7/23/2010

Errante

Hoy comparten mesa en Lima dos escritores y amigos. Uno de ellos es Leonardo Valencia, ecuatoriano, y el otro Carlos Calderón Fajardo, de quien ya he dado cuenta de mi admiración hacia sus libros. A Leonardo lo conocí pocos años después de haber conocido a Carlos, exactamente en 1993. El había llegado a Lima no hacía mucho para trabajar en una agencia de publicidad. No tendría más de 22 o 23 años, y ya poseía una clara vocación a la literatura. Lo primero que leí de él fue una entrevista que le hizo en Lima a Julio Ramón Ribeyro. Y lo leí porque, además del interés por lo que decía Ribeyro, en esa misma revista yo había publicado un artículo, y también Iván Thays. El número de esa revista nos unió. Y no se trataba de alguna revista literaria, sino de una revista de modas, de una efímera revista llamada Trizia.
Valencia tenías las cosas muy claras y se preparaba disciplinadamente para cumplir sus objetivos. Recuerdo que se levantaba muy temprano, creo que 5:30 de la mañana, para ponerse a escribir. Y fue en ese ritmo duro y exigente que escribió y reescribió su primer libro de cuentos, La luna nómada (1995).
Los años que él pasó en Lima fueron de intensa complicidad y amistad inigualables. En 1994 fuimos invitados a Barquisimeto, Venezuela, para participar en un taller internacional de escritores que sería dirigido por Sergio Pitol. Por un error, yo reservé otro vuelo y viaje unas horas antes hacia Caracas. Leonardo, sin embargo, viajó con Thays, y sé que la pasaron emocionados, pues hicieron una escala en Bogotá y lograron entrar a la librería del aeropuerto. Cuando les di el alcance en el hotel caraqueño, ya muy tarde, ellos esperaban aún cruzarse con algún escritor, pero quien cruzó hacia el ascensor fue una muchachita de no más de 15 años, con una peluca plateada y maquillada hasta el hartazgo.
El 97 yo partí hacia Corea del Sur y el 98 él dejó Lima para radicar en Barcelona. Por fortuna, gracias al azar inmóvil, nos hemos reencontrado varias veces. He podido leer y apreciar sus novelas posteriores, El desterrado (2000), El libro flotante de Caytran Dölphin (2006) y su última novela Kazbek (2009). Este último es de un notable lirismo, un libro de búsquedas y exploraciones que se construye desde la plasticidad de las palabras, desde su movilidad y esencia.
El ejemplar de esta novela me la regaló en Barcelona. Y cuando me fui de su apartamento, a pocos pasos de su edificio en Travessera de Dalt, leí la dedicatoria que me escribió, y me gustó doblemente partir con su "novelita errante".

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