11/02/2010

Ribeyro y sus Prosas apátridas

Desde la ventana del piso parisino de Julio Ramón Ribeyro se podía ver la Place Falguière. Desde el balcón, a la vez que fumaba algún cigarrillo, observaba ese lado de Francia, ese lado de la vida. Observa a las personas y en algún momento afirma: “La vida está en los seres, pero los seres no son la vida”.

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Mientras Julio Ramón Ribeyro escribía los textos que luego integrarían el volumen Prosas apátridas, no tenía clara cuenta de qué estaba haciendo; no al menos en lo que a la tradición en español correspondía. Sus referentes eran más bien franceses. En su nota introductoria menciona que tuve en mente El Spleen de Paris de Baudelaire, pero se puede hacer una breve lista citando también los ensayos de Michel de Montaige, Les pensées de Pascal, los textos de Cioran y, en fin, los carnets de cientos de escritores francofonos.

Uno podría creer que hallado el antecedente, la tradición asumida, las prosas de JRR tendrían un asidero del cual poder leerse y entenderse sin inconvenientes. Pero no es así. No se trata simplemente de transpolar de una lengua a otra ciertas formas de escritura. Y JRR lo sabía bastante bien. De allí la modesta distancia que asume desde el principio con sus maestros franceses. De allí, quizás desde la modestia, que haya preferido distinguirse de ellos y otorgar, sin querer, una de las formas más originales de la literatura en español. El decía que estas prosas “carecían de territorio literario propio”; pues sin duda él se encargo de darle uno.

Si bien sus Prosas apátridas no ha tenido abundantes ediciones, la multiplicación de sus lectores ha sido impresionante. No exagero al decir que entre muchos lectores no-peruanos, la mayoría conoce al JRR de las prosas que al de los cuentos. Podríamos decir también algo semejante de sus diarios, recuperados en los diversos volúmenes de La tentación del fracaso, ya aparecidos en España y distribuidos en por todo el medio hispanohablante. La última edición de Prosas apátridas apareció el 2007, bajo el sello Seix-Barral, en la que podríamos llamar hasta ahora, a pesar de su muerte, la edición definitiva, que reune 200 prosas, poco más del doble de las aparecidas en su primera edición de 1975.

Los textos tienen en su mayoría entre 15 y 20 líneas. Se podría pensar que el carácter reflexivo de las prosas de JRR parte de la inmovilidad, del ocio del autor que estudia piezas estáticas. Sin embargo, a mi parecer, éstas surjen de la oposición quietud/movimiento o de una mutua secuencia dinámica.

Muchas parten de la contemplación de su propio apartamento: su salón, sus libros, las diversas habitaciones, su balcón, etc. Todo ello dentro de una aparentemente inmovilidad, pues el propio tiempo, las luces naturales, las artificiales, un timbre que suena, son los que le otorgan una nueva dimensión a lo observado. Hay una suerte de fascinación y sorpresa que, paradójicamente, nacen de la conciencia de una frustración por poseer una mirada que fragmentada, parcial, incapaz de captar la inmensidad de la naturaleza del hombre y de los objetos.

En otros casos, nos encontramos con prosas que parten de encuentros de JRR con gente conocida o no. Personas en las calles, que salen y entran en las bocas del metro. Gente apostada en las barras de un bar, alguien tomando un café, una copa de vino o tomando su almuerzo. El autor se sorprende de los rostros, de los modales. Está en todo momento evaluando las actitudes de los otros, de la fugacidad de los gestos, pues sabe que allí se encuentra el conocimiento/reconocimiento de la persona. Al final de la prosa 32 leo: “Parece que el rostro se organizara alrededor de la mirada y, cuando ésta desaparece, se desbarata.”

Por supuesto, está también la reflexión sobre el oficio mismo de la escritura. Textos que no intentan dictaminar sobre este quehacer, ni mucho menos. Son tanteos, confesiones de frustración nuevamente, pero de las cuales, de pronto, los atisbos son gloriosos, y de manera concisa y transparente nos hace partícipes de sus experiencias. Un fragmento notable es el aparecido en la prosa 55: “Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos…”

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Un primero de mayo, lo refiere en la prosa 157, JRR se lamenta de que la Paris se encuentre vacío, con pocos comercios a la mano. En su trayecto a casa descubre un caracol en medio de la pista. Sabe que, por tratarse de un día feriado, son pocos los vehículos que pasan por allí. Sin embargo igualmente opta por cogerlo y colocarlo en medio de la acera. Una vez allí, viendo a los pocos pero peligrosos transeúntes –según las proporciones del caracol-, se cerciora de que es inevitable de que este animalejo termine aplastado. Es cuestión de tiempo, se dice JRR, para el caracol, para él, para nosotros.

Libros como pájaros


Cada vez que me solicitan una lista de los libros que me han marcado siempre doy títulos diferentes. Nunca termino por decidirme. Esto es una suerte o bendición –mi fe es fluctuante-, ya que para mí esto significa dos cosas. Primero, que tengo diversos momentos intensos en mi vida de lector y escritor (esta última más breve que la anterior) que van alternando su jerarquía a medida que mi caprichosa memoria los recupera. Esto multiplica las posibilidades y matices de reconstruirte y descubrirte a través de los libros que has leído. Segundo, que tu capacidad de maravillarte y sentirte afectado ante un libro no disminuye y que te place saber que aún hay novelas, poemas, cuentos por escribirse y que integrarán mis futuras listas de libros predilectos. Visto así, la indecisión es un don.

En esta oportunidad, los libros que mencionaré obedecen a periodos de mi vida que particularmente hoy, en una tarde que comienza a enfriar de la ciudad de Burdeos, y lejos de mi ciudad natal, quiero evocar.

La voz a ti debida

A través de mi ventana veo un cielo celeste claro; de esos cielos cuya luminosidad podría cegarnos, si no fuera por el contraste de sus nubes, que más que nubes parecen palabras borradas. Bajo un cielo semejante, pero en mi país, hace quince años, leí La voz a ti debida de Pedro Salinas. Me hallaba a las afueras de una ciudad llamada Tarma, en medio del campo, bajo el único árbol de lúcuma de una pequeña hacienda y que había sido partido en dos por un rayo la semana anterior. Allí, entre una extraña pero atrayente fragancia que provenía de los frutos y del madero recién fulminado del árbol, leí maravillado cada poema del gran Salinas. Y no puedo más que asombrarme ahora, cuando rememoro los versos: “¡Qué alegría más alta:/ vivir en los pronombres!” y notar que lo que he escrito y escribo provienen de una estética que se basa en la relatividad del sujeto. Como a Salinas, o quizás debido a él, me interesa la construcción de los personajes y la construcción de la voz misma que se va haciendo en el hablar de otro, de ese “tú” que movió a don Pedro, de ese “tú” que abandona el nombre, la materia y que existe en la voz y en la sombra de la voz. De esa voz que la nombra y que hace del amor una experiencia de palabras y de silencios.

Recuerdo este poemario, el árbol de lúcuma fulminado y algunos pronombres que me acompañaron en su lectura.

La palabra del mudo

Más de un escritor, viajero o simple turista ha dicho que los hemos nacido en la ciudad de Lima somos así por culpa del clima. Obviamente, explicar ese “así” no es tarea fácil. Entre las alternativas para saber cómo son los limeños, prefiero dos de ellas. Mirar el cielo gris en abril, mirarlo igual de gris en julio y no menos gris en entre noviembre y diciembre. Solo resta bajar la mirada y observar a su población. Esa tonalidad que se nos ha impregnado en la retina, ni blanco ni negro, se posa en cada sujeto con el que nos topamos. No hay tristeza ni alegría; al menos no es lo primero que percibimos. La otra alternativa es leer los cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Nadie como él ha sabido capturar la imagen del limeño. De un limeño que se ha hecho universal, pues Ribeyro hurgó en las honduras del hombre urbano peruano, y que sus hallazgos fácilmente pueden ser extrapolados a todo hombre entre dos calles, bajo la luz de una farola, a la espera de alguien o de nadie.

Sus cuentos los leí en la adolescencia. Un buen momento para leer a este narrador. También hay otros buenos momentos, claro. En el prólogo que él escribió a la primera reunión de sus cuentos bajo el nombre de La palabra del mudo, dijo que este título se debía a la voz que les daba a aquellos personajes oscuros, olvidados, que hay en toda ciudad. Varias décadas después, cuando él ya era un autor cercano a la muerte y yo ya no era un adolescente, escribió en su último tomo que el mudo en verdad era él, y que le había toda una vida darse cuenta de ello. Que él se reconocía en cada uno de sus personajes. Lo mismo me ocurrió durante la lectura de sus cuentos. Desde su primer cuento conocido “Los gallinazos sin plumas”, pasando por “Silvio en el Rosedal”, “Fénix” o “Solo para fumadores” –teniendo en cuenta de que yo no fumo-.

Sin embargo, arbitrariamente recuerdo el cuento llamado “Por las azoteas”, pues con ese texto me sentí muy identificado, y afectado, por mucho tiempo. Aquí se narra las conversaciones de un niño y un joven enfermo –quizás de los pulmones-, ambos vecinos, que se encontraban en el techo de sus respectivas casas, durante el verano limeño (que es poca cosa). Ambos personajes se reconocían en el entorno y dominaban a su manera la vasta ciudad que contemplaban. Era un dominio efímero, por supuesto. Un reino desde la soledad que todos alguna vez ansiamos.

La vida es sueño

Una de mis primeras lecturas, de aquéllas de poco antes de la adolescencia, fue La vida es sueño de Calderón de la Barca. Recuerdo que en aquel primer momento hubo dos cosas que realmente me impactaron. Ante todo, el lenguaje, el ritmo y fuerza que alcanzaban aquellas palabras que, si bien eran de mi propia lengua, las sentía extrañas, pero atractivas, como si vinieran a visitarme unos parientes lejanos, de otros tiempos y de quienes no tenía noticias, trayéndome como regalo nuevas posibilidades con la palabra hispana. La entrada de Rosaura, colmada de quejas, repercutió y aún repercute en mis oídos: Mal, Polonia, recibes / a un extranjero, pues con sangre escribes / su entrada en tus arenas, / y apenas llega, cuando llega a penas; / bien mi suerte lo dice; / mas ¿dónde halló piedad un infelice?

Asimismo me afectó tremendamente, como era natural, el encierro de Segismundo. Me parecía terrible que haya sido su propio padre quien le diera encierro. Algo semejante pensé entonces del padre de Layo y la orden de ejecución a su hijo Edipo. En realidad, el tema no me ha abandonado. En mis escritos todavía indago y revolotean sobre mi imaginario las complejas relaciones entre padres e hijos. Por supuesto, en lecturas sucesivas he ido descubriendo otros elementos que me ayudaron a entender, por ejemplo, que desde antiguo y con maestría se plantearon las preocupaciones entre los espacios de vigilia y sueño, y a lo que podemos derivar, por extensión, entre realidad y ficción. Segismundo, como el Quijote, confundiendo las fronteras entre lo imaginado –soñado- y lo vivido. Padeciendo en un espacio y en el otro, tratando de comprender por oposición ambas esferas, un destino el cual no sabe dónde debe cumplirse.

La ciudad y los perros

En el Perú, cuando pequeño, aún estaba en boca de todo el mundo el refrán “quien no tiene de Inga, tiene de Mandinga”. Con esta frase se hacía alusión al inevitable mestizaje entre indígenas, africanos, chinos, etc., consideradas razas dominadas, de las que la mayoría, en proporciones distintas, éramos deudores. Mi padre nació en la capital, como yo, pero su familia provenía de las altas zonas andinas. Mi madre, por otro lado, era de la selva peruana. Por esa razón, cuando leí La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, me fue inevitable identificarme con todos sus personajes. Con esta novela, a través de un microcosmos representado en una escuela militar capitalina, Vargas Llosa desplegaba complejos personajes, adolescentes todos ellos, que llegaban de distintos lugares del país para insertarse en un medio que les podía ser adverso, pero del cual no había escapatoria. Durante su lectura me fue inevitable identificarme con El Boa, personaje cuyo torrente emocional era propio del mundo amazónico, sensibilidad que creo haber heredado de mi madre; con el Esclavo, de una timidez y pasividad que, como a él, me dominó en gran parte de mi adolescencia; con El Poeta, no solo por su gusto por escribir y de iniciarse en la recreación de historias, sino también por la lectura de novelitas pornográficas –esto, sin duda, lo heredé de mi padre; y no solo el gusto por este tipo de lecturas, sino también su variada biblioteca al respecto-; y, finalmente, con El Jaguar, quien era justamente lo que yo quería ser en ese entonces, ya que yo era, en cuanto a sensibilidad, como los otros personajes. Sin embargo, había algunos elementos que me acercaban a él. Como El Jaguar, yo crecí en los barrios del centro de la capital, en donde los códigos de subsistencia eran bastante duros e implacables. Aquellos códigos yo los conocía muy bien, aunque no los haya practicado todos, o muy pocos, y sentía que compartía el mismo escenario con este personaje.

Pocas veces he podido ser tantos en un solo libro. Y lo agradezco.

Poesía escrita

Quizás el libro con el que he realizado más viajes sea éste: Poesía escrita de Jorge Eduardo Eielson. Con el descubrí la plasticidad de la palabra. Y no solo eso: este libro es el testimonio poético del descubrimiento, el itinerario de aquel peregrinaje del significado a la riqueza del propio significante. Aquí los poemas se van desnudando gradualmente de todo contenido, de toda referencia cultural, para llegar al estado puro de las palabras y luego al propio silencio. Notable ejercicio si se pretende conocer el valor de la palabra: conocer el silencio, el vacío, esa potencial nada. Esta fue sin duda una gran enseñanza que el propio Eielson recibió de otro gran poeta peruano, Martín Adán, quien en unos versos dice: “Poesía no dice nada/ poesía se está callada,/ escuchando su propia voz”.

Recuerdo que fue un profesor, y luego amigo, quien leyó los versos de Jorge Eduardo Eielson ante toda la clase. Fue un poema sencillo, breve, que decía:

solo el sol

el sol solamente

solo en el cielo

y yo tan solo

a solas con el sol

sonrío simplemente.

Aquella sencillez revestía muchas cosas para mí. Supe de la influencia del pensamiento zen en el autor, de su exploración en el surrealismo, en la música, de su intensa actividad como artista plástico. No me otorgué otra alternativa. Debía poseer todo lo que hubiera escrito hasta ese momento. Corrí a comprar el libro, en una edición pequeña, la única en ese momento, cuyas hojas se despegaban como alas de pájaros. Y esa misma edición es la que utilizo cuando me toca dar algún curso de poesía peruana. Sus hojas vuelan menos, pero me acompañan más.

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