12/18/2015

Dos novelas francesas del XXI

Ahora que soy un visitante en Francia y me reencuentro (de otro modo) con calles y amigos, también me reencuentro con libros. En este caso quiero referirme a dos escritores franceses jóvenes, que se encuentran en la veintena, y que al parecer la crítica tiene puesto los ojos sobre ellos (y otros más). Ambos debutaron como novelistas el 2013. Ellos son François-Henry Désérable, cuya primera novela fue "Tu montreras ma tête au peuple" (Mostrarás mi cabeza al pueblo). En este libro, dividido en diez capítulos, aborda los momentos finales de personajes claves de historia francesa antes de ser llevados a la Plaza de la Revolución para ser guillotinados. Lo interesante es que no se hunde en las viejas retóricas de la novela histórica, sino que ofrece una mirada moderna (de lo que supone ser moderno en el siglo XXI). Que un joven escritor francés revisite su historia en estos días no es una casualidad. Al contrario, está rodeado de causalidades.
El otro autor, aún más joven, es Clément Bénech. Ese año, el 2013, se inició con el libro " L'été slovène" (El verano esloveno). Aquí, en un registro muy diferente al de Désérable, Bénech apela al esquema del road movie. Una pareja de jóvenes franceses parten a Eslovenia en lo que debería ser un común viaje de vacaciones a un país hermoso y muy económico. Pero el trayecto se vuelve en una revisitación del amor a principios del XXI. La constante ironía del protagonista y narrador no hace más que poner en evidencia que para ellos ya no existe un lenguaje del amor. Quizás para nadie más exista ese lenguaje. 
No sé si hay planes de traducción de estos autores, pero no estaría mal que los conozcan un poco más en nuestra lengua.

11/10/2015

La gran novela de Lima / Dispara

Mi vuelta al Perú me ha deparado muchas sorpresas. Muchos cambios en la ciudad, sí; pero muchas otras no solo siguen igual, sino que hasta retroceden. Recuerdo que en los años noventa, para bien o para mal, los jóvenes escritores de entonces creíamos problema zanjado el tema de las literaturas nacionales, el de los compromisos con la realidad y el de las Grandes Novelas de Lima, Buenos Aires, Santiago, etc. Creíamos, un puñado de ellos, que el interés por escribir la novela total -que tanto hemos apreciado como lectores- era agua pasada o, en todo caso, ya no prioritaria. Veo, sin embargo, que en 2015 el grueso de los lectores capitalinos sigue anhelando la Gran Novela de Lima. Creo que otro tanto también los críticos. En el caso de los escritores esto seguramente es compartido por unos y desechado por otros. Yo, que soy un limeño hasta el tuétano, soy de los que no tienen interés por escribir esa novela total que dé cuenta de los mecanismos internos y externos de una ciudad tan compleja como es Lima. Es una opción estética. Lima estuvo y estará de alguna manera en mis escritos, pero responder a todos sus cambios no es algo que despierte mi motivación a la hora de ficcionar los espacios donde habitan mis personajes.
En los noventa esto lo discutía con mi amigo Carlos Calderón Fajardo. El sí seguía soñando con escribir esta gran novela de Lima. El respetaba, por supuesto, a los que no teníamos esas intenciones. Yo también respetaba, obviamente, su propuesta. Ambos admirábamos las mismas novelas, pero nuestras lecturas eran distintas, porque nuestras estéticas eran diferentes.
Por esa razón, leer hace poco en un diario capitalino la afirmación categórica del escritor argentino Rodrigo Fresán, hablando de las Grandes Novelas de Argentina –lo mismo para cualquier país- , en la que dice: "Puedo disfrutar de leer Conversación en la Catedral pero si me pones un revólver en la nuca y me dices " escríbela", digo "dispara", no hace más que lanzarme nuevamente a la pregunta sobre lo que quieren leer en estos días los lectores peruanos y qué quieren escribir sus autores. La pregunta se ve acicateada también por la reedición del excelente libro de ensayos de Peter Elmore, Los muros invisibles, en donde se problematiza la apropiación de los espacios urbanos a través de la ficción. Lo mismo puedo citar un recién aparecido artículo de Jeremías Gamboa, Lima imaginada, en el que recuerda las preocupaciones al respeto de Julio Ramón Ribeyro. Gamboa, quien también habla del libro de Elmore y su reflexión sobre la carencia de interés en el proyecto de una gran novela de Lima, dice: “acaso ello se deba a que para muchos de los que escriben en la actualidad, el reto de Ribeyro ya no dice nada en tanto la ciudad ya ha sido conquistada por la literatura, y decirla no es una tarea como un medio para abordar o referir otras cosas." Comparto esta última afirmación de Gamboa, pero creo que no solo es aplicable a los narradores de hoy. Siempre hubo narradores ajenos a estos estímulos totalizadores. ¿Se imaginan a Martín Adán creyendo que estaba escribiendo la Gran Novela de Lima con La casa de cartón? ¿O a Jorge Eduardo Eielson al escribir El cuerpo de Gulia-no? Y así un no muy largo etcétera, pero sí importante. Si les pedían lo contrario, a lo mejor también hubiesen dicho: “dispara”.


3/16/2015

Laberinto

Imaginemos que este laberinto es una línea recta. Normalmente podríamos decir que esto sólo puede suceder dentro un sueño; pero a mí me da lo mismo dónde suceda. El laberinto que observo es un prolongado corredor. Tan largo que no logro divisar con claridad el otro extremo. Es un punto, por supuesto. Un punto iluminado. Me animo a entrar en este lugar con la consciencia de que penetro en un laberinto. Es decir, con la posibilidad de perderme en él. Es lo que pienso al pie de esa línea recta. Pero la curiosidad me acucia y doy los primeros pasos. En ese otro laberinto que es mi memoria aparece un verso de Mario Montalbetti: "Buscar esconde lo que se busca". Doy otros pasos y ese corredor es una calle del centro de Lima. Es el jirón Ancash, la cuadra ocho. Es la calle donde pasé mi infancia. Pero de pronto es la calle siguiente, una calle inclinada, cuya ascendiente da directo a la Iglesia Santa Ana. Este laberinto es angosto. Extiendo mis brazos en cruz y puedo rozar con mis dedos las puertas marrones de sus casas. He dado unos cuantos pasos y tengo la impresión de estar a medio camino. Es sólo una impresión, puesto que el otro extremo es aún un punto iluminado y lejano. Doy unos pasos más y la pendiente es la calle Cheverus, en Burdeos. Una calle que me suele llevar a casa al final de cada jornada. Al final de cada tarde. Mis dedos rozan sus paredes en piedra amarilla. En este andar encuentro a Alma, la muchacha de piel pálida que conocí de niño. La primera amiga que falleció siendo niña. Sonríe y veo sus dientes menudos. Caminamos un poco, siempre en línea recta. Ahora tengo la impresión de estar perdido. Ella parece conocer, y reconocer, la ruta. Este camino se torna mucho más ancho y por la calzada de enfrente me veo a mí mismo y a Alma caminando en sentido contrario. Ellos nos reconocen y se les ve incómodos con nuestra presencia. Creo que discuten. "Ellos están regresando", me digo. Lo pienso. Alma tira de la manga de mi camisa y me incita a seguir caminando. "No somos nosotros", me dice. Lo escucho. No la veo mover los labios, pero la escucho. Da lo mismo. Estamos en un laberinto de línea recta. Unos instantes después escucho un tren que se aproxima. No lo veo, pero mi memoria me devuelve una frase que leí no hace mucho. La frase es de Pierre Michon: "Qué hermosos son los trenes en el atardecer cuando ya se ha librado uno de la carga de tener que dar cuenta de esa hermosura". Me siento listo para volver, me digo. Es curioso, porque apenas decirlo caigo en la cuenta de que hablo de retorno. Da lo mismo, me digo. Alma ya no está a mi lado. No veo a nadie más. Las calles vuelven a ser angostas. Vuelvo a escuchar el tren, pero esta vez a lo lejos. La memoria me arroja otra frase, esta vez de Kafka. Se trata de la frase con la que inicia sus diarios, su primer cuaderno. Es una frase aislada. No sé si la escribió para expresar una experiencia captada ese día o una idea para incluir en un cuento o novela. Da lo mismo. La frase dice:"Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren". No veo el tren pero logro imaginarlo. Recuerdo que en Lima, en la primera calle de jirón Ancash, se encontraba la antigua estación de trenes. Se llamaba "Desamparados". Nunca vi partir ni llegar un tren en ese lugar. Sin embargo, por las noches creía oír su paso. Qué más da ahora. Sigo en el laberinto en línea recta y al final reconozco el punto iluminado. No es un lugar, no es un tiempo. El punto iluminado es un punto un punto un punto.

3/08/2015

claridad

Este es el primer domingo soleado aquí en Burdeos. Habíamos pasado varias semanas de cielo gris y una continua racha de lluvias. Salí temprano para hacer algunas compras en uno de los pocos supermercados que abre los domingos. Está a pocas calles de mi casa. Yo llevaba puesta una casa delgada porque a esa hora de la mañana, a pesar del sol, corría un poco de aire frío. Al atravesar la plaza Gambetta vi a una pareja de ancianos sentada en una banca. Él tenía puesto un bonete azul y ella uno rosa. Es algo muy típico sobre todo en esta región, pero para mis ojos sigue siendo pintoresco. El sol les daba de lleno en el rostro. No supe exactamente si tenían los ojos cerrados a causa de los rayos solares, o era por el goce y la placidez que parecían experimentar. Como ellos no me podían ver, aproveché en observarlos unos instantes. A primera vista descubrí que ambos tenían un aire en común, pero no supe determinar por qué. Sin embargo a pocos segundos me di cuenta de que ambos no poseían dentadura.
Esta imagen me hizo recordar un cuento que había escrito hace mucho, sobre mis veintipocos años, en el cual aparecía un anciano sin dentadura. Una vez las compras hechas, de vuelta a casa mi objetivo estuvo determinado: remover cajas y papeles hasta encontrar este cuento. Antes de ponerme a buscar y para evitar mis alergias, abrí las puertas del balcón para que entrara algo de aire fresco. Para mi sorpresa, hallé el texto rápidamente. Como era de esperarse, el papel tiene ya la tonalidad que le ha brindado la humedad de Lima y ahora de Burdeos. He releído sus trece cuartillas y me digo que es evidente que no lo publicaré nunca. Veo en él un exagerado registro de los cuentos urbanos escritos por Julio Ramón Ribeyro o Enrique Congrains Martin. Por lo general, me parece, todo joven escritor de Lima se inicia impregnado de este fraseo e imaginario urbano, que sin duda estuvo muy bien para sus primeros creadores, pero que escrito ahora me resulta insoportable. En la anécdota de mi cuento encuentro a tres ancianos en una vetusta casa del centro de Lima, en Barrios Altos. Se trata de una pareja de esposos y la hermana de ella. El hombre fue un antiguo agente municipal que debió haber sido licenciado hace mucho, pero que, por marrullerías de un alcalde, lo mantienen como una especie de símbolo de la ciudad. Durante todo ese tiempo le había hecho creer que sus papeletas e informes tenían vigencia. En realidad era algo evidente que él no quería aceptar. Su cuñada y su mujer se lo repetían siempre, pero él seguía haciendo sus rondas, siempre llevado del brazo por su esposa. Además de todo, este personaje solía salir de casa con un sobretodo negro y una gorra también negra. Este había sido su uniforme de toda la vida y así lo vieron siempre los vecinos del barrio. 
El cuento que escribí se centra en una mañana. La cuñada preparaba el desayuno mientras su hermana ayudaba a su marido a alistarse. Me sorprende mi interés en la mesa puesta y que no haya nadie sentado en ella: “Sobre el mantel verde tejido por su hermana aún continuaban las tres tazas humeantes de café, cada pan junto a la taza y las lonjas de plátano frito en un plato de plástico al centro de la mesa.” Yo no sé si en Lima la gente desayuna de esta manera. Lo del plátano frito era habitual en mi casa, pero porque mi madre es de la selva. Y aún hoy como plátano frito, porque mi esposa también es de la selva. Lo cierto es que después de que ellos tomaran desayuno, en medio de ñoñerías de ancianos, el hombre se encuentra solo, sentado en un sillón, a la espera de su mujer y su cuñada, quienes habían salido un momento para hacer unas compras. En eso llega un funcionario de la municipalidad para hacerle firmar unos papeles que les eximían a ellos de toda responsabilidad durante las rondas de este hombre. Los documentos son firmados y el funcionario se marcha. Como es de esperarse en este tipo de cuentos, a la vuelta de las hermanas, se dan conque el anciano pone excusas y ya no quiere salir de casa. Se queda sentado en su sillón, observando los gránulos de madera apolillada bajo los otros muebles. Quiere concentrase en ello, pero se queda rápidamente dormido.
Algo que no logro recordar ni entender, ya que no me parece fácil de deducir en la lectura, es por qué llamé “Claridad” a aquel cuento. Es decir, un título como este, conociéndome como creo que me conozco, anunciaría otro tipo de historia. No solamente la revelación para este hombre de su situación real. Tengo la impresión de que coloqué ese título esperando escribir algo completamente diferente, y que por pereza lo dejé allí, como puerta a esos tres ancianos. 

3/01/2015

1972, Burdeos

Hace unos pocos meses me obsesioné con la idea de conseguir y leer un libro del escritor uruguayo Mario Levrero. El libro llevaba por título Burdeos, 1972. Debo admitir que harté a varios de mis amigos con esta búsqueda. Finalmente logré encontrar un ejemplar en manos de Robert Amutio, un amigo y traductor del español al francés que también vive en esta ciudad. Debido a su oficio es frecuente que los editores y autores le envíen ejemplares por correo postal. Amutio estaba muy ocupado esa semana –y yo también a decir verdad-, pero logré convencerlo para que nos diéramos cita entre la Patinoire y la estación de Policía. Disponíamos solo de diez minutos ya que él debía volver a casa a corregir pruebas y yo tenía una reunión de padres de familia en la escuela de mi hija Andrea. Mi amigo llegó con unos minutos de retraso, pero la espera me dio su recompensa. Traía el libro consigo. Le dije que éste era capital para mí, que podría confirmarme muchas cosas sobre mi escritura y propia vida en Burdeos. Estoy seguro que Amutio se lo tomo a broma, pero se lo dije en serio. Al menos eso era lo pensaba al decírselo. Y así se lo fui repitiendo, de una y mil formas, mientras caminábamos hacia la parada de tranvía, en Hotel de Ville. Me hubiera gustado charlar un poco más con él, pero ya mi hija me fustigaba con sus repetidas llamadas al celular, puesto ya tenía tres minutos de retraso.
Originalmente pensé que se trataba de un diario llevado por Mario Levrero durante el año 1972. Pero no es así. Es un diario sí, pero redactado entre el 6 y el 16 de septiembre de 2003, a pedido de un terapeuta que lo atendía por entonces. Durante esos diez días él recordó su brevísima estancia en Burdeos; tan breve como el amor que motivó su viaje a esta ciudad. Ese amor lo trajo aquí, siguiendo a una francesa que conoció en Uruguay. El libro habla de esa mujer, y de la hija de ella, una pequeñuela que le sirvió provisoriamente de ancla en una ciudad con una lógica que no lograba entender del todo y de la que terminó huyendo. Huyendo igualmente de la mujer y la niña, cargado de dolor. Ese libro es el testimonio de un fracaso. Visto así, fue lógico que el terapeuta le pidiera que contara esa historia. Este texto no lo publicó en vida; solo apareció póstumamente, gracias al interés de sus amigos, su hijo y su última mujer.
Novalis dice en alguna parte de su obra que todo recuerdo es el presente. Para Levrero, entonces, escribir sobre ese año, 1972, era vivirlo nuevamente, pero con la ventaja (o con la punzante evidencia más bien) de reflexionar y rumiar sobre ello mientras se escribe y recuerda. Mario Levrero lamenta en varias de las entradas a este diario-memoria no poder ubicar con exactitud el lugar donde pasó aquellos meses bordeleses. Lamenta no haber tenido un mapa ese 1972 (que al parecer tampoco tuvo el 2003, al momento de redactar su diario). Según la descripción que hace de las calles y por los datos que recuerda, él deduce que vivía en un edificio que hacía esquina en una calle del barrio de Saint Michel. Sus referencias principales son el río Garona, la iglesia Saint Michel y una avenida ancha. Libro en mano, un día fui a ese barrio. En realidad, paso a menudo por allí, puesto que mi esposa tiene su taller de grabado en ese barrio, y también porque hacemos compras los fines de semana en el Mercado de Capucins. Por ello y por la disposición que Levrero ofrece en su libro, deduje con cierta facilidad que este autor vivió en un edificio entre la rue des Faures y rue Gensan. Es el único lugar que le permite cierta equidistancia y justeza en sus recuerdos.
Luego de la deducción observé complacido el edificio en piedra, como casi todos los edificios en esta ciudad. No ha sido renovado pero tampoco es vetusto. Ahora sobre todo es una calle atestada de comercios árabes. Una vez contemplado el edificio volví a casa. La obsesión se había disipado momentáneamente. En realidad, lo que me mueve a hacer estas cosas, a buscar datos de escritores que vivieron en Burdeos y dejaron algún testimonio, es cierta insatisfacción que tengo al constatar que no me es suficiente con observar esta ciudad o caminar por sus calles. Como si lo tangible de estos espacios reclamara un complemento que termine de darles forma. Por esta razón requiero que además sus fachadas existan en los libros, que sea también el territorio para la ficción en otros autores. Me gusta inmiscuirme en ese ajeno constructo mental que ellos llaman Burdeos.
Mario Levrero recuerda que desde una de las ventanas laterales de su apartamento podía ver la iglesia Saint Michel. Pero lo que recuerda más vivamente es una pancarta sobre una alta empalizada que invitaba a los paseantes a visitar las catacumbas bajo esta iglesia. No podía evitar observar este anuncio cada mañana. Sin embargo, al parecer nunca quiso visitar estas catacumbas; de haberlo hecho lo hubiera consignado en alguna de las entradas de su diario. Quizás solo le interesaba recordar a los vivos, ese ligero presente.

2/27/2015

Primer viaje

Hace pocos días me preguntaron dónde había escrito uno de mis cuentos, el titulado “La ofrenda”. Ese cuento fue publicado el 2001 y formó parte del conjunto Retratos familiares. La versión definitiva fue escrita en Chonan, un pueblo a ochenta kilómetros de Seúl, en Corea del Sur, seguramente el año 98. Esto fue lo que respondí, pero en realidad es una verdad a medias. Su primera versión corresponde a mediados de 1994. Lo recuerdo perfectamente no por la escritura del cuento en sí, sino por las circunstancias que impulsaron a que no lo abandone en el camino, como me venía sucediendo con muchos de los cuentos que escribía por entonces. Un año antes, el 93, había publicado mi primer libro, Habitaciones, un escuálido libro que me había dejado sin otras historias que contar. Yo solía culpar al último cuento de ese libro como responsable de mi bloqueo. En esa historia, “Del canto que somos testigos”, el protagonista y narrador decide iniciar un proceso de fragmentación, el cual lo arrastra a un espacio sin palabras, a un limbo silencioso y perentorio. Así me sentía yo.
Sin embargo un día recibí una invitación a un taller internacional para jóvenes escritores que se realizaría en Venezuela, bajo la dirección de Ednodio Quintero y Sergio Pitol. Aunque conocía muy poco a esos autores, mi entusiasmo fue enorme. Además, iba a ser mi primer viaje en avión fuera del Perú. -Sí, por esos días me entusiasmaba al subir a un avión-. El otro peruano invitado fue Iván Thays. Nuestra amistad ya era bastante sólida y esto me animó aún más. Igual puedo decir de Leonardo Valencia, escritor y gran amigo ecuatoriano que vivía en Lima por esos años. Lo que sucedió luego fue entera consecuencia de mi consabido atolondramiento cuando estoy apresurado. Acepté, sin coordinar previamente con Thays y Valencia, unos vuelos en una aerolínea distinta a la de ellos. La idea era llegar juntos a Caracas y luego ir en autobús a Barquisimeto, lugar del encuentro. Fue por eso que mientras ellos realizaron juntos el viaje, pasearon por Caracas y disfrutaban de una complicidad de escritores jóvenes en el extranjero, yo hice el largo trayecto solo y fui recibido por unos amigos de mi hermana, quienes cariñosamente me invitaron a una cena familiar –creo que era el cumpleaños de una de sus hijas-, me pasearon al día siguiente por la ciudad y se aseguraron de que yo tomara el vuelo correcto hacia Barquisimeto, despidiéndose de mí, siempre en familia, en la puerta de embarque.
Mi sorpresa fue encontrar y compartir asiento con el escritor Sergio Pitol. Ambos haríamos el vuelo Caracas-Barquisimeto. Me presenté como uno de los participantes al taller que él impartiría y descubrí complacido su calidez e inteligencia. Fue él quien en todo momento llevo la conversación. Me dijo que estaba muy contento puesto que creía haber encontrado el tono, su tono, para el libro que venía escribiendo. Se refería a El arte de la fuga. No me revelaba nada que ya él hubiera dicho a otros. Esto lo supe mucho después leyendo otro de sus libros. Pero en ese momento, que había leído poco o casi nada de él, me sorprendió especialmente su entusiasmo. Fue entonces que me atreví a hablarle de mis proyectos, que en realidad me los inventaba a medida que iba hablando, ya que el bloqueo seguía instalado en mí. Pitol me preguntó qué leía y qué escribía en esos días. Le respondí que leía unos cuentos de Joseph Conrad. Me preguntó por la edición y yo le respondí. “Esa traducción es mía”, me dijo. Entonces él empezó una apasionante disquisición sobre Conrad. Pero de pronto se interrumpió y me pidió disculpas puesto que no me había dejado responderle a su segunda pregunta. Algo intimidado, le dije que había tomado unas notas para un cuento. Que en realidad lo que tenía era una imagen: una protuberancia en medio del pecho de una mujer que magnetizaba a un hombre. Le dije que esa imagen provenía de la lectura de un artículo aparecido en el suplemento del diario La República. Le confesé que no recordaba al autor del artículo ni de qué escritor europeo hablaba. Sólo retenía la anécdota de que este hombre había seducido a una bailarina, luego de verla salir del teatro durante noches consecutivas, y que en el inicio de las caricias, sus dedos se habían topado con una tremenda inflamación en el cuello de la muchacha. Su reacción fue de espanto y bajo escusas banales optó por abandonarla en aquella habitación. “¿Dónde fue que leíste eso?”, me preguntó Pitol. “En el diario La República, en Lima”, le contesté. Hizo un gesto de duda y luego de asentimiento. “Pues yo escribí ese artículo”, me señaló. “Y esa anécdota le ocurrió al escritor austriaco Arthur Schnitzler.” El recuerdo del resto del vuelo se interrumpe aquí. Lo que fue estrictamente el viaje de ida se congela dentro de este avión que nos trasporta de Caracas a Barquisimeto. Los recuerdos reaparecen cuando me veo en la entrada del hotel, reuniéndome con los demás jóvenes escritores. Pienso que luego de esa escena congelada quizás nadie dijo nada más, aunque me parece poco probable. Quizás Pitol continuó hablando mientras yo me concentraba en la imagen de los dedos de Schnitzler palpando la protuberancia de la bailarina. A lo mejor el resto de mi primer viaje se redujo solo a eso: una atrayente turgencia.

2/15/2015

El pecho de King Kong

Iba en el tranvía en dirección al trabajo. Desde la parada del Gran Teatro normalmente puedo alcanzar algún asiento. El trayecto que hago es corto, digamos que de cuarenta minutos. Suelo leer u observar unas calles que ya conozco de memoria. También tomo notas cuando se me ocurre algo para un cuento. Por ejemplo, en este viaje en particular al que me refiero, levanté la mirada del libro que tenía entre manos y la dirigí hacia una mujer mayor, algo regordeta, que me hizo recordar al rostro del pintor italiano Giorgio De Chirico. A lo mejor es una sobrina o una nieta, pensé. Esto no tendría nada de sorprendente viviendo en Europa. Saqué mi libreta y tomé nota de esto: “encuentro con nieta de Chirico”. Pocos minutos después me desanimé de la idea. Pero dejé la nota tal cual; no me gusta llenar mi libreta de tachaduras. Por otro lado, me dije, es muy común en mí creer ver a personajes que admiro o personas que conozco de mi infancia o juventud limeñas deambulando por Burdeos. Puedo ver, pongamos el caso, a Alma, una muchachita pálida de mi infancia en Barrios Altos, abandonando Cours de l’Argonne para enfilar por la rue Clément. Su nombre, Alma, también aparece consignado en mi libreta y no pienso tacharlo.
Hace poco leí los Cuadernos Americanos de Nathaniel Hawthorne. Esta edición recopila siete cuadernos que este autor americano lleno de ideas para cuentos y otros textos entre 1835 y 1853. Curiosamente la edición de esta versión en castellano la hizo el escritor argentino Eduardo Berti, que ahora también vive en Burdeos. Si enfilo por la misma que calle que tomó Alma, la rue Clément, puedo llegar a casa de Berti.
Pero yo hablaba de Hawthorne. Las ideas que se materializaron en sus cuentos o novelas son estupendas, sin embargo las abandonadas son casi un género aparte. Algo así como una biblioteca de lo no-escrito. Considero que sería injusto valorar su obra publicada en vida desconociendo estos cuadernos. O peor aún, considerar estos cuadernos sólo como accesorios o terreno de laboratorio de su obra. Pero este es el caso de Hawthorne. Habemos los que, y me incluyo, somos menos pretenciosos con nuestros cuadernos. Alimentamos textos que merecerán luego acompañarnos en nuestra cremación. Tampoco es que les reste importancia.  Finalmente será cada escritor quien sopese el valor de sus notas. Por lo que a mí respecta más es lo que dejo en esbozo, apenas sobreviven unas pocas líneas que intentan configurar una trama, un personaje o tan solo una imagen. Las razones de estos abandonos pueden ser muchas. Es obvio que mientras se toma nota o se idea mentalmente ese amago de relato hay un entusiasmo indescriptible en el escritor. Se convence uno por unos instantes que solo es cuestión de tiempo, que la historia cobrará forma con la simple decisión de continuar su escritura. Luego viene el desánimo, la duda o simplemente se revela que el esbozo fue atroz, como me sucedió con la sobrina de Chirico. Pero creo que también se da el caso en el que el escritor, a lo mejor, acepta que esa historia ansiada no era para él, y que conviene dejarla pasar y que se escabulla entre las calles de esa ciudad que creemos ser.

Recuerdo que cuando empecé a escribir mis primeros cuentos, a finales de los años noventa, me decía que no yo no poseía historias que valieran la pena -Ahora se diría que es totalmente lo contrario, pero no es así-. Lo cierto  es que entonces nada que me entusiasmaba de mi infancia. Por esa razón fue natural que echara mano a todas las historias familiares. En esa época no usaba libretas, así que todas las notas eran mentales. Recuerdo una que quise escribir y nunca lo hice (aunque ahora me asalta la duda, porque esta historia se la he contado a mis hijas repetidas veces). Se trata de mi tío Jorge, hermano menor de mi padre. Él había pasado una temporada en los Estados Unidos, en los años setenta, realizando diferentes oficios para sobrevivir, siempre con un entusiasmo parejo al disparate de sus anécdotas. Este tío me había contado muchas historias. No solo a mí en verdad, sino a la familia entera. En la versión de esta anécdota que recuerdo ahora, mi tío Jorge trabajó como extra en la película King Kong, el remake de 1976, con Jessica Lange. Él era uno de los cientos de personas que corrían aterrados por las calles de New York, tratando de huir del colosal y despechado gorila. En realidad, detrás de él no hubo King Kong alguno pisándole los talones. Eso lo agregaría en su montaje imaginario. Sin embargo, y esto creo que lo agrego yo, en la historia del tío Jorge King Kong es finalmente acribillado -porque eso es lo que hicieron con el pobre mono enamorado de Jessica Lange- y éste cae sobre el asfalto a vista de los miles de extras, primero asustados y luego enternecidos ante su agonía. Mi tío aprovecha el alboroto de la última escena, el descuido de la producción, y decide treparse sobre el pecho de la bestia, que yacía tendido en plena calle. Esa es la imagen que retuve para el cuento que no escribí y que de algún modo también forma parte de mi biblioteca personal: mi tío parado sobre el pecho de King Kong, mirando los ojos abiertos de la bestia asesinada. Por mucho tiempo para mí la película terminaba de esa manera.

2/08/2015

Casa de Alma



Revisando una antología de cuentos serbios, encuentro, naturalmente, un texto de Danilo Kiš. Recordé que hace unos años, creo que hace cuatro o cinco, intenté rastrear su paso por la ciudad de Burdeos. Trabajó como lector de serbio entre 1973 y 1976. Al parecer llegó a esta ciudad a poco de publicar un libro que cerraba una trilogía y una etapa en su labor creativa. Los años pasados en Burdeos seguramente le permitieron la tranquilidad necesaria para escribir Una tumba para Boris Davidovitch, que publicó en 1976. Mi rastreo, sin embargo, se interrumpió apenas comenzado. Creí que la mejor y simple manera de saber dónde, en qué calle había vivido y escrito sus libros, era preguntar en la propia universidad donde ofreció sus cursos de serbio. Fui a la administración, me presenté como lector de español que era entonces, y les expliqué que mi interés por obtener al menos la dirección de este escritor era meramente la de un admirador. Pocos días después recibí un mensaje electrónico en el que me decían que la universidad no puede ofrecer datos de su personal. Les llamé por teléfono y les dije que no se trataba de un simple miembro del "personal" universitario, sino de un autor sumamente importante y que, además, había dejado de trabajar en esta universidad hace más de treinta años y muerto hace más de veinte. La respuesta fue: "Lo sentimos. No podemos darle esa información". Para mí quedó claro que detrás de esa respuesta en plural había un muro infranqueable. Pude ser insistente, buscar otras vías, pero no lo hice. 
Sin embargo la idea ha vuelto. Ese muro aún debe existir, pero quizás ahora pueda encontrar, creo, otras maneras de acceso. De alguna manera encuentro lógico que me haya vuelto a interesar en este proyecto justo ahora. Es probable que deje Burdeos, aún no lo sé del todo, y me reinstale en Lima. Por esa razón últimamente me siento invadido por recuerdos e imágenes ligadas a ambas ciudades. Por esa razón, por ejemplo, rememoro continuamente a Alma, aquella muchacha de Lima, de Barrios Altos, de quien ya he hablado antes. Ella falleció apenas saliendo de la infancia, en los años ochenta. En realidad ni siquiera fue una amiga cercana. Ni siquiera sé exactamente de qué murió. Mis otros amigos de infancia seguramente lo saben. Yo no, porque a los once años me mudé y dejé definitivamente el centro de Lima. Tampoco puedo decir que me atraía. Bueno, no como primer apasionamiento adolescente. Pero la recuerdo. Ella se ha convertido en mi imagen de Lima. Lima es esta niña, es Alma; esta muchachita de cuello pequeño, esta chica envuelta en su palidez.  
En un libro de entrevistas a Danilo Kiš, este autor responde a la pregunta sobre el compromiso del escritor. Esta pregunta se la realizaron en Belgrado, en diciembre del 1973, pero ya era el periodo de su residencia en Burdeos. Yo tendría unos cinco años, Alma también, quizás uno menos. Danilo Kiš reniega de la visión que se tenía entonces del "compromiso del escritor", sobre todo en su país. Afirmaba que este tipo de compromisos, que solo buscaban condenar a sujetos, solían perderse dentro de los libros. Para qué escribir, entonces? se pregunta el propio Kiš. Para responderse cita a un escritor francés, Jean Ricardou, quien sostenía que "sin la presencia de la literatura, la muerte de un niño en cualquier lugar del mundo no tendría apenas más importancia que la de un animal en un matadero". 

Siento la necesidad de ubicar la casa de Danilo Kiš y darle así sentido a las imágenes que hoy me acompañan. Además, ahora que lo pienso, nunca vi la casa de Alma.

1/29/2015

Barra de pan en bicicleta

Después de tomarme un café en el bar que frecuento ciertas tardes, decidí volver a casa, no sin antes comprar una barra de pan en el camino. Una vez en la calle, el frío me obligó de inmediato a cubrirme parte del rostro con la bufanda que he traído de Lima; una bufanda que me regaló mi padre hace unos meses, aunque sospechó que él ya no lo recuerda. A su edad, el presente es un olvido.
Caminaba y pensaba que hasta hace poco estos trayectos los hacía en mi vieja bicicleta. Aquélla que me robaron no hace mucho. Durante mucho tiempo yo confiaba en que su terrible aspecto desanimaría a cualquier ladronzuelo. Los frenos estaban desajustados, la catalina desentrada, no tenía cambios, la cadena se salía a cada rato y en plena marcha sonaba como si  fuera a desmembrarse completamentamente. Quién robaría una bicicleta en ese estado? Sobre todo teniendo en cuenta los increíbles modelos de bicicletas modernas que circulan por la ciudad y que dejan atadas por todas partes, a vista y apetencia de los ladrones. Y yo solía atar mi bicicleta junto a esas maravillas. Fue mi estrategia disuasoria hasta que un día vine por ella y no la encontré más.
Pero yo no quería hablar de mi bicicleta robada. Debió ser solamente un dato circunstancial en este texto, algo parte de la atmósfera, como la taza de café que acababa de beber, como la barra de pan que deseaba comprar o como la bufanda alrededor de mi cuello. Además, en el momento de este recuerdo yo andaba a pie y no en bicicleta. Todos deberían estar imaginándome en pleno andar, con ese ritmo de sube-y-baja que dicen suelo tener. Sin embargo ahora -que escribo sentado en el sillón marrón de la sala de mi  casa- tengo la impresión de andar por las calles con las manos en el bolsillo, protegiéndome del frío, pero al mismo tiempo me veo sobre mi bicicleta, pedaleando a velocidad moderada, con la bufanda alrededor de mi cuello, una vez más. A eso me resumo en este texto: desde mi quietud veo al hombre que soy yo y que camina con el recuerdo de aquel hombre que también soy yo y que va en bicicleta.
Escribir desde este presente imaginario puede asumirse, no obstante, como una probable prueba de que finalmente, a pie o en bicicleta, llegué a casa. De que a lo mejor compré esa barra de pan a medio camino. De que colgué la bufanda y el abrigo en el perchero, como suelo hacerlo. O de que esa bufanda permanece sobre ese abrigo colgado que ahora apenas contiene la forma de mi cuerpo y quizás algo de mi calor. 

1/19/2015

Mareas

Me desperté plantéandome un pregunta injusta: quería saber qué podría encontrar como elementos comunes entre la ciudad de Lima y Burdeos. Consideré la pregunta injusta puesto que no tendría por qué haberla planteado de ese modo. Sus historias son muy distintas y sus atractivos no pueden atendidos del mismo modo. Sin embargo me respondí: ambas ciudades son atravesadas por un río y tienen el mar próximo. A poco de responderme caí en la cuenta de que en muchos de mis escritos hablo de mares, ríos, lagunas. Últimamente es una de mis obsesiones. Ya me había sucedido antes cuando escribía mi novela Mientras huya el cuerpo. Veía cuchillos y oía historias de apuñalados por todas partes. No me lo podía quitar de la mente. Con mi novela Que la tierra te sea leve, la imagen de una fuente cubierta por la hojarasca otoñal no me abandonó durante todo el proceso de  escritura. Ahora, en muchos de estos textos cortos, las aguas dominan mi imaginario. Hace poco leí -y ya no puedo decir por casualidad- un libro de crónicas del escritor mexicano Fabio Morábito, También Berlín se olvida. El primer texto me deslumbró: se preguntaba el autor por la presencia de un río en esta ciudad. Y lo que me cautivó fue el descubrimiento del autor -porque confirmar lo que ya sabemos es también una forma de descubrir- sobre la inmovilidad de estas aguas. Para Morábito, el río no fluía y que, al desconocer su dirección, este río perdía presencia. Pero la movilidad finalmente se la ofreció la mirada del autor. Él observó que las nubes y su desplazamiento se reflejaban en la superficie de este río. De algún modo, una ruta se trazaba, aunque no sepamos para qué tendríamos que seguir ese camino. 
El río Garona en Burdeos es ancho, de una tonalidad marrón, y tiene una fluidez que, a fuerza de homogénea, a veces da la impresión que se tratara de una franja de barro que atraviesa la ciudad. Una vez al año vivimos -me sorprendo al unirme a ese "nosotros"- un fenómeno llamado Le Mascaret. En éste las mareas del Atlántico se introducen en el cauce de la Garona y empujan con fuerza en sentido contrario, creando olas en el río. Pero hay un punto en el que la fuerza del río y la del mar se encuentran generando un gran oleaje, que disfrutado por navegantes, corredores de ola, y todos los que se reúnen para apreciarlo, así el gran encuentro de estas aguas solo dure unos segundos.
En Lima puede sonar poético que se diga que su río, llamado Rímac, signifique río Hablador. Curiosamente nunca he leído algún poema que me impresiona sobre este río en Lima. Yo lo veía de pequeño cada vez que atravesaba el puente al final de la avenida Abancay, para ir al circo en la Plaza de Acho. Sabemos que normalmente es una plaza de toros, pero nunca fui, ni creo que vaya, bajo esas funciones. El río para mí fue siempre una frontera con el Cerro San Cristobal y su gran cruz en la cima. Visto así, se trataba de una frontera ruidosa, cuyo caudal me causaba temor. Y recuerdo oír su intenso rumor cada vez que iba con unos amigos a jugar a una de sus laderas, justo detrás de lo que era la estación de trenes, Desamparados, y que ahora es La Casa de la Literatura. 
Ahora que hablo de ríos y mares, no puedo evitar la evocación a una reflexión del escritor americano Henry David Thoreau, quien en la primera mitad del siglo XIX decidió pasar unos años en medio de la por entonces inhóspita naturaleza, en una casa que él mismo construyó a orillas del lago Walden. Durante aquella estancia siguió un diario y escribió uno de sus más importantes libros, que precisamente lleva el nombre del lago que observaba cada día al salir de su cabaña. Refiriéndose oblicuamente a su propia escritura, Thoreau reflexiona sobre aquellos libros llamados irregulares y acusados de carecer de fluidez. Dice de ellos que por lo general son medidos injusta y  metafóricamente con la fluidez del río torrencial, el cual, siguiendo la fuerza gravitacional, desciende raudo y caudaloso atraído por la tierra hasta alcanzar la regularidad que le depara su cauce. Según este autor, hay libros que siguen este designio, que sólo gravitan hacia la tierra. Sin embargo él entiende la irregularidad de los libros de otra manera, ya que para él la fluidez del pensamiento se equipara con el impulso de las mareas, y que estos libros son irregulares porque gravitan hacia el cielo y hacia la tierra, que es la confluencia de estas dos fuerzas que armoniza, parodójicamente, la irregularidad del discurrir del pensamiento. 
Dicen que por la fuerza gravitacional entre la tierra y la luna, que condiciona las mareas, también vuelven a doler las cicatrices -esa irregularidad de nuestros cuerpos-. Seguramente sucede que nuestras heridas gravitan hacia el cielo.
Peru Blogs
 
Free counter and web stats