10/30/2013

Sofía

Es domingo y empiezo a redactar este texto en una enorme y vacía sala de espera en el piso 14 del antiguo Hospital Militar, en la ciudad de Sofía. Lo llamó antiguo porque en la Bulgaria actual este hospital ha dejado de ser exclusivo de los militares entrenados durante el bloque soviético. Este hospital fue construido en los años setenta y mantiene todavía todos esos rasgos, esos colores en los que se privilegia un celeste pálido. Estoy aquí porque doña Daria, la madre de la profesora que me ha invitado a sus cursos de literatuta hispanoamericana, ha tenido una recaída. Mientras la profesora ha entrado a la habitación de su madre a dejarle unas cuantas cosas, yo me acerco a un gran ventanal. Desde esta altura, la del piso 14, en la sección de males gastrointestinales, aprecié un lado de la ciudad de Sofía. Doña Daria debe tener una ventana en su habitación que le permite ver lo que ahora yo observo. Pero no estamos viendo lo mismo. Doña Daria nació en 1935 y fue aún una niña cuando empezó la segunda guerra y cuando finalmente las tropas rusas ocuparon su país. Su familia siempre estuvo ligada a la cultura y esto fue motivo alegrías, pero sobre todo de mucho vigilancia de parte del Estado. Su segundo esposo fue un escritor apreciado e invitado a varias residencias de escritores. Imagínense la convivencia entre escritores asumidos como privilegiados compartiendo el mismo edificio. Pero también hubo momentos de exilio que doña Daria compartió con su marido. De alguna manera se les hizo recurrente pasar de la gloria a la marginalidad y viceversa. Y ahora ya no está su marido escritor. Falleció hace unos años. Y ella está en este edificio de los setentas y yo en la sala de espera.

De niño, poco antes de empezar mis estudios de primaria, a mediados de los setentas, adquirí una bacteria que me mantuvo en tratamiento durante dos años, o poco más. Recuerdo a mi madre llevarme periódicamente al Hospital de Enfermedades tropicales, escuchar atentamente las indicaciones de los médicos, desilusionarse cuando alguno de ellos le decía que el tratamiento no había funcionado. No tengo recuerdo de ingerir ningún medicamento. Sólo viene a mi memoria la imagen de mi madre dándome un vaso con jugo de naranja, frotándome la espalda mientras yo estoy sentado en el retrete y, a la salida del hospital, de ese celeste y pálido hospital, comprarme un huevo cocido al que yo le agregaba ají huacatay. Bueno, también recuerdo las inscripciones de los letreros en los corredores del hospital. Y el letrero habitual era el que indicaba la sección de enfermedades gastrointestinales. Como los avisos en la sala de espera del piso 14 en Bulgaria. Avisos que están escritos en inglés y en cirílico, la escritura que fue creada por los misioneros del Imperio bizantino, y luego canonizados como santos, Cirilio y Metodio. Pero estos nombres me suenan a los cantantes cubanos Celina y Reutilio y especialmente su mención en un poema de un poeta peruano de los setentas, Manuel Morales, ambientado en una cantina. En la calle en la que yo viví de niño, en pleno centro de Lima, había tres cantinas. Dos a los extremos y una muy cerca al edificio donde vivía. La propietaria era la señorita Marina, una mujer pequeña pero muy ruda, la imagen más cercana que tengo al personaje La Chunga, de la novela de Mario Vargas Llosa. Y esta mujer tenía varias sobrinas; entre ellas Alma, una linda muchachita, tan menuda y evanescente como su propio nombre, y que falleció antes de superar la adolescencia.

Llega la noche del domingo y doña Daria debió acompañarnos a la Opera. Su hija había comprado entradas para nosotros tres. Juntos debíamos haber ido al Palacio Nacional de la Cultura y disfrutar el homenaje que realizaban a Wagner y Verdi. Era un momento especial, puesto que Wagner y sus composiciones habían sido prácticamente borrados de todas las listas de representación, sólo porque este compositor había sido uno de los favoritos de Adolfo Hitler. Ahora, alejados los temores de la represión, se recuperan poco a poco estas composiciones. En la pausa, la profesora me muestra unas fotos de su madre que tiene grabadas en su teléfono. Veo una mujer de carácter, de amplia cabellera y ojos muy vivos. La profesora me habla un poco más de la vida doña Daria, de la historia de Bulgaria que la rodea. Y me dice poco antes de que empiece la segunda parte de la ópera: los búlgaros hemos ganado las batallas más importantes, pero ni una sola guerra. Y apagaron las luces.

10/14/2013

De Incas y escritores

Me encuentro en la ciudad de Le Mans, a unos metros del Casco antiguo, pero con una muralla romana que nos separa. Participo de un Salón del Libro, del cual me dicen fue el primero en organizarse en Francia. Es obvio que el Salón de París es el que atrae a todo el mundo en estos tiempos, pero aquí descubro un interés particular, como si se tratara de fieles en plena peregrinación.
El tema de este año es la ruta de los Incas. Y los únicos escritores peruanos invitados somos Grecia Cáceres y yo. Qué hacemos aquí, es la pregunta natural que nos hacemos. Pero descubrimos (descubrir es un decir, porque ya he hablado antes al respecto) que a los franceses les basta con saber que somos peruanos, suficiente para considerarnos lo más cercano a los Incas. Yo les digo que nací en la costa, en Lima, pero eso no les importa. Más de uno me imagina montando una llama en plena avenida Abancay.
Esta visión exótica de nosotros abarca también a todos aquellos escritores que desde hace un par de décadas se desgañitan porque se les reconozca únicamente como escritores, sin mayor resonancia a sus nacionalidades. Esto pudo ser muy frúctifero entre peruanos, mexicanos, chilenos, etc. Pienso en los autores que integraron McOndo y en los de Crack. Pero que en Francia siguen siendo autóctonos. Nada ha cambiado. Nada cambiará.
Por eso ahora estoy sentado en medio de dos escritoras francesas que han escrito novelas históricas ambientadas en Perú, con Incas y conquistadores por todos lados. Y yo soy ahora una especie de huaco retrato, con gollete y asa puente, y unas orejas gigantescas.
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