2/27/2015

Primer viaje

Hace pocos días me preguntaron dónde había escrito uno de mis cuentos, el titulado “La ofrenda”. Ese cuento fue publicado el 2001 y formó parte del conjunto Retratos familiares. La versión definitiva fue escrita en Chonan, un pueblo a ochenta kilómetros de Seúl, en Corea del Sur, seguramente el año 98. Esto fue lo que respondí, pero en realidad es una verdad a medias. Su primera versión corresponde a mediados de 1994. Lo recuerdo perfectamente no por la escritura del cuento en sí, sino por las circunstancias que impulsaron a que no lo abandone en el camino, como me venía sucediendo con muchos de los cuentos que escribía por entonces. Un año antes, el 93, había publicado mi primer libro, Habitaciones, un escuálido libro que me había dejado sin otras historias que contar. Yo solía culpar al último cuento de ese libro como responsable de mi bloqueo. En esa historia, “Del canto que somos testigos”, el protagonista y narrador decide iniciar un proceso de fragmentación, el cual lo arrastra a un espacio sin palabras, a un limbo silencioso y perentorio. Así me sentía yo.
Sin embargo un día recibí una invitación a un taller internacional para jóvenes escritores que se realizaría en Venezuela, bajo la dirección de Ednodio Quintero y Sergio Pitol. Aunque conocía muy poco a esos autores, mi entusiasmo fue enorme. Además, iba a ser mi primer viaje en avión fuera del Perú. -Sí, por esos días me entusiasmaba al subir a un avión-. El otro peruano invitado fue Iván Thays. Nuestra amistad ya era bastante sólida y esto me animó aún más. Igual puedo decir de Leonardo Valencia, escritor y gran amigo ecuatoriano que vivía en Lima por esos años. Lo que sucedió luego fue entera consecuencia de mi consabido atolondramiento cuando estoy apresurado. Acepté, sin coordinar previamente con Thays y Valencia, unos vuelos en una aerolínea distinta a la de ellos. La idea era llegar juntos a Caracas y luego ir en autobús a Barquisimeto, lugar del encuentro. Fue por eso que mientras ellos realizaron juntos el viaje, pasearon por Caracas y disfrutaban de una complicidad de escritores jóvenes en el extranjero, yo hice el largo trayecto solo y fui recibido por unos amigos de mi hermana, quienes cariñosamente me invitaron a una cena familiar –creo que era el cumpleaños de una de sus hijas-, me pasearon al día siguiente por la ciudad y se aseguraron de que yo tomara el vuelo correcto hacia Barquisimeto, despidiéndose de mí, siempre en familia, en la puerta de embarque.
Mi sorpresa fue encontrar y compartir asiento con el escritor Sergio Pitol. Ambos haríamos el vuelo Caracas-Barquisimeto. Me presenté como uno de los participantes al taller que él impartiría y descubrí complacido su calidez e inteligencia. Fue él quien en todo momento llevo la conversación. Me dijo que estaba muy contento puesto que creía haber encontrado el tono, su tono, para el libro que venía escribiendo. Se refería a El arte de la fuga. No me revelaba nada que ya él hubiera dicho a otros. Esto lo supe mucho después leyendo otro de sus libros. Pero en ese momento, que había leído poco o casi nada de él, me sorprendió especialmente su entusiasmo. Fue entonces que me atreví a hablarle de mis proyectos, que en realidad me los inventaba a medida que iba hablando, ya que el bloqueo seguía instalado en mí. Pitol me preguntó qué leía y qué escribía en esos días. Le respondí que leía unos cuentos de Joseph Conrad. Me preguntó por la edición y yo le respondí. “Esa traducción es mía”, me dijo. Entonces él empezó una apasionante disquisición sobre Conrad. Pero de pronto se interrumpió y me pidió disculpas puesto que no me había dejado responderle a su segunda pregunta. Algo intimidado, le dije que había tomado unas notas para un cuento. Que en realidad lo que tenía era una imagen: una protuberancia en medio del pecho de una mujer que magnetizaba a un hombre. Le dije que esa imagen provenía de la lectura de un artículo aparecido en el suplemento del diario La República. Le confesé que no recordaba al autor del artículo ni de qué escritor europeo hablaba. Sólo retenía la anécdota de que este hombre había seducido a una bailarina, luego de verla salir del teatro durante noches consecutivas, y que en el inicio de las caricias, sus dedos se habían topado con una tremenda inflamación en el cuello de la muchacha. Su reacción fue de espanto y bajo escusas banales optó por abandonarla en aquella habitación. “¿Dónde fue que leíste eso?”, me preguntó Pitol. “En el diario La República, en Lima”, le contesté. Hizo un gesto de duda y luego de asentimiento. “Pues yo escribí ese artículo”, me señaló. “Y esa anécdota le ocurrió al escritor austriaco Arthur Schnitzler.” El recuerdo del resto del vuelo se interrumpe aquí. Lo que fue estrictamente el viaje de ida se congela dentro de este avión que nos trasporta de Caracas a Barquisimeto. Los recuerdos reaparecen cuando me veo en la entrada del hotel, reuniéndome con los demás jóvenes escritores. Pienso que luego de esa escena congelada quizás nadie dijo nada más, aunque me parece poco probable. Quizás Pitol continuó hablando mientras yo me concentraba en la imagen de los dedos de Schnitzler palpando la protuberancia de la bailarina. A lo mejor el resto de mi primer viaje se redujo solo a eso: una atrayente turgencia.

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