7/26/2012

Continuará… (2)


En mi novela Mientras huya el cuerpo hay un personaje llamado Apolinario. Pero Apolinario también existe. Es mi suegro. Y digo también porque de alguna manera ahora hay dos, el del libro y el que anda por las calles de Lima. Tienen el mismo oficio, han pasado lo mismo –bueno, casi- y ambos son insondables. En la novela, en uno de sus apartados, hablo de lo que Apolinario piensa sobre la muerte. El personaje (como también el real) hace un recuento de sus accidentes automovilísticos, en todos con él como conductor, y los muertos acumulados en su haber. En todos esos accidentes, además, él salió siempre ileso. Y fue después de esta macabra acumulmación de cadáveres, que él decide no ir a más de 30 kilómetros por hora en su viejísimo wolkswagen color guinda. Como es obvio, ejecutar esta decisión en Lima puede ser tan peligrosa como ir a 120 km/h. Todo esto lo planteo y discuto en la novela y me da pie para ampliar al respecto y continuar con la reflexión sobre la muerte.
Lo que no me esperaba era que Apolinario saliera, a pocas semanas de aperecida la novela, en todos los medios de prensa escrita y virtual. Se trataba de una tremenda colisión en plena Vía Expresa, en la que una 4x4 a toda velocidad, asumiendo que todos los demás vehículos iban a rapidez semejante, se dio directamente con el casi inmóvil wolkswagen guinda de mi suegro. Ambos carros dieron vueltas por los aires, casi como en las películas, según dijeron los testigos. El equipo de seguridad de la moderna 4x4 activó al instante el airbag y protegió a su conductor (que para colmo de casualidades, resultó ser compañero de clases de un amigo mío) y no tuvo mayores daños. Pero dentro del wolkswagen guinda no había absolutamente nada a activarse. Ni siquiera el cinturón de seguridad funcionaba. Lo sé porque yo fui en ese carro semanas antes. Y se lo dije. Pero él siempre me respondía que no me preocupara, que “los sensores se estaban activando”. Lo cierto es que Apolinario salió una vez más ileso. Incluso puse en Google: Apolinario+accidente+vía expresa para ver algunas imágenes y di con terribles fotografías videos que muestran a mi suegro dentro de su carro, desmayado. Y en las fotos siguientes se le ve saliendo en sus dos pies.
Todo esto me ha llevado a replantearme sobre la relación del escritor con sus personajes de textos llamados de autoficción. Si ya naturalmente los escritores sienten que sus novelas siempre serán mundos inacabados, en estos casos de la autoficción se llega a situaciones disparatadas.
Lo única certeza que me queda es que ese wolkswagen guinda no va a andar más. O sí.

Continuará… (1)


Cuando mi primera novela, Que la tierra te sea leve, estaba en pleno proceso de edición, me encontré en Burdeos con uno de sus personajes. Saliendo de la biblioteca de letras de la Universidad Michel Montaigne vi a Christophe. A él, al personaje real, lo había conocido a principios de los años noventa en las sabatinas reuniones del grupo Centeno. Doce años después lo volví a ver, por casualidad, durante un congreso literario. El estaba entre el público y, cuando me acerqué y me presenté, Christophe no me reconoció y me dijo que ni siquiera hablaba español. La razón de ello, me explicaron luego, era que él había sufrido un accidente automovilístico y que, como consecuencia de ello, había perdido la memoria. Ese día fuimos a cenar y me contó todo lo que le sucedió antes y después del accidente. Me habló de su mujer, de sus dos hijas, del problema de no haber reconocer a estas niñas. Luego de esa noche, creí que no lo volvería a ver más. Había perdido su tarjeta, pero en mí quedaba su historia. Pasados varios años incluí y ficcionalicé todo este encuentro en un capítulo de mi novela. Lo de ficcionalizar es muy relativo, puesto que casi no alteré en nada lo sucedido. En ese momento me dije que nadie me reclamaría nada. Lo que no preví fue ese encuentro a la salida de la biblioteca en Burdeos. Obviamente le conté que había escrito una novela y que él aparecía en ella. No había posibilidad de cambiar nada, pues el libro estaba siendo publicado en Barcelona. Es más, le dije, debo ir a esa ciudad para ver las pruebas finales. Christophe, mucho más expansivo que antes, me ofreció llevarme en su carro. Justamente había tomado sus vacaciones y él, su esposa y sus hijas iban para Barcelona. Fui así como conocí al resto de mis personajes de ficción. Christophe conducía, su mujer iba de copiloto, y yo iba atrás con las niñas. Se parecían mucho a como me las había imaginado.
Durante varios años nos frecuentamos. No tanto como era de esperarse, o como creo que él esperaba. Supe por él mismo que se divorciaría y que se iría a París. Después del accidente algo no había terminado soldarse. También me dijo que había decidido volver a escribir con la mano izquierda, que siempre fue zurdo, pero que lo habían obligado a escribir con la derecha. Ahora empezaban cambios en su vida y quería hacerlo con la mano izquierda.
No lo he vuelto a ver, pero recuerdo que me contó también que escribiría una novela apartir de las cartas que su abuelo le escribía a su esposa durante la Segunda Guerra Mundial. Christophe las reescribía para recuperar la memoria. No su memoria, sino una memoria familiar. La que seguramente escribirá, o lo estará haciendo, con la mano izquierda.
Peru Blogs
 
Free counter and web stats