1/29/2015

Barra de pan en bicicleta

Después de tomarme un café en el bar que frecuento ciertas tardes, decidí volver a casa, no sin antes comprar una barra de pan en el camino. Una vez en la calle, el frío me obligó de inmediato a cubrirme parte del rostro con la bufanda que he traído de Lima; una bufanda que me regaló mi padre hace unos meses, aunque sospechó que él ya no lo recuerda. A su edad, el presente es un olvido.
Caminaba y pensaba que hasta hace poco estos trayectos los hacía en mi vieja bicicleta. Aquélla que me robaron no hace mucho. Durante mucho tiempo yo confiaba en que su terrible aspecto desanimaría a cualquier ladronzuelo. Los frenos estaban desajustados, la catalina desentrada, no tenía cambios, la cadena se salía a cada rato y en plena marcha sonaba como si  fuera a desmembrarse completamentamente. Quién robaría una bicicleta en ese estado? Sobre todo teniendo en cuenta los increíbles modelos de bicicletas modernas que circulan por la ciudad y que dejan atadas por todas partes, a vista y apetencia de los ladrones. Y yo solía atar mi bicicleta junto a esas maravillas. Fue mi estrategia disuasoria hasta que un día vine por ella y no la encontré más.
Pero yo no quería hablar de mi bicicleta robada. Debió ser solamente un dato circunstancial en este texto, algo parte de la atmósfera, como la taza de café que acababa de beber, como la barra de pan que deseaba comprar o como la bufanda alrededor de mi cuello. Además, en el momento de este recuerdo yo andaba a pie y no en bicicleta. Todos deberían estar imaginándome en pleno andar, con ese ritmo de sube-y-baja que dicen suelo tener. Sin embargo ahora -que escribo sentado en el sillón marrón de la sala de mi  casa- tengo la impresión de andar por las calles con las manos en el bolsillo, protegiéndome del frío, pero al mismo tiempo me veo sobre mi bicicleta, pedaleando a velocidad moderada, con la bufanda alrededor de mi cuello, una vez más. A eso me resumo en este texto: desde mi quietud veo al hombre que soy yo y que camina con el recuerdo de aquel hombre que también soy yo y que va en bicicleta.
Escribir desde este presente imaginario puede asumirse, no obstante, como una probable prueba de que finalmente, a pie o en bicicleta, llegué a casa. De que a lo mejor compré esa barra de pan a medio camino. De que colgué la bufanda y el abrigo en el perchero, como suelo hacerlo. O de que esa bufanda permanece sobre ese abrigo colgado que ahora apenas contiene la forma de mi cuerpo y quizás algo de mi calor. 

1/19/2015

Mareas

Me desperté plantéandome un pregunta injusta: quería saber qué podría encontrar como elementos comunes entre la ciudad de Lima y Burdeos. Consideré la pregunta injusta puesto que no tendría por qué haberla planteado de ese modo. Sus historias son muy distintas y sus atractivos no pueden atendidos del mismo modo. Sin embargo me respondí: ambas ciudades son atravesadas por un río y tienen el mar próximo. A poco de responderme caí en la cuenta de que en muchos de mis escritos hablo de mares, ríos, lagunas. Últimamente es una de mis obsesiones. Ya me había sucedido antes cuando escribía mi novela Mientras huya el cuerpo. Veía cuchillos y oía historias de apuñalados por todas partes. No me lo podía quitar de la mente. Con mi novela Que la tierra te sea leve, la imagen de una fuente cubierta por la hojarasca otoñal no me abandonó durante todo el proceso de  escritura. Ahora, en muchos de estos textos cortos, las aguas dominan mi imaginario. Hace poco leí -y ya no puedo decir por casualidad- un libro de crónicas del escritor mexicano Fabio Morábito, También Berlín se olvida. El primer texto me deslumbró: se preguntaba el autor por la presencia de un río en esta ciudad. Y lo que me cautivó fue el descubrimiento del autor -porque confirmar lo que ya sabemos es también una forma de descubrir- sobre la inmovilidad de estas aguas. Para Morábito, el río no fluía y que, al desconocer su dirección, este río perdía presencia. Pero la movilidad finalmente se la ofreció la mirada del autor. Él observó que las nubes y su desplazamiento se reflejaban en la superficie de este río. De algún modo, una ruta se trazaba, aunque no sepamos para qué tendríamos que seguir ese camino. 
El río Garona en Burdeos es ancho, de una tonalidad marrón, y tiene una fluidez que, a fuerza de homogénea, a veces da la impresión que se tratara de una franja de barro que atraviesa la ciudad. Una vez al año vivimos -me sorprendo al unirme a ese "nosotros"- un fenómeno llamado Le Mascaret. En éste las mareas del Atlántico se introducen en el cauce de la Garona y empujan con fuerza en sentido contrario, creando olas en el río. Pero hay un punto en el que la fuerza del río y la del mar se encuentran generando un gran oleaje, que disfrutado por navegantes, corredores de ola, y todos los que se reúnen para apreciarlo, así el gran encuentro de estas aguas solo dure unos segundos.
En Lima puede sonar poético que se diga que su río, llamado Rímac, signifique río Hablador. Curiosamente nunca he leído algún poema que me impresiona sobre este río en Lima. Yo lo veía de pequeño cada vez que atravesaba el puente al final de la avenida Abancay, para ir al circo en la Plaza de Acho. Sabemos que normalmente es una plaza de toros, pero nunca fui, ni creo que vaya, bajo esas funciones. El río para mí fue siempre una frontera con el Cerro San Cristobal y su gran cruz en la cima. Visto así, se trataba de una frontera ruidosa, cuyo caudal me causaba temor. Y recuerdo oír su intenso rumor cada vez que iba con unos amigos a jugar a una de sus laderas, justo detrás de lo que era la estación de trenes, Desamparados, y que ahora es La Casa de la Literatura. 
Ahora que hablo de ríos y mares, no puedo evitar la evocación a una reflexión del escritor americano Henry David Thoreau, quien en la primera mitad del siglo XIX decidió pasar unos años en medio de la por entonces inhóspita naturaleza, en una casa que él mismo construyó a orillas del lago Walden. Durante aquella estancia siguió un diario y escribió uno de sus más importantes libros, que precisamente lleva el nombre del lago que observaba cada día al salir de su cabaña. Refiriéndose oblicuamente a su propia escritura, Thoreau reflexiona sobre aquellos libros llamados irregulares y acusados de carecer de fluidez. Dice de ellos que por lo general son medidos injusta y  metafóricamente con la fluidez del río torrencial, el cual, siguiendo la fuerza gravitacional, desciende raudo y caudaloso atraído por la tierra hasta alcanzar la regularidad que le depara su cauce. Según este autor, hay libros que siguen este designio, que sólo gravitan hacia la tierra. Sin embargo él entiende la irregularidad de los libros de otra manera, ya que para él la fluidez del pensamiento se equipara con el impulso de las mareas, y que estos libros son irregulares porque gravitan hacia el cielo y hacia la tierra, que es la confluencia de estas dos fuerzas que armoniza, parodójicamente, la irregularidad del discurrir del pensamiento. 
Dicen que por la fuerza gravitacional entre la tierra y la luna, que condiciona las mareas, también vuelven a doler las cicatrices -esa irregularidad de nuestros cuerpos-. Seguramente sucede que nuestras heridas gravitan hacia el cielo.
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