12/31/2014

Heridas

Me acabo de hacer un corte en el dedo meñique. Sucedió al pasar la hoja de un libro que vengo leyendo. Como se trata de un libro en gran formato y con muchas fotografías, el papel es muy fino, al parecer lo suficiente para que uno de sus bordes, cual lámina de navaja, dibujara una línea sobre la piel de mi dedo pequeño. 
No estoy en casa. Me encuentro en un café al que he empezado a frecuentar desde hace poco. Está a unos diez minutos pie desde mi casa. Ahora suelo tomar la calle de donde vivo, rue Porte Dijeaux, y camino recto hasta la Place Gambetta. Me gusta atravesar esta plaza en diagonal. En medio tiene un diminuto lago artificial el cual se puede cruzar por un puente de madera igual de diminuto. Cuando llego al otro extremo de la plaza, sigo por la rue Judaïque y dos calles más adelante giro a la derecha, hacia la Place des Martyrs de la Résistance. Dejo atrás todos los comercios consecutivos y a los transeúntes que turistean por el centro de Burdeos. Por aquí sólo vienen los que trabajan o viven en el sector. Y yo entro al Café que está justo al lado de la Basílica Saint-Seurin. Es un local pequeño, tradicional, todo en madera marrón repintada muchas veces y con un amplio espejo al lado de la barra. Es aquí donde me he cortado el dedo.
Como suele suceder con este tipo de cortes, la línea comienza a llenarse sangre a gran velocidad. Pienso que para evitarlo lo mejor es levantar el dedo, pero la idea de tener el dedo meñique en posición horizontal me desanima. Así que levanto toda la mano, como si estuviese a punto de juramentar. De pronto de aparece la camarera para preguntarme qué deseo. "Otro café?", me pregunta. Le digo que no, gracias. Le explico brevemente lo de mi dedo, pero como ella no ve sangre, le resta importancia y se retira.
De niño viví en el jirón Ancash, en Barrios Altos, justo en frente de la Iglesia Buena Muerte, al lado de una plazuela del mismo nombre y de un centro hospitalario de la misma congregación, la de San Camilo. Esta Iglesia tenía un grupo pastoral al cual pertenecí. Bueno, el objetivo era conocer chicas y mis amigos del barrio nos inscribimos. Pero al poco tiempo expulsaron a casi todos los hombres. Eran unos crápulas y descarados con estas chicas. Sólo quedaron dos hombres: Mi amigo Jorge y yo. Ambos teníamos once años. A esa edad no era mucho lo que podríamos hacer rodeados de tantas chicas, pero sin duda nos sentíamos felices. Recuerdo que fuimos a un paseo organizado por uno de los seminaristas. Se trataba de un muchacho muy afeminado y fanático de las canciones de Palito Ortega. La excursión fue a las afueras de Lima, en Chaclacayo. La pasamos muy bien, sobre todo mientras jugábamos al borde del río. Pero ocurrió un accidente. Una de las chicas, Alma, de quien he hablado antes, me pidió que le ayudara a recibir unas botellas que ella había puesto a refrescar en el río. Ella era menuda, de voz suave y, por supuesto, convincente. Creo haber contado antes que ella murió un par de años después. Traté de pisar firme entre las piedras y fui recibiendo una a una las botellas de gaseosa que Alma que me fue alcanzando. Lo que no calculé fue la cantidad de botellas que podría sostener. Por eso no debió sorprenderme que se me deslizara primero una y después otra botella, y todavía una tercera. Como estaba con un traje de baño, mis piernas recibieron con facilidad los vidrios rotos que salieron despedidos como esquirlas luego del impacto de las botellas contra las piedras. Recibí como una docena de cortes, entre superficiales y profundos, que me llenaron de sangre las piernas. Por suerte Aurelio, el seminarista, reaccionó con rapidez y me quitó las otras botellas que yo sin saber aún sostenía. Yo no sentía ningún dolor, pero estaba aterrado por la cantidad de sangre. Con la misma rapidez Aurelio me limpió las heridas y me ató una toalla en el muslo de la pierna izquierda, donde al parecer estaba el corte más profundo. A todos nos quedó claro que la excursión había llegado a su fin. Fuimos todos hasta una farmacia para que revisaran las heridas y no hicieron más que confirmar lo que sabíamos. Había que suturar el muslo izquierdo. En el trayecto mi amigo Jorge dijo algo sobre la responsabilidad de Alma en todo este accidente. No recuerdo sus palabras, pero sí recuerdo que Alma se echó a llorar durante casi todo el trayecto de regreso a Lima. Me hubiera gustado decirle que no llorara, pero yo estaba mudo, no me atrevía a decir nada. Mis padres no estaban en casa, así que el seminarista tuvo que explicarles lo sucedido a mis hermanos mayores. Ellos me preguntaron reiteradamente si era cierta esta historia. Sospecho que en sus mentes se imaginaron una truculenta historia de niños abusados por los seminaristas. Les expliqué que Aurelio siempre había sido un buen hombre y que, lo pienso ahora, actuó de la manera más eficiente ante este accidente. Bueno, finalmente hubo sutura en la sala de emergencias de la clínica enfrente de casa. Me quedó una cicatriz en forma de espada. Con los años, hace más de treinta, creo que se ha ido borrando. No del todo.
Observo la herida en mi dedo y veo que la sangre ha coagulado rápidamente. Antes de bajar la mano me veo ante el espejo. Parezco alguien a punto de realizar un juramento.  

12/24/2014

El lago

Dentro de pocos meses cumpliré diez años de vivir en Burdeos. Como bien se sabe, los números redondos nos atraen y nos espantan en igual medida. Creo que esto se debe más razones ligadas a lo gráfico que a otra cosa. Es como si la forma oval del dígito cero nos representara a nosotros mismos, como si estuviéramos encerrados dentro y nos preguntáramos qué ha pasado en todo este tiempo y, sobre todo, qué pasará luego. Todo este tiempo en Burdeos, creo, va llegando a su fin. Pero antes de afirmarlo -cosa de la que no soy capaz ahora- me ha venido últimamente la pregunta de qué tanto he visto y vivido en esta ciudad. Nunca he creído en las reglas para conocer ciudades que ofrecen algunos escritores. Yo sólo he tratado de seguir viviendo con lo que poseo y preguntándome muchas veces de qué modo veo esta ciudad.
El domingo último un amigo nos invitó a almorzar en su casa. Se trata de un hombre bastante mayor, un antiguo profesor de escultura, ahora jubilado. Su reciente viudez lo agobia -yo no conocí a su esposa- e intenta ocupar sus horas en el taller de grabado de mi esposa y en construir muebles en madera para sus amigos. Vive en Lormont, que está al otro lado del río Garona. Pudimos haber ido a su casa en tranvía o autobús, pero hace poco tiempo han instaurado un servicio de transporte fluvial bastante agradable. En unos veinte minutos nos trasladan en una pequeña embarcación que atraviesa el río y nos lleva a su última parada. En esta época del año, en la que el invierno se instala, el viento que recibíamos nos obligó a cubrirnos un poco más.
Nuestro amigo vive en el casco antiguo de Lormont, casi una provincia en la periferia de la ciudad. La comida fue muy agradable y tradicional, propia del sudoeste de Francia: pato confitado con papas al horno. Luego del café el anfitrión nos mostró su casa y nos habló de su familia. Nos habló primero de su mujer, pero abandonó rápido ese tema. Nos aclaró que él no era de la región, que había nacido en el norte del país, pero que con el tiempo se había acostumbrado a Burdeos. Recuerdo que esto lo dijo mientras nos mostraba las herramientas de su taller. Era complicado prestarle atención porque notamos que había arañas por todas partes. Nuestro amigo nos dijo que era lo mejor para evitar otros insectos que suelen consumir la madera. El ya había aprendido a convivir con las arañas. En otra de las piezas le pregunté por uno de los muebles, un armario con múltiples y pequeños cajones. Me dijo que lo había hecho su padre, quien había sido carpintero. Hice el comentario habitual de la herencia de los oficios y talentos, pero creo que él no me escuchó. Siguó contándome la historia del mueble y lo bien conservado que lo mantenía. "Sólo le hemos cambiado el color -precisó-. Mi padre era daltónico y mis hermanos y yo crecimos con colores muy extraños." Río al recordarlo. Después nos propuso dar un paseo por una montaña a cinco minutos de su casa. Resultó ser una zona turística llamada L'Hermitage cuyo principal atractivo era la vista que se tenía de la ciudad. También había un enorme y hermoso lago. Lamenté no haber conocido antes este lugar. Mis hijas estaban felices con este paseo. Nos atraía sobre todo el color del lago. Como siempre trato de ampliarle el vocabulario en español a mi hija pequeña, le dije que el lago era color jade. Aunque en francés se escribe igual, la pronunciación es diferente y ella pareció no entenderme. Le pregunté entonces a nuestro amigo cómo se decía el color del lago en francés. Él me respondió: "Marron. Le lac est marron." Mecanicamente llevé la mirada al lago y no me cupo dudas de que lo que yo veía era un lago jade. O quizás no, pensé. Luego nos apresuramos para alcanzar la embarcación que nos llevaría de regreso a casa.

12/05/2014

Oficio y beneficio

En un libro que reúne las clásicas entrevistas del The Paris Review acabo de releer una hecha a Ernest Hemingway. La primera vez que la leí, cuando tenía poco más de veinte años, me interesaba sobremanera hallar todos los consejos posibles sobre la escritura. Me entusiasmó enterarme de su marcada disciplina y sus tácticas para tener el "pozo lleno" de historias. Por alguna razón, asociaba estas enseñanzas de Hemingway con la imagen de un zapatero que trabajaba cerca de mi casa, sentado en su pequeña banca, con su delantal de cuero y la boca llena de clavos, un cigarrillo colgando de un lado de sus labios y hablando con los clientes sin quitar la vista del zapato que claveteaba. Puro oficio, es lo que pensé entonces; y recuerdo haber tratado de aprovechar lo que se avenía mejor a mi forma de narrar.
Con la entrevista entre manos, ahora me detengo en un comentario de pasada que hace Hemingway. Se nota que durante la entrevista estuvo bastante aburrido y que en general lo que hizo fue repetir lo que seguramente ya había dicho en otras entrevistas. Quizás por eso, tratando de burlarse y desacreditar a su interlocutor, el escritor confesó extrañar las conversaciones que mantuvo con el torero español Juan Belmonte. Conociendo a Hemingway es fácil suponer que no solo extrañaba al torero, sino también a todo lo que este hombre simbolizaba: arte y muerte. Estoy casi seguro de que para Hemingway, Belmonte era la armonía entre artista y obra. Y estoy seguro también de que el torero, a quien le gustaba estar rodeado de escritores, le contó a Hemingway la misma anécdota que le refirió al escritor peruano Abraham Valdelomar. Anécdota que Valdelomar trascribe en su ensayo "Belmonte el trágico" aparecido en Lima en 1918. En ella cuenta que una vez Belmonte vio a otro torero lidiando en una plaza y que el toro lo obligó a guarecerse detrás del burladero. Sin embargo, el ímpetu del toro fue mayor y la bestia asimismo logró atravesar el cerco. El torero, creyéndose perdido, en un último intento por salvarse, se introdujo por una rendija. Así logró salvarse este hombre, pero, cuando trató de salir por la misma rendija, descubrió que era imposible, que no había cuerpo humano adulto que pudiera pasar por aquel minúsculo orificio. A través de esta anécdota Valdelomar explica muy bien la percepción de la estética que movía a Belmonte, y me atrevo a incluir a Hemingway. Valdelomar dice: "El terror a la muerte hizo que este organismo aprovechara todas sus fuerzas, hasta las más insignificantes, las que, azuzadas por el instinto, obraron de acuerdo operando lo extraordinario: reducir el volumen orgánico. Esto, en los apóstoles y profetas, se llama el milagro; aplicado a la obra de arte, se llama el Genio".
Hemingway y Belmonte murieron a principios de la década del sesenta. Ambos se suicidaron pegándose un tiro, porque, seguramente, la muerte dejó de acecharlos.

11/30/2014

Antena

Estoy sentado en un canapé, en mi departamento de la rue Porte Dijeaux. Esta mañana no hay nadie más en casa. Bueno, el gato anda por algún lugar de la casa, ajeno a mí. Me encuentro sentado frente al televisor. Se trata de una pantalla plana, negra. Decir su color es ahora una redundancia. No está encendido y su pantalla se ha convertido en un espejo negro. Me veo reflejado con este smartphone entre manos, escribiendo. Pero también aparecen otras imágenes que sólo puedo recrearlas, aquí y ahora, por escrito. Veo el televisor de mi familia. Debe ser 1975 o 76. Vivimos en otro departamento, en Lima. Jirón Ancash 830, departamento 216. Es un segundo piso. El televisor es en blanco y negro, gigantesco. Seguramente no era nada grande, pero ya sabemos cómo son los recuerdos de la infancia. Tiene una antena en forma de V. Ahora me veo de seis o siete años, manipulando esta antena, buscando la señal correcta. Mis hermanos mayores me dicen que, sin soltar un extremo de la antena, levante mi otro brazo, también en V y me convierta de este modo en una extensión de la antena. La imagen en la pantalla recobra su precisión. Mis hermanos me dicen que no me mueva, que al mínimo movimiento la imagen se va a alterar. Ríen. Entre la antena y yo formamos una W. Dada esta posición, en realidad no puedo ver con comodidad la pantalla del televisor. Lo que veo -lo que recuerdo que veo- es la ventana detrás del aparato. Hay una persiana. Está dispuesta de tal modo que la luz entra oblicua a través de sus delgadas hojas. A la derecha del televisor está la puerta del departamento. Es marrón. Por lo general esta puerta nunca se cerraba durante el día. Sólo accionábamos un pequeño sistema para que el pestillo se mantenga sin cerrar y juntábamos la puerta. Ese era el verbo que siempre utilizábamos con la puerta: "juntar". "La puerta está junta", solíamos gritar desde dentro, cada que vez que alguien tocaba la puerta. Era nuestra forma de invitarlos a pasar.
A los pocos segundos se me cansa el brazo, o me aburro, y quiero soltar la antena. Mis hermanos me reclaman. Ellos ríen otra vez. Les gusta jugar y hacerme este tipo de bromas. Yo acepto y sigo el juego. Levanto el brazo y la señal vuelve. Noto que detrás de la puerta de mi casa no hay colgados ramos de ruda ni raíces de sabila que sí solía encontrar detrás de las puertas de los departamentos de mis amigos. Observo ahora las paredes laterales al televisor. Son de color crema. Ni hay cuadros ni fotos que cuelguen de estos muros. No en este lado de la sala. Las paredes tampoco se ven desnudas. Sobre la superficie crema hay motivos florales curvilíneos y dorados, que fueron estampados con un rodillo en relieve, puesto que era la manera más económica de reemplazar al papel pintado, muy de moda entonces, pero no en el edificio donde vivía.
De pronto las imágenes se distorsionan. Veo que mi hija menor entra a casa. No usas llaves. No las necesita. Nosotros tampoco cerramos la puerta.
-Qué haces?- me pregunta.
-Nada. Sólo veo la televisión -le respondo. Y la enciendo.

10/23/2014

El sutra del café

Luego de la comida del mediodía se nos antojó tomar una taza de café. No el café que habitualmente compramos en el mercado de Burdeos, sino uno que habíamos traído en nuestro último viaje a Lima. Me ofrecí a prepararlo y descubrí que sólo nos quedaba lo justo para servir en una taza. Sin darnos cuenta nos habíamos bebido casi todo. Como no tenía sentido dejar de prepararlo, saqué la cafetera italiana, aquellas cafeteras de metal cuyo vapor de agua asciende por un embudo que atraviesa el café molido y concentra su líquido en un compartimento superior, y lo coloqué en la hornilla a fuego alto.
Mientras se hacía el café tomé un libro que leo en estos días. Se trata de una antología de poesía coreana clásica, concentrada especialmente en los poetas budistas, en los monjes. En realidad, la mayoría de estos monjes no se consideraban poetas y muchas veces ni siquiera tenían intensiones artísticas. Su intención última era el aprendizaje y acceder al camino según las diversas vías que las escuelas budistas de entonces propugnaban. Esto no impidió, por cierto, que nos dejaran hermosos poemas en los que la quietud y la movilidad, o fenómenos diversos armonizaran en su propia contradicción. En la edición francesa que tengo entre manos me detuve en un poema llamado, Inscripción en el Templo de la Serenidad. Es un poema de principios del siglo XVIII y se refiere a un templo budista que no se hallaba muy lejos de la ciudad en la que yo viví durante mi estadía coreana de los años noventa. Quizás fueron los recuerdos de aquella estadía los que me concentraron en este poema y saber un poco más de quien lo escribió. El monje que lo escribió fue el maestro Hwansong Chian (1664-1729). Es curioso, pero el francés que preparó la edición que leo dice que el monje Chian realizó algunos milagros. Y me parece curioso porque no consigna qué tipo de milagros hizo ni de dónde sacó esta información. Por lo que pude indagar sobre este monje, todos coinciden en que fue discípulo de los grandes maestros coreanos de la Escuela Huayan, consagrada a la exégesis del Sutra Avatasaka,  (Sutra de la Guirnalda), y que, reemplazando a uno de sus maestros en la lectura de los sutras, alcanzó una gran popularidad, con cerca de 1400 oyentes en cada sesión. Pero tanto prestigio lo puso en sospecha frente al Estado. Por ello fue acusado de sedicioso y enviado al exilio en la isla Cheju, al sur de Corea. En esta isla sólo permaneció una semana. Al séptimo día falleció aquejado por la pena. El poema que leía mientras se hacía el café fue éste:

Inscripción en el Templo de la Serenidad

Casi en ruinas, el milenario monasterio,
en silencio profundo y cercado de enramadas,
donde la hierba del patio apenas conoce monjes
y el musgo del sendero recibe raros visitantes.
Los cuervos robaron todos los melones del jardín,
la rata hizo un hueco en el muro para habitarlo,
el ermitaño, sentado, olvida sus propósitos,
la ardilla viene a jugar sobre su atuendo de monje.


Una de mis hijas gritó que olía a quemado. Corrimos todos hacia la cocina y, efectivamente, el café se había quemado. Más precisamente: el café se había evaporado. Lo que sí se quemó fue la cafetera italiana. Todo aditamento en plástico se había derretido. Sólo quedaba puro metal ardiente y renegrido. Pero el resto de café peruano no había desaparecido del todo. Su vapor se había impregnado en toda la casa. Su olor estaba en las cortinas, en los muebles, en las habitaciones. Mi propia vestimenta olía a café peruano. Por qué de pronto sentía todo ese olor intenso en mí, me preguntaba. Por qué no lo sentí antes de que se evaporara todo el café. Abrimos las ventanas, pero el olor a café se negó a partir. Al principio experimenté una profunda pena, pero luego me permanecí sentado en una silla, cerca de la cocina, sereno.

10/21/2014

Modiano y el Perú


Pocos saben que el reciente premio Nobel de Literatura, Patrick Modiano tiene vínculos con el Perú. Bueno, en realidad somos los peruanos los que nos hemos relacionado con él. Resulta que una de sus novelas, Dimanches d'août, fue adaptada al cine bajo el título de Te quiero. La película es francesa y se estrenó el 2001. Esta historia fue ambientada nada menos que en Lima, en un distrito de Barranco no del todo reconocible, con acciones dentro de un bar llamado El Pato Blanco. Dicho de otra manera, hemos tenido una historia modianesca en Lima.
El director de esta película es Manuel Poirier, un francés que nació en Lima y que quiso volver a sus raíces con esta adaptación libre de una novela de Modiano. En realidad la novela trascurre en Niza, pero Poirier pensó que Barranco venía mejor.
Para mayores coincidencias, Poirier resulta ser el primo del marido de una amiga y antigua colega peruana; además, otra amiga peruana, artista plástica que ahora vive en Burdeos, resultó ser extra en esta película. Dos segundos de baile en medio de una fiesta, una fiesta en la que están personajes de Patrick Modiano.
La película no tuvo mayor repercusión en Francia, pero sospecho que a Modiano le agradó que su película tuviera sus locaciones en Perú. Lo digo porque otra de sus novelas acontece en una innominada ciudad latinoamericana, aunque pienso que se refiere a Caracas, puesto que su padre pasó una temporada allí; y ya sabemos lo que son los misteriosos vínculos familiares para Modiano.


10/09/2014

La voz de Mairena

Esta mañana observo desde la Place du Capitole un cielo celeste, tenue, que se permite algunas nubes que sin duda se desvanecerán en breve. Esta es la plaza más visitada de Toulouse. Me acompaña el escritor argentino Eduardo Berti. La noche anterior habíamos participado en una charla sobre el cuento lationamericano. Luego enfilamos por una de sus calles angostas y nos dirijimos al río Garonne. Seguimos por la rue Pargaminières. Me atrae la arquitectura en la que predominan las fechadas con ladrillo color terracota. Berti me comenta que las calles le recuerdan mucho a España. No es de extrañarse. Muchos españoles se exiliaron en el sur de Francia cuando la guerra civil.
Los hermanos Antonio y Manuel Machado pasaron largas temporadas en Francia. Es más, es sabido que Antonio vivió su exilio francés hasta el final de sus días. Manuel fue distinto. El pudo continuar su vida en España, al parecer debido a unos textos condescendientes a favor de Franco. No se puede afirmar, pero se dice que esto distanció a los hermanos, quienes nunca más volvieron a verse. Sin embargo es seguro que se leían, que se apreciaban en aquellas silenciosas lecturas. Imagino a Manuel leyendo a su hermano Antonio, pero en la voz del heterónimo Juan de Mairena. Hay un texto en el que Mairena habla de un pintor admirable "que ve lo vivo muerto y lo muerto vivo". Dice que este pintor logra que los objetos representados dieran la impresión de que estuviesen a puntar de dar un brinco sobre nosotros, como animales inquietos. Asimismo este pintor atrapa la muerte que los seres vivos llevamos encima. Mairena da en el clavo. Esa es una de las búsquedas del artista: la de esa vida y muerte que no sabemos ver.
La noche anterior, al final de la charla sobre el cuento, se me acercó una mujer. Se presentó como una peruana que me había traído un regalo. La mujer tendría unos cincuenta años. Intentaba ser divertida, pero se percibía cierto nerviosismo. En sus manos sostenía una pequeña bolsa de color azul, de esas que se usan justamente para los regalos. La mujer me dijo que se trataba de algo simbólico. De la bolsa saco un pepino. Se trataba de un pepino peruano, la fruta. Me dijo que este pepino había crecido en su jardín, que había logrado al fin que los pepinos peruanos crecieran en tierras de Toulouse. No era tan redondo como los que uno ve en Perú, este era más bien ovalado, pero el tono amarillo y con pinceladas violetas indiscutiblemente lo revelaban como un pepino peruano. No recuerdo lo que me dijo después esta mujer. Yo me quedé con esta fruta entre las manos, con la impresión de que en cualquier momento saltaría sobre mí.

9/23/2014

Últimos tiempos

Uno de los placeres recurrentes que me permito en Burdeos en estos últimos tiempos es escribir mientras me encuentro sentado en la banca de un parque, una alameda o un bulevar. Como a veces me dejo llevar por ciertos hábitos, suelo sentarme en una banca en Allées de Tourny, a pocos metros de un carrusel. La banca que suelo ocupar se encuentra del lado derecho -observando desde el carrusel- y está justo delante del inmueble donde Hölderlin fue preceptor en una familia acaudalada hasta principios del siglo XIX. Allí Hölderlin escribió muchos poemas.
Pero hoy he cambiado de banca. He decidido buscar la sombra y por eso me sentado en la banca del lado izquierdo. Observo la banca que suelo ocupar y está vacía. Nadie se atreve a ocuparla bajo este solo intenso. Recuerdo que alguna vez, sentado en esa banca, vino ocuparla también una anciana. Para los ancianos es muy fácil ponerse a charlar con los desconocidos. Ella me habló del clima, de las lluvias que sin duda caerían pronto. Le pregunté si venía regularmente a esta alameda y me respondió que no. En realidad estaba aquí excepcionalmente, puesto que ella se había ofrecido para hacer la cola de reservación en uno de los restaurantes más frecuentados de Burdeos. Me pareció un abuso de parte de sus hijos y nietos, pero no dije nada. Le pregunté si era de Burdeos. Me dijo que sí, que nunca había abandonado esta ciudad, ni siquiera durante la ocupación nazi. Indagué por sus recuerdos de esa época y me contó que ella era muy niña. Ella vivía (y vive aún) del otro lado de los bulevares que circundan el centro de la ciudad. Me dijo que una vez vino a esta lado de la ciudad para visitar a su abuela y que los soldados alemanes no le permitieron acceder más allá de unas cuantas calles. Me confesó que incluso ahora, si camina por los bulevares, lo hace del lado que les era permitido entonces.
La anciana cambia de tema y me habla de las palomas. Yo trato de volver al tema anterior y le pregunto por la época de la liberación. Fijó su mirada en mí y me dijo que esa época fue muy turbia. Ella había presenciado en la plaza Gambetta cómo la turba había rapado y humillado a algunas mujeres acusadas de colaboracionistas nazis. "Eso fue malsano", me dijo. Luego agregó: "Mi madre fue amiga de un oficial nazi. El venía a casa para escuchar música clásica. Mi madre era concertista y creo que él también lo fue en Alemania. Sólo hablaban de música." Al decir esto se levantó de la banca y me dijo que era momento de ir a hacer la cola, que pronto estaría comiendo con toda su familia. Luego se marchó.
Desde este lado de la alameda contempló el inmueble que Hölderlin abandonó en 1802. Se sabe que, como un anuncio de su locura, decidió ir a pie hasta Alemania.

Pericote

En el aeropuerto de Schiphol, en Holanda, uno de los más modernos del mundo, me acabo de cruzar con un pericote. Es muy pequeño. Tengo la impresión de que no tiene muchos días de nacido. No parece saber a dónde ir ni cómo conseguir alimento. No es que se sienta aterrado. Casi no hay gente por este lado del aeropuerto. Son casi las cinco de la mañana. El pericote va de un lado al otro, como si dudara de su trayecto, y vuelve al punto inicial desde donde lo vi aparecer.
Me hace acordar la época en la que yo frisaba los veinte años. Era diciembre y mi madre había atrapado una rata. Ella estaba tranquila, pues no quería que la navidad nos atrapara con semejante roedor. Sin embargo, unos chillidos dentro de la caja de adornos navideños nos reveló que la rata nos había dejado algo. Recuerdo que la tarde había caído y mi madre me pidió que la ayudara a deshacernos de los pericotes que seguramente se hallaban dentro de la caja. En esa época yo aún era estudiante de ingeniería, pero en mi cabeza revoloteba la idea de abandonar esos estudios y dedicarme a la literatura. No sabía cómo se lo diría a mis padres y de pronto sentía una terrible culpa por todo. Sobre todo cuando, haciendo presión con una escoba, empujamos la caja hasta la calle, en medio de la pista, y mi madre me dijo que abriera la caja. Lo hice. De pronto empezaron a saltar diminutos ratoncitos por todos lados. Ni siquiera sabían caminar. Sólo daban saltitos torpes. Yo empecé a golpearlos con la escoba y los fui matando uno por uno. Debí correr en diferentes para atraparlos a todos. Sentía asco y miedo. Y mucha culpa.
En esa misma época leía las cartas que Vincent Van Gogh le escribió a su hermano Theo. Todos saben que en esas cartas Vincent cuenta todas sus vicisitudes de artista, sus miserias, sus tormentos amatorios. Allí vislumbramos su genio y su demencia. Vemos también la enorme confianza que le profesaba a su hermano, y las continuas disculpas que le ofrecía por no ser lo que Theo hubiese esperado de él.
Recuerdo que al poco tiempo de anunciar mi abandono de los cursos de Ciencias y trasladarme al de Letras, mi hermano Pepe, quien financiaba mis estudios para ser ingeniero, todavía seguía molesto conmigo. Me costaba mirarlo a los ojos. Me costaba mirar a los ojos a cualquiera de mi familia. Pero un día le escribí una carta a mi hermano citando un largo fragmento de una de las que le escribió Vincent a Theo. Usando las palabras de Van Gogh, le explicaba a Pepe que yo no era capaz de hacer otra cosa que dedicarme a la creación artística, que el mundo de las finanzas o ciencias no me correspondía.
Han pasado más de veinte años de eso y ayer mi hermano Pepe me acompañó al aeropuerto en Lima. Me despedí de él con un abrazo y avancé como si diera pequeños saltos, como un pericote pequeño, pero sin ninguna culpa ni temor, sabía que él ahuyentaría todo posible escobazo.

Mar

Estoy en Lima. Exactamente me encuentro frente al mar de Lima. La tarde se acaba y yo decido permanecer aquí, sabiendo que inevitablemente en unos momentos le daré la espalda a este mar.
Iván Bunin escribió alguna vez una semblanza de su maestro y amigo Antón Chejov. En ella recuerda uno de sus tantos encuentros en Yalta. Una mañana Chejov le refirió que había leído un texto, una descripción del mar, escrita por un escolar. El texto decía: "El mar era grande". A Chejov le parecía grandiosa esta descripción y no podía ocultar su entusiasmo. Bunin recoge esta anécdota para dar una muestra de la personalidad y estilo muy propios del autor, en los que la maravilla y el goce provienen de la precisión y, sobre todo, de huir de cualquier tipo de ampulosidad a la que cierta prosa suele tener predisposición. Dada la relevancia que le otorga el autor de la semblanza, yo hubiese creído que ésta era una enseñanza bien asimilada por Bunin; sin embargo, en otro pasaje, introduciendo al lector en una nueva anécdota entre los dos escritores rusos, menciona que, instado por Chejov, dieron un paseo en noche temprana y que se detuvieron un buen rato al llegar a la costa; luego Bunin agrega: "En silencio contemplábamos la llanura centelleante del mar". No estoy seguro si Chejov hubiese aprobado tal descripción; pero quizás para los ojos y sensibilidad de Bunin no había otra manera de recrear lo observado.
Interiorizar un consejo literario no es nada fácil. Para bien o para mal tenemos un registro, una retórica, una tradición de los que cuesta sacudirse cuando se debe, si se debe. Por esa razón nunca escribiremos como rusos o ingleses o japoneses, aunque algo de ellos sí se nos impregne. La globalización nos informa, no nos nutre.
El mar que tengo frente a mí no es el mar de Bunin ni el de Chejov, pero que grande es.

Los juguetes de papá

Hace más de año y medio que no veía a mi padre. Su edad ronda alrededor de los 87 años. Lo digo de este modo porque nunca sabremos su edad exacta. Ni él mismo la sabe. Según cuenta, para evadirse del servicio militar obligatorio de fines de los años cuarenta, en dos -o tres- oportunidades alteró su partida de nacimiento. Luego, en un momento no muy claro de su vida, intentó recuperar la edad que le correspondía, pero no pudo hacerlo, aunque en algo pudo avanzar la cifra. Finalmente, en esas idas y venidas de su cronología, terminó por olvidar su año de nacimiento y aceptar lo que su último documento de identidad le indicaba.
En la primera charla que tuvimos en este último y reciente reencuentro, me tomó del brazo y me llevó a su habitación. "Mira por lo que se me ha dado últimamente", me dijo señalando su cómoda. Sobre ésta, lo que vi fueron diversos juguetes: Carritos de metal, soldados de plomo, avionetas y buses de cerámica y otros pequeños artefactos a los que desde hace poco tiempo gusta contemplar y jugar. "A lo mejor aquí hay algún juguete tuyo", me dice. Yo vuelvo a echar una mirada y no reconozco ninguno.
Cuando era niño, mi padre disfrutaba contándome sus travesuras de adolescente. Entre esas historias me contó muchas veces que él solía coger las herramientas de mi abuelo y venderlas a precios ridículos. Él sólo quería tener el suficiente dinero para ir al cine con su novia de turno, tener unos cigarrillos en bolsillo y beber algo con sus amigos. Lo mismo hizo al vender por kilo unas frutas confitadas que él había encontrado dentro de un barril en un desván de su casa. Al parecer éstas estaban algo podridas, pero eso no lo detuvo en su venta clandestina ni en sus salidas con sus enamoradas.
Poco antes de volver a Lima, en este último viaje, mi hermana me contó por teléfono que mi padre, a causa de sus males renales, estaba prohibido de comer ciertas frutas, sobre todo el plátano. Sin embargo, él se las había arreglado para comprarlas y camuflarlas en su mesa de noche, bajo su gorro, y, lo que sorprendió a todos, en medio de una fuente de frutas de cerámica. Sólo pudo ser descubierto luego de una, para nosotros inexplicable, recaída. Por esa razón mi madre le confiscó su dinero y de ese modo poner freno a sus compras clandestinas. Lo que supe posteriormente fue que un día mi hermana mayor, camino al mercadillo del barrio, pasó delante del vendedor de libros de segunda mano y creyó reconocer ciertas cubiertas. La curiosidad la impulsó a acercarse y revisar algunos de esos libros. Ella descubrió que muchos llevaban mi firma en la primera página. Al vendedor no le quedó otra alternativa que confesar que fue mi padre quien le vendía mis libros, libros que yo había dejado en casa de mis padres, mientras estaba fuera de Lima. Después me enteré que, además de vender mis libros, solía regalarlos entre las enfermeras y doctoras que lo atendían en sus consultas semanales. "Don Manolo es adorable", decían ellas muy agradecidas.
Ahora, finalizando este texto, observo nuevamente la cómoda de mi padre. Veo sus juguetes, y no reconozco ninguno, pero sospecho que algunos tienen el color de mis libros perdidos.

A las orillas del lago

En una de estas mañanas de agosto, fui nuevamente y muy temprano a bañarme en el lago. Es un lago muy grande al norte de Burdeos, al cual se llega rápidamente en el tranvía y cinco minutos de caminata. Esa vez me acompañó mi hija Verónica. Si bien el lago es enorme, lo que corresponde a la playa y a la arena hace solo un largo de quince metros, o menos. El resto de los bordes del lago está arbolado y poco accesible. Es por esa razón me gusta ir muy temprano; porque la puedo encontrar libre de bañistas. Claro que a veces descubro que se me adelantó algún anciano o una madre con su pequeño hijo que apenas sabe dar unos pasos en la orilla. Pero a la mañana que refiero no había nadie más que mi hija y yo. Así que esa parte del lago, limitada por unas boyas de seguridad, fue nuestra piscina privada. O casi, puesto que por unos buenos minutos la compartimos con una familia de patos.
Media hora después de estar disfrutando dentro del agua, apareció una mujer, algo obesa y pasada la cincuentena, y a su lado, sujeto por una correa, un perro. Llegaron por uno de los costados, caminando sobre la hierba que limita con la playa. A la mujer se le veía muy relajada, contenta de estar allí con su mascota y tomar el aire fresco. El perro, por su parte, estaba muy excitado y sin duda esperaba a que su dueña le quitase la correa que lo sujetaba del cuello. Como soy un ignorante para identificar la raza de los perros, sólo puede decir que éste era muy grande, flaco, de esos perros pelucones y greñudos. Finalmente la mujer lo liberó y el perro fue directo a la arena. Corrió a lo largo de la orilla y luego fue hacia la arena seca y todavía tibia a esa hora del día. De pronto empezó a revolcarse en la arena, como lo hacen los puercos en el lodo. Mi hija y yo nos divertíamos mirándolo. De pronto el perro se detuvo, como si súbitamente recordara algo, y corrió hacia nuestras toallas. Eran las únicas toallas tendidas sobre la arena. Yo esperé lo peor. Pero la mujer, con una voz ronca y autoritaria, llamó al perro por su nombre.
-¡Houellebecq! ¡Houellebecq!
Y Houellebecq volvió la cabeza y corrió hacia su ama y señora. Luego ella le colocó nuevamente la correa y, llenando sus pulmones de aire, mujer y perro se marcharon.
No sorprende a nadie que descubramos animales domésticos con nombres de personajes literarios. Pero sí empieza a llamar la atención cuando estas mascotas son llamadas Víctor Hugo, Valery, Camus, y más todavía con nombres de escritores vivos. En este caso, lo que me generó cierta inquietud no fue la inevitable correspondencia entre el aspecto del perro y la imagen actual del escritor Michel Houllebecq, sino imaginar cuando este animal era un cachorro hermoso, como todos los cachorros suelen ser, y que su dueña haya tomado la decisión de llamarlo de tal manera. Sospecho que así como esta mujer ama a su perro, ella posee también una gran admiración por este escritor.
Esta mañana fui solo al lago. No hubo patos, no fue la señora mayor y su perro. No había nadie. En realidad eso creí. Cuando estaba por salir del agua, descubrí en la orilla un langostino vivo. Bueno, él también me descubrió, porque empezó a huir, pero en lugar de ir hacia dentro del lago o alejarse a lo largo de la orilla, fue hacia la arena. Yo avancé lentamente porque me intrigaba saber qué haría al sentirse acorralado. Se quedó quieto en el borde del agua. Luego giró lentamente hacia mí y elevó ligeramente su única gran tenaza. Y si le pongo un nombre?, me pregunté.

8/04/2014

El ojo de James

Leyendo unas crónicas de viaje del escritor Henry James, me sorprendió descubrir que su paso por Burdeos no le dejó mayores comentarios. Su interés se concentró en la cercana ciudad de Angoulême, puesto que tenía muy vivas aún las referencias de este lugar descritas en la novela  Illusions perdues de Balzac. Él quería contrastar las personas y el espacio real ante su vista con los personajes literarios y el espacio imaginado, privilegiando, claro está, lo segundo sobre el primero, porque, como lo dijo él mismo: “ellos son reales, supremamente reales, porque son hijos del gran Balzac, quien les fabricó una realidad artificial infinitamente superior a la realidad vulgar”. Fue por esa razón que finalmente tomó la decisión de observar Angoulême desde la ventana del tren. No necesitaba ver más. La literatura ya había satisfecho su necesidad de mirar.
Este regusto por la observación en Henry James lo podemos detectar tanto en su propia obra de ficción, como en las acotaciones que él hacía a los textos de sus autores preferidos. Para él una buena descripción del ambiente (sin caer en exageraciones) podía contener y sugerir la esencia del misterio de la trama y sus personajes. Entre la correspondencia que James mantuvo con el escritor Robert L. Stevenson vemos que ambos, en medio de bromas e ironías, de lamentos y quejas, también compartieron consejos y críticas para los libros que iban publicando entonces. James, en octubre de 1893, le escribe a su amigo, a propósito de su libro Catriona: “Lo único que me hace falta en su libro es la pincelada de lo visible –éste somete mi vista, mi imaginación visual, a una privación casi dolorosa. La imaginación auditiva es, por así decirlo, colmada al extremo y la fuerte audibilidad aparece como una afrenta al deseo frustrado de la mirada. También tengo el sentimiento (hablo por supuesto únicamente desde la perspectiva en la que mi impresión desea ser satisfecha durante la lectura) de encontrarme en presencia de voces en la obscuridad, de voces muy distintas y vivaces, admirables y sonoras –como lo son siempre-, acechantes y perturbadoras, en las que la mirada se encuentra oculta. Lanzo un gemido de protesta cuando, hacia el final por ejemplo, usted transporta a sus personajes de Leyden a Dunkirk en una o dos líneas, sin hacer una mínima alusión al vasto paisaje que presentan los caminos del siglo XVIII.” Meses después, en diciembre, James recibe la respuesta de Stevenson. Este le dice: “Su entusiasmo hacia Catriona me place y, todavía más, la sutileza y la verdad de sus atingencias sobre la ausencia del sentido visual en este libro. […] Yo escucho a la gente hablar y yo la siento actuar. Me parece que la ficción es esto. Mis dos objetivos pueden ser descritos así: 1. guerra al adjetivo, 2. muerte al nervio óptico.”

La imaginación visual frente a la imaginación auditiva. Dos formas de creación literaria que ambos se esforzaron en defender y potenciar dentro de una particular estética narrativa que llevaron adelante. Es obvio que la primera ha calado más hondo como enseñanza entre los escritores del siglo XX y XXI. Sin embargo, considero que el ojo de James, si bien muy alerta, bien podría también alternar con el oído de Stevenson. Por ejemplo, en otra carta, fechada en octubre de 1887, Henry James le cuenta a Stevenson un hecho no documentado, sólo referido por amigos en común, en el que el protagonista es un joven escritor que decidió colocar su mano izquierda encima del fogón. Según James, el joven fue encontrado desmayado y con la mano calcinada. Al parecer lo habría hecho para castigarse, avergonzado de una acción deshonrosa. Historia para un cuento, sin duda. No obstante, yo estoy seguro de que Stevenson imaginó el tono exacto del grito de este joven antes de perder el sentido. Un grito a la medida de la deshonra. Hasta podemos imaginar imaginándolo.

7/26/2014

Aquella dimensión que perturba

De pequeño, cuando todavía no alcanzaba los nueve años, yo era un niño intrépido. Los que me conocen de toda la vida saben que decir intrépido es una exageración, que no me reconocerían en esta clasificación, que seguramente me estoy idealizando. Sucede que a esa edad, como el resto de mis amigos, yo jugaba bien al trompo y sabía hacerlo bailar con precisión e incluso realizar piruetas con él. También escalaba unos muros de una antigua iglesia al frente del edificio donde vivía y me lanzaba desde lo más alto, sin importar cómo cayera -que por lo general era una caída desastrosa, pero feliz-. Los mismos saltos los hacía de unos muros en el parque que está detrás del Congreso, en pleno centro de Lima. Lanzarse de un árbol y sentir el corte del viento en el rostro era la prueba de valor que uno empezaba a imponerse desde la infancia. Al menos es lo que pensábamos mis amigos y yo.
Un día todo esto se terminó. Nunca supe por qué pero de pronto no hubo manera de hacer bailar el trompo. De pronto me costaba escalar un muro, insertar bien los dedos en los resquicios para afianzar la posición. De pronto el miedo me invadía y no lograba saltar de ningún árbol. Todo adquirió otras dimensiones. Busqué las respuestas a este hecho, pero, claro, a los nueve años o poco más, no obtuve ninguna. El único cambio del que tuve conciencia en ese momento es que había crecido, pero no mucho, no más que el resto de mis amigos. No obstante, las dimensiones cobraron nuevas significaciones para mí. Tuve más conciencia del posible daño que podría causarme con la solidez de un juguete que tiene un clavo de metal en un extremo o de la ligereza que había perdido en los saltos. Sin embargo, algo no encajaba, yo quería seguir haciendo lo de antes, como mis amigos. Ellos, por su lado, no entendían lo que me pasaba. Afortunadamente fueron muy generosos conmigo. No hubo burlas. Sólo notaba extrañeza en sus miradas cada vez que se evidenciaban mis movimientos torpes y temerosos. Por suerte estos juegos los hacíamos por temporadas; así que podíamos pasar a otra cosa y ver cómo me desenvolvía en ello. Fue igual de terrible, pero todos terminamos por acostumbrarnos.
Fue en esa época que empecé a leer de otra manera. Mi adaptabilidad con los objetos fue mejor asimilada cuando tenía un libro entre manos. De hecho, me he convencido de que cuando camino con un libro en la mano, mi trayecto es mucho más recto y puedo girar en las calles con más seguridad. Luego, leerlo me permite equilibrar esas dimensiones que me perturban. Durante la lectura poco me importa la inmensidad o lo minúsculo de lo imaginado. Igualmente sé que me siento cómodo en esos espacios. Ahora mismo puedo imaginar que una vez más hago bailar un trompo.
Pd. Con este tema de las dimensiones y confusiones, conviene confesarles que en la última frase había escrito, sin premeditarlo: "Ahora mismo puedo imaginar que una vez más hago bailar un libro."

6/30/2014

Largo en boca

Vivir en Burdeos me ha enseñado muchas cosas. De algunas de ellas seguramente no tengo aún una idea clara de lo que se trata, ni su aplicabilidad, pero sabemos que así es el aprendizaje. Por ejemplo, una expresión aprendida y que tengo en la cabeza últimamente es "largo en boca". Esta suele ser empleada por los conocedores del vino -aquí todos son conocedores del vino- para referirse a la permanencia de sabores en la cavidad bucal, aromatizándola luego de ingerir un generoso sorbo de vino.
Lo mismo experimento, debo confesar, luego de pronunciar determinadas palabras. Hay algunas que son rasposas, astringentes, a gusto de barrica vieja. Hay otras más afrutadas, ligeras, o que se volatizan más rápidamente, pero cuyo recuerdo puede ser aún más prolongado en nosotros.
No hace mucho titulé un texto mío "Carnets". El primer comentario que recibí fue que la Real Academia de la Lengua había fijado como norma el uso de la palabra "carné". Por lo que, según este comentarista, yo, alguien que se dice escritor, había incurrido en una falta. Pues no. Esa norma la conozco muy bien. Lo que pasa es que a veces no me da la real gana de seguirla. En "carnet" me gusta la articulación dental de la lengua y el momentáneo retardo del paso del aire. Me da la impresión de que al pronunciarla inicio el tarareo de una canción y que a su vez puedo tomar nota de la melodía. Y no me pasa lo mismo si pronuncio "carné", que me parece cortante, ni siquiera una palabra entera. Además, con mi acento limeño, la tendencia es a acentuar todavía más su nasalidad. Qué desagradable.
En una entrevista a Jorge Luis Borges, realizada en una televisora mexicana, le preguntaron por la lengua española. El afirmó entonces que en muchos aspectos prefería el inglés. En palabras como "lightly", consideraba él que la parte significativa se concentraba en "light", y que eso aumentaba la potencia de la palabra, mientras que en español, su equivalente, "claramente", era una palabra demasiado larga y que dejaba en uno tan solo la parte mecánica de la palabra; es decir, la simplificadora y disonante terminación "-mente".
La lengua española para mí es musical, rítmica, pero también sé que posee palabras a las que provoca hacer unos ajustes. Se podría pensar que estos son caprichos de purista, pero no es así. Esto forma parte del desarrollo de un estilo -de un estilo literario, precisemos-. Es como intentar afinar un instrumento musical, pero luego descubres que es el instrumento quien te afina a ti.

6/19/2014

Las ruinas invadidas

Las últimas semanas me levanto más temprano, con una mayor frecuencia de la habitual, para ir a uno de mis trabajos. Suelo ir en tranvía y bajarme en la parada Doyen Brus. Esto ya forma parte de los linderos de Burdeos. Bueno, desde el centro, en veinte minutos y en cualquier dirección, ya estamos a las afueras de Burdeos. Desde esa parada tomo una avenida ancha y camino unos cinco minutos. Esos cinco minutos me encantan. Me alegran el resto del día. En realidad, si soy más específico, ni siquiera son esos cinco minutos de trayecto los que me animan. Se trata de sólo unos segundos, que son los que utilizo para pasar delante de lo que fue una casa. De ella sólo queda la fachada. Es muy pequeña, seguro fue una casa muy humilde de un campesino de la zona. Se trata de un rectángulo blanco con una puerta y ventana hechas con listones de madera, también pintadas de blanco, y un alero –o lo que fue un alero- que solo sirve para proyectar sombras sobre la fachada. Detrás: vegetación. Todo lo que pudo haber, la vida que circuló en ese desaparecido espacio interior es ahora vegetación. Abundante en esta época del año. No sé por qué no lo han tirado aún. Es algo inútil que persiste en pie, pero que me ayuda a sobrellevar mi jornada.
A estas emociones les encontré respuesta en unas páginas del libro Discurso vacío, del uruguayo Mario Levrero. Este libro, a modo de diario, es también lo que su autor llama una autoterapia grafológica. En una entrada al 6 de enero de 1991, dice: “Hay una cantidad de cosas inútiles que son imprescindibles para el alma. Diría más: sólo las cosas inútiles son imprescindibles para alma (aunque no todas ellas).” También se me ocurre pensar que estas cosas inútiles también son imprescindibles para la literatura. Es decir, pasan por el alma, la perturba gratamente, y al que tiene el bicho de la escritura (aunque no a todos ellos) estas se proyectan en el mundo narrativo que se crea. Pero no pensemos que porque se integran a este mundo narrativo se cargan de utilidad. Nada de eso. Siguen siendo igual de inútiles. Pero qué placer.
La satisfacción que te produce identificarse con lo que lees, con las mismas o semejantes experiencias, es indescriptible. La lectura va modelando tus propios recuerdos y evocaciones y así, de pronto, crees que están contando tu propia historia, tu propia e inútil historia, o que eres tú quien la cuenta. Entenderán lo que digo cuando cite otra de las páginas de Levrero: “Delicioso: me produce un placer casi erótico la contemplación de ciertas ruinas, de casas abandonadas, de casas demolidas, sobre todo cuando son invadidas por la vegetación.” Luego se expande sobre esta experiencia, pero él la asocia con otra más y llega a darle un sentido –no una utilidad- supremo. Páginas adelante, Levrero habla de uno de los temas del músico Enrique Rodríguez. No recuerda el nombre del tema: duda entre “Noches de Hungría” o “Amor en Estambul”. Hice una búsqueda y no es ni una ni la otra, pero eso aquí no importa. Va manejando su automóvil y escucha en el trayecto una cinta de Rodríguez. Lo interesante es que esta melodía produce en Levrero la reminiscencia de unas ruinas. Confiesa: “… esa orquesta es para mí algo similar a la contemplación de ruinas invadidas por la vegetación. No por el tiempo transcurrido, aunque en cierta forma el tiempo transcurrido acentúa el efecto, sino que, en este caso particular, ya la intención original de Enrique Rodríguez era en su momento una ruina invadida por la vegetación.”
Muchos y diferentes impulsos pueden llevarte a escribir, muchos y variados temas pueden poblar tus páginas; no obstante, habrá quienes se sientan atraídos por escribir una historia cuya nota musical sea tan original como una ruina invadida por la vegetación.

6/15/2014

Las sacras bayaderas imposibles

César Vallejo, en una de sus crónicas publicadas en Trujillo, relata su visita al poeta José María Eguren. La entrevista debió realizarse en los primeros meses de 1918. Vallejo no había publicado Los Heraldos negros y Eguren ya respiraba el reconocimiento que se le hacía tardío. La cita de este encuentro fue en la casa de Eguren, en Barranco. Por lo descrito, al parecer les costaba a ambos ocultar el entusiasmo por ser entrevistador y entrevistado. Pero Vallejo no fue a verlo solo como periodista. Fue como un poeta en busca de lecciones del maestro. Y esto, claro, halagaba a Eguren. Vallejo se acercaba a los 26 y Eguren a los 44 –aunque el cronista afirme que el poeta tenía, el día del encuentro, 36 años-. En realidad, el renombre de José María Eguren era relativamente reciente. El poeta no lo tuvo nada fácil. Le cuenta a Vallejo: “Al iniciarme, amigos de alguna autoridad en estas cosas me desalentaban siempre. Y yo, como usted comprende, al fin empezaba a creer que me estaba equivocando.” Le cuenta también, ya despojado de modestias, que la poesía de Rubén Darío en Perú en realidad no aportaba nada, puesto que él mismo ya había escrito poemas en esa línea, pero que nadie se los quiso publicar a fines del siglo XIX.
Sabemos que el espaldarazo no solo provino del homenaje que le hicieron los de la revista Colónida, bajo la dirección de Abraham Valdelomar, sino que fue Manuel González Prada su principal admirador y difusor. Eguren estuvo agradecido con Prada y así lo expresa en reiterados momentos. Bueno, en realidad el agradecimiento fue otra manera para volver a hablar de su propia poesía y de cómo Prada pudo captar lo que Eguren distingue entre el simbolismo de la frase y el simbolismo del pensamiento y cómo esto último le otorgó singularidad dentro de la poesía en español.
Vallejo escucha atento. Está fascinado; pero ya que de aprendizajes se trataba, envolverse un poco en gloria egureniana lo venía mal. Nos cuenta que Eguren, entre complicidad de poetas, le dice: “Yo y usted tenemos que luchar mucho”. Vallejo se sorprende, sin duda pone cara de poeta de provincia –aunque los capitalinos la saben poner muy bien-. Pero para ese momento del encuentro no hay vuelta atrás: Se saben poetas grandiosos.
Sin embargo, hay una frase elogiosa de Vallejo hacia Eguren que me atrae. Luego de que el joven trujillano lo oyera hablar de literatura, quiere ofrecernos una imagen del poeta y dice de él: “Se me antoja un príncipe oriental que viaja en pos de sacras bayaderas imposibles”. Diríamos que esta frase misma era un producto de la retórica modernista. Y sí, en gran parte lo era. La bayadera era un ballet sumamente popular por entonces. Como su libreto tuvo un origen incierto, muchos escritores y libretistas redactaron sus propias versiones, pero siempre manteniendo como base el argumento de la bailarina hindú, cuya seductora danza –que tenía fines sagrados- fue el motivo de amor de un guerrero, como también el de un poderoso brahmán. Como era de esperarse en estas historias de corte romántico, tuvo un final trágico. Pues bien, que Vallejo lo haya dicho en este contexto, puede verse como un halago superficial; sin embargo esta imagen concentra una nueva actitud hacia el acto creador, que ya los simbolistas venían defendían desde mediados del XIX: la creación es un viaje hacia lo imposible. Y en ese desplazamiento hay un horizonte sinuoso, seductor, la bayadera como una poesía profana, pero que asimismo está envuelta en cadencias sagradas. Hermoso ideal, y quizás más hermoso por imposible.

6/04/2014

Onetti el Aguador

Con la aparición de la revista Marcha, en Montevideo, Juan Carlos Onetti inició una serie de colaboraciones literarias. Sus primeros textos publicados fueron firmados bajo el seudónimo de Periquito el Aguador y con este nombre insistió sobre todo, entre 1939 y 1941, en dar un remezón a lo que él consideraba una literatura uruguaya tullida, casi inexistente. Su ironía fue tremenda y no dejaba de reclamar una escritura moderna, que diera cuenta de los cambios sensibles en la vida urbana de Montevideo. En una de sus primeras colaboraciones, titulada “Retórica literaria” (28/08/1939), Onetti recuerda una anécdota que él mismo califica de apariencia banal. Nos cuenta que cuando el escritor André Maurois fue admitido en la Academia Francesa un año antes, un periodista le preguntó por el secreto de su éxito. A lo que Maurois respondió: “Muy simple. Yo he durado”.
Onetti se concentra a continuación en la palabra durar. Para él, el sentido que Maurois pretendió dar a su respuesta va más hacia la idea de persistir; pues él nos dice: “Durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta. Durar frente a la vida, sosteniendo un estado de espíritu que nada tenga que ver con lo vano e inútil, lo fácil, las peñas literarias, los mutuos elogios, la hojarasca de mesa de café”. Onetti no pretendía que esa materia de trabajo, entiéndase Montevideo, sea una cartografía citadina o un listado de nuevos hábitos urbanos de la primera parte del siglo XX. Él buscaba extraer la esencia de esos espacios urbanos, que por entonces no dejaban de serle brumosos. No olvidemos que él acababa de publicar su novela El pozo. Como sabemos, luego la urbe y la esencia que fue construyendo tomaron forma en la ciudad de Santa María.
Su persistencia fue tenaz, imagen contradictoria con la fama de perezoso que se había ganado y que él mismo se preocupó también en sostener. En su colaboración “Propósitos de año nuevo” (30/12/1939), nos dice: “El que no escribe para los amigos o la amada o su honrada familia; el que escribe porque tiene la necesidad de hacerlo, sólo podrá expresarse con una técnica nueva aún desconocida.” No pensemos que Onetti, o Periquito el Aguador en este caso, se encuentra obsesionado en la técnica en tanto artilugio, sino piensa en tanto una nueva construcción, una sintaxis literaria que se intuye, pero no se aprehende del todo. En ese sentido, él agrega: “Sólo se trata de buscar hacia adentro y no hacia afuera, humildemente, con inocencia y cinismo, seguros de que la verdad tiene que estar en una literatura sin literatura […]”.

Nos puede parecer algo críptico el final de la cita anterior. ¿Qué quiso decir con que la verdad está en una literatura sin literatura? Me parece que Onetti se refiere primero a una literatura digamos íntima, que no intimista, aquella que se construye en el interior, durante el mismo proceso de búsqueda. Una literatura, en última instancia, que le es propia a cada escritor, que le es templo y guarida. La otra literatura a la que hace referencia, es la que se preocupa de lo exterior, la que cobija a los que están preocupados por durar, en el aspecto temporal del término, y no en persistir. Onetti, qué duda cabe, él ha durado.      

Línea de tranvía

Hace unos días mi hija Andrea y yo fuimos a la biblioteca del barrio a devolver unos libros. Pudimos haber ido en bicicleta, como nos gusta, pero decidimos tomar el tranvía. Quizás hacía algo de viento, no recuerdo bien. Sí, corría mucho viento. Lo afirmo no porque lo recuerde de pronto, sino porque es lo único que justifica la presencia del polen de primavera en nuestros ojos y gargantas. Para nosotros y nuestras alergias esto no se puede pasar por alto. Llegamos a la estación Peixotto y descendimos del tranvía. Aquí suele haber algo de alboroto puesto que es una zona de liceos y universidades. Solo dimos unos pasos cuando me hija me tomó del brazo con una clara señal para que camináramos más despacio. A pocos pasos de nosotros había dos muchachos de unos quince o dieciséis años. Al principio no los vi bien, porque aún había gente, todos jóvenes, que venía en sentido contrario a nosotros. Creí que mi hija conocía a estos muchachos y que los quería saludar, o simplemente evitarlos. Luego ellos vinieron en nuestra dirección, pero no hablar con nosotros, pues pasaron por nuestro lado y siguieron de largo. Quise entender de qué se trataba y se lo pregunté a mi hija. Ella me explicó que al bajar del tranvía vio a dos universitarios, sobre la veintena de años, que pasaron junto a nosotros, en sentido contrario. Lo que a ella le llamó la atención fue el parecido entre estos dos universitarios y los colegiales que tuvimos luego delante de nosotros. Ella creyó que se trataba de dos parejas de hermanos, pero lo extraño sucedió cuando ella escuchó a los colegiales. Ellos también habían percibido el increíble parecido con la pareja de universitarios. No eran hermanos ni nada. Eran sus respectivos dobles, prácticamente ellos mismos en edad universitaria. Lo que discutían era si los seguían o no. Uno de ellos parecía dudar, pero el otro fue insistente. “Somos nosotros”. Eso sí lo llegué a escuchar. Cuando pasaron junto a nosotros ya no quedaban muchas personas en la estación. Es lo que suele suceder en las estaciones. Los muchachos reían por lo que seguramente representaba el inicio de una aventura. Los seguimos un poco con la mirada. Ellos avanzaban rápido. Metros más adelante iban sus dobles, o el futuro de ellos mismos. Estas cosas deberían apreciarse con más claridad, pero el polen de primavera nos irritó la vista.

2/11/2014

La cabeza de San Nicasio

Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San Nicasio, en el siglo V, se sumó a la lista de otros mártires quienes por andar cabeza en mano fueron conocidos como cefalóforos. Con el dolor de oídos que yo llevaba, bien hubiera querido tener la cabeza algo alejada de mi cuerpo. Luego de dar una vuelta por el atrio fui a sentarme en una de las sillas de las primeras filas. Allí vi sentadas a dos mujeres. En realidad se trataba de una mujer y su hija adolescente. Se parecían mucho. Después noté que mientras la madre oraba la muchacha se ponía de pie y se alejaba unos pasos, obligando a la mujer a interrumpirse y traer a la chica nuevamente junto a ella. Pasados un par de minutos, la chica volvió a levantarse y la madre de nuevo a llevarla a su lado. Puse un poco más de atención y noté en la muchacha un gesto que revelaba cierto retardo y que abría la boca como si no pudiera controlar su mandíbula. Recordé que de niño, en pleno centro de Lima, entre mis amigos había uno con un severo síndrome de Down. Vivía con su abuelo y éste solía llevarlo todos los domingos a la iglesia que se hallaba justo al frente del edificio donde vivíamos. Cuando superamos apenas los diez años, el abuelo de este niño murió. Pero él continuó asistiendo a la misa de los domingos. Y un día de pronto se puso en la fila de los que iban a comulgar y, a su turno, el cura se negó a colocar la ostia en la boca desencajada de mi amigo. El domingo siguiente se repitió la escena. Nosotros podíamos comulgar y él no. Sin embargo, una tarde, gracias a uno de los monaguillos, logramos obtener una de las obleas. Llevamos a nuestro amigo a la iglesia y, en una rápida parodia de misa, hicimos que comulgara. Como yo tenía un aire de cura, me tocó poner la ostia en su boca. Él hizo un gesto de desagrado, la oblea se le adhería al paladar y con sus dedos se ayudó a retirarla y se la tragó rápidamente. Se fue emitiendo unos sonidos que en ese momento entendí como una queja.
Una vez más la mujer fue detrás de su hija y la obligó a orar. La muchacha balanceaba la cabeza y parecía susurrar un canto. El dolor de oídos me había pasado y pensé que era momento de partir. Antes di una vuelta final para tomar un par de fotos y luego fui hacia la salida. Abrí la primera puerta y encontré a la pareja de mujeres. La madre le cerraba el abrigo a su hija y le colocaba un gorro de lana. La chica me miró, se llevó el dedo al cuello y lo desplazó como si se cortara, o me cortara a mí, la cabeza. Luego río. Cuando su madre reparó en mi presencia, se hizo a un lado, me pidió disculpas y me dejó pasar. Por suerte no me volvieron a doler los oídos.

1/07/2014

Carnets

Diversidad
Desde hace casi dos décadas se viene afirmando que la narrativa iberoamericana se caracteriza por su variedad temática, de estilos, de propuestas diversas que ponen en entredicho el hecho mismo de ficcionalizar, que es sobre todo individualista, que defienden o aceptan la hibridez de los géneros, en fin, que es prácticamente inasible apreciarla como un todo, como solía hacerse antiguamente. Dicen que es producto de la globalización, del fin de las ideologías, que la caída del muro de Berlín dejó tantos fragmentos como escritores y tendencias.
Yo he dejado de creer en estas afirmaciones. Me parece que la literatura siempre fue así, que siempre fue híbrida, dispersa, rara, y que desde las nociones y cuestionamientos de la modernidad se ha tenido conciencia de ello, pero que la crítica oficial, la especializada en establecer el canon para cada país o continente o lengua, siempre nos ha querido hacer creer que existía una única forma de narrar (la oficial) y que las demás eran minoritarias, marginales. Más allá de los manuales de la historia de la literatura veremos que los raros han sido siempre parte del proceso literario de todas las culturas. ¿Qué ha pasado entonces para que recién ahora se hable de esta diversidad? Pues que la crítica ha perdido la autoridad de antaño. Que desconfiamos mucho más de estos rectores de la literatura que, con el pretexto de poner orden a lo que se viene escribiendo, lo que hacen es tratar de establecer nuevos cánones. Y, claro, también habrá escritores dispuestos a jugar a este juego.
Esta diversidad no es nueva. Se está pudriendo de vieja, sin embargo qué buena falta nos hacía saborearla.

Marketing
A propósito de la salida al mercado de la novela de Jeremías Gamboa, Contarlo todo, se ha suscitado cierta polémica sobre su calidad. Estas discusiones pueden ser valiosas dentro de ciertos parámetros, principalmente evitando ataques gratuitos entre los polemistas. Pero lo que me llamó la atención es que tanto algunos polemistas como lectores quieren ver el hecho del poco usual despliegue de marketing para lanzamiento de esta novela como algo anecdótico. No me parece para nada un hecho anecdótico. En estos tiempos donde absolutamente todo hecho público es mediatizado y manipulado según sus reglas, no se puede afirmar que su intervención en el arte es anecdótica. Obviamente asociar la palabra marketing al arte, a la novela en este caso particular, no le hace ningún favor al libro, pero esto no significa que se niegue su intervención. Es inevitable. No afirmo que sea beneficioso o dañina para la novela en sí. Esta ya es un producto (dentro del sistema editorial no hay otra manera de llamarla) y como tal quien la financia apelará a todos sus recursos para que llegue a las manos del consumidor. El problema es cuando lo ofrecido no satisface las expectativas anunciadas y genera una frustración en el público. Los expertos en marketing saben que este es un riesgo que correr. Y no es un hecho anecdótico.
El problema que yo veo es cuando esas estrategias de marketing son asumidas como dictámenes de la crítica. Como esta última ha perdido terreno y poder en la prensa, son otros (los propios productores) quienes crean esta distorsión y tratan de imponer su producto.
La prensa es un circo, lo sabemos todos. Un diario, cualquiera, organiza su concurso de los mejores libros del año y pide a los lectores que voten. De pronto vemos que ha ganado el autor X con 3500 votos. Lo cómico es que el libro ganador solo tuvo un tiraje de 500 ejemplares y vendió solo 300. Y lo curioso se torna patético cuando sabemos que el escritor X, el ganador, había pedido en las redes sociales que voten por él. Y el ganador cree efectivamente que ganó por la calidad de su novela. El marketing está detrás de todo esto y no es anecdótico.
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