9/23/2014

Últimos tiempos

Uno de los placeres recurrentes que me permito en Burdeos en estos últimos tiempos es escribir mientras me encuentro sentado en la banca de un parque, una alameda o un bulevar. Como a veces me dejo llevar por ciertos hábitos, suelo sentarme en una banca en Allées de Tourny, a pocos metros de un carrusel. La banca que suelo ocupar se encuentra del lado derecho -observando desde el carrusel- y está justo delante del inmueble donde Hölderlin fue preceptor en una familia acaudalada hasta principios del siglo XIX. Allí Hölderlin escribió muchos poemas.
Pero hoy he cambiado de banca. He decidido buscar la sombra y por eso me sentado en la banca del lado izquierdo. Observo la banca que suelo ocupar y está vacía. Nadie se atreve a ocuparla bajo este solo intenso. Recuerdo que alguna vez, sentado en esa banca, vino ocuparla también una anciana. Para los ancianos es muy fácil ponerse a charlar con los desconocidos. Ella me habló del clima, de las lluvias que sin duda caerían pronto. Le pregunté si venía regularmente a esta alameda y me respondió que no. En realidad estaba aquí excepcionalmente, puesto que ella se había ofrecido para hacer la cola de reservación en uno de los restaurantes más frecuentados de Burdeos. Me pareció un abuso de parte de sus hijos y nietos, pero no dije nada. Le pregunté si era de Burdeos. Me dijo que sí, que nunca había abandonado esta ciudad, ni siquiera durante la ocupación nazi. Indagué por sus recuerdos de esa época y me contó que ella era muy niña. Ella vivía (y vive aún) del otro lado de los bulevares que circundan el centro de la ciudad. Me dijo que una vez vino a esta lado de la ciudad para visitar a su abuela y que los soldados alemanes no le permitieron acceder más allá de unas cuantas calles. Me confesó que incluso ahora, si camina por los bulevares, lo hace del lado que les era permitido entonces.
La anciana cambia de tema y me habla de las palomas. Yo trato de volver al tema anterior y le pregunto por la época de la liberación. Fijó su mirada en mí y me dijo que esa época fue muy turbia. Ella había presenciado en la plaza Gambetta cómo la turba había rapado y humillado a algunas mujeres acusadas de colaboracionistas nazis. "Eso fue malsano", me dijo. Luego agregó: "Mi madre fue amiga de un oficial nazi. El venía a casa para escuchar música clásica. Mi madre era concertista y creo que él también lo fue en Alemania. Sólo hablaban de música." Al decir esto se levantó de la banca y me dijo que era momento de ir a hacer la cola, que pronto estaría comiendo con toda su familia. Luego se marchó.
Desde este lado de la alameda contempló el inmueble que Hölderlin abandonó en 1802. Se sabe que, como un anuncio de su locura, decidió ir a pie hasta Alemania.

Pericote

En el aeropuerto de Schiphol, en Holanda, uno de los más modernos del mundo, me acabo de cruzar con un pericote. Es muy pequeño. Tengo la impresión de que no tiene muchos días de nacido. No parece saber a dónde ir ni cómo conseguir alimento. No es que se sienta aterrado. Casi no hay gente por este lado del aeropuerto. Son casi las cinco de la mañana. El pericote va de un lado al otro, como si dudara de su trayecto, y vuelve al punto inicial desde donde lo vi aparecer.
Me hace acordar la época en la que yo frisaba los veinte años. Era diciembre y mi madre había atrapado una rata. Ella estaba tranquila, pues no quería que la navidad nos atrapara con semejante roedor. Sin embargo, unos chillidos dentro de la caja de adornos navideños nos reveló que la rata nos había dejado algo. Recuerdo que la tarde había caído y mi madre me pidió que la ayudara a deshacernos de los pericotes que seguramente se hallaban dentro de la caja. En esa época yo aún era estudiante de ingeniería, pero en mi cabeza revoloteba la idea de abandonar esos estudios y dedicarme a la literatura. No sabía cómo se lo diría a mis padres y de pronto sentía una terrible culpa por todo. Sobre todo cuando, haciendo presión con una escoba, empujamos la caja hasta la calle, en medio de la pista, y mi madre me dijo que abriera la caja. Lo hice. De pronto empezaron a saltar diminutos ratoncitos por todos lados. Ni siquiera sabían caminar. Sólo daban saltitos torpes. Yo empecé a golpearlos con la escoba y los fui matando uno por uno. Debí correr en diferentes para atraparlos a todos. Sentía asco y miedo. Y mucha culpa.
En esa misma época leía las cartas que Vincent Van Gogh le escribió a su hermano Theo. Todos saben que en esas cartas Vincent cuenta todas sus vicisitudes de artista, sus miserias, sus tormentos amatorios. Allí vislumbramos su genio y su demencia. Vemos también la enorme confianza que le profesaba a su hermano, y las continuas disculpas que le ofrecía por no ser lo que Theo hubiese esperado de él.
Recuerdo que al poco tiempo de anunciar mi abandono de los cursos de Ciencias y trasladarme al de Letras, mi hermano Pepe, quien financiaba mis estudios para ser ingeniero, todavía seguía molesto conmigo. Me costaba mirarlo a los ojos. Me costaba mirar a los ojos a cualquiera de mi familia. Pero un día le escribí una carta a mi hermano citando un largo fragmento de una de las que le escribió Vincent a Theo. Usando las palabras de Van Gogh, le explicaba a Pepe que yo no era capaz de hacer otra cosa que dedicarme a la creación artística, que el mundo de las finanzas o ciencias no me correspondía.
Han pasado más de veinte años de eso y ayer mi hermano Pepe me acompañó al aeropuerto en Lima. Me despedí de él con un abrazo y avancé como si diera pequeños saltos, como un pericote pequeño, pero sin ninguna culpa ni temor, sabía que él ahuyentaría todo posible escobazo.

Mar

Estoy en Lima. Exactamente me encuentro frente al mar de Lima. La tarde se acaba y yo decido permanecer aquí, sabiendo que inevitablemente en unos momentos le daré la espalda a este mar.
Iván Bunin escribió alguna vez una semblanza de su maestro y amigo Antón Chejov. En ella recuerda uno de sus tantos encuentros en Yalta. Una mañana Chejov le refirió que había leído un texto, una descripción del mar, escrita por un escolar. El texto decía: "El mar era grande". A Chejov le parecía grandiosa esta descripción y no podía ocultar su entusiasmo. Bunin recoge esta anécdota para dar una muestra de la personalidad y estilo muy propios del autor, en los que la maravilla y el goce provienen de la precisión y, sobre todo, de huir de cualquier tipo de ampulosidad a la que cierta prosa suele tener predisposición. Dada la relevancia que le otorga el autor de la semblanza, yo hubiese creído que ésta era una enseñanza bien asimilada por Bunin; sin embargo, en otro pasaje, introduciendo al lector en una nueva anécdota entre los dos escritores rusos, menciona que, instado por Chejov, dieron un paseo en noche temprana y que se detuvieron un buen rato al llegar a la costa; luego Bunin agrega: "En silencio contemplábamos la llanura centelleante del mar". No estoy seguro si Chejov hubiese aprobado tal descripción; pero quizás para los ojos y sensibilidad de Bunin no había otra manera de recrear lo observado.
Interiorizar un consejo literario no es nada fácil. Para bien o para mal tenemos un registro, una retórica, una tradición de los que cuesta sacudirse cuando se debe, si se debe. Por esa razón nunca escribiremos como rusos o ingleses o japoneses, aunque algo de ellos sí se nos impregne. La globalización nos informa, no nos nutre.
El mar que tengo frente a mí no es el mar de Bunin ni el de Chejov, pero que grande es.

Los juguetes de papá

Hace más de año y medio que no veía a mi padre. Su edad ronda alrededor de los 87 años. Lo digo de este modo porque nunca sabremos su edad exacta. Ni él mismo la sabe. Según cuenta, para evadirse del servicio militar obligatorio de fines de los años cuarenta, en dos -o tres- oportunidades alteró su partida de nacimiento. Luego, en un momento no muy claro de su vida, intentó recuperar la edad que le correspondía, pero no pudo hacerlo, aunque en algo pudo avanzar la cifra. Finalmente, en esas idas y venidas de su cronología, terminó por olvidar su año de nacimiento y aceptar lo que su último documento de identidad le indicaba.
En la primera charla que tuvimos en este último y reciente reencuentro, me tomó del brazo y me llevó a su habitación. "Mira por lo que se me ha dado últimamente", me dijo señalando su cómoda. Sobre ésta, lo que vi fueron diversos juguetes: Carritos de metal, soldados de plomo, avionetas y buses de cerámica y otros pequeños artefactos a los que desde hace poco tiempo gusta contemplar y jugar. "A lo mejor aquí hay algún juguete tuyo", me dice. Yo vuelvo a echar una mirada y no reconozco ninguno.
Cuando era niño, mi padre disfrutaba contándome sus travesuras de adolescente. Entre esas historias me contó muchas veces que él solía coger las herramientas de mi abuelo y venderlas a precios ridículos. Él sólo quería tener el suficiente dinero para ir al cine con su novia de turno, tener unos cigarrillos en bolsillo y beber algo con sus amigos. Lo mismo hizo al vender por kilo unas frutas confitadas que él había encontrado dentro de un barril en un desván de su casa. Al parecer éstas estaban algo podridas, pero eso no lo detuvo en su venta clandestina ni en sus salidas con sus enamoradas.
Poco antes de volver a Lima, en este último viaje, mi hermana me contó por teléfono que mi padre, a causa de sus males renales, estaba prohibido de comer ciertas frutas, sobre todo el plátano. Sin embargo, él se las había arreglado para comprarlas y camuflarlas en su mesa de noche, bajo su gorro, y, lo que sorprendió a todos, en medio de una fuente de frutas de cerámica. Sólo pudo ser descubierto luego de una, para nosotros inexplicable, recaída. Por esa razón mi madre le confiscó su dinero y de ese modo poner freno a sus compras clandestinas. Lo que supe posteriormente fue que un día mi hermana mayor, camino al mercadillo del barrio, pasó delante del vendedor de libros de segunda mano y creyó reconocer ciertas cubiertas. La curiosidad la impulsó a acercarse y revisar algunos de esos libros. Ella descubrió que muchos llevaban mi firma en la primera página. Al vendedor no le quedó otra alternativa que confesar que fue mi padre quien le vendía mis libros, libros que yo había dejado en casa de mis padres, mientras estaba fuera de Lima. Después me enteré que, además de vender mis libros, solía regalarlos entre las enfermeras y doctoras que lo atendían en sus consultas semanales. "Don Manolo es adorable", decían ellas muy agradecidas.
Ahora, finalizando este texto, observo nuevamente la cómoda de mi padre. Veo sus juguetes, y no reconozco ninguno, pero sospecho que algunos tienen el color de mis libros perdidos.

A las orillas del lago

En una de estas mañanas de agosto, fui nuevamente y muy temprano a bañarme en el lago. Es un lago muy grande al norte de Burdeos, al cual se llega rápidamente en el tranvía y cinco minutos de caminata. Esa vez me acompañó mi hija Verónica. Si bien el lago es enorme, lo que corresponde a la playa y a la arena hace solo un largo de quince metros, o menos. El resto de los bordes del lago está arbolado y poco accesible. Es por esa razón me gusta ir muy temprano; porque la puedo encontrar libre de bañistas. Claro que a veces descubro que se me adelantó algún anciano o una madre con su pequeño hijo que apenas sabe dar unos pasos en la orilla. Pero a la mañana que refiero no había nadie más que mi hija y yo. Así que esa parte del lago, limitada por unas boyas de seguridad, fue nuestra piscina privada. O casi, puesto que por unos buenos minutos la compartimos con una familia de patos.
Media hora después de estar disfrutando dentro del agua, apareció una mujer, algo obesa y pasada la cincuentena, y a su lado, sujeto por una correa, un perro. Llegaron por uno de los costados, caminando sobre la hierba que limita con la playa. A la mujer se le veía muy relajada, contenta de estar allí con su mascota y tomar el aire fresco. El perro, por su parte, estaba muy excitado y sin duda esperaba a que su dueña le quitase la correa que lo sujetaba del cuello. Como soy un ignorante para identificar la raza de los perros, sólo puede decir que éste era muy grande, flaco, de esos perros pelucones y greñudos. Finalmente la mujer lo liberó y el perro fue directo a la arena. Corrió a lo largo de la orilla y luego fue hacia la arena seca y todavía tibia a esa hora del día. De pronto empezó a revolcarse en la arena, como lo hacen los puercos en el lodo. Mi hija y yo nos divertíamos mirándolo. De pronto el perro se detuvo, como si súbitamente recordara algo, y corrió hacia nuestras toallas. Eran las únicas toallas tendidas sobre la arena. Yo esperé lo peor. Pero la mujer, con una voz ronca y autoritaria, llamó al perro por su nombre.
-¡Houellebecq! ¡Houellebecq!
Y Houellebecq volvió la cabeza y corrió hacia su ama y señora. Luego ella le colocó nuevamente la correa y, llenando sus pulmones de aire, mujer y perro se marcharon.
No sorprende a nadie que descubramos animales domésticos con nombres de personajes literarios. Pero sí empieza a llamar la atención cuando estas mascotas son llamadas Víctor Hugo, Valery, Camus, y más todavía con nombres de escritores vivos. En este caso, lo que me generó cierta inquietud no fue la inevitable correspondencia entre el aspecto del perro y la imagen actual del escritor Michel Houllebecq, sino imaginar cuando este animal era un cachorro hermoso, como todos los cachorros suelen ser, y que su dueña haya tomado la decisión de llamarlo de tal manera. Sospecho que así como esta mujer ama a su perro, ella posee también una gran admiración por este escritor.
Esta mañana fui solo al lago. No hubo patos, no fue la señora mayor y su perro. No había nadie. En realidad eso creí. Cuando estaba por salir del agua, descubrí en la orilla un langostino vivo. Bueno, él también me descubrió, porque empezó a huir, pero en lugar de ir hacia dentro del lago o alejarse a lo largo de la orilla, fue hacia la arena. Yo avancé lentamente porque me intrigaba saber qué haría al sentirse acorralado. Se quedó quieto en el borde del agua. Luego giró lentamente hacia mí y elevó ligeramente su única gran tenaza. Y si le pongo un nombre?, me pregunté.
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