7/03/2013

LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES

Hace unos días recibí un mensaje de un joven escritor mexicano, quien se presentó contándome que en la Feria de Libro de Guadalajara, en un stand para libros peruanos, encontró mi libro Habitaciones. Lo compró por pura curiosidad, me dice. Y fue muy amable, no sólo por su lectura, sino porque incluso escribió una reseña a mi libro, que este 2013 cumplió 20 años de publicado. Me siento halagado, no lo niego, pero también agradecido, y me confirma que el gesto de un solo lector puede ser suficiente para saber que no estamos tan solitarios en este oficio. Aquí les dejo la reseña, y va un abrazo para Darío Zalapa.

LA MEMORIA EMPOLVÁNDOSE EN HABITACIONES


Darío Zalapa Solorio



La habitación, vista como uno de los espacios más íntimos en los que nos resguardamos del mundo, conserva para sí los secretos que atestigua, aquello que nos ve hacer a solas, o con la más urgente compañía, y que nunca haríamos en otro sitio. Ricardo Sumalavia, en el que fue su primer libro de relatos, logra transferir la complicidad de este espacio a las situaciones fugaces que presenta en cada historia. Habitaciones (Estruendo mudo, 2005), como todo buen libro de cuentos, o al menos como los que se jacten de serlo, teje un hilo casi imperceptible que corre entre las historias, logrando mantener una unidad que recae en la temática, pero que también se hace presente de manera lenta y agradable, en secreto, a oscuras, como el rastro que dejamos al deambular por nuestra habitación.
Sumalavia se aventura en terrenos peligrosos: el cuento experimental, vanguardista, puesto sobre la mesa para ser desmenuzado. Historias breves en extensión pero profundas en cada acción; relatos mínimos cuyas estructuras vagan entre la prosa poética, el verso libre y la minificción. Siendo consecuente, opta por una narración rápida, casi sin pausas, que ofrece la posibilidad de leer Habitaciones de la misma manera en que se desarrollan sus historias: cortísimos instantes en los que los personajes viajan entre sus recuerdos: la fotografía de unos desconocidos, la última charla con los camaradas, las primeras escapadas infantiles, las amistades truncadas, el amor fugaz.
Como aclaración temprana, se debe acotar que éste puede ser un pésimo libro en los ojos equivocados. Habitaciones no repara en juegos sintácticos ni en imágenes aventuradas. Aquel lector que guste de una lectura rápida y sin complicaciones, poco placer encontrará en relatos como “Porque el mar está al otro lado”, donde una sola frase, en tres momentos diferentes del cuento y ordenada de manera distinta, sirve para marcar el cambio de narrador y, por ende, para entender que se trata de tres personas contando la misma anécdota: un amorío adolescente limitado al juego de miradas al terminar las clases; o como en “Estreno”, relato a manera de guión teatral donde las acotaciones, propias del género, forman parte del inconsciente de quienes aparecen en escena; o, y quizá el más emblemático en este aspecto, en “Del canto que somos testigos”, narración de un hombre mayor en la que sentencia que su gusto por los hospitales se debe a la urgencia por fragmentarse, terminando el relato en párrafos regados por las hojas, siendo cada uno de ellos un recuerdo sin orden, sin cuidado, como la memoria misma: fragmentada.
Por el contrario, y como muestra de la pluralidad que alcanza el libro –o  Sumalavia como narrador–, se encuentran también los relatos de estructura convencional: breves narraciones donde una sola acción alcanza para exponer la psique entera de quien la enuncia. A “Buenos muchachos”, por ejemplo, le bastan once líneas para confrontar a dos amigos que están por iniciar un viaje: el que se quiere ir por el miedo a guardar recuerdos, y el que se quiere quedar por el miedo de perderlos. “Todos allá, en la plaza”, uno de los mejores del libro, cuenta de manera lineal la procesión de un pueblo camino al linchamiento de un asesino, mientras el narrador, íntimo del acusado, busca en su memoria algún recuerdo para convencerse de que, como lo grita el tumulto, su amigo es quien en verdad cometió el crimen.
Habitaciones también podría ser un manual sobre el pasado. Algunos de sus engranes se encargan de mantenerlo próximo, de acercarnos al miedo que sienten sus personajes cuando observan cómo empieza a fugarse. En “Lo más cercano a la noche”, cuento de tres capítulos –pese a la brevedad del mismo–, un hombre liga sus paseos nocturnos con sus primeras travesuras infantiles, y éstas, a su vez, con la soledad que le queda luego de que su amante abandona la habitación: tres momentos de su vida en los que la angustia por encontrarse solo es lo único que ronda en el aire. Algo similar ocurre en “La sal de las manos”, brevísimo recuento de la vida de un hombre y su hijo, basado solamente en la inquietud del pequeño por aprender el oficio del padre cuando descubre que sus manos saben a sal y el temor que siente el hombre, cuando viejo, al descubrir que sus dedos son añejos y arrugados y que es ridículo que continúe lamiéndolos.
En definitiva, Habitaciones ofrece una lectura fresca, sin compromisos, como si se tratara de un juego infantil. La apuesta que Sumalavia hace al encadenar contenido y forma, mediante la brevedad y la rapidez, le deja una gran ganancia: logra habitar cada recoveco vacío en la memoria de sus personajes. Si todo cuento nace de una premisa, se puede asegurar que las de este libro son los recuerdos que se van quedando en habitaciones abandonadas, mismos que Sumalavia se encarga de desempolvar para darles una segunda oportunidad.

7/02/2013

Divina voz




En esta tarde de julio vivo en la calle de la Porte Dijeaux, en el centro de Burdeos, en el número 25. Ocupo una tercera planta en el que sus seis balcones me ofrecen una admirable luminosidad en el interior y una vista a la calle muy particular. Digo particular porque puedo observar a los transeúntes casi como un dios otea a sus criaturas. La calle, sin ser demasiado angosta, lo es lo suficiente como para que los paseantes se concentren en la ruta peatonal o en las vitrinas y escaparates de los comercios aledaños. Esto hace que pocos levanten la mirada hasta la altura del balcón desde donde yo los observo. Si veo algún amigo caminando por mi calle, lo que más me divierte es esperarlos a que se aproximen y mirarlos desde un ángulo perpendicular para luego llamarlos a voz en cuello. Ellos se desconciertan. Escuchan mi voz desde muy cerca, pero su primera reacción es mirar a los lados, nunca hacia arriba. Yo vuelvo a repetir sus nombres y ellos vuelta a girar en torno de sí, casi con el malestar de creer que la voz que los llama proviene de ellos mismos. Son sólo unos segundos porque de inmediato les grito: "aquí  arriba". Como estoy exactamente en línea recta sobre ellos, no les es fácil levantar la cabeza y mantenerla alzada por mucho tiempo. La charla dura muy poco, lo que les toma aliviarse de la sorpresa -pienso-, y retoman su paseo. Yo me quedo en silencio, observo un poco más a la gente, y después cierro los ventanales -como hacen los dioses, me imagino-.
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