8/27/2013

Campo de saltamontes

La semana pasada visité a unos amigos que viven en el campo. En el caso de esta región es sumamente fácil abandonar los edificios, las calles y todo el ruido de la ciudad y, a sólo veinte minutos o menos, encontrarse en medio de árboles, montañas y extensos terrenos de cultivo. Hay gente, mucha gente, que en los últimos años ha optado por comprarse una casa en el campo e ir en su automóvil a su trabajo, en cualquier conglomerado urbano que lo rodee. Claro, también están los que, negándose a las facilidades de esos veinte minutos de distancia, o se quedan en la ciudad o en medio de los árboles.
A mí, aunque me guste el campo, no puedo negar que soy un hombre de ciudad. Y es por ello que las raras veces que me alejo de casa y me dirijo a las montañas vea todo de un modo nuevo para mí y me maraville de lo que es cotidiano para esta gente.
En casa de mis amigos la pasé estupendamente. Tienen no un jardín, sino un extenso terreno de hierbas y árboles. Lo primero que hice después de la comida del mediodía fue dar una vuelta por ese terreno. Hacía mucho calor, digamos 30 grados. A cada paso vi pequeñas cosillas que, por la luz, las creí hierbas secas que se elevaban por el viento y el movimiento de la maleza. Miré con un poco más de atención y descubrí que no se trataban de hierbas secas, sino de saltamontes que brincaban, seguramente espantados, al mismo ritmo de mis pasos. Me detuve y agaché para verlos mejor y ninguno se movía si yo no lo hacía antes. Intenté tocar a uno de ellos, pero éste dio un solo brinco largo. Llevé mi mano nuevamente al mismo insecto y volvió a saltar, pero esta vez realizó un tramo más corto. Insistí y los saltos eran cada vez breves. Finalmente no brincó y dejó que lo tocara. Esto no significa que se acostumbrara a mí. A lo mejor estaba aterrorizada y se daba por vencido. A lo mejor sólo esperaba la muerte.
Me levanté y continué mi paseo. Nuevamente, y nuevos insectos, saltaron a mi paso. A cada paso se creaba como una nubecilla de puntos grises alrededor de mis pies.
Pienso que esto mismo pude haber vivido en los andes del Perú. En general, no habría mayores diferencias en el escenario de esta anécdota. Sin embargo, sospecho -porque es eso, una sospecha- que ciertos lectores (y escritores que son lectores) desautorizarían lo que acabo de describir porque no nací, ni crecí ni pasé parte de mi vida con aquellos saltamontes peruanos. Decimos, por lo general, que estas reacciones hacia el mundo que acabamos de representar son caducas, que lo urbano y lo rural, si bien son espacios diferenciados, aceptan todas las miradas y que no hay una única representación validada por aquel que a lo mejor nunca se fijo en ese saltamonte. Sin embargo, estas reacciones todavía existen.
Lo cierto es también que cuando retorné del paseo me había acostumbrado a esa nubecilla de insectos.

8/12/2013

Las maravillas

Acabo de cruzarme en la calle Porte Dijeaux con un par de ancianas, diría yo cercanas a los ochenta años, tomadas del brazo y vestidas como niñas. Ambas tenían cabellera larga en unas primorosas y bien enlazadas trenzas que caían a cada lado de sus mejillas. El color de sus cabellos era del gris cenizo en una y de un rubio decolorado la otra. Llevaban zapatos bajos de charol, blancos, y unas medias rosadas hasta la rodilla. Una, la del cabello cenizo, llevaba una falda plisada de color fucsia, mientras que su compañera portaba una falda campana, verde. Sus blusas eran verde limón y de cuello circular. No estaban maquilladas. La verdad, no pude evitar seguirlas. No es algo que vea todos los días. Aunque esta mañana ya había algunas cosas fuera de lo común. Como la de un joven ciego que al parecer necesitaba ayuda. Cuando me aproxime a unos cuantos metros, ya estaban muy cerca de él dos policías y una mujer. Hasta aquí nada de extraordinario. Salvo que lo volvía a ver tres horas después, en otro barrio, cerca del Marché de Capucins, gritando en español: “Hay alguien que hable español y me pueda ayudar? Que pese en sus conciencias si es que me llega a suceder algo.” Por su acento, era claro que venía de España. Luego lo repitió todo en francés. Cuando me iba a acercar a él, de pronto cruzó la calle, gritando: “Si un coche me arrolla, será culpa de ustedes.” Su voz era la de un demente. Pero lo que el ciego desquiciado no sabía era que esas calles estaban bloqueadas debido a obras de verano y sólo circulaban por allí una que otra bicicleta. “Que me voy a matar y ustedes verán mi cuerpo en el suelo”, seguía gritando en español y francés. Nuevamente atravesó la calle. Como es lógico, en lugar de atraer a posibles colaboradores, espantó a medio mundo. Yo no sabía qué hacer. Al menos me tranquilizaba saber que no iba a ser atropellado. Iba y venía de esquina a esquina, hasta que se detuvo y puso cara de estar atento a los ruidos. Creo que empezó a sospechar que por ahí no circulaban carros. “Que sois unos hijos de puta”, dijo y se fue en dirección a la plaza Saint Michel.
Por esa razón no podía quedarme con la curiosidad de estas ancianas-niñas o viceversa. Ellas iban muy juntas, cuchicheaban y miraban las calles. Tenían aire de estar extraviadas. Se ve muchos así en agosto. La cantidad de turistas es enorme. Pero ellas no tenían mapas, mochilas, bolsos, nada. Iban juntas pero no se decidían a dónde. Eran muy menudas y costaba seguirlas entre tanta gente. Luego doblaron por la calle Vital Carles y yo pensé que se dirigirían a la Catedral, pero no. Se detuvieron, cuchichearon algo y dieron media vuelta. Como yo no me esperaba este cambio de dirección tuve que seguir de largo. Ellas pasaron a mi lado y ni siquiera se fijaron en mí. Como hablaban en voz muy baja, al pasar sólo pude darme cuenta de que eran francesas y que una de ellas dijo: “On ne va jamais y arriver”. Volvieron a la calle Porte Dijeaux y doblaron a la izquierda. Yo no sabía cuándo detenerme. Yo dudaba tanto como ellas. No sé a dónde, pero yo tampoco voy a llegar, me dije. Al momento llegó un mensaje a mi teléfono, al que respondí de inmediato. Al buscarlas de nuevo, noté que habían avanzado unos buenos metros. De pronto se soltaron de los brazos y se despidieron con un par de besos. Cada una tomó un camino diferente. Una por una calle principal y la otra por calle que va en curva, muy angosta. Obviamente, no me decidí a seguir a alguna en especial. Di media vuelta, hacia mi casa, pero antes me pareció la voz del ciego español: “Que sois unos hijos de puta”.
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