12/27/2010

Flores a la sombra


Entre los libros que quise leer antes de fin de año estaba Flores a la sombra, del mexicano Iván Hernández (1977). Por fortuna el libro llegó en buen momento y me lo leí de un tirón, experimentando todos los sentimientos encontrados que puede y debe producir la lectura de un buen libro. Se trata de un libro de cuentos que Iván Hernández venía fraguando desde hace buen tiempo. Conocía las primeras versiones de varios de ellos, pero definitivamente no es lo mismo que cuando los reencuentras dentro de un conjunto mayor que les dota de mayor sentido, que te permite contrastes, que, por último, te ofrece un mundo propio. Es un libro dividido en dos secciones: Flores y Raíces, con personajes que de pronto tienen ante sí pequeños o grandes proyectos, los sueños que todos tenemos para cambiar de rumbo estas vidas, pero que en los cuentos de este libro estas vidas parecieran condenadas a tener un aura circense, de espectáculo mal calibrado, de contorsionistas que salen al escenario sabiendo que no recobrarán su forma original. Sin embargo, en este mundo propuesto por Iván Hernández solo unos cuantos logran huir, y no necesariamente los más fuertes.

11/02/2010

Ribeyro y sus Prosas apátridas

Desde la ventana del piso parisino de Julio Ramón Ribeyro se podía ver la Place Falguière. Desde el balcón, a la vez que fumaba algún cigarrillo, observaba ese lado de Francia, ese lado de la vida. Observa a las personas y en algún momento afirma: “La vida está en los seres, pero los seres no son la vida”.

***

Mientras Julio Ramón Ribeyro escribía los textos que luego integrarían el volumen Prosas apátridas, no tenía clara cuenta de qué estaba haciendo; no al menos en lo que a la tradición en español correspondía. Sus referentes eran más bien franceses. En su nota introductoria menciona que tuve en mente El Spleen de Paris de Baudelaire, pero se puede hacer una breve lista citando también los ensayos de Michel de Montaige, Les pensées de Pascal, los textos de Cioran y, en fin, los carnets de cientos de escritores francofonos.

Uno podría creer que hallado el antecedente, la tradición asumida, las prosas de JRR tendrían un asidero del cual poder leerse y entenderse sin inconvenientes. Pero no es así. No se trata simplemente de transpolar de una lengua a otra ciertas formas de escritura. Y JRR lo sabía bastante bien. De allí la modesta distancia que asume desde el principio con sus maestros franceses. De allí, quizás desde la modestia, que haya preferido distinguirse de ellos y otorgar, sin querer, una de las formas más originales de la literatura en español. El decía que estas prosas “carecían de territorio literario propio”; pues sin duda él se encargo de darle uno.

Si bien sus Prosas apátridas no ha tenido abundantes ediciones, la multiplicación de sus lectores ha sido impresionante. No exagero al decir que entre muchos lectores no-peruanos, la mayoría conoce al JRR de las prosas que al de los cuentos. Podríamos decir también algo semejante de sus diarios, recuperados en los diversos volúmenes de La tentación del fracaso, ya aparecidos en España y distribuidos en por todo el medio hispanohablante. La última edición de Prosas apátridas apareció el 2007, bajo el sello Seix-Barral, en la que podríamos llamar hasta ahora, a pesar de su muerte, la edición definitiva, que reune 200 prosas, poco más del doble de las aparecidas en su primera edición de 1975.

Los textos tienen en su mayoría entre 15 y 20 líneas. Se podría pensar que el carácter reflexivo de las prosas de JRR parte de la inmovilidad, del ocio del autor que estudia piezas estáticas. Sin embargo, a mi parecer, éstas surjen de la oposición quietud/movimiento o de una mutua secuencia dinámica.

Muchas parten de la contemplación de su propio apartamento: su salón, sus libros, las diversas habitaciones, su balcón, etc. Todo ello dentro de una aparentemente inmovilidad, pues el propio tiempo, las luces naturales, las artificiales, un timbre que suena, son los que le otorgan una nueva dimensión a lo observado. Hay una suerte de fascinación y sorpresa que, paradójicamente, nacen de la conciencia de una frustración por poseer una mirada que fragmentada, parcial, incapaz de captar la inmensidad de la naturaleza del hombre y de los objetos.

En otros casos, nos encontramos con prosas que parten de encuentros de JRR con gente conocida o no. Personas en las calles, que salen y entran en las bocas del metro. Gente apostada en las barras de un bar, alguien tomando un café, una copa de vino o tomando su almuerzo. El autor se sorprende de los rostros, de los modales. Está en todo momento evaluando las actitudes de los otros, de la fugacidad de los gestos, pues sabe que allí se encuentra el conocimiento/reconocimiento de la persona. Al final de la prosa 32 leo: “Parece que el rostro se organizara alrededor de la mirada y, cuando ésta desaparece, se desbarata.”

Por supuesto, está también la reflexión sobre el oficio mismo de la escritura. Textos que no intentan dictaminar sobre este quehacer, ni mucho menos. Son tanteos, confesiones de frustración nuevamente, pero de las cuales, de pronto, los atisbos son gloriosos, y de manera concisa y transparente nos hace partícipes de sus experiencias. Un fragmento notable es el aparecido en la prosa 55: “Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos…”

***

Un primero de mayo, lo refiere en la prosa 157, JRR se lamenta de que la Paris se encuentre vacío, con pocos comercios a la mano. En su trayecto a casa descubre un caracol en medio de la pista. Sabe que, por tratarse de un día feriado, son pocos los vehículos que pasan por allí. Sin embargo igualmente opta por cogerlo y colocarlo en medio de la acera. Una vez allí, viendo a los pocos pero peligrosos transeúntes –según las proporciones del caracol-, se cerciora de que es inevitable de que este animalejo termine aplastado. Es cuestión de tiempo, se dice JRR, para el caracol, para él, para nosotros.

Libros como pájaros


Cada vez que me solicitan una lista de los libros que me han marcado siempre doy títulos diferentes. Nunca termino por decidirme. Esto es una suerte o bendición –mi fe es fluctuante-, ya que para mí esto significa dos cosas. Primero, que tengo diversos momentos intensos en mi vida de lector y escritor (esta última más breve que la anterior) que van alternando su jerarquía a medida que mi caprichosa memoria los recupera. Esto multiplica las posibilidades y matices de reconstruirte y descubrirte a través de los libros que has leído. Segundo, que tu capacidad de maravillarte y sentirte afectado ante un libro no disminuye y que te place saber que aún hay novelas, poemas, cuentos por escribirse y que integrarán mis futuras listas de libros predilectos. Visto así, la indecisión es un don.

En esta oportunidad, los libros que mencionaré obedecen a periodos de mi vida que particularmente hoy, en una tarde que comienza a enfriar de la ciudad de Burdeos, y lejos de mi ciudad natal, quiero evocar.

La voz a ti debida

A través de mi ventana veo un cielo celeste claro; de esos cielos cuya luminosidad podría cegarnos, si no fuera por el contraste de sus nubes, que más que nubes parecen palabras borradas. Bajo un cielo semejante, pero en mi país, hace quince años, leí La voz a ti debida de Pedro Salinas. Me hallaba a las afueras de una ciudad llamada Tarma, en medio del campo, bajo el único árbol de lúcuma de una pequeña hacienda y que había sido partido en dos por un rayo la semana anterior. Allí, entre una extraña pero atrayente fragancia que provenía de los frutos y del madero recién fulminado del árbol, leí maravillado cada poema del gran Salinas. Y no puedo más que asombrarme ahora, cuando rememoro los versos: “¡Qué alegría más alta:/ vivir en los pronombres!” y notar que lo que he escrito y escribo provienen de una estética que se basa en la relatividad del sujeto. Como a Salinas, o quizás debido a él, me interesa la construcción de los personajes y la construcción de la voz misma que se va haciendo en el hablar de otro, de ese “tú” que movió a don Pedro, de ese “tú” que abandona el nombre, la materia y que existe en la voz y en la sombra de la voz. De esa voz que la nombra y que hace del amor una experiencia de palabras y de silencios.

Recuerdo este poemario, el árbol de lúcuma fulminado y algunos pronombres que me acompañaron en su lectura.

La palabra del mudo

Más de un escritor, viajero o simple turista ha dicho que los hemos nacido en la ciudad de Lima somos así por culpa del clima. Obviamente, explicar ese “así” no es tarea fácil. Entre las alternativas para saber cómo son los limeños, prefiero dos de ellas. Mirar el cielo gris en abril, mirarlo igual de gris en julio y no menos gris en entre noviembre y diciembre. Solo resta bajar la mirada y observar a su población. Esa tonalidad que se nos ha impregnado en la retina, ni blanco ni negro, se posa en cada sujeto con el que nos topamos. No hay tristeza ni alegría; al menos no es lo primero que percibimos. La otra alternativa es leer los cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Nadie como él ha sabido capturar la imagen del limeño. De un limeño que se ha hecho universal, pues Ribeyro hurgó en las honduras del hombre urbano peruano, y que sus hallazgos fácilmente pueden ser extrapolados a todo hombre entre dos calles, bajo la luz de una farola, a la espera de alguien o de nadie.

Sus cuentos los leí en la adolescencia. Un buen momento para leer a este narrador. También hay otros buenos momentos, claro. En el prólogo que él escribió a la primera reunión de sus cuentos bajo el nombre de La palabra del mudo, dijo que este título se debía a la voz que les daba a aquellos personajes oscuros, olvidados, que hay en toda ciudad. Varias décadas después, cuando él ya era un autor cercano a la muerte y yo ya no era un adolescente, escribió en su último tomo que el mudo en verdad era él, y que le había toda una vida darse cuenta de ello. Que él se reconocía en cada uno de sus personajes. Lo mismo me ocurrió durante la lectura de sus cuentos. Desde su primer cuento conocido “Los gallinazos sin plumas”, pasando por “Silvio en el Rosedal”, “Fénix” o “Solo para fumadores” –teniendo en cuenta de que yo no fumo-.

Sin embargo, arbitrariamente recuerdo el cuento llamado “Por las azoteas”, pues con ese texto me sentí muy identificado, y afectado, por mucho tiempo. Aquí se narra las conversaciones de un niño y un joven enfermo –quizás de los pulmones-, ambos vecinos, que se encontraban en el techo de sus respectivas casas, durante el verano limeño (que es poca cosa). Ambos personajes se reconocían en el entorno y dominaban a su manera la vasta ciudad que contemplaban. Era un dominio efímero, por supuesto. Un reino desde la soledad que todos alguna vez ansiamos.

La vida es sueño

Una de mis primeras lecturas, de aquéllas de poco antes de la adolescencia, fue La vida es sueño de Calderón de la Barca. Recuerdo que en aquel primer momento hubo dos cosas que realmente me impactaron. Ante todo, el lenguaje, el ritmo y fuerza que alcanzaban aquellas palabras que, si bien eran de mi propia lengua, las sentía extrañas, pero atractivas, como si vinieran a visitarme unos parientes lejanos, de otros tiempos y de quienes no tenía noticias, trayéndome como regalo nuevas posibilidades con la palabra hispana. La entrada de Rosaura, colmada de quejas, repercutió y aún repercute en mis oídos: Mal, Polonia, recibes / a un extranjero, pues con sangre escribes / su entrada en tus arenas, / y apenas llega, cuando llega a penas; / bien mi suerte lo dice; / mas ¿dónde halló piedad un infelice?

Asimismo me afectó tremendamente, como era natural, el encierro de Segismundo. Me parecía terrible que haya sido su propio padre quien le diera encierro. Algo semejante pensé entonces del padre de Layo y la orden de ejecución a su hijo Edipo. En realidad, el tema no me ha abandonado. En mis escritos todavía indago y revolotean sobre mi imaginario las complejas relaciones entre padres e hijos. Por supuesto, en lecturas sucesivas he ido descubriendo otros elementos que me ayudaron a entender, por ejemplo, que desde antiguo y con maestría se plantearon las preocupaciones entre los espacios de vigilia y sueño, y a lo que podemos derivar, por extensión, entre realidad y ficción. Segismundo, como el Quijote, confundiendo las fronteras entre lo imaginado –soñado- y lo vivido. Padeciendo en un espacio y en el otro, tratando de comprender por oposición ambas esferas, un destino el cual no sabe dónde debe cumplirse.

La ciudad y los perros

En el Perú, cuando pequeño, aún estaba en boca de todo el mundo el refrán “quien no tiene de Inga, tiene de Mandinga”. Con esta frase se hacía alusión al inevitable mestizaje entre indígenas, africanos, chinos, etc., consideradas razas dominadas, de las que la mayoría, en proporciones distintas, éramos deudores. Mi padre nació en la capital, como yo, pero su familia provenía de las altas zonas andinas. Mi madre, por otro lado, era de la selva peruana. Por esa razón, cuando leí La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, me fue inevitable identificarme con todos sus personajes. Con esta novela, a través de un microcosmos representado en una escuela militar capitalina, Vargas Llosa desplegaba complejos personajes, adolescentes todos ellos, que llegaban de distintos lugares del país para insertarse en un medio que les podía ser adverso, pero del cual no había escapatoria. Durante su lectura me fue inevitable identificarme con El Boa, personaje cuyo torrente emocional era propio del mundo amazónico, sensibilidad que creo haber heredado de mi madre; con el Esclavo, de una timidez y pasividad que, como a él, me dominó en gran parte de mi adolescencia; con El Poeta, no solo por su gusto por escribir y de iniciarse en la recreación de historias, sino también por la lectura de novelitas pornográficas –esto, sin duda, lo heredé de mi padre; y no solo el gusto por este tipo de lecturas, sino también su variada biblioteca al respecto-; y, finalmente, con El Jaguar, quien era justamente lo que yo quería ser en ese entonces, ya que yo era, en cuanto a sensibilidad, como los otros personajes. Sin embargo, había algunos elementos que me acercaban a él. Como El Jaguar, yo crecí en los barrios del centro de la capital, en donde los códigos de subsistencia eran bastante duros e implacables. Aquellos códigos yo los conocía muy bien, aunque no los haya practicado todos, o muy pocos, y sentía que compartía el mismo escenario con este personaje.

Pocas veces he podido ser tantos en un solo libro. Y lo agradezco.

Poesía escrita

Quizás el libro con el que he realizado más viajes sea éste: Poesía escrita de Jorge Eduardo Eielson. Con el descubrí la plasticidad de la palabra. Y no solo eso: este libro es el testimonio poético del descubrimiento, el itinerario de aquel peregrinaje del significado a la riqueza del propio significante. Aquí los poemas se van desnudando gradualmente de todo contenido, de toda referencia cultural, para llegar al estado puro de las palabras y luego al propio silencio. Notable ejercicio si se pretende conocer el valor de la palabra: conocer el silencio, el vacío, esa potencial nada. Esta fue sin duda una gran enseñanza que el propio Eielson recibió de otro gran poeta peruano, Martín Adán, quien en unos versos dice: “Poesía no dice nada/ poesía se está callada,/ escuchando su propia voz”.

Recuerdo que fue un profesor, y luego amigo, quien leyó los versos de Jorge Eduardo Eielson ante toda la clase. Fue un poema sencillo, breve, que decía:

solo el sol

el sol solamente

solo en el cielo

y yo tan solo

a solas con el sol

sonrío simplemente.

Aquella sencillez revestía muchas cosas para mí. Supe de la influencia del pensamiento zen en el autor, de su exploración en el surrealismo, en la música, de su intensa actividad como artista plástico. No me otorgué otra alternativa. Debía poseer todo lo que hubiera escrito hasta ese momento. Corrí a comprar el libro, en una edición pequeña, la única en ese momento, cuyas hojas se despegaban como alas de pájaros. Y esa misma edición es la que utilizo cuando me toca dar algún curso de poesía peruana. Sus hojas vuelan menos, pero me acompañan más.

10/01/2010

Sobre Memorias de una dama de Santiago Roncagliolo

Me entero a través de Notas Moleskine de Iván Thays, de la salida de un video en el que entrevistan a Santiago Roncagliolo. Si fuera más exacto, tendría que decir que es un intento de entrevista, puesto que la mayoría de las respuestas es «No contesto». Estas negativas a hablar se originan a propósito de su novela Memorias de una dama y de las hasta ahora confusas y misteriosas razones de su retirada de circulación. Partamos de los hechos evidentes. Esta novela fue lanzada con la misma estrategia editorial utilizada por Alfaguara. De pronto, sin razones ni comunicados oficiales, el libro desaparece de librerías y no leemos en los medios, al menos en los medios españoles, más reseñas ni comentarios. Se sabe por medios por medios de prensa de la República Dominicana que el libro definitivamente no circula en ese país y allí mismo empiezan los rumores, por eso es lo que hay actualmente sobre este tema, de que una persona con gran poder, y su familia, se reconocen como personajes de esta historia ficcional. Luego, después de ver este video y leer otras entrevistas a él, nos queda claro que Santiago Roncagliolo no puede manifestar nada sobre su novela. Y es a partir de aquí en que nos movemos en la especulación. Especulación que nace, por cierto, si empezamos a tratar de hallar respuestas a las siguientes preguntas: Por qué el libro no está más en la librerías? Por qué Alfaguara no ha dado razones al respecto? Por qué vemos a un Roncagliolo evasivo en este tema? El teme algo? Si habla podría sufrir replesalias legales? Físicas? Quién han interrumpido y por qué el proceso normal de difusión de una obra de ficción? Y algo que me preocupa todavía más, por qué nadie respalda abiertamente a Santiago Roncagliolo?

Yo he leído la novela y he disfrutado de su lectura enormemente. Lo que he leído yo es la historia de un joven peruano que viaja a España con el interés de hacerse escritor. Para ello pasa por mil peripecias, como su desesperado intento por resolver sus problemas legales y obtener una tarjeta de residencia, así como también sus frustraciones por hallar un editor que verdaderamente lo respalde, sobrevivir a todo esto con una novia que se le va a ir desvanesciendo en esta caída libre que es su vida. Este personaje tiene un gran cinismo para conseguir sus objetivos, pero esto hace justamente que su caída sea cada vez más tremenda. Y le cuesta mucho contrarlo. Lo cierto es que en medio de estos pesares aparece una mujer adinerada en París que contrata sus servicios para que él redacte sus memorias. Esta mujer no sólo va a representar su salvación económica, sino también como escritor. Lo que la mujer pretende contarle es su vida dura pero primorosa en República Dominicana durante la dictadura de Leonidas Trujillo. Pero claro, cómo una vida, en ese contexto tan sangriento que fue esa dictadura, podría contarse desde esa perspectiva rosa. Y es aquí que el joven escritor decide ficcionalizar lo que ella le cuenta. Este joven distorsiona a conciencia y crea una historia hiperbólica. Por supuesto, trata de justificarse ante esta dama, pero su imaginación lo incita cada vez más a construir una historia de dolorosas intrigas familiares. Este escritor en ciernes, entonces, escribe una ficción dentro de otra ficción, que es Memorias de una dama. Ahora bien, dentro de esta ficción hiperbólica aparece un personaje, el hijo de la dama, pintado como un sátrapa. Para efectos ficcionales, es el antagónico perfecto. Y este personaje terrible dentro de la ficción del joven escritor aparece luego en su construcción ficcional del primer nivel. Y aquí también es un tipo poderoso, pero práctico, aparentemente alejado de la construcción que habían hecho de él en esa ficción de segundo nivel. En la novela, este hombre práctico no desea que esas memorias (que no lo son, que evidentemente han sido recreadas por el joven escritor) se difundan y trata de negociar para conseguirlo. Sin embargo, este joven escritor, con una aureola fatal, de perdedor, pierde todo.

Esta es la historia que leí y esta es la historia que me fascinó. En todo momento Roncagliolo teje muy bien el suspenso y juega con los distintos niveles de ficcionalidad.

Para mí, como lector de novelas, todo termina aquí. Pero al parecer, y aquí paso a las especulaciones, alguien no está muy cómodo con la aparición de esta novela. Alguien se ha visto o se ha creído delatado. Un dato adicional es que sabemos, por propias declaraciones de Roncagliolo años anteriores a la aparción de este libro, que el escribió las memorias de una señora rica que vivía en París. Bueno, nada de extraordinario saber que partió de hechos reales. Absolutamente todos los escritores lo hacen. El problema es que ese alguien, según los rumores, el hijo de la señora latina en París, no la ha leído como una novela y se ha sentido injuriado. Esto pasa en pleno siglo XXI. Se especula, porque para esto no hay fuentes directas, que este sujeto poderoso ha bloqueado toda difusión del libro. Lo que sorprende es que, si efectivamente este sujeto se siente injuriado, por qué no entabla una demanda formal? Por qué Alfaguara, si fuera el caso, no notifica que retira la novela por problemas de orden judicial? Si hay un acuerdo bajo la mesa, éste es bastante turbio y, sin duda, el único perjudicado, desprotegido, es Santiago Roncagliolo. Viendo la entrevista es obvio que se está protegiendo. No habla porque lo que diga lo podrían utilizar para perjudicarlo. Ahora, como hay hechos concretos, demandas, lo que suponemos que hay son amenazas. Y si hay amenazas y alguien le impiden hablar y retiran su libro, eso se llama censura. Alguien podría decir que es una manera válida de pretegerse legalmente. ¿Pero hay que protegerse legalmente cada vez que uno escribe una novela? Si es así, todos los escritores corren un riesgo. Esta es una amenaza permanente al escritor y es intolerable que se acepte sin chistar. ¿Qué se espera para reaccionar, que enjuicien a Santiago Roncagliolo? ¿que suceda algo más grave?

Un mínimo de lógica nos diría que no es para tanto, que en estas épocas estas cosas no pasan. Y sin embargo.

7/23/2010

Errante

Hoy comparten mesa en Lima dos escritores y amigos. Uno de ellos es Leonardo Valencia, ecuatoriano, y el otro Carlos Calderón Fajardo, de quien ya he dado cuenta de mi admiración hacia sus libros. A Leonardo lo conocí pocos años después de haber conocido a Carlos, exactamente en 1993. El había llegado a Lima no hacía mucho para trabajar en una agencia de publicidad. No tendría más de 22 o 23 años, y ya poseía una clara vocación a la literatura. Lo primero que leí de él fue una entrevista que le hizo en Lima a Julio Ramón Ribeyro. Y lo leí porque, además del interés por lo que decía Ribeyro, en esa misma revista yo había publicado un artículo, y también Iván Thays. El número de esa revista nos unió. Y no se trataba de alguna revista literaria, sino de una revista de modas, de una efímera revista llamada Trizia.
Valencia tenías las cosas muy claras y se preparaba disciplinadamente para cumplir sus objetivos. Recuerdo que se levantaba muy temprano, creo que 5:30 de la mañana, para ponerse a escribir. Y fue en ese ritmo duro y exigente que escribió y reescribió su primer libro de cuentos, La luna nómada (1995).
Los años que él pasó en Lima fueron de intensa complicidad y amistad inigualables. En 1994 fuimos invitados a Barquisimeto, Venezuela, para participar en un taller internacional de escritores que sería dirigido por Sergio Pitol. Por un error, yo reservé otro vuelo y viaje unas horas antes hacia Caracas. Leonardo, sin embargo, viajó con Thays, y sé que la pasaron emocionados, pues hicieron una escala en Bogotá y lograron entrar a la librería del aeropuerto. Cuando les di el alcance en el hotel caraqueño, ya muy tarde, ellos esperaban aún cruzarse con algún escritor, pero quien cruzó hacia el ascensor fue una muchachita de no más de 15 años, con una peluca plateada y maquillada hasta el hartazgo.
El 97 yo partí hacia Corea del Sur y el 98 él dejó Lima para radicar en Barcelona. Por fortuna, gracias al azar inmóvil, nos hemos reencontrado varias veces. He podido leer y apreciar sus novelas posteriores, El desterrado (2000), El libro flotante de Caytran Dölphin (2006) y su última novela Kazbek (2009). Este último es de un notable lirismo, un libro de búsquedas y exploraciones que se construye desde la plasticidad de las palabras, desde su movilidad y esencia.
El ejemplar de esta novela me la regaló en Barcelona. Y cuando me fui de su apartamento, a pocos pasos de su edificio en Travessera de Dalt, leí la dedicatoria que me escribió, y me gustó doblemente partir con su "novelita errante".

7/10/2010

Présentation de Pièces / Grecia Cáceres

Pièces, « Habitaciones », en espagnol. Lieu habité, lieu où habiter. Chaque “pièce” de ce recueil est comme une chambre, chambre claire ou obscure, chambre claire obscure où l’on voit vivre et frémir des personnages, pièce, lieu de l’intimité, chacun chez soi et en soi, chacun pour soi, enfermé.
La chambre est aussi un dispositif littéraire, dans ce livre nous n’avons accès qu’à une série de chambres, à des fragments de vie, des histoires qui n’ont pas de fin, heureuse ni triste, tragique ni comique.
Ces chambres, ces dispositifs rappellent le dispositif des peintres flamands, ces lieux en miniature avec perspective, appelé « Camera obscura » et qui leur permettait de parfaire les intérieurs où ils mettaient leurs personnages surpris dans leurs gestes quotidiens, ouvrir une lettre, se regarder dans le miroir, par exemple. Les peintres flamands ont introduit l’intimité dans la peinture, les sujets minuscules, les variations qui, dans la vie de tous les jours, deviennent des événements. Ainsi, Sumalavia, peint des êtres minuscules, dans leurs frémissements invisibles, doutes et chagrins, à peine visibles construits avec des mots très choisis, peu nombreux, où des événements banals vont venir les sortir de leur quotidien. Ce frémissement passé, la porte de la pièce se referme sur eux et nous laisse, nous lecteurs, dans l’ignorance de ce qui adviendra ou pas, à nos minuscules sujets. Se prendre une porte sur la figure est toujours frustrant, mais le choix est tel, cohérent jusqu’à la maniaquerie.
La breveté de la forme et le choix exacts des mots peut faire penser à la poésie. Mais, rien d’aussi loin de la poésie et sa démesure, du lieu renfermé et très codifié de ses pièces. Chaque souffle est pensé, il n’y a pas de place pour l’envolée lyrique. Sumalavia est un écrivain succinct et réfléchi qui se penche sur ses personnages comme un entomologiste le ferait, les observe et finit par les épingler non sans douleur. Puis nous les montre encore vifs, en leurs derniers mouvements. Jusqu’à la fin, le doute nous retient, la lecture nous mène par des chemins fuyants, nous pensons encore au salut possible mais très rapidement, de l’intérieur de notre expérience de lecteur, nous devinons que tout cela ne mène à rien de bon, pas d’espoir, pas d’issue, tout rébellion est inutile, tout va finir par se répéter ou s’achever, en l’état.
Peut-être s’agit-il d’une métaphore de notre pays, le Pérou, et d’une ville assez fantomatique vue depuis la littérature, qui est Lima, avec ses accès de fièvre qui ne mènent à aucun changement visible. Que de soubresauts, parfois, mortels… Ou bien s’agit-il plutôt, au de-là de l’être se débattant dans son for intérieur, d’un livre sur cette citadelle immobile qu’est la vie de nos intellectuels et écrivains de Lima, toujours enfermés dans la capitale et dans leurs pensées, tournant le dos au reste du pays, s’alimentant de l’air vicié de polémiques et de petites escarmouches internes qui n’apportent plus grande chose à la vie réelle du pays ? Ces pièces seraient donc le lieu de l’enfermement de celui qui sait et reconnaît son inutilité montrée dans des personnages aux vies minuscules et décolorés par ce filtre particulier de l’auteur.
En tous les cas, pour une bonne partie des jeunes écrivains péruviens, la fiction touche à ses limites et la quête s’oriente à trouver la forme, microscopique ou démesurée de dire des riens qui durent, dans un monde plus immense que jamais où la littérature se perd au milieu d’une multitude de nouvelles façons de communiquer par la langue, et en dehors de la langue. Pris de court, nous, les écrivains, avons plusieurs voies de fuite, ou continuer comme avant ou essayer de s’adapter aux nouvelles façons, blogs, livres sur internet, etc.…. Aussi, le micro récit serait-il une réponse à l’accélération du temps présent : lâcher le lecteur avant qu’il nous lâche. Le laisser avec toutes ses interrogations, le laisser tout seul devant la porte qui se ferme. La littérature ne donne plus de réponses, ne se finit plus, il n’y plus de place pour les identifications et les personnages, chacun dans sa chambre fait sa vie, un ensemble de pièces ne fait pas une maison mais reste un ensemble de pièces.
La concision, la breveté, la miniaturisation, l’inachevé paraissent correspondre bien au moment où on vit, ou l’on s’engage peu de temps, ou l’on se concentre encore moins. Nous pouvons lire sur écran et nous priver du plaisir de toucher au papier et d’entendre le petit bruit que font les pages en se tournant. Le boum de ses formes brèves facilite l’accès, mais nous laisse un peu sur notre faim, nous les amateurs de gros plats qui nous nourrissent un certain temps et nous accompagnent après avec le travail de digestion.
La perfection est de tout dire en peu de mots, ou bien de ne jamais pouvoir tout dire, ni en court ni en long, Ce qui expliquerait la longévité de la littérature et notre plaisir toujours renouvelé à plonger dans les pages, nombreuses ou pas, d’un nouveau livre. J’ouvre « Pièces » avec plaisir, et j’espère que vous aussi vous ouvrirez chacune de ces pièces, avec l’œil curieux de celui qui n’était pas forcément invité, au départ.
Grecia Cáceres.

6/02/2010

Otras maneras

Le costaba trepar por la ventana. Una de sus manos sujetaba el borde y agitaba sus pies de una manera franética. Semejaba a un animalillo desesperado, como si los dedos de sus piececillos tuvieran las garras necesarias para fijarse en el muro. No obstante, lo único que originaba era un alboroto desmedido. Inmenso.
Y nosotros lo veíamos hacer desde este lado de la pared. Otros afirmaban que algunas veces hacía lo mismo desde el otro lado. Pero nosotros no tenemos manera de comprobarlo. Digamos que nuestras garras nos mantienen fijos a este suelo.

3/10/2010

Un cuento de Marc Pautrel

El cuento breve, la microficción no es un género muy popular en Francia. Por supuesto, esto no significa que no se practique. Prueba de ello es el libro de Régis Jauffret, Microfictions, tuvo un gran impacto. Lo cierto es que, si bien los lectores de habla hispana, como también en la inglesa, aguardan propiamente un cuento, con un conflicto, sea explícito o no, entre los franceses tiene mayor vigenca la idea del récit. Por supuesto, también están los contes o las nouvelles. Sin embargo, esto va más allá de las dimensiones del texto. En el récit atrapa la secuencilidad de los hechos, sin que necesariamente éstos se articulen en un punto -llámase nudo o como quieran- que servirá de fuerza centrífuga y centrípeta al mismo tiempo.
Es sumamente complicado en estos días ofrecer una posible definición de un género, pues mientras se construye ésta, bajo cada ladrillo colocamos un cartucho de dinamita. Así, puesto el último ladrillo, contemplamos su inmediata destrucción.
Pues bien, en la práctica de estos récits breves quiero mencionar el libro El oficio de dormir, de Marc Pautrel. Es un escritor bordelés por adopción. Aquí publicó su primer libro y aquí escribe todos lo demás. Lo considero un escritor de prosa fina y de gran sensibilidad, y creo que es oportuno presentar la traducción de uno de sus textos, justamente el que da título a su primer libro. Es una traducción libre (traduttore, traditore, ya saben).
El oficio de dormir
Marc Pautrel

Él le estrechaba la mano, sonriendo, pero él no decía nada. Era tan pequeño que uno hubiera dicho que él había detenido su crecimiento a los diez años. Su estatura le daba el aspecto de un ser humano reducido: pequeño rostro rectangular de trazos finos, de ojos azules, la tez pálida, una completa calvicie, piernas y brazos cortos; este individuo no tenía edad, quizás treinta años, quizás cuarenta, o cincuenta, o sesenta. Él impactaba por su serenidad y la sonrisa misteriosa en sus labios. Él no hablaba nunca, uno diría que era mudo; pero su mirada mostraba que él pensaba, que tenía en la cabeza ideas precisas sobre diversos temas. Su oficio era dormir.
Él se acostaba boca arriba, el cuerpo derecho, los brazos estirados sobre las piernas, el cráneo sobre el colchón. Una sábana ligera lo cubría: doblado en otoño, bajo un cubrecama en primavera, y con un grueso cobertor cubierto hasta el cuello en invierno. Cuando él dormía, pensabamos que se trataba de un muerto. Un muerto que sonreía y respiraba tranquilamente.
La habitación en la cual el hombre trabajaba estaba libre de ruidos y sumida en la oscuridad. Un as de luz se filtraba bajo la puerta. Un reloj mecánico, puesto en el suelo, al lado de una cama grande, hacía tic-tac a su propio ritmo.
Personas extrañas le pagaban por dormir día y noche. Cuando él se despertaba, debía anotar en su libreta los sueños que él había tenido. Los sueños solamente, jamás las pesadillas. Quizás no tenía pesadillas. Como fuera, él no tenía por qué anotarlas. Los asistentes pasaban cada día por la habitación para recuperar la libreta, la cual ellos manipulaban con grandes precauciones.
Él hombre amaba su trabajo. Él lo ejercía a conciencia y con eficacia. Diríamos que era el mejor: aquel que dormía el mayor tiempo posible sin despertarse, aquel que tenía la mayor cantidad de sueños y de los más variados. Él estaba feliz de dormir. Experimentaba un gran placer al dejarse caer en la duermevela, como si un tubo a la altura de sus riñones le hubiera atravesado el cuerpo perpendicularmente, como si se tratara de un muñeco de futbolín, los pies hacia adelante, verticales, sumergido en las aguas del olvido.
A menudo los periódicos contaban el drama de los soñadores profesionales que se volvían locos. Los internamientos eran frecuentes dentro del oficio; asimismo como el desgaste rápido de sus cuerpos, el cansancio y, finalmente, la catástrofe tan temida: el insomnio. Los más resistentes, al cabo de algunos años, veían reducirse sus capacidades para soñar y retener aquellos sueños. Pero este pequeño hombre jamás tuvo problemas. Era el mejor: él dormía como ningún otro, él soñaba como diez a la vez.

Traducido por Ricardo Sumalavia

3/05/2010

L'Horizon, nueva novela de Patrick Modiano

Acabo de enterarme de la aparición de una nueva novela de Patrick Modiano. Se llama l’Horizon. Espero comprarlo en estos días. Lo que comparto es el fragmento de una de sus primeras entrevistas sobre este libro. Sólo me quedo con algunas respuestas. Si no tengo tiempo y ganas (seguro que sí), coloco otros fragmentos de la entrevista echa por Par Marianne Payot y Delphine Peras.

¿A semejanza de su héroe, Jean Bosmans, también novelista, diría usted: “Eran siempre las mismas palabras, los mismos libros, las mismas estaciones de metro”?

Sí, yo tengo siempre la impresión de escribir el mismo libro. Cada vez que comienzo uno, como con un golpe de amnesia, olvido los anteriores y las mismas escenas vuelven. Es como una resaca, unas olas que no se detienen… Un fotógrafo que hace siempre la misma toma, pero desde ángulos diferentes. Con mis libros, sin darme cuenta, yo podría establecer, tal como los planos de metro en los que se iluminan las líneas, una suerte de red con combinaciones.

En qué momento encontró el título L'Horizon ?
Antes de comenzar a escribir. Mi personaje volvía de un pasado muy lejano, y yo deseaba que haya cierta intemporalidad y una abertura. Para dar también… como decirlo, es complicado… la impresión de que el presente se superpone sobre el pasado.
Usted habla regularmente de fantasmas del pasado dentro de sus novelas, quienes reaparecen repentinamente años más tarde. ¿Eso sucede en la vida «real” ?
No, desgraciadamente. Es por lo que, de una manera un poco infantil, llego a utilizar en mis novelas nombres verdaderos a mis personajes, esperando que alguien me dé signos de vida. Pero esto jamás lo he conseguido.
Sabía usted que hay otras herramientas modernas, menos románticas, que permiten encontrar personas… conoce usted Internet ?
Sí, no, en fin, lo hago de modo general, para documentarme, pero yo no sé enviar emails, por ejemplo. Hay algo de pereza, hay un momento en el que es demasiado tarde. Y luego, al mismo tiempo, encontrar a alguien así me parece un poco brutal, esto no me hace trabajar la imaginación.

Continua haciendo digitar sus manuscritos?
Sí, es absurdo también. Yo podría digitarlos en la computadora, pero yo necesito de esta distancia para poder corregir mis textos. En una pantalla, esto sería más simple, pero también muy rápido. Tengo miedo que la tensión se relaje. (…)

Está usted atento a lo que escriben los jóvenes novelistas. Ayuda a algunos a ser publicados.
Es decir, yo recibo una buena cantidad de manuscritos. Me alegra descubrir un nuevo novelista, esto me estimula. En conjunto, estos textos son sobretodo interesantes desde un punto de vista documental y humano –ellos muestran seguido un desasosiego total- pero los editores no los encuentran muy literarios. En mis inicios, la edición era todavía un medio artesanal, que no había cambiado desde los años 1930. Yo me pregunto si hoy los jóvenes tienen interlocutores en las editoriales, que finalmente se han convertido en fábricas.

A propósito de sus inicios, es verdad que usted hacía falsas dedicatorias en los libros?
Sí, cuando yo tenía 19 o 20 años yo vendía libros y algunas escriturasme eran fáciles de imitar, como, por ejemplo, las de Paul Valéry o Malraux. Yo lo hice tres o cuatro veces para ganar dinero. Esto no era sistamático. Después se convirtió en un juego: cuando veía una biblioteca, en las casas de otras personas, me divertía escribiendo falsas dedicatorias de Simone de Beauvoir a Luis Mariano, por ejemplo. Y la gente lo creía… Un día, en la vitrina de una librería, en la calle Vaugirard, vi un libro de Robbe-Grillet, dedicado a no sé quién, y yo reconocí mi firma! A veces la realidad se mezcla con la ficción: me acuerdo haber imitado una dedicatoria de Beckett para un cantante de los años 60, Pierre-Jean Vaillard. Ignoro si ellos en verdad se conocieron...

2/18/2010

El gato samaritano

A duras penas me alcanzaba el dinero de la pensión que me enviaba mi padre. Los últimos días del mes eran los más penosos. Prefería tomar café, escuchar música y hurgar en el pelambre de mi gato, quien estaba mejor provisto que su amo para sobrellevar la miseria. Hasta que cierto día dejó de llegar el giro mensual. Aquellos contratiempos que mi padre justificó en una carta terminaron por entregarme al hambre. Como soy orgulloso, traté de resistir en casa, acompañado por mi gato, aguardando el envío. Como era de esperarse, el café se terminó pronto y me cortaron la electricidad. Tan sólo el gato saciaba su hambre, ya que en la oscuridad de la noche los ratones eran lo suficientemente atrevidos para deambular por la casa. Lo escuchaba devorarlos con fruición y luego chasqueaba su pequeña lengua como signo de complacencia. Pero una noche, luego de oír a mi gato atrapar a su presa de turno, no escuché más. De pronto lo sentí junto a mí, dejándome algo tibio sobre la mano. No lo pensé y me lo llevé a la boca. Así lo repetimos por varias noches, ocultando mi vergüenza en la oscuridad. Hasta que una de ellas mi gato vino junto a mí, sobando su lomo en mi brazo, pero sin dejar presa. Lo entendí perfectamente.
El dinero de mi padre finalmente llegó. He salido a pagar las cuentas atrasadas, comprar víveres -mi infaltable tarro de café-, algunos cassettes con música reciente y libros que ansío leer para llenar la completa soledad de las noches.

1/28/2010

MAL SUEÑO

Despertó sobresaltado a mitad de la noche, todavía arrastrando en su memoria la imagen monstruosa que había poblado su sueño. Recordaba a un hombre con cabeza de gato (o un gato con cuerpo de hombre) listo a atacarlo. Sacudió la cabeza para espantar esta imagen y enseguida volvió a acomodarse en su canastilla, ronroneando solo para estar seguro de quién era y no hacer caso a los ojos que lo escrutaban a través de la oscuridad.

1/27/2010

VERDADERAS AMIGAS

Una pequeña niña se acercó a otra notoriamente más espigada y alta, y le preguntó por qué sus padres y hermanos insistían en decirle que no existía, que se trataba solo de una amiga imaginaria.
—No me vengas otra vez con lo de tu familia. Ya te he dicho que ellos solo están en tu mente —precisó la más alta.
—Está bien —respondió la pequeña, titubeante, mirándose las manos, como si de ese modo pudiera evitar que se desvanecieran.

1/24/2010

rostros

Luego de 25 años juntos, y llegados a los 40, Carmen y yo nos observamos detenidamente y reconocemos en nosotros gestos y expresiones que no teníamos antes, o que estaban ocultos no sé dónde. Gestos y expresiones, además, que pertenecen a nuestros respectivos padres y que siempre nos ha enternecido contemplar.
Ahora somos nuestros padres.

1/12/2010

Millón de amigos

Si se da una mirada a los medios de comunicación de mucha o relativa resonancia en el medio hispanoamericano, entiéndase revistas, suplementos, blogs que forman parte de esas revistas o diarios, etc., vemos que, en lo que a literatura se refiere, no hay ninguna polémica entre los escritores menores de cincuenta años. Preciso: sí las hay, si se trata de enfrentamientos entre escritores del mismo paîs. Se me viene a la mente la ocurrida en Argentina entre Damian Tabarovsky y Guillermo Martínez –que en realidad involucra a muchos más-, o a la reciente a propósito de una crónica de Patricio Pron. Podría mencionar el caso peruano y su mentada polémica entre “criollos” y “andinos” (no recuerdo quién dijo que detestaba el uso de estas comillas –que se joda-), pero escapa de mi marco generacional, ya que la mayoría de quienes combatían ya lo venían haciendo de toda la vida. En realidad yo me refiero a la ausencia de debates entre escritores de distintas nacionalidades. Ojo que no pido peleas e insultos entre los escritores. Así no llegamos a ninguna parte. Hablo de ideas; lo cual supone que uno no rompe amistad, si la tuviera, con quien polemiza. Si todos pueden ser, y son, amigos, genial. Pero no deja de llamarme la atención que sólo haya amistad. ¿Acaso este siglo XXI nos ha llenado de bondad? ¿Será que la vieja canción de Roberto Carlos, que curiosamente escuchábamos de pequeños, al fin se hizo carne? No se puede negar que todo esto es muy sospechoso. Si tentamos algunas respuestas, quizás podamos decir que hemos llegado a tal grado de individualismo, que éste nos permite avivar amistades (y amores), pero no confrontar ideas más allá de nuestras fronteras. Es decir, muy en el fondo probablemente no nos interesa gran cosa qué pasa fuera de nuestra casa, de nosotros mismos. Conocer al vecino, saludarlo a diario, no nos hace verdaderos amigos. Sin ir muy lejos, echen una mirada a su lista de “amigos” en facebook. Lo otro es que tengamos muy en claro las ideas sobre la literatura y América latina, y estemos todos de acuerdo, pero no creo que sea el caso. También puede ser que nadie quiera polemizar porque simplemente no hay ninguna idea o propuesta sostenible que valga la pena poner en debate. Pero tampoco creo que esta alternativa sea la respuesta. Por último, hasta que contemple otras posibilidades, puede ser que los debates ya no estén en estos grandes medios de comunicación, que se han diluido en charlas de café, en bares, en aulas universitarias, en correos privados, etc. Alguien podría afirmar que el espacio ahora para estos menesteres son los blogs de anónimos y también de conocidos. Puede ser, pero me parece que de ese modo, como disparos de distintas trincheras, nos puede hacer perder de vista a quiénes y por qué debaten. Para eso, me quedo con mi millón de amigos.
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