De pequeño, cuando todavía no alcanzaba los nueve años, yo era un niño intrépido. Los que me conocen de toda la vida saben que decir intrépido es una exageración, que no me reconocerían en esta clasificación, que seguramente me estoy idealizando. Sucede que a esa edad, como el resto de mis amigos, yo jugaba bien al trompo y sabía hacerlo bailar con precisión e incluso realizar piruetas con él. También escalaba unos muros de una antigua iglesia al frente del edificio donde vivía y me lanzaba desde lo más alto, sin importar cómo cayera -que por lo general era una caída desastrosa, pero feliz-. Los mismos saltos los hacía de unos muros en el parque que está detrás del Congreso, en pleno centro de Lima. Lanzarse de un árbol y sentir el corte del viento en el rostro era la prueba de valor que uno empezaba a imponerse desde la infancia. Al menos es lo que pensábamos mis amigos y yo.
Un día todo esto se terminó. Nunca supe por qué pero de pronto no hubo manera de hacer bailar el trompo. De pronto me costaba escalar un muro, insertar bien los dedos en los resquicios para afianzar la posición. De pronto el miedo me invadía y no lograba saltar de ningún árbol. Todo adquirió otras dimensiones. Busqué las respuestas a este hecho, pero, claro, a los nueve años o poco más, no obtuve ninguna. El único cambio del que tuve conciencia en ese momento es que había crecido, pero no mucho, no más que el resto de mis amigos. No obstante, las dimensiones cobraron nuevas significaciones para mí. Tuve más conciencia del posible daño que podría causarme con la solidez de un juguete que tiene un clavo de metal en un extremo o de la ligereza que había perdido en los saltos. Sin embargo, algo no encajaba, yo quería seguir haciendo lo de antes, como mis amigos. Ellos, por su lado, no entendían lo que me pasaba. Afortunadamente fueron muy generosos conmigo. No hubo burlas. Sólo notaba extrañeza en sus miradas cada vez que se evidenciaban mis movimientos torpes y temerosos. Por suerte estos juegos los hacíamos por temporadas; así que podíamos pasar a otra cosa y ver cómo me desenvolvía en ello. Fue igual de terrible, pero todos terminamos por acostumbrarnos.
Fue en esa época que empecé a leer de otra manera. Mi adaptabilidad con los objetos fue mejor asimilada cuando tenía un libro entre manos. De hecho, me he convencido de que cuando camino con un libro en la mano, mi trayecto es mucho más recto y puedo girar en las calles con más seguridad. Luego, leerlo me permite equilibrar esas dimensiones que me perturban. Durante la lectura poco me importa la inmensidad o lo minúsculo de lo imaginado. Igualmente sé que me siento cómodo en esos espacios. Ahora mismo puedo imaginar que una vez más hago bailar un trompo.
Pd. Con este tema de las dimensiones y confusiones, conviene confesarles que en la última frase había escrito, sin premeditarlo: "Ahora mismo puedo imaginar que una vez más hago bailar un libro."