12/30/2009

Un museo

Paseando por la librería Mollat, seguramente una de las librerías más impresionantes de Francia, vi un libro que atrajo de inmediato mi atención. Se trataba del Musée Invisible, preparado por Nathaniel Herzberg. Un libro que se anunciaba algo así como “las obras maestras que no se volverán a ver”. Cómo no habría de atraer el interés de los demás. Lo particular de estas obras maestras es que todas ellas han sido robadas o destruidas a lo largo de la historia, y como único testimonio de su existencia sólo quedan algunas fotos de ellas y mucha información sobre el contexto de sus desapariciones. Al final, incluso, hay un breve catálogo de los ladrones de arte más famosos. Uno de ellos, creo que el más joven de la historia, murió al poco de su robo de un fulminante y extraño cáncer de piel.

12/26/2009

Lo que somos

En la ciudad era conocida como Nilda. Bueno, decir en la ciudad es una exageración. Lo cierto es que ser puta aquí le brindaba otra categoría. Las mujeres –nuestras mujeres, estaba a punto de decir, pero yo no tengo ninguna- cada vez que pasaban junto a ella la saludaban y le preguntaban qué tal iba la jornada. Incluso una que otra se detenía a platicar con ella. ¿De qué hablan?, nos preguntábamos nosotros. Por supuesto, ninguno se atrevía a interrumpirlas y poco o nada es lo que se podía obtener después.
Los días pasaban de esta manera y a veces podíamos ver a alguna mujer encargando a su niña con Nilda, mientras éstas se iban a hacer las compras. Una que otra vez era Nilda quien pedía a estas niñas, las más grandes, que les dijeran a sus clientes que volvía pronto, que sólo se iba a los servicios. Las niñas lo repetían tal cual y nosotros dábamos una vuelta por las calles hasta que ella regresara. Un día encontré a mi madre dando el mismo recado a los otros. Qué iba yo a acercarme. Pero mi madre me vio y, de una espquina a otra, me gritó: “Hijo, que Nilda ya vuelve. Se fue con el panadero.” Efectivamente ella volvió al rato, le agradeció a mi madre y luego me atendió.
Yo le preguntaba a ella por todo esto, y ella sóolo me respondía: “Qué tonto son los hombres, ¿verdad?”
“Sí, muy tontos”, le confirmaba yo, mientras le quitaba las medias de naylon.

Aquellos vientos

Nunca se nos hubiera ocurrido llamar vientos huracanados a lo que para nosotros, de toda la vida, eran nuestros Vientos de Eliana. Y no era cuestión de ignorancia. Nada de eso. Simplemente que nadie pensó que lo propio de nuestros vientos, tan ligados a la historia de Eliana, pudiera corresponder a un fenómeno común en otras latitudes. Era absurdo siquiera imaginarlo. Con lo que nos costó hacerla nuestra, con lo difícil que fue que ella aceptara representar, y ser, estos vientos. No es poca cosa lo que conseguimos con ella. Claro, todo tiene un coste; y uno tiene que aguardar dentro de este refugio, por días quizás, a que la furia de Eliana termine por aplacarse y nos perdone.

12/02/2009

Bajo las aguas y bajo el cielo



Fue aceptada en casa de su hermana con la condición de mantener cierto recato. Además de su marido, en esa casa se alojaban sus tres cuñados, muchachos cuya febrilidad había que amenguar con duchas frías, que no duraban más de tres minutos, pues luego se habituaban a esa temperatura y ya sabemos lo que pueden pasar bajos estas aguas del Todopoderoso. A aquella muchacha le quedó clara la advertencia y siguió al pie de la letra todo lo aconsejado. Es más, primero se recogió el cabello, luego se lo cortó casi al ras de la nuca, y uso ropas holgadas, pantalones de tela ríspida y color desagrables. Hasta se podría decir que parecía un muchachito más de aquella casa.

En el periodo Edo, a mediados del XVII, en el Japón prohibieron actuar a las mujeres en las obras del teatro kabuki, puesto que los samurais se agarraban a sablazos entre ellos para ganarse el amor de una de ellas. En su lugar fueron muchachillos quienes representaron los roles femeninos.
Como es sabido, los samurais no disminuyeron ni un solo sablazo.
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