3/27/2011

Las buenas conciencias

En las dos o tres últimas elecciones presidenciales en el Perú ha sido moneda corriente oír la expresión: «voy a votar por el menos malo» o, haciendo un alarde de buena conciencia: «prefiero viciar mi voto». Para mí está claro que no tengo un candidato que satisfaga mis expectativas, pero de lo que estoy seguro es de que no viciaré mi voto. Si bien es un derecho de cada votante, me parece que no estamos en el mejor momento para delegar una decisión tan importante en manos de otros, solo porque así creo que mantengo mi conciencia limpia y, de algún modo, sentirme más allá del bien y del mal. No. Si se tratara de un país en el que la democracia es sólida y no viera en riesgo sus pilares, vaya y pase. Pero en el Perú éste no es el caso. Para mí hay dos candidatos que ponen en riesgo esos pilares: uno es Keiko Fujimori y el otro Ollanta Humala. El caso de Keiko me parece el más humillante, pues detrás de ella hay más de una docena de titiriteros, empezando por su padre. Su experiencia política es nula, pero al parecer eso no le interesa a un gran porcentaje de peruanos. Es más, esa falta de experiencia hasta les puede parecer un buen signo. Con Humala no hay democracia que se sienta segura. Pero eso tampoco le parece incomodar a más de un 15% de peruanos. Y por qué digo que la democracia peligraría con él, pues porque su visión es polarizar a la sociedad, alimentar resentimientos y, teniendo un enemigo con rostro y etiqueta, se sabe que es más fácil mantenerse en el poder. Para ejemplos, mirar a Venezuela. Ahora, las tres opciones que me quedan: Luis Castañeda, P. Pablo Kuczynski y Alejandro Toledo. Desalentador, sin duda. Las propuestas en cuanto a política económica no difieren sustancialmente. No habría cambios radicales a lo que se viene haciendo, y me parece que gran parte de la clase media peruana se conformaría con eso. Pero no se trata de conformismos, de calles asfaltadas más o colegios menos, o medir el supuesto éxito económico que se vive por el número de conciertos de rock que a los que ahora sí más jóvenes de clase media o alta pueden asistir. Habría que medir la competencia de estos tres últimos candidatos en cuanto a la viabilidad de sus propuestas para con los sectores que aún no perciben y benefician de este supuesto crecimiento. En el caso de Castañeda, si Lima es un barco que se le hace aguas por todos lados, no quiero pensar lo que sería conduciendo al país. Si veo a Kuczynski, no niego sus capacidades técnicas, pero tampoco voy a tapar el sol con un dedo y creer que este técnico transformará sus cifras en seres humanos. Que mucha gente se beneficiaría (honestamente) con un gobierno de este hombre, qué duda cabe. Pero creo que hace falta mirar un poco más allá de nuestras narices clasemedieras. Esto me deja con Toledo. Su gobierno a mí no me pareció desastrozo. Y las fuertes críticas hacia él las veo dirigidas, en realidad, a sus gustos por la bebida, o desenfrenos sexuales, negar a una hija, una mujer arrebatada, una familia con ansias de dinero, etc. No es que esto sea poca cosa, pero esto puede y debe ser vigilado por los organismos competentes. No se trata de delegar poderes, sino de actuar con ellos, desde el rol que nos corresponda. Yo voy a votar por Alejandro Toledo. Quizás me equivoque; pero prefiero mil veces esto que evadirme en nombre de una conciencia limpia.

3/11/2011

La boca breve

No hay nada más fácil para parecer estúpido que escribir una microficción. También puede suceder lo contrario y mostrar a este escritor como alguien que ha rozado los cielos. Esto también les ocurre a los poetas, pero en esos terrenos líricos no me meto. Hoy no.
El escritor de microficciones, por supuesto, evita a toda costa caer en banalidades, pero debe recurrir a ellas, no por banalidades en sí, sino porque éstas le pueden ofrecer múltiples posibilidades de escarbar en lo cotidiano, de permitir restallar algo a simple vista nimio.
Otro de los riesgos de caer en la tontería es el pretender ser ingeniosos. De esto puedo dar un ejemplo. Pensemos en un lugar conocido. Digamos Roma. Referentes allí tenemos a montones. Pensemos en La Bocca della Verita. Vemos La Bocca della Verita. Por solo mencionarlo el lector ya se prepara para el ingenio del autor. Una sonrisilla se asoma a sus labios. Quizás este gesto ya sea un signo de la tontería por venir. Pero no me adelanto. Continuo. El escritor ingenioso tratará de meter la mano de algún incauto personaje en esta gran boca de piedra. Ya sabemos lo que pasaba históricamente, y con ello jugamos para lo que pueda pasar en el presente de este personaje. Tanto el escritor como el lector saben que lo decisivo, el momento de tensión y el giro se tienen que dar en la mano que no va a salir, si queremos un final abierto, o en cómo va a salir esa mano, si deseamos un final cerrado y, por qué no, sorpresivo.
Sorpresas a estas alturas del mundo.
El escritor en mención, entonces, se lanza y escribe:
"Al retirar discretamente la mano de La Bocca della Verita, me satisfizo verla de nuevo, salvo por los siete dedos con los que ahora contaba".
Ni se les ocurra emocionarse, no al menos en público. Este es el recurso más empleado por los escritores. Es como sacar conejos del sombrero. Los que tienen cierto oficio lo saben. Esta historia, por tanto, solo sorprende a los que se enternecen con los conejos, no a usted.
Ahora, otra cosa sería si metemos la mano a La Bocca della Verita y sacamos un conejo. Ni se atreva a dudar de la ingeniosidad de su creador; porque ese es otro recurso a la mano: imponer y convencer de tal ingenio. Si no lo hace el escritor, de eso se encargará su editor, el crítico o el profesor universitario que lo invita a su clase para sacar conejos ante sorprendidos estudiantes que observan con la boca abierta.

3/04/2011

Erase una voz

Ayer por la tarde, finalizando un día aparentemente soleado, vi en el muro de facebook de mi hija un video de un par de minutos que se refería a la voz que oímos todos los días en Burdeos cada vez que estamos dentro de un bus o el tranvía. Esa voz que nos anuncia con un tono melífluo que nos estamos acercando a determinada parada, que nos invita cordialmente a descender cuando llegamos al término y se despide "à bientôt sur les lignes".
En el
video que vi, le preguntaban al público cómo se imaginaban a la mujer de esta voz. Las descripciones fueron diversas; muy pocos coincidían. Lo curioso es que el momento de la encuesta, dentro de un tranvía, la dueña de la voz estaba en el mismo vagón, justo enfrente del encuestado. Nadie acertó en su descripción, por supuesto. Luego le preguntaron a ella qué opinaba de estas descripciones. Ella respondió que no se sorprendía, pues ella misma no se reconocía al escucharse. Dijo que en todo momento trató der ser lo más natural posible, ser ella, pero que algo que no lograba entender del todo la mostraba como una extraña. Bueno, una extraña con cierto aire familiar. Una prima, una tía lejana quizás. Confesó también que le encantaba oírse mientras viajaba en el transporte público. Que era una manera de viajar algo más acompañada; con tu propia voz, que puede sonar ajena, pero que se despide de ti cuando llegas donde tienes que llegar.
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