9/23/2014

A las orillas del lago

En una de estas mañanas de agosto, fui nuevamente y muy temprano a bañarme en el lago. Es un lago muy grande al norte de Burdeos, al cual se llega rápidamente en el tranvía y cinco minutos de caminata. Esa vez me acompañó mi hija Verónica. Si bien el lago es enorme, lo que corresponde a la playa y a la arena hace solo un largo de quince metros, o menos. El resto de los bordes del lago está arbolado y poco accesible. Es por esa razón me gusta ir muy temprano; porque la puedo encontrar libre de bañistas. Claro que a veces descubro que se me adelantó algún anciano o una madre con su pequeño hijo que apenas sabe dar unos pasos en la orilla. Pero a la mañana que refiero no había nadie más que mi hija y yo. Así que esa parte del lago, limitada por unas boyas de seguridad, fue nuestra piscina privada. O casi, puesto que por unos buenos minutos la compartimos con una familia de patos.
Media hora después de estar disfrutando dentro del agua, apareció una mujer, algo obesa y pasada la cincuentena, y a su lado, sujeto por una correa, un perro. Llegaron por uno de los costados, caminando sobre la hierba que limita con la playa. A la mujer se le veía muy relajada, contenta de estar allí con su mascota y tomar el aire fresco. El perro, por su parte, estaba muy excitado y sin duda esperaba a que su dueña le quitase la correa que lo sujetaba del cuello. Como soy un ignorante para identificar la raza de los perros, sólo puede decir que éste era muy grande, flaco, de esos perros pelucones y greñudos. Finalmente la mujer lo liberó y el perro fue directo a la arena. Corrió a lo largo de la orilla y luego fue hacia la arena seca y todavía tibia a esa hora del día. De pronto empezó a revolcarse en la arena, como lo hacen los puercos en el lodo. Mi hija y yo nos divertíamos mirándolo. De pronto el perro se detuvo, como si súbitamente recordara algo, y corrió hacia nuestras toallas. Eran las únicas toallas tendidas sobre la arena. Yo esperé lo peor. Pero la mujer, con una voz ronca y autoritaria, llamó al perro por su nombre.
-¡Houellebecq! ¡Houellebecq!
Y Houellebecq volvió la cabeza y corrió hacia su ama y señora. Luego ella le colocó nuevamente la correa y, llenando sus pulmones de aire, mujer y perro se marcharon.
No sorprende a nadie que descubramos animales domésticos con nombres de personajes literarios. Pero sí empieza a llamar la atención cuando estas mascotas son llamadas Víctor Hugo, Valery, Camus, y más todavía con nombres de escritores vivos. En este caso, lo que me generó cierta inquietud no fue la inevitable correspondencia entre el aspecto del perro y la imagen actual del escritor Michel Houllebecq, sino imaginar cuando este animal era un cachorro hermoso, como todos los cachorros suelen ser, y que su dueña haya tomado la decisión de llamarlo de tal manera. Sospecho que así como esta mujer ama a su perro, ella posee también una gran admiración por este escritor.
Esta mañana fui solo al lago. No hubo patos, no fue la señora mayor y su perro. No había nadie. En realidad eso creí. Cuando estaba por salir del agua, descubrí en la orilla un langostino vivo. Bueno, él también me descubrió, porque empezó a huir, pero en lugar de ir hacia dentro del lago o alejarse a lo largo de la orilla, fue hacia la arena. Yo avancé lentamente porque me intrigaba saber qué haría al sentirse acorralado. Se quedó quieto en el borde del agua. Luego giró lentamente hacia mí y elevó ligeramente su única gran tenaza. Y si le pongo un nombre?, me pregunté.

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