3/16/2015

Laberinto

Imaginemos que este laberinto es una línea recta. Normalmente podríamos decir que esto sólo puede suceder dentro un sueño; pero a mí me da lo mismo dónde suceda. El laberinto que observo es un prolongado corredor. Tan largo que no logro divisar con claridad el otro extremo. Es un punto, por supuesto. Un punto iluminado. Me animo a entrar en este lugar con la consciencia de que penetro en un laberinto. Es decir, con la posibilidad de perderme en él. Es lo que pienso al pie de esa línea recta. Pero la curiosidad me acucia y doy los primeros pasos. En ese otro laberinto que es mi memoria aparece un verso de Mario Montalbetti: "Buscar esconde lo que se busca". Doy otros pasos y ese corredor es una calle del centro de Lima. Es el jirón Ancash, la cuadra ocho. Es la calle donde pasé mi infancia. Pero de pronto es la calle siguiente, una calle inclinada, cuya ascendiente da directo a la Iglesia Santa Ana. Este laberinto es angosto. Extiendo mis brazos en cruz y puedo rozar con mis dedos las puertas marrones de sus casas. He dado unos cuantos pasos y tengo la impresión de estar a medio camino. Es sólo una impresión, puesto que el otro extremo es aún un punto iluminado y lejano. Doy unos pasos más y la pendiente es la calle Cheverus, en Burdeos. Una calle que me suele llevar a casa al final de cada jornada. Al final de cada tarde. Mis dedos rozan sus paredes en piedra amarilla. En este andar encuentro a Alma, la muchacha de piel pálida que conocí de niño. La primera amiga que falleció siendo niña. Sonríe y veo sus dientes menudos. Caminamos un poco, siempre en línea recta. Ahora tengo la impresión de estar perdido. Ella parece conocer, y reconocer, la ruta. Este camino se torna mucho más ancho y por la calzada de enfrente me veo a mí mismo y a Alma caminando en sentido contrario. Ellos nos reconocen y se les ve incómodos con nuestra presencia. Creo que discuten. "Ellos están regresando", me digo. Lo pienso. Alma tira de la manga de mi camisa y me incita a seguir caminando. "No somos nosotros", me dice. Lo escucho. No la veo mover los labios, pero la escucho. Da lo mismo. Estamos en un laberinto de línea recta. Unos instantes después escucho un tren que se aproxima. No lo veo, pero mi memoria me devuelve una frase que leí no hace mucho. La frase es de Pierre Michon: "Qué hermosos son los trenes en el atardecer cuando ya se ha librado uno de la carga de tener que dar cuenta de esa hermosura". Me siento listo para volver, me digo. Es curioso, porque apenas decirlo caigo en la cuenta de que hablo de retorno. Da lo mismo, me digo. Alma ya no está a mi lado. No veo a nadie más. Las calles vuelven a ser angostas. Vuelvo a escuchar el tren, pero esta vez a lo lejos. La memoria me arroja otra frase, esta vez de Kafka. Se trata de la frase con la que inicia sus diarios, su primer cuaderno. Es una frase aislada. No sé si la escribió para expresar una experiencia captada ese día o una idea para incluir en un cuento o novela. Da lo mismo. La frase dice:"Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren". No veo el tren pero logro imaginarlo. Recuerdo que en Lima, en la primera calle de jirón Ancash, se encontraba la antigua estación de trenes. Se llamaba "Desamparados". Nunca vi partir ni llegar un tren en ese lugar. Sin embargo, por las noches creía oír su paso. Qué más da ahora. Sigo en el laberinto en línea recta y al final reconozco el punto iluminado. No es un lugar, no es un tiempo. El punto iluminado es un punto un punto un punto.

3/08/2015

claridad

Este es el primer domingo soleado aquí en Burdeos. Habíamos pasado varias semanas de cielo gris y una continua racha de lluvias. Salí temprano para hacer algunas compras en uno de los pocos supermercados que abre los domingos. Está a pocas calles de mi casa. Yo llevaba puesta una casa delgada porque a esa hora de la mañana, a pesar del sol, corría un poco de aire frío. Al atravesar la plaza Gambetta vi a una pareja de ancianos sentada en una banca. Él tenía puesto un bonete azul y ella uno rosa. Es algo muy típico sobre todo en esta región, pero para mis ojos sigue siendo pintoresco. El sol les daba de lleno en el rostro. No supe exactamente si tenían los ojos cerrados a causa de los rayos solares, o era por el goce y la placidez que parecían experimentar. Como ellos no me podían ver, aproveché en observarlos unos instantes. A primera vista descubrí que ambos tenían un aire en común, pero no supe determinar por qué. Sin embargo a pocos segundos me di cuenta de que ambos no poseían dentadura.
Esta imagen me hizo recordar un cuento que había escrito hace mucho, sobre mis veintipocos años, en el cual aparecía un anciano sin dentadura. Una vez las compras hechas, de vuelta a casa mi objetivo estuvo determinado: remover cajas y papeles hasta encontrar este cuento. Antes de ponerme a buscar y para evitar mis alergias, abrí las puertas del balcón para que entrara algo de aire fresco. Para mi sorpresa, hallé el texto rápidamente. Como era de esperarse, el papel tiene ya la tonalidad que le ha brindado la humedad de Lima y ahora de Burdeos. He releído sus trece cuartillas y me digo que es evidente que no lo publicaré nunca. Veo en él un exagerado registro de los cuentos urbanos escritos por Julio Ramón Ribeyro o Enrique Congrains Martin. Por lo general, me parece, todo joven escritor de Lima se inicia impregnado de este fraseo e imaginario urbano, que sin duda estuvo muy bien para sus primeros creadores, pero que escrito ahora me resulta insoportable. En la anécdota de mi cuento encuentro a tres ancianos en una vetusta casa del centro de Lima, en Barrios Altos. Se trata de una pareja de esposos y la hermana de ella. El hombre fue un antiguo agente municipal que debió haber sido licenciado hace mucho, pero que, por marrullerías de un alcalde, lo mantienen como una especie de símbolo de la ciudad. Durante todo ese tiempo le había hecho creer que sus papeletas e informes tenían vigencia. En realidad era algo evidente que él no quería aceptar. Su cuñada y su mujer se lo repetían siempre, pero él seguía haciendo sus rondas, siempre llevado del brazo por su esposa. Además de todo, este personaje solía salir de casa con un sobretodo negro y una gorra también negra. Este había sido su uniforme de toda la vida y así lo vieron siempre los vecinos del barrio. 
El cuento que escribí se centra en una mañana. La cuñada preparaba el desayuno mientras su hermana ayudaba a su marido a alistarse. Me sorprende mi interés en la mesa puesta y que no haya nadie sentado en ella: “Sobre el mantel verde tejido por su hermana aún continuaban las tres tazas humeantes de café, cada pan junto a la taza y las lonjas de plátano frito en un plato de plástico al centro de la mesa.” Yo no sé si en Lima la gente desayuna de esta manera. Lo del plátano frito era habitual en mi casa, pero porque mi madre es de la selva. Y aún hoy como plátano frito, porque mi esposa también es de la selva. Lo cierto es que después de que ellos tomaran desayuno, en medio de ñoñerías de ancianos, el hombre se encuentra solo, sentado en un sillón, a la espera de su mujer y su cuñada, quienes habían salido un momento para hacer unas compras. En eso llega un funcionario de la municipalidad para hacerle firmar unos papeles que les eximían a ellos de toda responsabilidad durante las rondas de este hombre. Los documentos son firmados y el funcionario se marcha. Como es de esperarse en este tipo de cuentos, a la vuelta de las hermanas, se dan conque el anciano pone excusas y ya no quiere salir de casa. Se queda sentado en su sillón, observando los gránulos de madera apolillada bajo los otros muebles. Quiere concentrase en ello, pero se queda rápidamente dormido.
Algo que no logro recordar ni entender, ya que no me parece fácil de deducir en la lectura, es por qué llamé “Claridad” a aquel cuento. Es decir, un título como este, conociéndome como creo que me conozco, anunciaría otro tipo de historia. No solamente la revelación para este hombre de su situación real. Tengo la impresión de que coloqué ese título esperando escribir algo completamente diferente, y que por pereza lo dejé allí, como puerta a esos tres ancianos. 

3/01/2015

1972, Burdeos

Hace unos pocos meses me obsesioné con la idea de conseguir y leer un libro del escritor uruguayo Mario Levrero. El libro llevaba por título Burdeos, 1972. Debo admitir que harté a varios de mis amigos con esta búsqueda. Finalmente logré encontrar un ejemplar en manos de Robert Amutio, un amigo y traductor del español al francés que también vive en esta ciudad. Debido a su oficio es frecuente que los editores y autores le envíen ejemplares por correo postal. Amutio estaba muy ocupado esa semana –y yo también a decir verdad-, pero logré convencerlo para que nos diéramos cita entre la Patinoire y la estación de Policía. Disponíamos solo de diez minutos ya que él debía volver a casa a corregir pruebas y yo tenía una reunión de padres de familia en la escuela de mi hija Andrea. Mi amigo llegó con unos minutos de retraso, pero la espera me dio su recompensa. Traía el libro consigo. Le dije que éste era capital para mí, que podría confirmarme muchas cosas sobre mi escritura y propia vida en Burdeos. Estoy seguro que Amutio se lo tomo a broma, pero se lo dije en serio. Al menos eso era lo pensaba al decírselo. Y así se lo fui repitiendo, de una y mil formas, mientras caminábamos hacia la parada de tranvía, en Hotel de Ville. Me hubiera gustado charlar un poco más con él, pero ya mi hija me fustigaba con sus repetidas llamadas al celular, puesto ya tenía tres minutos de retraso.
Originalmente pensé que se trataba de un diario llevado por Mario Levrero durante el año 1972. Pero no es así. Es un diario sí, pero redactado entre el 6 y el 16 de septiembre de 2003, a pedido de un terapeuta que lo atendía por entonces. Durante esos diez días él recordó su brevísima estancia en Burdeos; tan breve como el amor que motivó su viaje a esta ciudad. Ese amor lo trajo aquí, siguiendo a una francesa que conoció en Uruguay. El libro habla de esa mujer, y de la hija de ella, una pequeñuela que le sirvió provisoriamente de ancla en una ciudad con una lógica que no lograba entender del todo y de la que terminó huyendo. Huyendo igualmente de la mujer y la niña, cargado de dolor. Ese libro es el testimonio de un fracaso. Visto así, fue lógico que el terapeuta le pidiera que contara esa historia. Este texto no lo publicó en vida; solo apareció póstumamente, gracias al interés de sus amigos, su hijo y su última mujer.
Novalis dice en alguna parte de su obra que todo recuerdo es el presente. Para Levrero, entonces, escribir sobre ese año, 1972, era vivirlo nuevamente, pero con la ventaja (o con la punzante evidencia más bien) de reflexionar y rumiar sobre ello mientras se escribe y recuerda. Mario Levrero lamenta en varias de las entradas a este diario-memoria no poder ubicar con exactitud el lugar donde pasó aquellos meses bordeleses. Lamenta no haber tenido un mapa ese 1972 (que al parecer tampoco tuvo el 2003, al momento de redactar su diario). Según la descripción que hace de las calles y por los datos que recuerda, él deduce que vivía en un edificio que hacía esquina en una calle del barrio de Saint Michel. Sus referencias principales son el río Garona, la iglesia Saint Michel y una avenida ancha. Libro en mano, un día fui a ese barrio. En realidad, paso a menudo por allí, puesto que mi esposa tiene su taller de grabado en ese barrio, y también porque hacemos compras los fines de semana en el Mercado de Capucins. Por ello y por la disposición que Levrero ofrece en su libro, deduje con cierta facilidad que este autor vivió en un edificio entre la rue des Faures y rue Gensan. Es el único lugar que le permite cierta equidistancia y justeza en sus recuerdos.
Luego de la deducción observé complacido el edificio en piedra, como casi todos los edificios en esta ciudad. No ha sido renovado pero tampoco es vetusto. Ahora sobre todo es una calle atestada de comercios árabes. Una vez contemplado el edificio volví a casa. La obsesión se había disipado momentáneamente. En realidad, lo que me mueve a hacer estas cosas, a buscar datos de escritores que vivieron en Burdeos y dejaron algún testimonio, es cierta insatisfacción que tengo al constatar que no me es suficiente con observar esta ciudad o caminar por sus calles. Como si lo tangible de estos espacios reclamara un complemento que termine de darles forma. Por esta razón requiero que además sus fachadas existan en los libros, que sea también el territorio para la ficción en otros autores. Me gusta inmiscuirme en ese ajeno constructo mental que ellos llaman Burdeos.
Mario Levrero recuerda que desde una de las ventanas laterales de su apartamento podía ver la iglesia Saint Michel. Pero lo que recuerda más vivamente es una pancarta sobre una alta empalizada que invitaba a los paseantes a visitar las catacumbas bajo esta iglesia. No podía evitar observar este anuncio cada mañana. Sin embargo, al parecer nunca quiso visitar estas catacumbas; de haberlo hecho lo hubiera consignado en alguna de las entradas de su diario. Quizás solo le interesaba recordar a los vivos, ese ligero presente.
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