6/30/2014

Largo en boca

Vivir en Burdeos me ha enseñado muchas cosas. De algunas de ellas seguramente no tengo aún una idea clara de lo que se trata, ni su aplicabilidad, pero sabemos que así es el aprendizaje. Por ejemplo, una expresión aprendida y que tengo en la cabeza últimamente es "largo en boca". Esta suele ser empleada por los conocedores del vino -aquí todos son conocedores del vino- para referirse a la permanencia de sabores en la cavidad bucal, aromatizándola luego de ingerir un generoso sorbo de vino.
Lo mismo experimento, debo confesar, luego de pronunciar determinadas palabras. Hay algunas que son rasposas, astringentes, a gusto de barrica vieja. Hay otras más afrutadas, ligeras, o que se volatizan más rápidamente, pero cuyo recuerdo puede ser aún más prolongado en nosotros.
No hace mucho titulé un texto mío "Carnets". El primer comentario que recibí fue que la Real Academia de la Lengua había fijado como norma el uso de la palabra "carné". Por lo que, según este comentarista, yo, alguien que se dice escritor, había incurrido en una falta. Pues no. Esa norma la conozco muy bien. Lo que pasa es que a veces no me da la real gana de seguirla. En "carnet" me gusta la articulación dental de la lengua y el momentáneo retardo del paso del aire. Me da la impresión de que al pronunciarla inicio el tarareo de una canción y que a su vez puedo tomar nota de la melodía. Y no me pasa lo mismo si pronuncio "carné", que me parece cortante, ni siquiera una palabra entera. Además, con mi acento limeño, la tendencia es a acentuar todavía más su nasalidad. Qué desagradable.
En una entrevista a Jorge Luis Borges, realizada en una televisora mexicana, le preguntaron por la lengua española. El afirmó entonces que en muchos aspectos prefería el inglés. En palabras como "lightly", consideraba él que la parte significativa se concentraba en "light", y que eso aumentaba la potencia de la palabra, mientras que en español, su equivalente, "claramente", era una palabra demasiado larga y que dejaba en uno tan solo la parte mecánica de la palabra; es decir, la simplificadora y disonante terminación "-mente".
La lengua española para mí es musical, rítmica, pero también sé que posee palabras a las que provoca hacer unos ajustes. Se podría pensar que estos son caprichos de purista, pero no es así. Esto forma parte del desarrollo de un estilo -de un estilo literario, precisemos-. Es como intentar afinar un instrumento musical, pero luego descubres que es el instrumento quien te afina a ti.

6/19/2014

Las ruinas invadidas

Las últimas semanas me levanto más temprano, con una mayor frecuencia de la habitual, para ir a uno de mis trabajos. Suelo ir en tranvía y bajarme en la parada Doyen Brus. Esto ya forma parte de los linderos de Burdeos. Bueno, desde el centro, en veinte minutos y en cualquier dirección, ya estamos a las afueras de Burdeos. Desde esa parada tomo una avenida ancha y camino unos cinco minutos. Esos cinco minutos me encantan. Me alegran el resto del día. En realidad, si soy más específico, ni siquiera son esos cinco minutos de trayecto los que me animan. Se trata de sólo unos segundos, que son los que utilizo para pasar delante de lo que fue una casa. De ella sólo queda la fachada. Es muy pequeña, seguro fue una casa muy humilde de un campesino de la zona. Se trata de un rectángulo blanco con una puerta y ventana hechas con listones de madera, también pintadas de blanco, y un alero –o lo que fue un alero- que solo sirve para proyectar sombras sobre la fachada. Detrás: vegetación. Todo lo que pudo haber, la vida que circuló en ese desaparecido espacio interior es ahora vegetación. Abundante en esta época del año. No sé por qué no lo han tirado aún. Es algo inútil que persiste en pie, pero que me ayuda a sobrellevar mi jornada.
A estas emociones les encontré respuesta en unas páginas del libro Discurso vacío, del uruguayo Mario Levrero. Este libro, a modo de diario, es también lo que su autor llama una autoterapia grafológica. En una entrada al 6 de enero de 1991, dice: “Hay una cantidad de cosas inútiles que son imprescindibles para el alma. Diría más: sólo las cosas inútiles son imprescindibles para alma (aunque no todas ellas).” También se me ocurre pensar que estas cosas inútiles también son imprescindibles para la literatura. Es decir, pasan por el alma, la perturba gratamente, y al que tiene el bicho de la escritura (aunque no a todos ellos) estas se proyectan en el mundo narrativo que se crea. Pero no pensemos que porque se integran a este mundo narrativo se cargan de utilidad. Nada de eso. Siguen siendo igual de inútiles. Pero qué placer.
La satisfacción que te produce identificarse con lo que lees, con las mismas o semejantes experiencias, es indescriptible. La lectura va modelando tus propios recuerdos y evocaciones y así, de pronto, crees que están contando tu propia historia, tu propia e inútil historia, o que eres tú quien la cuenta. Entenderán lo que digo cuando cite otra de las páginas de Levrero: “Delicioso: me produce un placer casi erótico la contemplación de ciertas ruinas, de casas abandonadas, de casas demolidas, sobre todo cuando son invadidas por la vegetación.” Luego se expande sobre esta experiencia, pero él la asocia con otra más y llega a darle un sentido –no una utilidad- supremo. Páginas adelante, Levrero habla de uno de los temas del músico Enrique Rodríguez. No recuerda el nombre del tema: duda entre “Noches de Hungría” o “Amor en Estambul”. Hice una búsqueda y no es ni una ni la otra, pero eso aquí no importa. Va manejando su automóvil y escucha en el trayecto una cinta de Rodríguez. Lo interesante es que esta melodía produce en Levrero la reminiscencia de unas ruinas. Confiesa: “… esa orquesta es para mí algo similar a la contemplación de ruinas invadidas por la vegetación. No por el tiempo transcurrido, aunque en cierta forma el tiempo transcurrido acentúa el efecto, sino que, en este caso particular, ya la intención original de Enrique Rodríguez era en su momento una ruina invadida por la vegetación.”
Muchos y diferentes impulsos pueden llevarte a escribir, muchos y variados temas pueden poblar tus páginas; no obstante, habrá quienes se sientan atraídos por escribir una historia cuya nota musical sea tan original como una ruina invadida por la vegetación.

6/15/2014

Las sacras bayaderas imposibles

César Vallejo, en una de sus crónicas publicadas en Trujillo, relata su visita al poeta José María Eguren. La entrevista debió realizarse en los primeros meses de 1918. Vallejo no había publicado Los Heraldos negros y Eguren ya respiraba el reconocimiento que se le hacía tardío. La cita de este encuentro fue en la casa de Eguren, en Barranco. Por lo descrito, al parecer les costaba a ambos ocultar el entusiasmo por ser entrevistador y entrevistado. Pero Vallejo no fue a verlo solo como periodista. Fue como un poeta en busca de lecciones del maestro. Y esto, claro, halagaba a Eguren. Vallejo se acercaba a los 26 y Eguren a los 44 –aunque el cronista afirme que el poeta tenía, el día del encuentro, 36 años-. En realidad, el renombre de José María Eguren era relativamente reciente. El poeta no lo tuvo nada fácil. Le cuenta a Vallejo: “Al iniciarme, amigos de alguna autoridad en estas cosas me desalentaban siempre. Y yo, como usted comprende, al fin empezaba a creer que me estaba equivocando.” Le cuenta también, ya despojado de modestias, que la poesía de Rubén Darío en Perú en realidad no aportaba nada, puesto que él mismo ya había escrito poemas en esa línea, pero que nadie se los quiso publicar a fines del siglo XIX.
Sabemos que el espaldarazo no solo provino del homenaje que le hicieron los de la revista Colónida, bajo la dirección de Abraham Valdelomar, sino que fue Manuel González Prada su principal admirador y difusor. Eguren estuvo agradecido con Prada y así lo expresa en reiterados momentos. Bueno, en realidad el agradecimiento fue otra manera para volver a hablar de su propia poesía y de cómo Prada pudo captar lo que Eguren distingue entre el simbolismo de la frase y el simbolismo del pensamiento y cómo esto último le otorgó singularidad dentro de la poesía en español.
Vallejo escucha atento. Está fascinado; pero ya que de aprendizajes se trataba, envolverse un poco en gloria egureniana lo venía mal. Nos cuenta que Eguren, entre complicidad de poetas, le dice: “Yo y usted tenemos que luchar mucho”. Vallejo se sorprende, sin duda pone cara de poeta de provincia –aunque los capitalinos la saben poner muy bien-. Pero para ese momento del encuentro no hay vuelta atrás: Se saben poetas grandiosos.
Sin embargo, hay una frase elogiosa de Vallejo hacia Eguren que me atrae. Luego de que el joven trujillano lo oyera hablar de literatura, quiere ofrecernos una imagen del poeta y dice de él: “Se me antoja un príncipe oriental que viaja en pos de sacras bayaderas imposibles”. Diríamos que esta frase misma era un producto de la retórica modernista. Y sí, en gran parte lo era. La bayadera era un ballet sumamente popular por entonces. Como su libreto tuvo un origen incierto, muchos escritores y libretistas redactaron sus propias versiones, pero siempre manteniendo como base el argumento de la bailarina hindú, cuya seductora danza –que tenía fines sagrados- fue el motivo de amor de un guerrero, como también el de un poderoso brahmán. Como era de esperarse en estas historias de corte romántico, tuvo un final trágico. Pues bien, que Vallejo lo haya dicho en este contexto, puede verse como un halago superficial; sin embargo esta imagen concentra una nueva actitud hacia el acto creador, que ya los simbolistas venían defendían desde mediados del XIX: la creación es un viaje hacia lo imposible. Y en ese desplazamiento hay un horizonte sinuoso, seductor, la bayadera como una poesía profana, pero que asimismo está envuelta en cadencias sagradas. Hermoso ideal, y quizás más hermoso por imposible.

6/04/2014

Onetti el Aguador

Con la aparición de la revista Marcha, en Montevideo, Juan Carlos Onetti inició una serie de colaboraciones literarias. Sus primeros textos publicados fueron firmados bajo el seudónimo de Periquito el Aguador y con este nombre insistió sobre todo, entre 1939 y 1941, en dar un remezón a lo que él consideraba una literatura uruguaya tullida, casi inexistente. Su ironía fue tremenda y no dejaba de reclamar una escritura moderna, que diera cuenta de los cambios sensibles en la vida urbana de Montevideo. En una de sus primeras colaboraciones, titulada “Retórica literaria” (28/08/1939), Onetti recuerda una anécdota que él mismo califica de apariencia banal. Nos cuenta que cuando el escritor André Maurois fue admitido en la Academia Francesa un año antes, un periodista le preguntó por el secreto de su éxito. A lo que Maurois respondió: “Muy simple. Yo he durado”.
Onetti se concentra a continuación en la palabra durar. Para él, el sentido que Maurois pretendió dar a su respuesta va más hacia la idea de persistir; pues él nos dice: “Durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta. Durar frente a la vida, sosteniendo un estado de espíritu que nada tenga que ver con lo vano e inútil, lo fácil, las peñas literarias, los mutuos elogios, la hojarasca de mesa de café”. Onetti no pretendía que esa materia de trabajo, entiéndase Montevideo, sea una cartografía citadina o un listado de nuevos hábitos urbanos de la primera parte del siglo XX. Él buscaba extraer la esencia de esos espacios urbanos, que por entonces no dejaban de serle brumosos. No olvidemos que él acababa de publicar su novela El pozo. Como sabemos, luego la urbe y la esencia que fue construyendo tomaron forma en la ciudad de Santa María.
Su persistencia fue tenaz, imagen contradictoria con la fama de perezoso que se había ganado y que él mismo se preocupó también en sostener. En su colaboración “Propósitos de año nuevo” (30/12/1939), nos dice: “El que no escribe para los amigos o la amada o su honrada familia; el que escribe porque tiene la necesidad de hacerlo, sólo podrá expresarse con una técnica nueva aún desconocida.” No pensemos que Onetti, o Periquito el Aguador en este caso, se encuentra obsesionado en la técnica en tanto artilugio, sino piensa en tanto una nueva construcción, una sintaxis literaria que se intuye, pero no se aprehende del todo. En ese sentido, él agrega: “Sólo se trata de buscar hacia adentro y no hacia afuera, humildemente, con inocencia y cinismo, seguros de que la verdad tiene que estar en una literatura sin literatura […]”.

Nos puede parecer algo críptico el final de la cita anterior. ¿Qué quiso decir con que la verdad está en una literatura sin literatura? Me parece que Onetti se refiere primero a una literatura digamos íntima, que no intimista, aquella que se construye en el interior, durante el mismo proceso de búsqueda. Una literatura, en última instancia, que le es propia a cada escritor, que le es templo y guarida. La otra literatura a la que hace referencia, es la que se preocupa de lo exterior, la que cobija a los que están preocupados por durar, en el aspecto temporal del término, y no en persistir. Onetti, qué duda cabe, él ha durado.      

Línea de tranvía

Hace unos días mi hija Andrea y yo fuimos a la biblioteca del barrio a devolver unos libros. Pudimos haber ido en bicicleta, como nos gusta, pero decidimos tomar el tranvía. Quizás hacía algo de viento, no recuerdo bien. Sí, corría mucho viento. Lo afirmo no porque lo recuerde de pronto, sino porque es lo único que justifica la presencia del polen de primavera en nuestros ojos y gargantas. Para nosotros y nuestras alergias esto no se puede pasar por alto. Llegamos a la estación Peixotto y descendimos del tranvía. Aquí suele haber algo de alboroto puesto que es una zona de liceos y universidades. Solo dimos unos pasos cuando me hija me tomó del brazo con una clara señal para que camináramos más despacio. A pocos pasos de nosotros había dos muchachos de unos quince o dieciséis años. Al principio no los vi bien, porque aún había gente, todos jóvenes, que venía en sentido contrario a nosotros. Creí que mi hija conocía a estos muchachos y que los quería saludar, o simplemente evitarlos. Luego ellos vinieron en nuestra dirección, pero no hablar con nosotros, pues pasaron por nuestro lado y siguieron de largo. Quise entender de qué se trataba y se lo pregunté a mi hija. Ella me explicó que al bajar del tranvía vio a dos universitarios, sobre la veintena de años, que pasaron junto a nosotros, en sentido contrario. Lo que a ella le llamó la atención fue el parecido entre estos dos universitarios y los colegiales que tuvimos luego delante de nosotros. Ella creyó que se trataba de dos parejas de hermanos, pero lo extraño sucedió cuando ella escuchó a los colegiales. Ellos también habían percibido el increíble parecido con la pareja de universitarios. No eran hermanos ni nada. Eran sus respectivos dobles, prácticamente ellos mismos en edad universitaria. Lo que discutían era si los seguían o no. Uno de ellos parecía dudar, pero el otro fue insistente. “Somos nosotros”. Eso sí lo llegué a escuchar. Cuando pasaron junto a nosotros ya no quedaban muchas personas en la estación. Es lo que suele suceder en las estaciones. Los muchachos reían por lo que seguramente representaba el inicio de una aventura. Los seguimos un poco con la mirada. Ellos avanzaban rápido. Metros más adelante iban sus dobles, o el futuro de ellos mismos. Estas cosas deberían apreciarse con más claridad, pero el polen de primavera nos irritó la vista.
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