Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San Nicasio, en el siglo V, se sumó a la lista de otros mártires quienes por andar cabeza en mano fueron conocidos como cefalóforos. Con el dolor de oídos que yo llevaba, bien hubiera querido tener la cabeza algo alejada de mi cuerpo. Luego de dar una vuelta por el atrio fui a sentarme en una de las sillas de las primeras filas. Allí vi sentadas a dos mujeres. En realidad se trataba de una mujer y su hija adolescente. Se parecían mucho. Después noté que mientras la madre oraba la muchacha se ponía de pie y se alejaba unos pasos, obligando a la mujer a interrumpirse y traer a la chica nuevamente junto a ella. Pasados un par de minutos, la chica volvió a levantarse y la madre de nuevo a llevarla a su lado. Puse un poco más de atención y noté en la muchacha un gesto que revelaba cierto retardo y que abría la boca como si no pudiera controlar su mandíbula. Recordé que de niño, en pleno centro de Lima, entre mis amigos había uno con un severo síndrome de Down. Vivía con su abuelo y éste solía llevarlo todos los domingos a la iglesia que se hallaba justo al frente del edificio donde vivíamos. Cuando superamos apenas los diez años, el abuelo de este niño murió. Pero él continuó asistiendo a la misa de los domingos. Y un día de pronto se puso en la fila de los que iban a comulgar y, a su turno, el cura se negó a colocar la ostia en la boca desencajada de mi amigo. El domingo siguiente se repitió la escena. Nosotros podíamos comulgar y él no. Sin embargo, una tarde, gracias a uno de los monaguillos, logramos obtener una de las obleas. Llevamos a nuestro amigo a la iglesia y, en una rápida parodia de misa, hicimos que comulgara. Como yo tenía un aire de cura, me tocó poner la ostia en su boca. Él hizo un gesto de desagrado, la oblea se le adhería al paladar y con sus dedos se ayudó a retirarla y se la tragó rápidamente. Se fue emitiendo unos sonidos que en ese momento entendí como una queja.
Una vez más la mujer fue detrás de su hija y la obligó a orar. La muchacha balanceaba la cabeza y parecía susurrar un canto. El dolor de oídos me había pasado y pensé que era momento de partir. Antes di una vuelta final para tomar un par de fotos y luego fui hacia la salida. Abrí la primera puerta y encontré a la pareja de mujeres. La madre le cerraba el abrigo a su hija y le colocaba un gorro de lana. La chica me miró, se llevó el dedo al cuello y lo desplazó como si se cortara, o me cortara a mí, la cabeza. Luego río. Cuando su madre reparó en mi presencia, se hizo a un lado, me pidió disculpas y me dejó pasar. Por suerte no me volvieron a doler los oídos.