3/10/2010

Un cuento de Marc Pautrel

El cuento breve, la microficción no es un género muy popular en Francia. Por supuesto, esto no significa que no se practique. Prueba de ello es el libro de Régis Jauffret, Microfictions, tuvo un gran impacto. Lo cierto es que, si bien los lectores de habla hispana, como también en la inglesa, aguardan propiamente un cuento, con un conflicto, sea explícito o no, entre los franceses tiene mayor vigenca la idea del récit. Por supuesto, también están los contes o las nouvelles. Sin embargo, esto va más allá de las dimensiones del texto. En el récit atrapa la secuencilidad de los hechos, sin que necesariamente éstos se articulen en un punto -llámase nudo o como quieran- que servirá de fuerza centrífuga y centrípeta al mismo tiempo.
Es sumamente complicado en estos días ofrecer una posible definición de un género, pues mientras se construye ésta, bajo cada ladrillo colocamos un cartucho de dinamita. Así, puesto el último ladrillo, contemplamos su inmediata destrucción.
Pues bien, en la práctica de estos récits breves quiero mencionar el libro El oficio de dormir, de Marc Pautrel. Es un escritor bordelés por adopción. Aquí publicó su primer libro y aquí escribe todos lo demás. Lo considero un escritor de prosa fina y de gran sensibilidad, y creo que es oportuno presentar la traducción de uno de sus textos, justamente el que da título a su primer libro. Es una traducción libre (traduttore, traditore, ya saben).
El oficio de dormir
Marc Pautrel

Él le estrechaba la mano, sonriendo, pero él no decía nada. Era tan pequeño que uno hubiera dicho que él había detenido su crecimiento a los diez años. Su estatura le daba el aspecto de un ser humano reducido: pequeño rostro rectangular de trazos finos, de ojos azules, la tez pálida, una completa calvicie, piernas y brazos cortos; este individuo no tenía edad, quizás treinta años, quizás cuarenta, o cincuenta, o sesenta. Él impactaba por su serenidad y la sonrisa misteriosa en sus labios. Él no hablaba nunca, uno diría que era mudo; pero su mirada mostraba que él pensaba, que tenía en la cabeza ideas precisas sobre diversos temas. Su oficio era dormir.
Él se acostaba boca arriba, el cuerpo derecho, los brazos estirados sobre las piernas, el cráneo sobre el colchón. Una sábana ligera lo cubría: doblado en otoño, bajo un cubrecama en primavera, y con un grueso cobertor cubierto hasta el cuello en invierno. Cuando él dormía, pensabamos que se trataba de un muerto. Un muerto que sonreía y respiraba tranquilamente.
La habitación en la cual el hombre trabajaba estaba libre de ruidos y sumida en la oscuridad. Un as de luz se filtraba bajo la puerta. Un reloj mecánico, puesto en el suelo, al lado de una cama grande, hacía tic-tac a su propio ritmo.
Personas extrañas le pagaban por dormir día y noche. Cuando él se despertaba, debía anotar en su libreta los sueños que él había tenido. Los sueños solamente, jamás las pesadillas. Quizás no tenía pesadillas. Como fuera, él no tenía por qué anotarlas. Los asistentes pasaban cada día por la habitación para recuperar la libreta, la cual ellos manipulaban con grandes precauciones.
Él hombre amaba su trabajo. Él lo ejercía a conciencia y con eficacia. Diríamos que era el mejor: aquel que dormía el mayor tiempo posible sin despertarse, aquel que tenía la mayor cantidad de sueños y de los más variados. Él estaba feliz de dormir. Experimentaba un gran placer al dejarse caer en la duermevela, como si un tubo a la altura de sus riñones le hubiera atravesado el cuerpo perpendicularmente, como si se tratara de un muñeco de futbolín, los pies hacia adelante, verticales, sumergido en las aguas del olvido.
A menudo los periódicos contaban el drama de los soñadores profesionales que se volvían locos. Los internamientos eran frecuentes dentro del oficio; asimismo como el desgaste rápido de sus cuerpos, el cansancio y, finalmente, la catástrofe tan temida: el insomnio. Los más resistentes, al cabo de algunos años, veían reducirse sus capacidades para soñar y retener aquellos sueños. Pero este pequeño hombre jamás tuvo problemas. Era el mejor: él dormía como ningún otro, él soñaba como diez a la vez.

Traducido por Ricardo Sumalavia

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