12/31/2014

Heridas

Me acabo de hacer un corte en el dedo meñique. Sucedió al pasar la hoja de un libro que vengo leyendo. Como se trata de un libro en gran formato y con muchas fotografías, el papel es muy fino, al parecer lo suficiente para que uno de sus bordes, cual lámina de navaja, dibujara una línea sobre la piel de mi dedo pequeño. 
No estoy en casa. Me encuentro en un café al que he empezado a frecuentar desde hace poco. Está a unos diez minutos pie desde mi casa. Ahora suelo tomar la calle de donde vivo, rue Porte Dijeaux, y camino recto hasta la Place Gambetta. Me gusta atravesar esta plaza en diagonal. En medio tiene un diminuto lago artificial el cual se puede cruzar por un puente de madera igual de diminuto. Cuando llego al otro extremo de la plaza, sigo por la rue Judaïque y dos calles más adelante giro a la derecha, hacia la Place des Martyrs de la Résistance. Dejo atrás todos los comercios consecutivos y a los transeúntes que turistean por el centro de Burdeos. Por aquí sólo vienen los que trabajan o viven en el sector. Y yo entro al Café que está justo al lado de la Basílica Saint-Seurin. Es un local pequeño, tradicional, todo en madera marrón repintada muchas veces y con un amplio espejo al lado de la barra. Es aquí donde me he cortado el dedo.
Como suele suceder con este tipo de cortes, la línea comienza a llenarse sangre a gran velocidad. Pienso que para evitarlo lo mejor es levantar el dedo, pero la idea de tener el dedo meñique en posición horizontal me desanima. Así que levanto toda la mano, como si estuviese a punto de juramentar. De pronto de aparece la camarera para preguntarme qué deseo. "Otro café?", me pregunta. Le digo que no, gracias. Le explico brevemente lo de mi dedo, pero como ella no ve sangre, le resta importancia y se retira.
De niño viví en el jirón Ancash, en Barrios Altos, justo en frente de la Iglesia Buena Muerte, al lado de una plazuela del mismo nombre y de un centro hospitalario de la misma congregación, la de San Camilo. Esta Iglesia tenía un grupo pastoral al cual pertenecí. Bueno, el objetivo era conocer chicas y mis amigos del barrio nos inscribimos. Pero al poco tiempo expulsaron a casi todos los hombres. Eran unos crápulas y descarados con estas chicas. Sólo quedaron dos hombres: Mi amigo Jorge y yo. Ambos teníamos once años. A esa edad no era mucho lo que podríamos hacer rodeados de tantas chicas, pero sin duda nos sentíamos felices. Recuerdo que fuimos a un paseo organizado por uno de los seminaristas. Se trataba de un muchacho muy afeminado y fanático de las canciones de Palito Ortega. La excursión fue a las afueras de Lima, en Chaclacayo. La pasamos muy bien, sobre todo mientras jugábamos al borde del río. Pero ocurrió un accidente. Una de las chicas, Alma, de quien he hablado antes, me pidió que le ayudara a recibir unas botellas que ella había puesto a refrescar en el río. Ella era menuda, de voz suave y, por supuesto, convincente. Creo haber contado antes que ella murió un par de años después. Traté de pisar firme entre las piedras y fui recibiendo una a una las botellas de gaseosa que Alma que me fue alcanzando. Lo que no calculé fue la cantidad de botellas que podría sostener. Por eso no debió sorprenderme que se me deslizara primero una y después otra botella, y todavía una tercera. Como estaba con un traje de baño, mis piernas recibieron con facilidad los vidrios rotos que salieron despedidos como esquirlas luego del impacto de las botellas contra las piedras. Recibí como una docena de cortes, entre superficiales y profundos, que me llenaron de sangre las piernas. Por suerte Aurelio, el seminarista, reaccionó con rapidez y me quitó las otras botellas que yo sin saber aún sostenía. Yo no sentía ningún dolor, pero estaba aterrado por la cantidad de sangre. Con la misma rapidez Aurelio me limpió las heridas y me ató una toalla en el muslo de la pierna izquierda, donde al parecer estaba el corte más profundo. A todos nos quedó claro que la excursión había llegado a su fin. Fuimos todos hasta una farmacia para que revisaran las heridas y no hicieron más que confirmar lo que sabíamos. Había que suturar el muslo izquierdo. En el trayecto mi amigo Jorge dijo algo sobre la responsabilidad de Alma en todo este accidente. No recuerdo sus palabras, pero sí recuerdo que Alma se echó a llorar durante casi todo el trayecto de regreso a Lima. Me hubiera gustado decirle que no llorara, pero yo estaba mudo, no me atrevía a decir nada. Mis padres no estaban en casa, así que el seminarista tuvo que explicarles lo sucedido a mis hermanos mayores. Ellos me preguntaron reiteradamente si era cierta esta historia. Sospecho que en sus mentes se imaginaron una truculenta historia de niños abusados por los seminaristas. Les expliqué que Aurelio siempre había sido un buen hombre y que, lo pienso ahora, actuó de la manera más eficiente ante este accidente. Bueno, finalmente hubo sutura en la sala de emergencias de la clínica enfrente de casa. Me quedó una cicatriz en forma de espada. Con los años, hace más de treinta, creo que se ha ido borrando. No del todo.
Observo la herida en mi dedo y veo que la sangre ha coagulado rápidamente. Antes de bajar la mano me veo ante el espejo. Parezco alguien a punto de realizar un juramento.  

12/24/2014

El lago

Dentro de pocos meses cumpliré diez años de vivir en Burdeos. Como bien se sabe, los números redondos nos atraen y nos espantan en igual medida. Creo que esto se debe más razones ligadas a lo gráfico que a otra cosa. Es como si la forma oval del dígito cero nos representara a nosotros mismos, como si estuviéramos encerrados dentro y nos preguntáramos qué ha pasado en todo este tiempo y, sobre todo, qué pasará luego. Todo este tiempo en Burdeos, creo, va llegando a su fin. Pero antes de afirmarlo -cosa de la que no soy capaz ahora- me ha venido últimamente la pregunta de qué tanto he visto y vivido en esta ciudad. Nunca he creído en las reglas para conocer ciudades que ofrecen algunos escritores. Yo sólo he tratado de seguir viviendo con lo que poseo y preguntándome muchas veces de qué modo veo esta ciudad.
El domingo último un amigo nos invitó a almorzar en su casa. Se trata de un hombre bastante mayor, un antiguo profesor de escultura, ahora jubilado. Su reciente viudez lo agobia -yo no conocí a su esposa- e intenta ocupar sus horas en el taller de grabado de mi esposa y en construir muebles en madera para sus amigos. Vive en Lormont, que está al otro lado del río Garona. Pudimos haber ido a su casa en tranvía o autobús, pero hace poco tiempo han instaurado un servicio de transporte fluvial bastante agradable. En unos veinte minutos nos trasladan en una pequeña embarcación que atraviesa el río y nos lleva a su última parada. En esta época del año, en la que el invierno se instala, el viento que recibíamos nos obligó a cubrirnos un poco más.
Nuestro amigo vive en el casco antiguo de Lormont, casi una provincia en la periferia de la ciudad. La comida fue muy agradable y tradicional, propia del sudoeste de Francia: pato confitado con papas al horno. Luego del café el anfitrión nos mostró su casa y nos habló de su familia. Nos habló primero de su mujer, pero abandonó rápido ese tema. Nos aclaró que él no era de la región, que había nacido en el norte del país, pero que con el tiempo se había acostumbrado a Burdeos. Recuerdo que esto lo dijo mientras nos mostraba las herramientas de su taller. Era complicado prestarle atención porque notamos que había arañas por todas partes. Nuestro amigo nos dijo que era lo mejor para evitar otros insectos que suelen consumir la madera. El ya había aprendido a convivir con las arañas. En otra de las piezas le pregunté por uno de los muebles, un armario con múltiples y pequeños cajones. Me dijo que lo había hecho su padre, quien había sido carpintero. Hice el comentario habitual de la herencia de los oficios y talentos, pero creo que él no me escuchó. Siguó contándome la historia del mueble y lo bien conservado que lo mantenía. "Sólo le hemos cambiado el color -precisó-. Mi padre era daltónico y mis hermanos y yo crecimos con colores muy extraños." Río al recordarlo. Después nos propuso dar un paseo por una montaña a cinco minutos de su casa. Resultó ser una zona turística llamada L'Hermitage cuyo principal atractivo era la vista que se tenía de la ciudad. También había un enorme y hermoso lago. Lamenté no haber conocido antes este lugar. Mis hijas estaban felices con este paseo. Nos atraía sobre todo el color del lago. Como siempre trato de ampliarle el vocabulario en español a mi hija pequeña, le dije que el lago era color jade. Aunque en francés se escribe igual, la pronunciación es diferente y ella pareció no entenderme. Le pregunté entonces a nuestro amigo cómo se decía el color del lago en francés. Él me respondió: "Marron. Le lac est marron." Mecanicamente llevé la mirada al lago y no me cupo dudas de que lo que yo veía era un lago jade. O quizás no, pensé. Luego nos apresuramos para alcanzar la embarcación que nos llevaría de regreso a casa.

12/05/2014

Oficio y beneficio

En un libro que reúne las clásicas entrevistas del The Paris Review acabo de releer una hecha a Ernest Hemingway. La primera vez que la leí, cuando tenía poco más de veinte años, me interesaba sobremanera hallar todos los consejos posibles sobre la escritura. Me entusiasmó enterarme de su marcada disciplina y sus tácticas para tener el "pozo lleno" de historias. Por alguna razón, asociaba estas enseñanzas de Hemingway con la imagen de un zapatero que trabajaba cerca de mi casa, sentado en su pequeña banca, con su delantal de cuero y la boca llena de clavos, un cigarrillo colgando de un lado de sus labios y hablando con los clientes sin quitar la vista del zapato que claveteaba. Puro oficio, es lo que pensé entonces; y recuerdo haber tratado de aprovechar lo que se avenía mejor a mi forma de narrar.
Con la entrevista entre manos, ahora me detengo en un comentario de pasada que hace Hemingway. Se nota que durante la entrevista estuvo bastante aburrido y que en general lo que hizo fue repetir lo que seguramente ya había dicho en otras entrevistas. Quizás por eso, tratando de burlarse y desacreditar a su interlocutor, el escritor confesó extrañar las conversaciones que mantuvo con el torero español Juan Belmonte. Conociendo a Hemingway es fácil suponer que no solo extrañaba al torero, sino también a todo lo que este hombre simbolizaba: arte y muerte. Estoy casi seguro de que para Hemingway, Belmonte era la armonía entre artista y obra. Y estoy seguro también de que el torero, a quien le gustaba estar rodeado de escritores, le contó a Hemingway la misma anécdota que le refirió al escritor peruano Abraham Valdelomar. Anécdota que Valdelomar trascribe en su ensayo "Belmonte el trágico" aparecido en Lima en 1918. En ella cuenta que una vez Belmonte vio a otro torero lidiando en una plaza y que el toro lo obligó a guarecerse detrás del burladero. Sin embargo, el ímpetu del toro fue mayor y la bestia asimismo logró atravesar el cerco. El torero, creyéndose perdido, en un último intento por salvarse, se introdujo por una rendija. Así logró salvarse este hombre, pero, cuando trató de salir por la misma rendija, descubrió que era imposible, que no había cuerpo humano adulto que pudiera pasar por aquel minúsculo orificio. A través de esta anécdota Valdelomar explica muy bien la percepción de la estética que movía a Belmonte, y me atrevo a incluir a Hemingway. Valdelomar dice: "El terror a la muerte hizo que este organismo aprovechara todas sus fuerzas, hasta las más insignificantes, las que, azuzadas por el instinto, obraron de acuerdo operando lo extraordinario: reducir el volumen orgánico. Esto, en los apóstoles y profetas, se llama el milagro; aplicado a la obra de arte, se llama el Genio".
Hemingway y Belmonte murieron a principios de la década del sesenta. Ambos se suicidaron pegándose un tiro, porque, seguramente, la muerte dejó de acecharlos.
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