11/03/2013

El remolino búlgaro

A los pocos días de haber llegado aquí, a Sofía, me invitaron a una exposición de grabados de Frascisco de Goya, bajo el subtítulo de "Cronista de todas las guerras". Como mi anfitriona tenía que atender a su madre, que venía saliendo favorable, pero lentamente, de una dolencia, yo le dije que no se preocupara, que yo me las arreglaría para llegar a la Galería Municipal de Arte. Como suelo hacer en estos casos, busco en Google maps la ubicación exacta. La calle de la galería es Gurko 1, centro de Sofía. Esto resuelto, pude llegar sin problemas al lugar y a la hora convenida. El único inconveniente es que me había olvidado la tarjeta de invitación y en la entrada se veían muy rígidos en este tema de las vigilancias. Mientras hacía la fila para entrar se me ocurrió que podría decir que era descendiente de Goya. De hecho, en Burdeos, he trabajado -y trabajo- en la que fue la casa de este artista, durante sus últimos años de vida. Y ya que andaba en plan de bromas hasta les podría decir que lo único que quedaba de esa casa era un retrete al estilo de principios del siglo XIX. Que está clausurado, es cierto, pero que mi curiosidad me llevó a descubrir y a imaginar cómo se ejecutaban las descargas goyescas. Pero no dije nada de esto, el recurso más ingenuo que pude utilizar fue preguntar si ésta era la dirección Gurko 1. Las personas de la recepción se quedaron en silencio, hasta que una de ellas respondió "sí". Dije "gracias" y entré. 
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Yosif Gurko fue el mariscal ruso encargado de llevar adelante la avanzada de los frentes rusos para liberar a los países eslavos de la dominación turca. Esta guerra se dio entre 1877-78, y tuvo uno de sus momentos decisivos en la batalla que debería evitar el avance los otomanos a través del Paso de Shipka, en la cadena balcánica. Esta batalla no fue como las otras de esta guerra, ni como ningún otra de la que yo tenga conocimiento. El frente ruso-búlgaro estaba agotado y tras sucesivos intentos de los turcos por tomar este territorio, fueron realmente diezmados. Lo único que los mantenía firmes era el coraje y la ubicación estrategia en esta hondonada. Desde lo alto podían controlar y detener el ascenso turco.
Sin  embargo, los refuerzos no llegaron y los otomanos aprovecharon para subir por las laderas y ganar todo este paso. Pero todo dio un giro sorpresivo. Los voluntarios búlgaros, al estar peor armados, empezaron a lanzar piedras sobre el enemigo. Y si bien fue un buen recurso, los turcos trataron de avanzar. Pero algo los detuvo, como lo describe un poeta búlgaro de la época, los otomanos vieron una nube negra que caía sobre ellos. Se trataba de los cuerpos de los soldados ya muertos. Caía una nube de cadáveres sobre espantados turcos. Fue el gran triunfo para la independencia de Bulgaria.
Esta imagen del soldado que continúa batallando incluso después de muerto fue utilizada como símbolo de valor en la historia búlgara. Vi una representación de esta batalla en un mural en el Museo Nacional de Historia. En sí mismo el museo, como otras construcciones búlgaras de los años setentas, son colosales. Este museo, como el Palacio Nacional de Cultura, al cual había asistido para escuchar un concierto, fue un proyecto de una mujer que murió poco antes de cumplir 40 años.
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 Lyudmila Zhivkova fue hija del dictador Todor Zhivkov. Su padre estuvo en el poder entre 1954-89. Desde pequeña Lyudmila demostró su interés por las artes y la cultura y esto la llevó a estudiar, primero en Moscú -como era debido- y luego en Oxford. Con poco más de veinte años ya trabajaba como asistente de cultura y a los 32 años ya era ministra de cultura. Más allá del evidente nepotismo, no pudieron negar la energía y habilidades de esta mujer. Pero tampoco podían negar que entre su periodo como ministra muchas manifestaciones artísticas que ella promovía empezaban a alejarse de los lineamientos del real socialismo.
Lyudmila, consciente de su inteligencia y poder, era cada vez más atrevida. Con su marido Iván Slavkov organizaba unas veladas que eran conocidas como "la soirée de los viernes", y en las que los intelectuales y artistas podían hablar con libertad y solicitar las influencias de la joven ministra. Pero los atrevimientos fueron llegando a puntos en los que el mando político búlgaro empezó a preocuparse. Se empezó a correr la voz de que la joven ministra se alejaba del marxismo y que se interesaba en el misticismo y las ciencias ocultas. Incluso su interés se fue concentrando más en el chamanismo en México. También se rumoreaba que estaba siendo demasiado influida por un escritor veinte años mayor que ella, cuya amistad fue muy íntima. Se trataba del maestro de las novelas búlgaras de espías, Bogomil Rainov. Este escritor hizo popular a su agente Emil Boev. Que en cabeza de Lyudmila haya habido misticismo y espías no es de sorprender. Ella murió de un tumor cerebral en 1981 y se decía que esa muerte no fue del todo natural. Un caso, quizás, para el agente Emil Boev, pero éste prefirió permanecer en su ficción.
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En los grabados Goya de esta serie de las atrocidades de la guerra, el artista agrega títulos contundentes que de algún modo lo comprometen con su propio trabajo artístico. En uno de ellos dice: "Yo lo vi". Bueno, y por qué no puedo decir yo lo mismo de todo lo referido aquí. De algún modo sí, lo vi.

10/30/2013

Sofía

Es domingo y empiezo a redactar este texto en una enorme y vacía sala de espera en el piso 14 del antiguo Hospital Militar, en la ciudad de Sofía. Lo llamó antiguo porque en la Bulgaria actual este hospital ha dejado de ser exclusivo de los militares entrenados durante el bloque soviético. Este hospital fue construido en los años setenta y mantiene todavía todos esos rasgos, esos colores en los que se privilegia un celeste pálido. Estoy aquí porque doña Daria, la madre de la profesora que me ha invitado a sus cursos de literatuta hispanoamericana, ha tenido una recaída. Mientras la profesora ha entrado a la habitación de su madre a dejarle unas cuantas cosas, yo me acerco a un gran ventanal. Desde esta altura, la del piso 14, en la sección de males gastrointestinales, aprecié un lado de la ciudad de Sofía. Doña Daria debe tener una ventana en su habitación que le permite ver lo que ahora yo observo. Pero no estamos viendo lo mismo. Doña Daria nació en 1935 y fue aún una niña cuando empezó la segunda guerra y cuando finalmente las tropas rusas ocuparon su país. Su familia siempre estuvo ligada a la cultura y esto fue motivo alegrías, pero sobre todo de mucho vigilancia de parte del Estado. Su segundo esposo fue un escritor apreciado e invitado a varias residencias de escritores. Imagínense la convivencia entre escritores asumidos como privilegiados compartiendo el mismo edificio. Pero también hubo momentos de exilio que doña Daria compartió con su marido. De alguna manera se les hizo recurrente pasar de la gloria a la marginalidad y viceversa. Y ahora ya no está su marido escritor. Falleció hace unos años. Y ella está en este edificio de los setentas y yo en la sala de espera.

De niño, poco antes de empezar mis estudios de primaria, a mediados de los setentas, adquirí una bacteria que me mantuvo en tratamiento durante dos años, o poco más. Recuerdo a mi madre llevarme periódicamente al Hospital de Enfermedades tropicales, escuchar atentamente las indicaciones de los médicos, desilusionarse cuando alguno de ellos le decía que el tratamiento no había funcionado. No tengo recuerdo de ingerir ningún medicamento. Sólo viene a mi memoria la imagen de mi madre dándome un vaso con jugo de naranja, frotándome la espalda mientras yo estoy sentado en el retrete y, a la salida del hospital, de ese celeste y pálido hospital, comprarme un huevo cocido al que yo le agregaba ají huacatay. Bueno, también recuerdo las inscripciones de los letreros en los corredores del hospital. Y el letrero habitual era el que indicaba la sección de enfermedades gastrointestinales. Como los avisos en la sala de espera del piso 14 en Bulgaria. Avisos que están escritos en inglés y en cirílico, la escritura que fue creada por los misioneros del Imperio bizantino, y luego canonizados como santos, Cirilio y Metodio. Pero estos nombres me suenan a los cantantes cubanos Celina y Reutilio y especialmente su mención en un poema de un poeta peruano de los setentas, Manuel Morales, ambientado en una cantina. En la calle en la que yo viví de niño, en pleno centro de Lima, había tres cantinas. Dos a los extremos y una muy cerca al edificio donde vivía. La propietaria era la señorita Marina, una mujer pequeña pero muy ruda, la imagen más cercana que tengo al personaje La Chunga, de la novela de Mario Vargas Llosa. Y esta mujer tenía varias sobrinas; entre ellas Alma, una linda muchachita, tan menuda y evanescente como su propio nombre, y que falleció antes de superar la adolescencia.

Llega la noche del domingo y doña Daria debió acompañarnos a la Opera. Su hija había comprado entradas para nosotros tres. Juntos debíamos haber ido al Palacio Nacional de la Cultura y disfrutar el homenaje que realizaban a Wagner y Verdi. Era un momento especial, puesto que Wagner y sus composiciones habían sido prácticamente borrados de todas las listas de representación, sólo porque este compositor había sido uno de los favoritos de Adolfo Hitler. Ahora, alejados los temores de la represión, se recuperan poco a poco estas composiciones. En la pausa, la profesora me muestra unas fotos de su madre que tiene grabadas en su teléfono. Veo una mujer de carácter, de amplia cabellera y ojos muy vivos. La profesora me habla un poco más de la vida doña Daria, de la historia de Bulgaria que la rodea. Y me dice poco antes de que empiece la segunda parte de la ópera: los búlgaros hemos ganado las batallas más importantes, pero ni una sola guerra. Y apagaron las luces.

10/14/2013

De Incas y escritores

Me encuentro en la ciudad de Le Mans, a unos metros del Casco antiguo, pero con una muralla romana que nos separa. Participo de un Salón del Libro, del cual me dicen fue el primero en organizarse en Francia. Es obvio que el Salón de París es el que atrae a todo el mundo en estos tiempos, pero aquí descubro un interés particular, como si se tratara de fieles en plena peregrinación.
El tema de este año es la ruta de los Incas. Y los únicos escritores peruanos invitados somos Grecia Cáceres y yo. Qué hacemos aquí, es la pregunta natural que nos hacemos. Pero descubrimos (descubrir es un decir, porque ya he hablado antes al respecto) que a los franceses les basta con saber que somos peruanos, suficiente para considerarnos lo más cercano a los Incas. Yo les digo que nací en la costa, en Lima, pero eso no les importa. Más de uno me imagina montando una llama en plena avenida Abancay.
Esta visión exótica de nosotros abarca también a todos aquellos escritores que desde hace un par de décadas se desgañitan porque se les reconozca únicamente como escritores, sin mayor resonancia a sus nacionalidades. Esto pudo ser muy frúctifero entre peruanos, mexicanos, chilenos, etc. Pienso en los autores que integraron McOndo y en los de Crack. Pero que en Francia siguen siendo autóctonos. Nada ha cambiado. Nada cambiará.
Por eso ahora estoy sentado en medio de dos escritoras francesas que han escrito novelas históricas ambientadas en Perú, con Incas y conquistadores por todos lados. Y yo soy ahora una especie de huaco retrato, con gollete y asa puente, y unas orejas gigantescas.

9/29/2013

Los detectives ribeyrianos


Esta mañana salí muy temprano hacia el Instituto de Estudios Hispánicos, en París, y que se encuentra a pocos metros del Jardín de Luxemburgo. El cielo estaba algo nublado y una lluvia ligera caía sobre la ciudad. En una sala de este instituto se inició hace unas horas una Jornada de estudios sobre la obra de Julio Ramón Ribeyro. Como es lógico, eran más los especialistas que el público neófito. Lo que me agradan de estos eventos es que puedo reencontrarme con amigos. Algunos de ellos viven en París hace mucho, pero otros vienen desde Lima, como Jorge Coaguila y Daniel Titinger, que al parecer se han convertido en detectives salvajes. Ellos están realizando un periplo europeo en busca de información sobre Ribeyro. Coaguila escribirá -o escribe- la biografía y Titinger un perfil. Qué diferencia una de otra, sólo ellos lo saben. Lo divertido de todo esto es que ambos no sólo comparten datos mutuamente, entre ellos y con el público, sino que están a la caza de todo aquel que les pueda dar algún dato nuevo. Lo último que les acaba de suceder es haber conversado con la viuda de Ribeyro. Ahora mismo ambos están rumiando esta experiencia. Como también es lógico en estos eventos académicos, unos se escapan al hotel para hacer una siesta (Coaguila), otros se disciplinan para escuchar todas las ponencias (Titinger) y unos más se van a un café a tomar notas, mirar monótonamente la gente pasar y escribir estos textos (yo). Claro, estos detectives también me preguntaron si conocí en persona a Ribeyro. Conocer es decir mucho, les dije. Lo vi sólo una vez. En una de sus últimas presentaciones en Lima, en La Estación de Barranco. Yo llegué tarde y el lugar estaba por reventar. Escuché algo de lo que dijo, pero, por la distancia a la que me encontraba, era muy difícil seguir sus ideas. Al final del evento, me encontré con la escritora Patricia de Souza. Ella me dijo que me lo presentaría y que incluso podríamos invitarlo a cenar comida de la selva, ya que ella como yo tenemos orígenes amazónicos. La idea me pareció buena. Y bastó decirlo para que de pronto tuviéramos frente nuestro a Ribeyro, quien iba de salida. Patricia me lo presentó, le apreté la mano, y ella le explicó la propuesta. Ribeyro me miró y me dijo:
-Vamos a comer monos.
Y se echó a reír. Y se fue.
Este fue mi único contacto personal con él, les digo a los detectives ribeyrianos. Uno se decepcionó, el otro se divirtió.
Debo pagar el café y volver a esta jornada académica. El sol aparece, pero muy tímidamente; casi parece cielo limeño.

9/13/2013

Campo de saltamontes 2

Esta vez les tocó a mis amigos del campo pasar unos días con nosotros en Burdeos. Un fin de semana divertido. Sus niños, de 7 y 3 años, trajeron sus osos de peluche y otros juguetes. Sobre todo la menor, llamada Manuela, nos tuvo a todos atentos a sus gracias y ocurrencias, y también nos mantuvo en silencio mientras ella hacía la siesta.
Al día siguiente de que partieran, descubrimos que nos habían dejado en casa un visitante. Se trataba de un saltamontes. Vivo en el tercer piso de un edificio en piedra del siglo XVIII, común en esta ciudad, y lo menos probable que pueda albergar esta construcción son los saltamontes. Obviamente, el bicho saltaba por la sala en busca de tierra y hierbas donde mimetizarse y librarse de riesgos. Nos dijimos que a lo mejor vino en uno de los juguetes de Manuela que, según me enteré después, se divertía cazándolos. Quise pensar que se trataba del mismo saltamontes que había observado en el campo semanas antes, cuando fuimos nosotros los visitantes. Todos los saltamontes son iguales, me dije. Pero me correjí de inmediato, puesto que de algún modo estaba simplificando la existencia de este saltamontes -quizás entre ellos se distinguen y valoran-. De todos modos era probable que él me haya percibido en su territorio -por qué negar esta posibilidad- y que ahora se preguntara qué hacía en este lugar ajeno a su naturaleza, en esta ciudad. Mi mujer lo tomó delicadamente y lo puso en una de nuestras macetas en el balcón. Es lo más parecido al campo del que podemos disponer y, además, que lo podría tener parcialmente a salvo de nuestro gato.
Ignoro la distancia de la que es capaz de saltar uno de estos insectos, pero asumí que la prudencia prevalecería en él y que no se animaría a lanzarse desde el tercer piso. Pero no subestimemos la valentía de un saltamontes ni su capacidad de nostalgia, como tampoco su entrega a la leve fatalidad del vacío.

8/27/2013

Campo de saltamontes

La semana pasada visité a unos amigos que viven en el campo. En el caso de esta región es sumamente fácil abandonar los edificios, las calles y todo el ruido de la ciudad y, a sólo veinte minutos o menos, encontrarse en medio de árboles, montañas y extensos terrenos de cultivo. Hay gente, mucha gente, que en los últimos años ha optado por comprarse una casa en el campo e ir en su automóvil a su trabajo, en cualquier conglomerado urbano que lo rodee. Claro, también están los que, negándose a las facilidades de esos veinte minutos de distancia, o se quedan en la ciudad o en medio de los árboles.
A mí, aunque me guste el campo, no puedo negar que soy un hombre de ciudad. Y es por ello que las raras veces que me alejo de casa y me dirijo a las montañas vea todo de un modo nuevo para mí y me maraville de lo que es cotidiano para esta gente.
En casa de mis amigos la pasé estupendamente. Tienen no un jardín, sino un extenso terreno de hierbas y árboles. Lo primero que hice después de la comida del mediodía fue dar una vuelta por ese terreno. Hacía mucho calor, digamos 30 grados. A cada paso vi pequeñas cosillas que, por la luz, las creí hierbas secas que se elevaban por el viento y el movimiento de la maleza. Miré con un poco más de atención y descubrí que no se trataban de hierbas secas, sino de saltamontes que brincaban, seguramente espantados, al mismo ritmo de mis pasos. Me detuve y agaché para verlos mejor y ninguno se movía si yo no lo hacía antes. Intenté tocar a uno de ellos, pero éste dio un solo brinco largo. Llevé mi mano nuevamente al mismo insecto y volvió a saltar, pero esta vez realizó un tramo más corto. Insistí y los saltos eran cada vez breves. Finalmente no brincó y dejó que lo tocara. Esto no significa que se acostumbrara a mí. A lo mejor estaba aterrorizada y se daba por vencido. A lo mejor sólo esperaba la muerte.
Me levanté y continué mi paseo. Nuevamente, y nuevos insectos, saltaron a mi paso. A cada paso se creaba como una nubecilla de puntos grises alrededor de mis pies.
Pienso que esto mismo pude haber vivido en los andes del Perú. En general, no habría mayores diferencias en el escenario de esta anécdota. Sin embargo, sospecho -porque es eso, una sospecha- que ciertos lectores (y escritores que son lectores) desautorizarían lo que acabo de describir porque no nací, ni crecí ni pasé parte de mi vida con aquellos saltamontes peruanos. Decimos, por lo general, que estas reacciones hacia el mundo que acabamos de representar son caducas, que lo urbano y lo rural, si bien son espacios diferenciados, aceptan todas las miradas y que no hay una única representación validada por aquel que a lo mejor nunca se fijo en ese saltamonte. Sin embargo, estas reacciones todavía existen.
Lo cierto es también que cuando retorné del paseo me había acostumbrado a esa nubecilla de insectos.

8/12/2013

Las maravillas

Acabo de cruzarme en la calle Porte Dijeaux con un par de ancianas, diría yo cercanas a los ochenta años, tomadas del brazo y vestidas como niñas. Ambas tenían cabellera larga en unas primorosas y bien enlazadas trenzas que caían a cada lado de sus mejillas. El color de sus cabellos era del gris cenizo en una y de un rubio decolorado la otra. Llevaban zapatos bajos de charol, blancos, y unas medias rosadas hasta la rodilla. Una, la del cabello cenizo, llevaba una falda plisada de color fucsia, mientras que su compañera portaba una falda campana, verde. Sus blusas eran verde limón y de cuello circular. No estaban maquilladas. La verdad, no pude evitar seguirlas. No es algo que vea todos los días. Aunque esta mañana ya había algunas cosas fuera de lo común. Como la de un joven ciego que al parecer necesitaba ayuda. Cuando me aproxime a unos cuantos metros, ya estaban muy cerca de él dos policías y una mujer. Hasta aquí nada de extraordinario. Salvo que lo volvía a ver tres horas después, en otro barrio, cerca del Marché de Capucins, gritando en español: “Hay alguien que hable español y me pueda ayudar? Que pese en sus conciencias si es que me llega a suceder algo.” Por su acento, era claro que venía de España. Luego lo repitió todo en francés. Cuando me iba a acercar a él, de pronto cruzó la calle, gritando: “Si un coche me arrolla, será culpa de ustedes.” Su voz era la de un demente. Pero lo que el ciego desquiciado no sabía era que esas calles estaban bloqueadas debido a obras de verano y sólo circulaban por allí una que otra bicicleta. “Que me voy a matar y ustedes verán mi cuerpo en el suelo”, seguía gritando en español y francés. Nuevamente atravesó la calle. Como es lógico, en lugar de atraer a posibles colaboradores, espantó a medio mundo. Yo no sabía qué hacer. Al menos me tranquilizaba saber que no iba a ser atropellado. Iba y venía de esquina a esquina, hasta que se detuvo y puso cara de estar atento a los ruidos. Creo que empezó a sospechar que por ahí no circulaban carros. “Que sois unos hijos de puta”, dijo y se fue en dirección a la plaza Saint Michel.
Por esa razón no podía quedarme con la curiosidad de estas ancianas-niñas o viceversa. Ellas iban muy juntas, cuchicheaban y miraban las calles. Tenían aire de estar extraviadas. Se ve muchos así en agosto. La cantidad de turistas es enorme. Pero ellas no tenían mapas, mochilas, bolsos, nada. Iban juntas pero no se decidían a dónde. Eran muy menudas y costaba seguirlas entre tanta gente. Luego doblaron por la calle Vital Carles y yo pensé que se dirigirían a la Catedral, pero no. Se detuvieron, cuchichearon algo y dieron media vuelta. Como yo no me esperaba este cambio de dirección tuve que seguir de largo. Ellas pasaron a mi lado y ni siquiera se fijaron en mí. Como hablaban en voz muy baja, al pasar sólo pude darme cuenta de que eran francesas y que una de ellas dijo: “On ne va jamais y arriver”. Volvieron a la calle Porte Dijeaux y doblaron a la izquierda. Yo no sabía cuándo detenerme. Yo dudaba tanto como ellas. No sé a dónde, pero yo tampoco voy a llegar, me dije. Al momento llegó un mensaje a mi teléfono, al que respondí de inmediato. Al buscarlas de nuevo, noté que habían avanzado unos buenos metros. De pronto se soltaron de los brazos y se despidieron con un par de besos. Cada una tomó un camino diferente. Una por una calle principal y la otra por calle que va en curva, muy angosta. Obviamente, no me decidí a seguir a alguna en especial. Di media vuelta, hacia mi casa, pero antes me pareció la voz del ciego español: “Que sois unos hijos de puta”.

7/03/2013

LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES

Hace unos días recibí un mensaje de un joven escritor mexicano, quien se presentó contándome que en la Feria de Libro de Guadalajara, en un stand para libros peruanos, encontró mi libro Habitaciones. Lo compró por pura curiosidad, me dice. Y fue muy amable, no sólo por su lectura, sino porque incluso escribió una reseña a mi libro, que este 2013 cumplió 20 años de publicado. Me siento halagado, no lo niego, pero también agradecido, y me confirma que el gesto de un solo lector puede ser suficiente para saber que no estamos tan solitarios en este oficio. Aquí les dejo la reseña, y va un abrazo para Darío Zalapa.

LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES


Darío Zalapa Solorio



La habitación, vista como uno de los espacios más íntimos en los que nos resguardamos del mundo, conserva para sí los secretos que atestigua, aquello que nos ve hacer a solas, o con la más urgente compañía, y que nunca haríamos en otro sitio. Ricardo Sumalavia, en el que fue su primer libro de relatos, logra transferir la complicidad de este espacio a las situaciones fugaces que presenta en cada historia. Habitaciones (Estruendo mudo, 2005), como todo buen libro de cuentos, o al menos como los que se jacten de serlo, teje un hilo casi imperceptible que corre entre las historias, logrando mantener una unidad que recae en la temática, pero que también se hace presente de manera lenta y agradable, en secreto, a oscuras, como el rastro que dejamos al deambular por nuestra habitación.
Sumalavia se aventura en terrenos peligrosos: el cuento experimental, vanguardista, puesto sobre la mesa para ser desmenuzado. Historias breves en extensión pero profundas en cada acción; relatos mínimos cuyas estructuras vagan entre la prosa poética, el verso libre y la minificción. Siendo consecuente, opta por una narración rápida, casi sin pausas, que ofrece la posibilidad de leer Habitaciones de la misma manera en que se desarrollan sus historias: cortísimos instantes en los que los personajes viajan entre sus recuerdos: la fotografía de unos desconocidos, la última charla con los camaradas, las primeras escapadas infantiles, las amistades truncadas, el amor fugaz.
Como aclaración temprana, se debe acotar que éste puede ser un pésimo libro en los ojos equivocados. Habitaciones no repara en juegos sintácticos ni en imágenes aventuradas. Aquel lector que guste de una lectura rápida y sin complicaciones, poco placer encontrará en relatos como “Porque el mar está al otro lado”, donde una sola frase, en tres momentos diferentes del cuento y ordenada de manera distinta, sirve para marcar el cambio de narrador y, por ende, para entender que se trata de tres personas contando la misma anécdota: un amorío adolescente limitado al juego de miradas al terminar las clases; o como en “Estreno”, relato a manera de guión teatral donde las acotaciones, propias del género, forman parte del inconsciente de quienes aparecen en escena; o, y quizá el más emblemático en este aspecto, en “Del canto que somos testigos”, narración de un hombre mayor en la que sentencia que su gusto por los hospitales se debe a la urgencia por fragmentarse, terminando el relato en párrafos regados por las hojas, siendo cada uno de ellos un recuerdo sin orden, sin cuidado, como la memoria misma: fragmentada.
Por el contrario, y como muestra de la pluralidad que alcanza el libro –o  Sumalavia como narrador–, se encuentran también los relatos de estructura convencional: breves narraciones donde una sola acción alcanza para exponer la psique entera de quien la enuncia. A “Buenos muchachos”, por ejemplo, le bastan once líneas para confrontar a dos amigos que están por iniciar un viaje: el que se quiere ir por el miedo a guardar recuerdos, y el que se quiere quedar por el miedo de perderlos. “Todos allá, en la plaza”, uno de los mejores del libro, cuenta de manera lineal la procesión de un pueblo camino al linchamiento de un asesino, mientras el narrador, íntimo del acusado, busca en su memoria algún recuerdo para convencerse de que, como lo grita el tumulto, su amigo es quien en verdad cometió el crimen.
Habitaciones también podría ser un manual sobre el pasado. Algunos de sus engranes se encargan de mantenerlo próximo, de acercarnos al miedo que sienten sus personajes cuando observan cómo empieza a fugarse. En “Lo más cercano a la noche”, cuento de tres capítulos –pese a la brevedad del mismo–, un hombre liga sus paseos nocturnos con sus primeras travesuras infantiles, y éstas, a su vez, con la soledad que le queda luego de que su amante abandona la habitación: tres momentos de su vida en los que la angustia por encontrarse solo es lo único que ronda en el aire. Algo similar ocurre en “La sal de las manos”, brevísimo recuento de la vida de un hombre y su hijo, basado solamente en la inquietud del pequeño por aprender el oficio del padre cuando descubre que sus manos saben a sal y el temor que siente el hombre, cuando viejo, al descubrir que sus dedos son añejos y arrugados y que es ridículo que continúe lamiéndolos.
En definitiva, Habitaciones ofrece una lectura fresca, sin compromisos, como si se tratara de un juego infantil. La apuesta que Sumalavia hace al encadenar contenido y forma, mediante la brevedad y la rapidez, le deja una gran ganancia: logra habitar cada recoveco vacío en la memoria de sus personajes. Si todo cuento nace de una premisa, se puede asegurar que las de este libro son los recuerdos que se van quedando en habitaciones abandonadas, mismos que Sumalavia se encarga de desempolvar para darles una segunda oportunidad.

7/02/2013

Divina voz




En esta tarde de julio vivo en la calle de la Porte Dijeaux, en el centro de Burdeos, en el número 25. Ocupo una tercera planta en el que sus seis balcones me ofrecen una admirable luminosidad en el interior y una vista a la calle muy particular. Digo particular porque puedo observar a los transeúntes casi como un dios otea a sus criaturas. La calle, sin ser demasiado angosta, lo es lo suficiente como para que los paseantes se concentren en la ruta peatonal o en las vitrinas y escaparates de los comercios aledaños. Esto hace que pocos levanten la mirada hasta la altura del balcón desde donde yo los observo. Si veo algún amigo caminando por mi calle, lo que más me divierte es esperarlos a que se aproximen y mirarlos desde un ángulo perpendicular para luego llamarlos a voz en cuello. Ellos se desconciertan. Escuchan mi voz desde muy cerca, pero su primera reacción es mirar a los lados, nunca hacia arriba. Yo vuelvo a repetir sus nombres y ellos vuelta a girar en torno de sí, casi con el malestar de creer que la voz que los llama proviene de ellos mismos. Son sólo unos segundos porque de inmediato les grito: "aquí  arriba". Como estoy exactamente en línea recta sobre ellos, no les es fácil levantar la cabeza y mantenerla alzada por mucho tiempo. La charla dura muy poco, lo que les toma aliviarse de la sorpresa -pienso-, y retoman su paseo. Yo me quedo en silencio, observo un poco más a la gente, y después cierro los ventanales -como hacen los dioses, me imagino-.

6/09/2013

Lost in Praga

Hace algunos años me perdí en una ciudad que siempre quise conocer: Praga. Debo decir que el primer interés nada tuvo que ver con la literatura. O eso creía yo.  De niño, mi abuela materna alguna vez me dijo que ella tenía un santo, virgen, Jesús o patrón para cada uno de sus nietos. El mío, nunca me lo supo explicar por qué, era el Niño Jesús de Praga. Luego se sumaron otras razones. Iría a la tierra de Kafka, vería El Castillo, y estaría en territorio de Sergio Pitol. Y se sumaba un motivo más: vería, al menos de lejos, a Enrique Vila Matas. Esta historia la pude haber contado antes, pero si hasta ahora no lo hice, fue por pura vergüenza. 
No sé cómo, pero el embajador peruano en Praga había logrado colar a una comitiva de escritores peruanos a la Feria del Libro, cuando en realidad el país invitado era España. Al día siguiente de nuestra llegada, y antes de que la comitiva peruana interviniera aquella tarde, el embajador nos invitó a almorzar en su residencia. Fuimos Jorge Eduardo Benavides, Carlos Herrera, Teresa Ruiz Rosas, Leyla Bartet y yo. La particular situación empezó cuando, desde la recepción, apareció un mayordomo checo que repetía: "Un pisquito, un pisquito" y nos dejaba una copa a cada uno. Era lo único que sabía decir este hombre. Luego de tres copas ya me encontraba ligeramente mareado, pero esto pasó de gris a negro cuando sirvieron los vinos durante la comida. Por suerte en ese instante un prudente silencio me mantuvo al margen de la charla. Después del almuerzo nos llevaron otra vez a la Feria, dije dos o tres cosas -que seguro la traductora simultánea puso en orden o se lo inventó- y nos dijeron que las celebraciones continuaban en el Instituto Cervantes de Praga, donde habría un brindis de honor a los escritores españoles. Allí fuimos y la borrachera revino, y esta vez con una desatada locuacidad. Nos presentaron a una cantidad enorme de personas y no sé cuántas tonterías más habré dicho. De pronto, Benavides me tomó del brazo, me sentó en una mesa y me presentó a Enrique Vila-Matas. Él estaba con su mujer y bebía una cola-cola. Me quedé mudo de la impresión. Mi cerebro puso en marcha la poca sensatez que me quedaba y nuestra charla, de cinco minutos, fue cortés. Le parecía irónico que un escritor llevara por apellido "Sumalavia". Sonreí, pedí disculpas y fui a otro de los salones. Luego, para procesar aquel encuentro, retomé la bebida. Tengo lagunas de lo que siguió en ese lugar. Lo que sí recuerdo es que, en determinado momento, bajo otro breve rayo de lucidez, decidí irme al hotel y me paré junto a la puerta del Instituto para terminar de decidirme. De repente un auto se detuvo, descendió de él una mujer menuda, de una cabellera descuidada, que se me acercó, extendiéndome la mano.
-Soy María Kodama.
-Bienvenida- le dije -la estábamos esperando. El director del Cervantes se ha ido un momento al baño pero me dejó aquí parado en su lugar. 
Obviamente la Kodama no me hizo caso y se fue en busca de alguien sobrio. Ahora sí, me dije, momento de partir. Pero antes de salir, uno de los camareros, que era argentino y había sido testigo de mi recibimiento a la viuda, me regaló una botella de vino y una copa. 
-Para el camino, che- me dijo.
Lo que yo no sabía era que un grupo de mis amigos pretendía seguir la celebración en un bar típico de Praga, lejos de los turistas. Me sumé a ellos y caminé no sé cuántas calles. Al parecer varios desistieron en el camino, pues sólo Carlos Herrera, yo y un grupo de checos llegamos al bar. Sin duda el lugar correspondía a lo que se podría llamar un bar de escritores, pero yo no estaba en condiciones de apreciar todos los detalles. Muy entrada la noche abandoné este sitio. No me despedí de nadie. Sólo salí. Empecé a caminar sin dirección precisa, esperando reconocer algún momento y poder orientarme para llegar al hotel. Lo que sabía era que éste estaba al otro lado del río, a pocas calles del puente Charles. Sin embargo, no reconocía nada. Tampoco había nadie a quien preguntar. Al poco tiempo me ganó la angustia y me senté al borde de la pista sin saber qué hacer. Me llevé las manos a los bolsillos y ni siquiera encontré la tarjeta con la dirección del hotel. Lo que hallé fue mi celular. Sin pensarlo dos veces llamé a mi casa en Burdeos. Me respondió mi esposa. Le expliqué todo, avergonzado, pero también con la tranquilidad que me daba escuchar su voz. Me reprendió como a un niño, y yo la escuchaba hablar, feliz. Como mi hija mayor se acuesta muy tarde, había escuchado todo. Le pidió el teléfono a su madre y me la pasó.
-Papá, estoy en Google maps. Camina hacia cualquier esquina y deletréame el nombre de la calle.
Eso hice y ella empezó a dirigirme. Todo esto fue una curiosa versión de Matrix. De pronto me dijo que doblara a la izquierda y que mirara al frente.
-Papá, ahora ves el río Moldava. Levanta la mirada.
Eso hice. Vi el río, el puente que me conduciría a mi hotel y, en lo alto, increíblemente iluminado, el Castillo, el de Kafka.
Mi hija me pasó nuevamente con mi mujer y yo les agradecí.
-Qué sería de mí sin ustedes -dije-. "Y sin el Niño Jesús de Praga"-pensé. 

6/05/2013

CulturAmérica y Ana María Shua


Dentro del marco del ya tradicional y ampliamente conocido Festival CULTURAMERICA, que se realiza todos los años en la ciudad de Pau, Francia, se realizó esta entrevista a cargo de Ricardo Sumalavia a la escritora argentina Ana María Shua. El concepto es atrapar a un escritor y ser entrevistado en un formato artesanal, como un smartphone y, sobre todo, disfrutar de una buena charla.

5/28/2013

Río quieto

Ahora que empiezo a escribir este texto, estoy sentado en un banco, a unos pasos del Ródano, en Ginebra, viendo avanzar las aguas del río. Sentado aquí no me fue difícil recordar que Jorge Luis Borges incluyó en su conjunto de cuentos El libro de arena, uno titulado El otro. De hecho es el primera de esta colección. En este cuento Borges está igualmente sentado en un banco, contemplando el río Charles, durante su estancia en Cambridge. Este Borges bordea los ochenta años y, sorprendido en su contemplación -o a causa de ella misma- a otro lado del banco se sienta un joven. Esta presencia a su lado no es otro que un Borges de 18 años, éste último afirma estar en ese mismo instante en Ginebra, en un año que bien podría ser 1918, y que el banco que ocupa está frente al Ródano -quizás donde estoy ahora redactando este texto-. Pero a mi lado no hay nadie. Sólo veo unos patos que se dejan llevar por la fluidez del río.
Acaban de pasar unas pocas horas y ya no estoy sentado en el banco de antes, pero continuo este texto, que de alguna manera es como si me mantuviera aún contemplando el río. He pasado por la librería iberoamericana Albatros, en la calle Humbert, y revisado el cuento de Borges. En él, además de los datos del encuentro, se menciona la dirección de la casa en la que vivió el argentino desde sus catorce años. 17 de la route Malagnou, frente a la iglesia rusa. Ginebra no es tan grande, así que emprendí el camino. Pensé que hallando la iglesia mencionada todo sería más fácil. Pero no fue así. La dirección exactamente enfrente de este lugar no corresponde a la dirección indicada. Hizo falta caminar unos doscientos metros más para hallar la calle y el número 17. La memoria a veces falla, incluso cuando hablamos de la infancia. Si las distancias no fueron exactas, la casa que encontré bien pudo ser la correcta. Ahora era ocupada por los empleados del servicio de cultura y deporte de la municipalidad de Ginebra. Es una casona en medio de un parque, con -nada es coincidencia- varios senderos que llevaban a ella. Nadie me pudo dar razón porque en esta casa había un cartel que reenviaba a los curiosos a otra oficina, algo más alejada.
No puedo negar que me quedé con la duda. Me costaba crear una ligereza en la memoria de Borges. Pero luego, volviendo al cuento, hay algunos momentos en los que se pone a prueba la veracidad de los recuerdos. En un pasaje el anciano Borges rememora sus tardes en la plaza Dubourg. "Dufour", le corrige el joven. Y poco después, este muchacho le pregunta por el estado de su memoria. A lo que Borges responde:
-Suele parecerse al olvido. Pero todavía encuentra lo que le encargan (...)
Luego, entre algunas vueltas que di por la ciudad, me topé con una pequeña plaza llamada Bourg de Four. Me fue quedando claro que este cuento, más allá del tema del doble, o debajo de ella, mostraba también la conciencia sobre la fragilidad de la memoria. Y, en estos casos, sólo nos queda excusarnos con nuestro pasado, que es a quien vamos a traicionar.
Vuelvo al banco en el que estaba sentado. Observo el río y nadie se sienta a mi lado. Bueno, esto no exacto. Un pato sobrevoló y se posó al extremo unos cuantos segundos. Pero ya sabemos que el tiempo es una broma.

5/21/2013

Guadalupe Nettel y los animales



De mi última visita a Madrid pude traer a casa muchos libros que quería leer. Los he colocado sobre mi escritorio siguiendo más o menos un criterio que sé de antemano que no respetaré. Pero había un libro que tenía premura de leer: El último libro de Guadalupe Nettel. Su anterior conjunto de cuentos, Pétalos, ya me había cautivado por la presencia, digamos, de una estética de la mirada; historias en las que los cuerpos y los sentimientos se distorsionan en plena contemplación. Es decir, los vemos mejor mientras se están distorsionando. Ahora, con El matrimonio de los peces rojos (Páginas de espuma, 2013), Nettel da un paso más adelante.

En las cinco historias de este libro la sutileza se impone, pero de un modo particular. Normalmente estamos acostumbrados como lectores a que si el narrador nos cuenta la historia, en un primer o segundo plano, de un objeto, animal, o una anécdota trivial, nosotros de inmediato establecemos la correspondencia con los personajes principales. Vemos que la historia, aparentemente banal, es una metáfora de lo que le puede estar sucediendo a los seres humanos. Este recurso es así y funciona; pero en Guadalupe Nettel esto no es suficiente. Ella nos anuncia desde el principio que los animales son el espejo de los hombres y viceversa, y que hay una tradición literaria que sustenta esta afirmación. Sin embargo, aunque nos pudiera parecer evidente, esta idea requiere ser profundizada, explorada en sus matices y, por fin, llevada al límite. Y esto es lo que encontramos en las cinco historias de El matrimonio de los peces.
El cuento que da nombre al libro nos habla de una joven pareja que va a tener un niño. Todo parece bien organizado en esta familia que se va haciendo hasta que, bajo la presencia de unos peces rojos cuya convivencia entre ellos parece inconcebible desde el principio, sus vidas –la de los amos- se van minando sin explicación, como si la naturaleza de ciertos humanos fuera temer la vida en común.
En otra de sus historias, "Guerra en los basureros", un niño es dejado en casa de sus tíos para que no sea testigo de la destrucción de la vida conyugal de sus padres. Y una noche, alejándose de una parte de su familia que no logra entender, descubre que, luego de aplastar una cucaracha, ha activado una cadena alucinante de insectos combativos. Se libra entonces una batalla en la que finalmente aprendemos cuan desamparados podemos estar.
“Felina”, “Hongos” y “La serpiente de Beijín” son abren también otras puertas a estas experiencias del cuerpo y del instinto. Los cuentos de este libro son hermosamente desestabilizadores. Varios de sus protagonistas, especialmente los femeninos,  sienten una instintiva protección hacia sus animales. Y se nos sugiere que éstos hacen lo mismo con nosotros; desde lo más intuitivo y primario de nuestra naturaleza, hasta aquellos actos complejos que ni unos ni otros llegamos a entender; como el famoso personaje cortazariano que experimenta una simbiosis con un axololt. Miramos y seguimos mirando y nos preguntamos aún de qué lado de las especies estamos.
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