11/17/2009

Viaje en bus

Suelo dar un curso de español en el Ateneo de Burdeos, en pleno centro de la ciudad, un par de veces por semana. Sin embargo, dado que el gobierno francés ha dispuesto un plan de vacunación de prevención contra la Gripe A –lo que redunda en que algunos, muy pocos, se llenarán los bolsillos de dinero-, el Ateneo se ha convertido en base de operaciones de este supuesto salvataje médico y yo me he sido desplazado a una recóndita sala de clases a las afueras de la ciudad. Casi casi como si fuera yo el portador de la Gripe A. En fin, el hecho es que ahora debo realizar un trayecto infernal para llegar de casa a esta sala de clases. Mínimo dos cambios de autobús y un tranvía. Y todo esto a las 5 de la tarde. Como digo, ya de por sí esto es infernal, pero el otro día se sumó, a causa de la lluvia, un retraso en todos los autobuses y el corte de servicio en algunos tramos de la línea del tranvía genial. Sólo esto faltaba, me dije. Intenté cambiar de ruta, hacer otras conexiones, y fue peor. Ya llevaba 15 minutos de retraso y los alumnos aguardaban –los muy condenados sí consiguieron ser puntuales-. Llamé por teléfono a la responsable del curso para avisarle que, visto el atasco en el que me hallaba, mi retraso sería aún mayor. No hay problema. Igual esperamos, me respondió. Esto no me alivió; por el contrario, suelo ser puntual y esto me alteraba muchísimo. Mi mal humor era desbordante. Observaba cada minuto cuántas paradas me faltaban para bajar del autobús. Temía pasarme. Y como el bus iba lleno y cada vez era empujado más hacia el fondo, en un momento tuve que pedir permiso y avanzar hacia la puerta los más que pude. De pronto, si querer, empujé a un hombre delante de mí. Nada brusco en realidad, pero lo suficiente para el hombre bufara. Resopló en un claro gesto de incomodidad. Pardon!, le dije. No me respondió. En su lugar empezó a hablar con la mujer que estaba a su lado, una desconocida para él, para decirle que la gente debería irse al fondo del bus, que no entienden lo que es el orden. Los que me conocen saben que soy pacífico, pero estaba claro que ése no era mi mejor momento. Sin embargo traté de controlarme y sólo me planté delante de él, con los brazos cruzados, y mirándolo fijamente. Como era de esperarse, al menos yo lo esperaba, él hombre se amedrentó. En todo caso, esta situación me hizo pensar en otra cosa y no en mi retraso. Por esa razón poco a poco me fui relajando, sólo me faltaba una parada, cuando de pronto noté que el hombre sostenía una navaja en su mano derecha. Era una navaja con la hoja guardada, pero una navaja al fin. El hombre estaba quieto, mirando al vacío, tenso. Este hombre se está protegiendo de mí, me dije. El tocó él timbre de aviso para que el bus se detuviera. Era mi parada también. Bajé detrás de él y, llevado por cierta curiosidad, caminé a sólo dos pasos de distancia. El avanzó a paso rápido, sin dejar de observarme de reojo. Además, vi que su dedo pulgar repetidamente pulsaba el diminuto botón que hace salir la hoja de la navaja. Este tipo aguardaba que yo me lanzará y lo atacara. El creía que yo era un potencial agresor. Me temía. Luego él giró hacia una calle aledaña, atento a mis pasos. Yo sólo me detuve un instante. Tiempo suficiente para ver que el hombre, ya consciente de nuestra distancia, guardaba su navaja en su bolsillo.

11/09/2009

Mi amigo en el Haití

Regreso al blog luego de unas vacaciones. Y regreso con un texto que acaba de aperecer en el blog de la revista digital El Hablador. Este pertenece a mi gran amigo Carlos Calderón Fajardo. Lo copió tal cual, con las autorizaciones debidas.

Conversación con un filósofo francés en el Haití
Lo conocí a través de un amigo común que me envió un correo desde Francia pidiéndome que lo recibiera en Lima. Es filósofo, y no sabe una palabra de español. En el correo mi amigo me indicaba el teléfono de un hotel de Miraflores. Lo llamé y cuando el filósofo se percató de que yo hablaba francés sentí que le volvía el alma al cuerpo. Su voz sonaba joven y amable. Nos citamos para vernos en el café Haití, Haití como el país, le dije al francés, pero no tiene nada que ver con Haití.
Llegué unos minutos más temprano al lugar de la cita; el Haití estaba a medias desierto a las cuatro de la tarde. Yo no tenía más referencia de él que un pequeño detalle, él me lo dijo, que tenía una barba negra con algunas pintas blancas. Cuando llegué nadie tenía una barba negra con pintas blancas. Entonces me puse a observar a todos los que llegaban al café que pudiesen calzar con la imagen que yo tenía sobre lo que era un filósofo francés, profesor universitario, traducido a varios idiomas, que además de filósofo escribía ficción narrativa. Apenas llegó cinco minutos tarde a la cita, es que se demoró porque tuvo que sortear una fila de autos por la avenida Diagonal por donde nadie pasa por el lomo de la cebra, ni siquiera un filósofo francés; lo vi de lejos sorteando autos con una pericia que era casi peruana, y algo me dijo que era él. Traía la barbita negra con pintas blancas en la cara, pero no se parecía a Derrida ni a Lacan sino a Savater. Era el hermano menor de Savater. Empezó a buscar el tipo de persona que yo le había indicado para identificarme, un tipo con cara de árabe, le dije por teléfono, pero como el Haití suele estar lleno de comerciantes árabes, sobre todo libaneses y palestinos, entonces antes de colgar me vi obligado a decirle: busque a alguien que se parece a Omar Shariff. No entiendo por qué dije tamaña estupidez. Entonces el hermano de Savater se puso a buscar a Omar Shariff, pero no sé si pensaba en Omar Shariff joven, el del Dr. Zhivago, o el Omar Shariff actual, el viejo Omar. Entonces yo le hice una seña desde mi mesa y él sonrió, diciéndome con los ojos que se sentía contento de haberme podido ubicar en medio de tantos árabes.
Nos sentamos en el medio del café y todos voltearon a mirar con gran sorpresa porque el filósofo francés hablaba en tono muy alto, de tal manera que el hermano de Savater y Omar Shariff, terminaron siendo un par de norafricanos francófonos en plena conversa. El filosofo, no voy a decir quién es porque la conversación que sostuvimos puede ser comprometedora para su prestigio.
Se podrán imaginar, mis queridos bloggers, que después de casi treinta años de no vivir en París tenía mucho que hablar con un filósofo francés. Y de qué no hablamos, de filosofía ciertamente, de literatura. Empecé a preguntar. ¿Le Clézio? Muy buena persona y un mal escritor, salvo uno de sus primeras novelas El proceso verbal, dijo el filósofo francés, es decir Le Clézio el que yo ya había leído en Francia en los años 70 no había mejorado en nada y como premio le habían dado el Premio Nobel. ¿Y Millet? Un reaccionario hasta más no poder. ¿Y Klosowsky? Ha escrito muy poco y ya pasó de moda. ¿Y Houellebecq? Autor de novelas sociológicas divertidas. ¿Y Camus? (al que yo alabé) lectura para escolares del lyceo, respondió con frialdad el filósofo. La cosa iba de mal en peor. Intenté sacar una carta de debajo de la manga: ¿Y Patrick Modiano? Bueno, qué podemos decir, muy bien puestito, demasiado bien escrito, todas sus novelas se parecen a las que escribía en la década del 70. Teníamos que ponernos de acuerdo en algo, ¡nom de dieu! Celine y Proust, sobre esos dos grandes no hubo discusión y tranzamos en que el escritor francés más interesante, que ambos admirábamos, era Georges Perec. Y Beckett, bien sure. Yo me sobrecogí, eran los escritores que había admirado en la década del 70 en Francia. Es decir en Francia no había habido nuevos narradores interesantes en los últimos cuarenta años. Entonces pasamos a hablar de intelectuales, filósofos o como quiera llamárseles. Ambos admirábamos a Roger Callois, y a Georges Bataille, otro admirado por mí desde el 70, pero cuando le dije al que ya era mi amigo francés que en Lima había una especie de culto por un cuarteto de intelectuales, tres franceses y uno para ser leído por franceses: Derrida, Lacan, Alan Badiou, y Zizec, mi amigo, el filósofo francés no dejó pájaro sin cabeza. Todos eran una banda de charlatanes, puro palabreo pero ni una sola idea original. Al que le dio más duro fue a Alain Badiou. A Derrida y a Lacan yo los conocía desde los 70, pero necesitaba que me hablase de Alan Badiou, a quien no conocía. ¿Badiou? El filosofó francés, que a esas alturas ya era casi un amigo íntimo, le dio hasta en el suelo al pobre Alan Badiou. Ya no pienso leer nunca más a Badiou. ¿Y qué es de la vida de Michel Maffesoli? Pregunté. Ya se jubiló, fue la respuesta. ¡Por la gran flauta! En algo teníamos que estar de acuerdo, y lo estuvimos: Michel Foucault. Respiré aliviado. Si criticaba a Foucault me paraba de la mesa y me iba del Haití para siempre. Por favor, deme un nombre mon cher ami del que agarrarme, me dije en mi interior. Y él dio el nombre: Pierre Bourdieu, ¡Merde! ¡Bourdieu! Pero su El oficio del sociólogo lo estudié cuando estaba en la universidad, a fines de los 60. Deme el nombre de un filósofo francés rogué desesperado. Ah sí, Walter Benjamin, respondió mi nuevo amigo. Pero Benjamín era alemán. Si, pero Benjamin escribió sobre París mejor que todos los franceses.
Algo no estaba funcionando en esta tertulia. Más bien diría que era algo terrible lo que estaba funcionando. Tuve la sensación de que la historia se había detenido en algún momento, que París, la Ciudad Luz, se había apagado a finales de los 70. Empecé a sospechar que lo peor todavía no había sido dicho, que el filósofo francés se había guardado lo más terrible para el final. Y así fue.
Pedí otro café cortado. El filósofo francés pidió otra botella de agua. Afuera llovía sin lluvia, la humedad era de 99 por ciento, los vitrales del Haití estaban completamente mojados. Era ya de noche, y el Haití estaba ahora repleto de las personas que siempre sospecharon que yo tenía algo que ver con Omar Shariff, y que después de cuarenta años por fin tenían la prueba, yo era el árabe y estaba hablando en francés con otro árabe.
Cuéntame sobre la vida literaria en Francia, cómo está la cosa en París. Al filósofo francés se le nubló el rostro. En Francia sólo se lee novelas, sólo leen novelas en un país que se ha quedado sin novelistas. Bueno, dije yo, en París siempre se han leído muchas novelas, en la rentreé de los 70 se publicaban 300 novelas que salían todas en octubre. Ahora salen 700, respondió el filósofo francés. La gente lee la publicidad en los periódicos y va a las librerías y compra la novela que vio publicitada en el periódico; va a su casa y la coloca en el estante para leerla cuando tenga tiempo, pero nunca tiene tiempo, así que se compran sólo novelas que nadie lee. Ahora en Francia el número de escritores es mayor que el número de lectores. ¿Y los cuentos, nadie lee cuentos? Nadie los compra, nadie los lee, nadie los publica, nadie los escribe. ¿Pero hay actividades culturales, presentaciones de libros? Un gran éxito es cuando van 30 personas. A veces van 10. Cuando van más de 30 todos los demás son para figuretear porque hay prensa, televisión, pero en realidad no les importa el libro que se está presentando. Yo sentía que ya no podía más, ese filósofo francés había venido hasta el Perú a demoler aquel París que había amado tanto en mis años juveniles de aprendiz de escritor. Eso significaba que debería desaparecer del mundo englutie igual como París. Pero faltaba todavía.
¿Y la literatura latinoamericana, la lee la gente? Mire, se publicaron Los detectives salvajes en francés y se vendieron 2000 ejemplares. La gente no entendió el tema de la novela, en Francia no se puede escribir una novela sobre grupos de poetas, eso no existe hace mucho tiempo. Hace años que los grupos literarios y la vida exagerada de los poetas es algo abominable en Francia. Pero yo le he preguntado sobre la literatura latinoamericana, Vila-Matas no vende más de mil ejemplares. ¿Y la poesía? Nadie lee poesía, ni siquiera a un gran poeta como Ives Bonnefoy. Los poetas publican tirajes de cincuenta ejemplares que se los regalan a sus amigos. La poesía ha muerto en Francia. ¡No puede ser! ¡Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire, Saint John Perse, Michaux! Así es, se leen en los colegios pero ya nadie lee poesía en Francia, la poesía ha desaparecido, ha muerto. Se me nublaron los ojos. El filósofo francés se dio cuenta que yo estaba a punto de llorar, se había convertido en el doctor Van Helsing y había clavado en mi pecho, mi cuerpo se iba convirtiendo en cenizas, olía a ajo en todo el Haití. El filósofo francés presintió que yo deseaba escapar, que quería huir. Y me dijo:
Bueno, Ricardo, ha sido un gusto haberlo conocido, haber conversado con usted.
¿Ricardo? Yo no me llamo Ricardo. El filósofo francés había venido desde Francia a conversar con alguien que estaba en Francia.
¿Usted sabe cuál es mi apellido?
Cómo no voy a saberlo. Usted es Ricardo Sumalavia . Un colega me dijo que tenía un amigo peruano en Lima, que se llamaba Ricardo Sumalavia y yo creí que era usted. Usted tenía mi teléfono, el número de mi cuarto. Usted tiene que ser Ricardo Sumalavia.
Yo no soy Ricardo Sumalavia.
¿Qui etes vous alors? Quién es usted, mon dieu.
Soy un fantasma. Usted ha hablado tres horas con un escritor fantasma.
Vous etes fou. Yo no puedo haber hablado en el Perú con alguien que está en Francia.
Esas cosas pasan en el Perú, mon cher ami.
El filósofo francés se paró asustado y salió corriendo del Haití.
Cuando se me acercó el mozo las lágrimas corrían por mis mejillas.
¿Qué le pasa, doctor, le han dado una mala noticia? Me preguntó.
París ha muerto, ¿se ha enterado usted? El mozo sonrió.
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