6/14/2009

Yi Sang, coreano



El escritor coreano Yi Sang murió en el Hospital de la Universidad Imperial de Tokio el 16 de marzo de 1937. La tuberculosis que lo afectó por varios años finalmente lo fulminó. Poco más de un mes antes las autoridades japonesas lo habían tomado preso acusándolo de haber participado en una revuelta organizada por estudiantes coreanos que exigían el fin de la colonia japonesa en la península. Nunca se supo si Yi Sang, en efecto, quiso ser parte activa de aquella manifestación. Quienes lo conocían afirman que él viajó a Japón porque quería cambiar, quería sobrevivir, buscaba ser otro, como cuando abandonó el nombre dado por sus padres el año que nació, en 1910. Ellos lo llamaron Kim Haekyong; pero este nombre fue dejado al asumir su voz literaria. De acuerdo a algunas versiones, escogió el nombre Sang, nombre común en coreano, por su similitud fonética con la palabra francesa sang, cuyo significado es sangre. En el caso de Yi Sang, no se trata sólo de una ironía, pues de alguna manera articulaba en su nombre la relación entre lo coreano, lo occidental y la muerte. En uno de sus últimos cuentos, Ironías de una agonía, escrito en Japón, resume quién o qué pretendió ser y vaticina, errando por una docena de días, su esperado final.

“¡El epitafio! Aquí yace Yi Sang, un genio extraordinario de su generación, reposando después de su atribulada vida. Muerto bajo el sol del 3 de marzo de 1937, año del buey. Dejó la obra maestra “Memorias de una agonía”. Una vida de veinticinco años y onces meses cumplidos. ¡Ay de mí, qué tristeza! El otro Yi Sang se lamenta ante los nueve cuerpos celestiales y pone una lápida en este cementerio abandonado. Su novia, Chonghee, amante de tres hombres, goza de su longevidad. ¡Oh, Yi Sang que reposas bajo tierra! Descansa en paz.”

Yi Sang, al mencionar los nueve cuerpos celestiales, se refiere a sus compañeros escritores con quienes conformó en Corea el conocido Grupo de los nueve. A ellos con frecuencia les decía que se suicidaría siendo joven o que se marcharía lejos para que no vuelvan a tener noticias de él. Estos escritores de su generación, el Grupo de los nueve, integrados básicamente por Kim Kirim, Park Taewon, Yi Hyosok, Yi Chongmyong, Yu Chichi, Yi Taechun, Chong Chiyong y algunos otros necesarios y móviles para alcanzar la cifra, siempre estuvieron atentos al quehacer literario y vital de Yi Sang. Sabían que él era una pieza fundamental en los cambios que se estaban proponiendo dentro de la tradición literaria coreana. Desde mediados de los años veinte, y con mayor vigor en la década del treinta, estos escritores renovaron la literatura de su país, desde una vanguardia no necesariamente aceptada por los lectores coreanos dada las condiciones históricas por la que atravesaban y la rígida tradición literaria que les toco asimilar, luego quebrar y, por último, reintegrar.
Se hace necesario, entonces, para comprender cabalmente las propuestas de Yi Sang y sus congéneres, ofrecer un sintético panorama de la narrativa coreana.


Tradición de la narrativa coreana

Para hablar de la narrativa en Corea, es imprescindible mencionar que ésta, desde sus orígenes hasta la actualidad, se viene desarrollando tanto en la escritura como en la expresión oral. Para muchos, quizás la narración oral en la península tenga una mayor aceptación que la narración escrita y, lo que ya se considera innegable, es que esta última deba mucho de sus estrategias discursivas a la oralidad.
Como en muchas otras culturas en el mundo, los mitos y las leyendas han sido la base de la narración posterior. Desde el milenario mito de Tangun, que revela la fundación del reino coreano, y que se transmitió de generación en generación, para luego ser recogido en caracteres chinos y posteriormente transcrito en la escritura coreana llamada hangul en el siglo XV, numerosas historias han sido contadas para construir y afianzar la identidad de esta nación y, como ya se dijo líneas arriba, aún siguen alimentando el imaginario popular coreano a través de múltiples versiones.
Asimismo, las canciones, cuyos fines fueron desde el divertimento, establecer un ritmo durante los trabajos manuales, hasta los religiosos, en especial las empleadas en los rituales chamánicos, fueron un gran soporte al estilo y estructura de las futuras novelas coreanas. Un número representativo de estas canciones empleadas en las ceremonias religiosas, debido a la estructura narrativa que poseían, fue perdiendo paulatinamente su carácter eminentemente musical para que, en la segunda etapa del periodo Choson, adquiriese una forma particular que se llamaría y difundiría bajo el nombre de Pansori. En una primera etapa, el chamán, requerido y pagado por sus servicios, en determinado momento del ritual, recitaba una historia de relativa longitud, con una temática edificante o humorística, con el fin de divertir a los espíritus convocados y al público, para de este modo conseguir las peticiones encomendadas por el solicitante del chamán. Usualmente, su recitación se realizaba con el acompañamiento de un tambor que iba marcando el ritmo de la narración. Con los años, el pansori de independizó de la labor de los chamanes y fue interpretado por profesionales que viajaban de pueblo en pueblo relatando historias, cuales trovadores de gestas.
Esta modalidad de interpretación todavía está vigente entre los coreanos y es altamente estimulado a través de concursos nacionales de gran convocatoria. Además, el recurso mnemotécnico de apelar a ciertas muletillas, las acciones reiteradas en la entrada de algún personaje, por ejemplo, que le permite al recitador continuar su extensa declamación, es un recurso y que se ha interiorizado y se ha extendido, por supuesto, en muchas narraciones escritas. Fue por esta razón que, naturalmente, surgieran las conocidas novelas derivadas del pansori. El estilo de estas novelas estuvo marcado por un ritmo interno, una fuerte carga lírica, así como también de una riqueza del espíritu popular que pretendió representar y que aún persiste en la novela contemporánea de Corea.

Si nos fijamos en la narrativa coreana escrita en chino, diremos que ésta tuvo un carácter bastante restringido, ya que únicamente los funcionarios públicos, monjes, y los allegados a la corte podían leerla. Esta escritura sirvió fundamentalmente, en el caso de la literatura, para recopilar, por encargo real, la rica tradición oral. Sin embargo, aunque de escasa difusión, se pudo hallar una interesante producción novelística. El texto más representativo de esta época es la novela Kumosinhwa, de Kim Sisup (1453-1493), que en realidad incluye varias historias alrededor del personaje Kumo, y donde los hechos sobrenaturales, y la simbología didáctica de todos estos hechos, determinan el estilo del libro. Si bien esta historia fue escrita cuando ya se había creado la escritura coreana hangul, la escritura en chino seguía siendo la privilegiada en el arte de las letras, condición que fue perdiendo a medida que los reyes exigían la escritura coreana.
No obstante, los investigadores coreanos de la narrativa de la península prefieren referirse a su novela clásica, como aquella que fue escrita primordialmente en hangul desde el siglo XV hasta finales del siglo XIX, siendo considerada la más importante la novela Historia de Hong Kildong, escrita por Ho Kyun (1569-1618), y en la que, además de mostrar hechos fantásticos, pone especial énfasis en la crítica social, principalmente contra la clase yangban, la cual se encontraba próxima a la familia real. Sabemos que esta novela, al tener un marcado sesgo de compromiso social, determinante para el resto de la narrativa coreana, su autor, junto con otros intelectuales contrarios al rey, sufrió un duro hostigamiento, al punto de prohibirse la lectura de esta novela.
Muchas de estas novelas clásicas se han perdido y sólo se han podido recuperar alrededor de seiscientas de ellas, la mayoría anónimas. A partir de una primera clasificación según el estudioso Kim Hunggyu, la novela clásica puede dividirse por su temática de la siguiente manera:
1° Las referidas a los hechos históricos de mayor relevancia, como guerras internas, guerras con reinos vecinos, hechos heroicos, etc. Estas novelas presentan un tono nostálgico y destacan los aciertos en las decisiones de reyes de antiguas dinastías. Aquí incluiríamos la novela Historia de Hong Kildong. Estas fueron llamadas novelas heroicas.
2° Las referidas a las historias de familias de gran representatividad en el reino. A éstas se las llamó novelas de linaje familiar. Estas novelas fueron muy populares entre las mujeres de la corte.
3° Las ya mencionadas novelas derivadas del pansori. Aquí no hubo historias originales, sino todas provenientes de la tradición oral y de su expresión en el pansori. Aquí alternaron un lenguaje poético y refinado, con otros pasajes cargados de humor, ironía a través de un discurso coloquial. Fueron muy populares en el siglo XVIII y las historias que más concitaron la atención, en sus distintas versiones ofrecidas, fueron: La vida de Chunhyang, La vida de Shim Chong y La vida de Cho Ung, entre otras.
4° En último lugar, consideramos a las novelas escritas en chino. Aquí incluímos, además de la importante Kumosinhwa, de Kim Sisup, las novelas La vida de Sim Saeng de Yi Ok, El libro de Yonam de Park Chiwon, y otras más.

Cabe mencionar, que en los inicios de la novela escrita en coreano, desde los siglos XV y XVI, ésta fue difundida por lectores profesionales, quienes, por unas cuantas monedas, iban de plaza en plaza leyendo diversos capítulos de las novelas más populares; costumbre que se fue perdiendo a medida que la mayoría de la ciudadanía se fue alfabetizando y que el uso de la imprenta con caracteres de madera se desarrollara.

La nueva novela en Corea
La narrativa coreana tuvo un breve periodo de transición entre la novela clásica y la novela contemporánea. Éste comprendió desde los finales del XIX, momento destacado por su reciente política de apertura hasta la primera década del siglo XX, cuando sufrió un fuerte cambio en su política y convertirse en colonia de Japón desde 1911.
Durante estos años, por un lado, la novela coreana puso especial atención a las corrientes literarias de China y Japón, adoptando sus modelos sin una mayor conciencia a las propias necesidades expresivas de su tradición literaria. Así, las primeras influencias occidentales llegaron a los autores coreanos a través de la narrativa japonesa, quienes habían intensificado su apertura desde el periodo de Restauración Meiji. Estos jóvenes autores realizaron sus estudios en el extranjero y volvieron a Corea trayendo consigo nuevas lecturas y ánimos de difundir la traducción de autores rusos, ingleses y franceses del siglo XIX.
Otras novelistas, por el contrario, optaron por una novela más cercana a las antiguas novelas heroicas. Estos escritores adoptaron dicha medida al ver peligrar la identidad coreana frente a las todavía amenazas de invasión japonesa. Ambos tipos de novelas fueron publicados en por entregas en los diarios locales, revistas literarias, boletines, etc., para luego ser editados en libros de mediano tiraje. Debido a este tipo de publicación, se hizo esencial que los capítulos publicados en los periódicos hicieran referencia a la coyuntura política y social de Corea. Estas novelas, en su mayoría, se valían de un lenguaje coloquial y su realismo fue cobrando cada vez mayor importancia.
La novela más representativa de esta época fue Lágrimas de sangre (1906) de Lee Injik (1862-1919). Sea en una tendencia o en otra, lo cierto es que la narrativa coreana no logró renovarse en sus propuestas por estos años y sólo consiguió libros de estructuras simples y efectistas.

Una vez instaurada la colonia japonesa en Corea, las autoridades niponas impusieron un control estricto sobre los medios de comunicación y las artes. En un primer momento estas medidas fueron implantadas con una política aparentemente conciliadora, buscando atraer a los jóvenes artistas coreanos para asimilarlos a la cultura japonesa. Muchos de estos estudiantes viajaron a Japón para continuar sus estudios universitarios y recibieron los nuevos aportes que la cultura occidental estaba ofreciendo por entonces a los japoneses. Otros fueron a Japón no por propia decisión, sino por imposiciones de sus padres, que sirvieron a los intereses del colonizador. Estos jóvenes organizaron múltiples revueltas y atentados contra las autoridades japonesas.
Entre los intelectuales que se quedaron en Corea, muchos de ellos formaron agrupaciones que fomentaban el enfrentamiento armado contra el gobierno japonés, pero otros asumieron un profundo compromiso de revisión de su tradición cultural para rescatar sus antiguas tradiciones y, a su vez, distinguirse de los japoneses y chinos. Los grupos literarios fueron conformados con distintos niveles de compromiso político, el cual les acarreó en diversas oportunidades ser víctimas de deportaciones y encarcelamientos. Otros incentivaron la publicación de revistas literarias, la mayoría de ellas de modo clandestino, las cuales dieron a conocer a muchos jóvenes escritores. Entre estos grupos tenemos los llamados El nacionalismo, Progresistas del pueblo, Gradualistas y Formación.
A medida que los reclamos de parte de los coreanos fue en aumento, la represión de parte del gobierno japonés fue cada vez más dura. A mediados de la década del veinte, como protesta ante las continuas censuras con algunos pasajes de las novelas, se publicaron algunos libros con franjas negras sobre algunas líneas del texto.
En 1925 se creó la Federación Coreana de Artistas Proletarios, tres años antes que la Federación Japonesa de las Artes Proletarias, ambas agrupaciones con una marcada tendencia socialista, que determinó los lineamientos temáticos de las novelas de entonces. En el caso coreano, el radicalismo político entre algunos grupos internos de la federación terminó por dividirlos. Esta Federación fue posteriormente desmantelada por el gobierno japonés. De estos escritores surgió una novela campesina como también obrera. De esta última, la más representativa fue Patria, escrita por Choi Sohae.
La novela privilegiada, por tanto, fue aquella que revelaba un compromiso social, ya que buscaba denunciar las injusticias y abusos cometidos durante la colonia y mantener asimismo una resistencia de la identidad coreana. Lamentablemente este compromiso sacrificó, en la mayoría de los casos, el valor literario de sus textos, pues asumieron la literatura únicamente con un medio de divulgación de sus ideas.
Las novelas con esta tendencia que se hicieron populares en la década del treinta fueron Hermano mayor (1931) y El camino (1934) de Yu Jinoh, La vida hecha (1934) y El paraíso de los ricos (1938) de Chae Mansik, El pueblo natal (1936) de Yi Kiyoung, entre otras.
Pero también en estos años, previos a la emancipación, a mediados de los cuarenta, podemos encontrar a un grupo de jóvenes escritores que estuvieron dispuestos a asumir las nuevas técnicas narrativas y las diversas propuestas de vanguardia provenientes de Occidente, a través de Japón. Ya el futurismo, el dadaísmo, el expresionismo, el constructivismo y sus manifiestos artísticos habían atraído la atención de los jóvenes escritores japoneses en la década del veinte, principalmente por medio de la revista Bungeijidai (“La época literaria”) que tuvo una gran difusión entre los años 1924 y 27. A este grupo perteneció el escritor japonés Yasunari Kawabata (1899-1972).
Los jóvenes escritores de la vanguardia coreana se alejaron de todo compromiso político a través de la literatura, aunque como sujetos públicos tuvieran una participación activa, y optaron por asumir la literatura con un fin estético, que reclamaba su ingreso a la modernidad. Para ello se valieron de un discurso fragmentado, rupturas espaciales y temporales, una visión múltiple de la realidad, y, en algunos casos, un subjetivismo que termina desdibujando el cuerpo del argumento. A nivel del lenguaje, el lirismo se hace más evidente, así como la intertextualidad y el cuestionamiento del propio acto creativo.
Esta vanguardia narrativa coreana, trascendental para el desarrollo de su literatura, derivó en otras tendencias en la década del cuarenta, especialmente porque sus integrantes se plegaron al compromiso entre literatura y política que se exigía en aquel entonces, especialmente luego de la emancipación de Corea. Sin embargo, uno de los pocos que ofreció una obra netamente vanguardista fue el escritor Yi Sang. Por supuesto, tampoco se puede dejar de lado a sus compañeros con los cuales integró el Grupo de los nueve, donde destacaron, entre ellos, Kim Kirim y Park Taewon.
Las obras completas de Yi Sang, recién ven la luz el año 1968. Antes sólo se disponía de sus poemas, cuentos, ensayos y una novela corta, a través de revistas y diarios que reproducían una y otra vez los más destacado de este autor de culto. En cuanto a su narrativa, podemos afirmar que Yi Sang es el protagonista de todas sus historias. Es más, pareciera que siempre tratara de contar la misma historia, tratando de conseguir la nota perfecta. En sus cuentos siempre aparece Yi Sang atormentado por una relación amorosa destructiva. En estas historias, como las antologadas en la edición Flores de Fuego, en traducción española gracias a Mario Alonso y Son Byeongsung, la autobiografía es sólo un pretexto para desarrollar planteamientos estéticos personales de parte del autor. Las constantes argumentales en su narrativa son la muerte inminente por la tuberculosis que padece, la frustración por no concretar el suicidio siendo un artista todavía joven (en algún momento le pidió a su amigo Park Taewon que realizaran un suicidio conjunto, pero su amigo lo rechazó y envió a casa; lo mismo ocurrió con una de sus amantes), además de sus amores intensos en los que las mujeres lo abandonan reiteradas veces y lo someten a una dependencia enfermiza, y, por último, el anhelo por abandonar Corea e iniciar una vida nueva.
Para ejemplificar lo dicho y ampliar con algunas observaciones conviene referirse a dos textos fundamentales de su obra. Tanto su cuento Alas como Encuentros y desencuentros, el primero escrito en Corea y el otro en Japón, entre 1935 y 1936, tienen la misma base argumental. Sin embargo, en estos dos cuentos la perspectiva es diferente. En Alas, la distancia del narrador frente a lo narrado, si bien es en primera persona, la del protagonista, es sumamente amplia e imprecisa. Las referencias al entorno del protagonista es mínima, vaga, salvo la mención a uno que otro lugar en Seúl. Aquí hallamos a un personaje que se consume por una enfermedad no nombrada y que no comprende gran cosa de lo que sucede alrededor, como, por ejemplo, que su esposa es una prostituta que lo despierta de sus prolongados sueños y le da dinero para que salga a la calle mientras ella atiende a sus clientes en su habitación. Él deambula por las calles de Seúl sin cuestionarse estas acciones. Este relato parece ser narrado producto de las fiebres que aquejan a su protagonista, quien sólo se complace con sus desaforados razonamientos. Desde sus primeras líneas nos sugiere su destrucción y, por extensión, el fin de una época:

¿Has visto alguna vez a un genio disecarse?, nos pregunta al inicio del cuento. Más adelante nos dirá:
También valdría la pena que te traicionaras en algún momento a ti mismo. Tu obra sería más sublime y oportuna que cualquiera de los productos acabados nunca vistos… En cuanto sea posible, clausura el siglo XIX.

El protagonista innominado se entrega a la molicie como alternativa valida en épocas en las que nada es atractivo. Consumirse, degradarse, es un ideal estético, pues la muerte y inminencia lo seducen.
Yo no tengo necesidad de pensar que soy feliz, tampoco que soy un desdichado… Todo es perfecto, tanto que me permito pasar el tiempo sin hacer nada, con pereza. Mato el tiempo estirado en este cuarto que se ajusta a mi cuerpo como la ropa a mi ánimo.
Y la perspectiva aquí asumida se hace más evidente como propuesta estética cuando nos dice:
Quiero, en cuanto sea posible, desenmascarar las insignificancias de mi propia existencia. Para mí la vida se maneja a sí misma. Todo me es extraño.
En Alas, consecuente con todo el discurso articulado en el relato, el final es alegórico y está marcado por la frustración.
De repente sentí un cosquilleo en las axilas. ¡Ahh! Ahí estaban las huellas de mis alas imaginarias. Las alas que había perdido. En mi mente eché una mirada fugaz a las páginas de mi diccionario y de todas ellas se habían borrado la ambición y la esperanza.
El relato Encuentros y desencuentros narra los mismo hechos pero el narrador posee e impone una mayor objetividad frente al relato anterior. Aquí el protagonista y narrador se llama a sí mismo Yi Sang, y el nombre de su esposa es Kumhong. Desde la primera línea se manifiesta la enfermedad de Yi Sang:
Corría el tercer mes de mis veintitrés años cuando escupí sangre por primera vez.
Esta línea marcará el desánimo y frustración del protagonista en toda la historia, pero también será el leitmotiv para la relación que iniciará con la joven Kumhong, a quien conoce sabiendo que atendía a los hombres de una posada de provincia. Se casan y se van a vivir a Seúl, convencidos que era lo mejor para ambos, pero pronto ella empieza a salir con otros hombres y Yi Sang opta por no cuestionarla y, por el contrario, justificarla.
Eran días y noches en que yo no hacía más que dormir, lo cual, sin duda, no le ofrecía nada interesante. Fue un motivo suficiente y comenzó a salir con personas que disfrutaban y hacían más amena la vida[…]
Yo prefería atribuir su infidelidad a su buena voluntad. Pensaba que lo hacía a propósito para forzarme a despertar de la pereza. Pero terminé por concluir que esto era sólo un pequeño desliz en su afán por ser el tipo de esposa virtuosa y bien educada, la esposa legal que se podría encontrar en cualquier lugar.
Sin embargo, a diferencia de Alas, en este cuento el final tiene un tono menos desesperanzador, pues Yi Sang termina cuidando a una enferma y desvalida Kumhong, aunque ambos saben que el fin de sus vidas está próximo.
En los otros cuentos abundan las menciones la muerte y al suicidio, como:
Son diez años lavándome la cara y pensando en el suicidio y todavía no sé cómo hacerlo. (cuento Flor perdida).
Agonizo solo, mientras llega la desolada brisa otoñal, acostado en esta asquerosa habitación en que vivo. ( cuento Memorias de una agonía).
Morir sería tan fácil como la primera chupada que le daba al cigarrillo al despertarse. […] Entonces, se apresuró con la esperanza de obtener un mejor resultado y decidió hacerla sufrir, antes de que aquella fuerza descomunal tocara bruscamente su espíritu. Muy seguro de su negativa, sin creer que aceptara, le propuso el double suicide, a modo de juego. (cuento Corte de pelo).
De igual modo, la referencia a otras literaturas es abundante. La mención a otros autores es para resaltar lo nuevo y anular, invalidar las formas tradicionales del siglo precedente. Por ejemplo, en el cuento Alas nombra a Dostoievski como “desperdicio inútil” o a Víctor Hugo como “mendrugo de pan francés”. En el cuento Memorias de una ilusión satiriza el gusto de un amigo suyo que gusta de Gorki cuando le hace decir a éste:
Ella no era virgen, pero tenía un tesoro mucho más precioso –una colección de las obras completas de Máximo Gorki (…).
A lo que Yi Sang comenta: Tal vez esto sea todavía para él motivo de orgullo.
Entre los que destaca menciona varias veces Jean Cocteau y a su propio amigo Park Taewon. Entre los clásicos menciona a Shakespeare, Li Tai Po, Nathaniel Hawthorne y otros.
En cuanto a la estructura, la mayoría de sus cuentos se presenta en unidades menores, muchas de ellas de carácter autónomo y experimental, sin seguir una linealidad al modo convencional de narrar. Esto lo vemos principalmente en el cuento El niño terrible, en el cual, en la unidad llamada Texto, agrega explícitamente comentarios al diálogo que tiene el protagonista con una muchacha, descalificando todo lo dicho por ella.
La narrativa vanguardista de Yi Sang, en conjunto, influye en la actualidad a muchos jóvenes narradores coreanos y amerita que lectores de otras latitudes descubran sus escritos. Pues su propuesta, pese a un nihilismo descarnado, comprensible en Corea de los años treinta, nos invita a revisitar las honduras del ser humano.
Una vez muerto en Tokio, como “indeseable”, según consta en las actas de sus captores japoneses, sus cenizas dentro de una urna fueron llevadas a Seúl y dejadas en una cripta para indigentes. Toda su obra podría ser un epitafio, como también las últimas líneas de uno de sus cuentos:
¡Oh, Yi Sang que cumples veintiséis años y once meses! ¡Oh, títere! Eres un viejo. Un esqueleto que… No, no, eres apenas tu lejano antecedente. Nada más.

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