9/29/2013

Los detectives ribeyrianos


Esta mañana salí muy temprano hacia el Instituto de Estudios Hispánicos, en París, y que se encuentra a pocos metros del Jardín de Luxemburgo. El cielo estaba algo nublado y una lluvia ligera caía sobre la ciudad. En una sala de este instituto se inició hace unas horas una Jornada de estudios sobre la obra de Julio Ramón Ribeyro. Como es lógico, eran más los especialistas que el público neófito. Lo que me agradan de estos eventos es que puedo reencontrarme con amigos. Algunos de ellos viven en París hace mucho, pero otros vienen desde Lima, como Jorge Coaguila y Daniel Titinger, que al parecer se han convertido en detectives salvajes. Ellos están realizando un periplo europeo en busca de información sobre Ribeyro. Coaguila escribirá -o escribe- la biografía y Titinger un perfil. Qué diferencia una de otra, sólo ellos lo saben. Lo divertido de todo esto es que ambos no sólo comparten datos mutuamente, entre ellos y con el público, sino que están a la caza de todo aquel que les pueda dar algún dato nuevo. Lo último que les acaba de suceder es haber conversado con la viuda de Ribeyro. Ahora mismo ambos están rumiando esta experiencia. Como también es lógico en estos eventos académicos, unos se escapan al hotel para hacer una siesta (Coaguila), otros se disciplinan para escuchar todas las ponencias (Titinger) y unos más se van a un café a tomar notas, mirar monótonamente la gente pasar y escribir estos textos (yo). Claro, estos detectives también me preguntaron si conocí en persona a Ribeyro. Conocer es decir mucho, les dije. Lo vi sólo una vez. En una de sus últimas presentaciones en Lima, en La Estación de Barranco. Yo llegué tarde y el lugar estaba por reventar. Escuché algo de lo que dijo, pero, por la distancia a la que me encontraba, era muy difícil seguir sus ideas. Al final del evento, me encontré con la escritora Patricia de Souza. Ella me dijo que me lo presentaría y que incluso podríamos invitarlo a cenar comida de la selva, ya que ella como yo tenemos orígenes amazónicos. La idea me pareció buena. Y bastó decirlo para que de pronto tuviéramos frente nuestro a Ribeyro, quien iba de salida. Patricia me lo presentó, le apreté la mano, y ella le explicó la propuesta. Ribeyro me miró y me dijo:
-Vamos a comer monos.
Y se echó a reír. Y se fue.
Este fue mi único contacto personal con él, les digo a los detectives ribeyrianos. Uno se decepcionó, el otro se divirtió.
Debo pagar el café y volver a esta jornada académica. El sol aparece, pero muy tímidamente; casi parece cielo limeño.

9/13/2013

Campo de saltamontes 2

Esta vez les tocó a mis amigos del campo pasar unos días con nosotros en Burdeos. Un fin de semana divertido. Sus niños, de 7 y 3 años, trajeron sus osos de peluche y otros juguetes. Sobre todo la menor, llamada Manuela, nos tuvo a todos atentos a sus gracias y ocurrencias, y también nos mantuvo en silencio mientras ella hacía la siesta.
Al día siguiente de que partieran, descubrimos que nos habían dejado en casa un visitante. Se trataba de un saltamontes. Vivo en el tercer piso de un edificio en piedra del siglo XVIII, común en esta ciudad, y lo menos probable que pueda albergar esta construcción son los saltamontes. Obviamente, el bicho saltaba por la sala en busca de tierra y hierbas donde mimetizarse y librarse de riesgos. Nos dijimos que a lo mejor vino en uno de los juguetes de Manuela que, según me enteré después, se divertía cazándolos. Quise pensar que se trataba del mismo saltamontes que había observado en el campo semanas antes, cuando fuimos nosotros los visitantes. Todos los saltamontes son iguales, me dije. Pero me correjí de inmediato, puesto que de algún modo estaba simplificando la existencia de este saltamontes -quizás entre ellos se distinguen y valoran-. De todos modos era probable que él me haya percibido en su territorio -por qué negar esta posibilidad- y que ahora se preguntara qué hacía en este lugar ajeno a su naturaleza, en esta ciudad. Mi mujer lo tomó delicadamente y lo puso en una de nuestras macetas en el balcón. Es lo más parecido al campo del que podemos disponer y, además, que lo podría tener parcialmente a salvo de nuestro gato.
Ignoro la distancia de la que es capaz de saltar uno de estos insectos, pero asumí que la prudencia prevalecería en él y que no se animaría a lanzarse desde el tercer piso. Pero no subestimemos la valentía de un saltamontes ni su capacidad de nostalgia, como tampoco su entrega a la leve fatalidad del vacío.
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