5/28/2013

Río quieto

Ahora que empiezo a escribir este texto, estoy sentado en un banco, a unos pasos del Ródano, en Ginebra, viendo avanzar las aguas del río. Sentado aquí no me fue difícil recordar que Jorge Luis Borges incluyó en su conjunto de cuentos El libro de arena, uno titulado El otro. De hecho es el primera de esta colección. En este cuento Borges está igualmente sentado en un banco, contemplando el río Charles, durante su estancia en Cambridge. Este Borges bordea los ochenta años y, sorprendido en su contemplación -o a causa de ella misma- a otro lado del banco se sienta un joven. Esta presencia a su lado no es otro que un Borges de 18 años, éste último afirma estar en ese mismo instante en Ginebra, en un año que bien podría ser 1918, y que el banco que ocupa está frente al Ródano -quizás donde estoy ahora redactando este texto-. Pero a mi lado no hay nadie. Sólo veo unos patos que se dejan llevar por la fluidez del río.
Acaban de pasar unas pocas horas y ya no estoy sentado en el banco de antes, pero continuo este texto, que de alguna manera es como si me mantuviera aún contemplando el río. He pasado por la librería iberoamericana Albatros, en la calle Humbert, y revisado el cuento de Borges. En él, además de los datos del encuentro, se menciona la dirección de la casa en la que vivió el argentino desde sus catorce años. 17 de la route Malagnou, frente a la iglesia rusa. Ginebra no es tan grande, así que emprendí el camino. Pensé que hallando la iglesia mencionada todo sería más fácil. Pero no fue así. La dirección exactamente enfrente de este lugar no corresponde a la dirección indicada. Hizo falta caminar unos doscientos metros más para hallar la calle y el número 17. La memoria a veces falla, incluso cuando hablamos de la infancia. Si las distancias no fueron exactas, la casa que encontré bien pudo ser la correcta. Ahora era ocupada por los empleados del servicio de cultura y deporte de la municipalidad de Ginebra. Es una casona en medio de un parque, con -nada es coincidencia- varios senderos que llevaban a ella. Nadie me pudo dar razón porque en esta casa había un cartel que reenviaba a los curiosos a otra oficina, algo más alejada.
No puedo negar que me quedé con la duda. Me costaba crear una ligereza en la memoria de Borges. Pero luego, volviendo al cuento, hay algunos momentos en los que se pone a prueba la veracidad de los recuerdos. En un pasaje el anciano Borges rememora sus tardes en la plaza Dubourg. "Dufour", le corrige el joven. Y poco después, este muchacho le pregunta por el estado de su memoria. A lo que Borges responde:
-Suele parecerse al olvido. Pero todavía encuentra lo que le encargan (...)
Luego, entre algunas vueltas que di por la ciudad, me topé con una pequeña plaza llamada Bourg de Four. Me fue quedando claro que este cuento, más allá del tema del doble, o debajo de ella, mostraba también la conciencia sobre la fragilidad de la memoria. Y, en estos casos, sólo nos queda excusarnos con nuestro pasado, que es a quien vamos a traicionar.
Vuelvo al banco en el que estaba sentado. Observo el río y nadie se sienta a mi lado. Bueno, esto no exacto. Un pato sobrevoló y se posó al extremo unos cuantos segundos. Pero ya sabemos que el tiempo es una broma.

5/21/2013

Guadalupe Nettel y los animales



De mi última visita a Madrid pude traer a casa muchos libros que quería leer. Los he colocado sobre mi escritorio siguiendo más o menos un criterio que sé de antemano que no respetaré. Pero había un libro que tenía premura de leer: El último libro de Guadalupe Nettel. Su anterior conjunto de cuentos, Pétalos, ya me había cautivado por la presencia, digamos, de una estética de la mirada; historias en las que los cuerpos y los sentimientos se distorsionan en plena contemplación. Es decir, los vemos mejor mientras se están distorsionando. Ahora, con El matrimonio de los peces rojos (Páginas de espuma, 2013), Nettel da un paso más adelante.

En las cinco historias de este libro la sutileza se impone, pero de un modo particular. Normalmente estamos acostumbrados como lectores a que si el narrador nos cuenta la historia, en un primer o segundo plano, de un objeto, animal, o una anécdota trivial, nosotros de inmediato establecemos la correspondencia con los personajes principales. Vemos que la historia, aparentemente banal, es una metáfora de lo que le puede estar sucediendo a los seres humanos. Este recurso es así y funciona; pero en Guadalupe Nettel esto no es suficiente. Ella nos anuncia desde el principio que los animales son el espejo de los hombres y viceversa, y que hay una tradición literaria que sustenta esta afirmación. Sin embargo, aunque nos pudiera parecer evidente, esta idea requiere ser profundizada, explorada en sus matices y, por fin, llevada al límite. Y esto es lo que encontramos en las cinco historias de El matrimonio de los peces.
El cuento que da nombre al libro nos habla de una joven pareja que va a tener un niño. Todo parece bien organizado en esta familia que se va haciendo hasta que, bajo la presencia de unos peces rojos cuya convivencia entre ellos parece inconcebible desde el principio, sus vidas –la de los amos- se van minando sin explicación, como si la naturaleza de ciertos humanos fuera temer la vida en común.
En otra de sus historias, "Guerra en los basureros", un niño es dejado en casa de sus tíos para que no sea testigo de la destrucción de la vida conyugal de sus padres. Y una noche, alejándose de una parte de su familia que no logra entender, descubre que, luego de aplastar una cucaracha, ha activado una cadena alucinante de insectos combativos. Se libra entonces una batalla en la que finalmente aprendemos cuan desamparados podemos estar.
“Felina”, “Hongos” y “La serpiente de Beijín” son abren también otras puertas a estas experiencias del cuerpo y del instinto. Los cuentos de este libro son hermosamente desestabilizadores. Varios de sus protagonistas, especialmente los femeninos,  sienten una instintiva protección hacia sus animales. Y se nos sugiere que éstos hacen lo mismo con nosotros; desde lo más intuitivo y primario de nuestra naturaleza, hasta aquellos actos complejos que ni unos ni otros llegamos a entender; como el famoso personaje cortazariano que experimenta una simbiosis con un axololt. Miramos y seguimos mirando y nos preguntamos aún de qué lado de las especies estamos.
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