de jubilerse, y le contó lo de la cicatriz. Con mostrar un poco de curiosidad fue suficiente para que mi padre ya esté con los pantalones abajo. Claro, no hubiera sucedido nada si no entraba la secretaría y los encontraba en una imagen un poco grotesca para dos ancianos. Mi padre terminó de contar su anécdota y se echó a reír. Todo esto con los pantalones por los suelos, por supuesto.
Y, bueno, ya empiezo a registrar otros recuerdos. La música de los taxis, por ejemplo. La misma música de hace dos años, y de hace tres o veinte. Era como oír en primicia a Héctor Lavoe. Pero esa es otra imagen. Por ahora me quedo con la de mi padre, aunque ésta puede tener un poco de música de fondo.

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