7/02/2013

Divina voz




En esta tarde de julio vivo en la calle de la Porte Dijeaux, en el centro de Burdeos, en el número 25. Ocupo una tercera planta en el que sus seis balcones me ofrecen una admirable luminosidad en el interior y una vista a la calle muy particular. Digo particular porque puedo observar a los transeúntes casi como un dios otea a sus criaturas. La calle, sin ser demasiado angosta, lo es lo suficiente como para que los paseantes se concentren en la ruta peatonal o en las vitrinas y escaparates de los comercios aledaños. Esto hace que pocos levanten la mirada hasta la altura del balcón desde donde yo los observo. Si veo algún amigo caminando por mi calle, lo que más me divierte es esperarlos a que se aproximen y mirarlos desde un ángulo perpendicular para luego llamarlos a voz en cuello. Ellos se desconciertan. Escuchan mi voz desde muy cerca, pero su primera reacción es mirar a los lados, nunca hacia arriba. Yo vuelvo a repetir sus nombres y ellos vuelta a girar en torno de sí, casi con el malestar de creer que la voz que los llama proviene de ellos mismos. Son sólo unos segundos porque de inmediato les grito: "aquí  arriba". Como estoy exactamente en línea recta sobre ellos, no les es fácil levantar la cabeza y mantenerla alzada por mucho tiempo. La charla dura muy poco, lo que les toma aliviarse de la sorpresa -pienso-, y retoman su paseo. Yo me quedo en silencio, observo un poco más a la gente, y después cierro los ventanales -como hacen los dioses, me imagino-.

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